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La cueva del dinosaurio

Enredos.

Enredos.

Cartel de Bringing up Baby (La fiera de mi niña) de Howard Hawks, 1.938.
http://www.muchocine.net/criticas_autor.php/124


No es verdad que haya huido despavorido, como ha dicho mi abuelo Maligno Guerrero, digo Rugoso, o como se llame. Pero sí es cierto que hemos tenido unos días moviditos con "entretenimientos" varios de todo tipo: ITVs fallidas, viajes y vueltas, hospitales, averías, escritos y la guinda de una operación de apendicitis aguda del "pequeño", además de seguir con la conexión dinosaúrica. O sea, lo normal. Aparte de eso, la vida sigue igual, que decía Julito de chico.
Mi abuelo es un pendejo, término sudamericano que me "mola mazo", las cosas como son, junto con "carajo", que en gallego suena más suave y blandito. Sí, es una pena decirlo, pero no lo digo como insulto y él se lo toma bien porque en el fondo es lo que siempre le ha gustado ser (¡y a mí también, no te joroba!).
Bueno, que ya estoy otra vez por estos lares y, aunque no se han terminado las "aventurillas" que nos caracterizan, espero poder reanudar mis visitas a vuestras cuevas, que os tengo un poco abandonados.
Ah, lo de la anotación gamberra de mi abuelo Maligno era, por si no lo recordabais o sois tan jóvenes que no lo distéis (que es lo más probable) la secuencia mnemotécnica de las reglas del uso de la "b" de la "Ortografía práctica" del Miranda Podadera, página 66, sólo que él las ha colocado como un pasodoble: todo seguido, mientras que Podadera aconseja agruparlas en la siguiente frase supuesta: Tritur nusucuca sial urtutito raritre gulo ruso la carta rosa te trace hahehiho.
En fin, que no le hagáis mucho caso, que "se le va la pinza", como dicen ahora.
Chau.

Javier Auserd.

TriTurNuSu.

TriTurNuSu.

Un maligno.


TriTurNuSuCuCa(Gar)SiAlUrTuTiToRaRiTre

GuLoRuSoLaCarTaRoSaTeTraCeHaHeHiHo.
¿Recuerdan ustedes? Aunque, discúlpenme, tienen razón, lo primero es presentarme. Me llamo Maligno Riguroso. Sí, como lo oyen, quiero decir, como lo leen. Y vengo a sustituir, durante una temporada, a mi nieto Javierito, que ha huido despavorido por algo de no sé qué velocidad de una conexión de "banda estrecha" que tiene mientras se cambia de compañía. Que digo yo, que si esa banda es tan estrecha, la verdad es que es mejor que huya a por bandas menos remilgadas, oyes, que para estrecheces las que ya pasamos nosotros en la posguerra y con eso ya tuvimos bastante y vamos que chutamos para muchas generaciones, ¿no les parece?
Y, mientras vuelve (cuando la banda sea más ancha, o sea, cuando consiga más personal para la banda, digo yo, y que sean muchachotas que estén bien de la vista propia y ajena, o sea, de buen ver), me ha explicado un poco cómo va esto, me ha dejado su clave esa de entrada, que debe ser algo así como la tarjeta de las habitaciones de los hoteles y tira millas.
Por cierto que, sí, lo han adivinado, era mi nombre de guerra. Porque antes, durante el generalato de don Claudio (ya conocéis el chiste, ¿no?), no te dejaban cristianar así a nadie, ni tampoco a nadie, que estuviera en sus cabales, se le ocurría de motu propio. Me puse el nombrecito de marras por el Benigno. El Benigno era un meapilas de mucho cuidado y un chivato falso y mentiroso repugnante, gracias al cual fusilaron a muchos contra las tapias de San Isidro recién acabada la guerra. Lo siento por los que se llamen así y sean buena gente, pero es lo que hay o, mejor dicho, lo que hubo. Creo que ahora en Irak hay cosas parecidas y peores todos los días, gracias a otros "benignos" que se metieron allí sin más ni menos. Y también aquí escucho cosas a algunos llamados políticos que me estremecen porque me recuerdan aquellos tiempos sin que en la calle pase nada parecido "A.D.G.".
Ah, que el chiste de don Claudio, por si no lo sabéis, es uno que estaba hablando con otro (allá por los años cuarenta) y don Claudio para arriba y don Claudio para abajo, que ha traído la paz a España y tal y cual y ya le dice el otro: "pero, oiga, ¿y usted a quién se refiere cuando dice don Claudio?", "pues ¿a quién va a ser?, al Generalísmo", contesta el hombre, "es que yo no me atrevo a llamarle Claudillo".
En fin, que igual me he enrollado un poco, pero ya nos iremos conociendo más despacio por la banda estrecha esta, que para mí que debe ser como los FEVE o algo así, digo yo.
Agur, majos.

Maligno Riguroso.

Hay noticias atroces.

Hay noticias atroces.

Irak, primeros bombardeos "aliados".


"Ag.ICAL. Palencia - Sucesos - Viernes, 6 de Abril - 18:03. (Ampliación) Fallece un niño de 14 meses tras ser atropellado de forma accidental por su tío en Lobera de la Vega (Palencia) ICAL. Un niño de 14 meses falleció hoy en la localidad de Lobera de la Vega (Palencia) tras ser atropellado de forma accidental por un vehículo conducido por su tío cuando realizaba una maniobra marcha atrás, según informaron a la agencia Ical fuentes de la Guardia Civil y del Servicio de Emergencias 112 del Sacyl".

Aunque la repetición del horror termina banalizándolo, entre otras muchas cosas porque, de lo contrario, no podríamos seguir adelante, este tipo de noticias es de las que más me desgarran y paralizan siempre.
¿Son evitables?, ¿no? No lo sé. El caso es que es una de las pocas ocasiones en las que, además de en la víctima, piensas también en que el autor (que muchas veces es un familiar aún más directo) tendrá que cargar toda su vida con ello. Y ¿cómo se puede vivir con eso a cuestas? A todos nos estremece pensarlo.
Por cierto que, lo de Irak sí se pudo evitar.
Por eso, que no pase nunca más algo así, y que tampoco vuelva a pasar nunca lo de la foto.

Javier Auserd.

Aguas abril, flores en mayo. Luis Pastor, 1.988.

 

No sé de qué compás te deslizaste
ni en que estación de metro te perdí.
No vi llegar al lobo, y me avisaste
"las tiendas se han cerrado para mí".

Aguas abril, flores en mayo
beso una estatua de sal
se fue mi tren, también el barco
solo en mi puerto de mar.

Me visto de "terraza sin licencia",
me lo hago de vuelo sin motor.
De aquí “pa’lla” como el Inspector Gadget
persigo algún indicio de tu amor.

Aguas abril, flores en mayo
camino solo por Madrid
se acerca junio y cumplo años
soy un extraño para ti.

Estoy como Neptuno cuando hiela
mi horóscopo me dice precaución
que tú eres cáncer y hoy es luna llena
y aún tengo que hacer otra canción

Aguas abril, flores en mayo
aunque sonría no soy feliz
junio me quema y llueve en julio
quizás me vaya a San Fermín.

Esta versión la hace Luis con la también cantante extremeña Bebe.

(Os pido paciencia mientras enlazo la canción, porfa).

Domingo de ramos.

Domingo de ramos.

http://www.iglesia.org/articulos/domingo_ramos.php


No tengo nada contra los católicos (no así contra su jerarquía, una de las más nefastas y anticristianas de la Historia de este Planeta). Es más, soy consciente de ser culturalmente católico y respeto profundamente sus creencias, costumbres, incluso comparto sus contradictorias supersticiones. Y, muchas veces, he visto (con abierta vergüenza ajena) que muestro más decoro y seriedad en sus actos que muchos de sus fieles y feligreses que ríen y fuman y vocean y no se están quietos en procesiones y ritos eclesiásticos varios.
Por tanto, nada más lejos de mi ánimo reírme de nada de lo que consideran (aunque sea folclóricamente) sagrado. Pero no puedo sustraerme a la tentación (que no voy a confesar ante ningún "ministro" católico a sueldo del Estado y, por tanto, también mío) de contaros la anécdota de una de las muchas meteduras de pata de los sagrados evangelios, esta vez el de san Mateo, con motivo del tema de hoy: el domingo de ramos, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén a lomos de un borriquillo.
Repito, mi agnosticismo es más respetuoso para todas las religiones que el fanatismo o la laxitud irreverente de muchos creyentes, por eso que no se vea en esta anécdota detectada por Isaac Asimov (uno de mis sabios laicos favoritos) otra cosa que la interpretación de la Biblia en su aspecto más humano.
Dice Asimov sobre ello en su obra Guía de la Biblia. Nuevo Testamento (pg.175 o.c.):

 

<<Sin embargo, la montura no sería real [aludiendo al rey Salomón], pues una profecía importante del Mesías dice que está destinado a entrar en Jerusalén en una forma humilde, montado en un asno.


Zacarías 9.9: "Alégrate sobremanera, hija de Sión ... He aquí que viene a tí tu Rey ... montado en un asno, en un pollino, hijo de asna".


Con el fin de cumplir la profecía, Jesús envía a dos discípulos a buscarle un borriquillo para hacer su entrada montado en él. Así se hace y, en todos los evangelios menos en el de Mateo, se describe la entrada sobre el asno en Jerusalén.
En su deseo por citar el pasaje de Zacarías (que no se menciona en los demás evangelios), y para demostrar su perfecto cumplimiento, a Mateo se le escapa el aspecto del paralelismo de la poesía hebrea. La frase "montado en un asno, en un pollino, hijo de asna" describe la misma acción en dos expresiones ligeramente diferentes.
En cambio, Mateo supone que se trata de dos animales distintos y hace que los discípulos lleven dos: una borrica y su pollino.


Mateo 21.7: " ... y trajeron [los discípulos] la borrica y el pollino, y pusieron sobre ellos los mantos, y encima de ellos montó Jesús".


Lo que nos ofrece una imagen bastante extraña de Jesús al montar dos animales al mismo tiempo.>>

Moraleja: ¡Hay que ver la que se lía cuando se intenta ser más "papista que el Papa"!

Javier Auserd.

Consecuencias (microrelato de política-ficción).

Consecuencias (microrelato de política-ficción).

El Cid Campeador.
http://web.jet.es/vliz/indice.htm

-Escuche, señoría, yo le juro, por mi honor, que tengo un tebeo que dice, clarísimamente, que el I.R.A. mató a Julio Cesar.
-Pero mire usted, señor de Vivar, si yo le creo. Yo soy conservador, como usted, pero tiene usted que aportarme alguna prueba porque, de lo contrario, me quedo sin trabajo y ¿quién va luego a dar de comer a mi familia, su fuente secreta?
-Ya, señoría, si yo le comprendo y me gustaría mucho ayudarle y acceder a su noble y educada petición, señoría, pero es que si desvelo mi fuente, la mandan a 2P2, en Andrómeda y además, le tienen pinchada su pizza y, lo mismo le confiscan el móvil y le castigan sin Internet. ¿Qué puedo hacer?
-Pero mire usted, mío Cid, ¿no comprende que si le hago caso, así sin más, tendría que anular el proceso, liberar a todos los imputados e, incluso, indemnizar, encima, a los que reclamen al Estado, que, visto el morro que tienen, serían todos? ¿No comprende usted a qué consecuencias monstruosas conduciría creerle sin pruebas y hacer caso a sus afirmaciones?
-Ya, señoría, pero debe usted creerme, palabrita del niño Jesús, yo le juro a usted por lo más sagrado que me han chivado también que Clemente V era una señora disfrazada y también me dicen que Buda sufría de hemorroides ...
-Señor Campeador, me está empezando ya a cargar usted, ¿eh? Le repito que soy tan o más conservador que usted y que me gustaría que el Real Madrid siguiera ganando Ligas y que volviera a reinar el Sha de Persia, pero, de momento, le requiero, por última vez, a que aporte usted alguna prueba que me permita salvar el culo o tendré que procesarle por desobediencia.
-Me gustaría, señoría, revelarle la fuente, pero tendrá usted que conformarse con creerme como tendría que creer a Aznar, a un abogado, a un periodista del riñón, a un fraile del Císter o a un seleccionador nacional. Mi fuente es segura, y si no temiera represalias tan terribles como obligarle a llevar los mismos calzoncillos dos días seguidos, él mismo se presentaría aquí a enseñarle sus gayumbos.
-Estimado don Rodrigo, ya me ha hinchado usted los ... las ... narices. Estamos en el planeta Tierra, en el siglo XXI, en Europa y nuestra justicia, aunque no sea la octava maravilla, exige pruebas y no chismorreos. El hecho de que usted sea tonto y se crea hasta los tebeos de los Apóstoles de Yahvé y el Selecciones del Reader's Digest, no significa que me quede yo con las vergüenzas al aire, sin curro y siendo el hazmerreír de la profesión, que bastante jodida estaba ya, antes de que usted llegara a tocarme los ... las ... susodichas ud supra. De manera, que le pongo cien mil ... bueno, sólo mil euros de multa, que me los voy a gastar en tila, le proceso por desobediencia (antes desacato) y no le pongo unas orejeras de burro y con los brazos en cruz porque pongo en su conocimiento que eso ya no se lleva. ¡Vaya usted con Dios, (¡jobar, ya!) y luego a un psiquiatra!

Javier Auserd.

Botón de muestra.

Botón de muestra.

El Bosco, Hieronymous Bosch: Hertogenbosch, 1450-1516.
La Piedra de la locura (1475-80). Óleo sobre tabla. Museo del Prado, Madrid. España.
www.fisterra.com


El que no vea la crispación y sus efectos, mejor para él, yo no obligo a nadie a que vea lo que no quiera, pero ... haberla, hayla.


El Mundo, 24/3/07.
ANTE LA 'AGRESION' DE JESÚS DE POLANCO.
Rajoy, 'enormemente ofendido', esgrime su derecho a actuar 'en legítima defensa'.
Dice que desde 1977 no había habido una agresión así en una junta de accionistas.
Zapatero asegura que el boicot del PP al Grupo Prisa 'restringe libertades y derechos'. (...)

El Mundo, 24/3/07.
DECLARACIONES DEL EX PRESIDENTE ESPAÑOL DESDE MÉXICO.
Felipe González: 'Parece que estamos en un debate político prebélico'.
'Hay un clima de crispación política que empieza a calar en la sociedad'.
'Es un invento de los políticos para hacer una política desapegada de la ciudadanía'.
'Los ciudadanos no lo merecen porque no hay ninguna razón seria para la crispación'. (...)

El Mundo, 24/3/07.
LE HA GOLPEADO EN LA CABEZA CON UN BASTÓN.
Agrede 'por rojo' a un octogenario durante una protesta en Madrid contra los parquímetros.
Los hechos han tenido lugar en una mesa informativa del Barrio del Pilar.
El agredido, que repartía folletos, recibió tres puntos de sutura.
Actualizado sábado 24/03/2007 19:01 (CET). EFE.
MADRID.- Un vecino del barrio del Pilar, de unos 70 años de edad, ha abierto de un bastonazo una brecha en la cabeza de un octogenario, tras llamarle "rojo" y increparle porque protestaba contra el túnel de la M-30 y los parquímetros.
Así lo relató el propio agredido, Fermín Rodríguez, tras salir del hospital de La Paz, donde le tuvieron que poner tres puntos de sutura.
Coincidieron en el relato algunos de los vecinos que presenciaron la agresión, como la presidenta de la asociación de vecinos 'La Flor', de la que también es miembro el agredido.
Una testigo del suceso, que no participaba en la protesta, aseguró que el hombre gritó "rojos de mierda" a los representantes vecinales que en ese momento repartían panfletos informativos en la avenida Monforte de Lemos esquina con la calle Betanzos.
Fermín, que se autodefine como "una persona de pluma y libro", relató que la agresión se produjo después de que le ofreciera al agresor una hoja informativa, y tras negarse a cogerla, le increpó a él y a sus "compañeros" mientras se alejaba.
Fermín le replicó entonces que se lo "dijera a la cara", y el hombre se volvió y le propinó un bastonazo en la cabeza.
La víctima, que padece del corazón y lleva un marcapasos, tuvo que ser trasladado por el Samur hasta el hospital, donde tras darle el alta se marchó a la policía para poner una denuncia por agresión.
La marcha que llevó a cabo un centenar de vecinos del barrio del Pilar transcurrió por diversas calles, en las que instalaron seis mesas informativas, cada una correspondiente a un problema que querían denunciar.
El incidente se produjo en la mesa que protestaba contra el túnel de la M-30 en Monforte de Lemos, contra los parquímetros y contra la construcción de un aparcamiento privado cerca de edificios "muy sensibles".
Los vecinos reivindicaron también la retirada de las antenas de telefonía móvil de algunos edificios del barrio, el incremento de espacios y actividades para las personas discapacitadas físicas y psíquicas, y la conversión de la calle Ginzo de Limia, donde hay un colegio, en calle de preferencia peatonal, en lugar de en vía rápida, como planea el Ayuntamiento.


http://www.elmundo.es/elmundo/2007/03/24/madrid/1174758403.html?a=bcde911b4da38c6f9ee4b93b6a720211&t=1174776647

Javier Auserd.

Dinosaurio Coen.

Dinosaurio Coen.

Os presento a Dinosaurio Coen. Es mi alter ego en Second Life.
Es normal y corriente, no tiene un dolar y todavía está en la Isla. Es torpe e inseguro, pero anda y vuela de un lado a otro y va por debajo del agua siempre que puede.
Como es un miembro básico en el que no me he gastado un sólo euro, se debe aburrir mucho, el pobre, y no puede comprar nada: es un ciudadano de segunda, de Second Life. Pero ¡ya veremos qué pasa!
Os iré contando.

Javier Auserd.

¿Quién no ha descubierto América antes que Colón?

¿Quién no ha descubierto América antes que Colón?

http://clio.rediris.es/articulos/viaje.htm


Ahora que siguen apareciendo pueblos que descubrieron América antes que Colón y que, incluso el francés Chirac lo ha dicho abiertamente, reconozco que soy uno de los pocos que no lo ha hecho. Yo no he descubierto América antes que Colón. Lo siento.
De todos modos, parece uno de esos ejemplos de noticias de las que sólo unos pocos "pringados" son los últimos en enterarse, ¿no?
Porque, vale, no hubiéramos descubierto América, pero tampoco hubiéramos hecho rica a Europa. ¿Os imagináis todo lo que se hubieran ahorrado los Reyes Católicos (es decir, sus vasallos, nuestros antepasados) y evitado que ganaran los banqueros genoveses y flamencos?
No, no estoy llamando "pringados" a los Reyes Católicos. No oso tal en estos tiempos de Rereconquista, no se le vaya a escapar un tierno y cariñoso mandoble a cualquier "buen y pacífico manifestante" de esos que amenazan con fusilar a Zapatero y para los que no se puede pedir 96 años de prisión incondicional sin fianza.
Lo que pasa, es que me dejan "desparasitado" las cada vez mas numerosas declaraciones sobre el tema. Que si los vikingos, que si los chinos, que si los esquimales, griegos, fenicios, egipcios, rusos, japoneses, atlántes, jamaicanos ...
Y digo yo (que soy cada vez más ignorante), ¿por qué no ahorraron a la Corona de Castilla e incipiente España (es decir, a nuestros vasallos antepasados) las hipotecas, el enorme gasto y esfuerzo en dinero y en vidas (por ambas partes), la "leyenda negra" y el actual "bochorno"?
No lo entiendo.
Claro que, en aquellos tiempos no existía la News Corporation de Murdoch (el jefe a Aznar), ni la CNN, BBC, NBC, ABC, ni el teléfono, el fax, o el correo electrónico. Pero, ¡hombre!, podían haber avisado mediante las manifestaciones multimillonarias del P.P. o las encíclicas papales o algo. Creo que, aunque somos muy torpes, nos habríamos terminado enterando.
Pero no. Tenían que esperar más de cinco siglos después para contárnoslo en plan Gila: "Oye, tron, que me parece que no descubristeis vosotros América, ¡eh? que ya la habían descubierto hasta los ovnis".
Ahora me explico el sentido de la frase: "Mírale, se cree que ha descubierto América".
Pues vale. Yo digo como Agustín García Calvo en un poema musicado por Chicho Sánchez Ferlosio, que fueron los únicos que avisaron, aunque también es verdad que un poco tarde: a contratiempo.

 

A CONTRATIEMPO.
Carabelas de Colón,
todavía estáis a tiempo.
Antes que el día os coja,
virad en redondo presto,
presto.
Tirad de escotas y velas,
pegadle al timón un vuelco,
y de cara a la mañana
desandad el derrotero.
Atrás, ¡a contratiempo!
Mirad que ya os lo aviso,
mirad que os lo prevengo:
que vais a dar con un mundo
que se llama el Mundo Nuevo,
nuevo.
Que va a hacer redondo el mundo,
como manda Tolomeo,
para que girando siga
desde lo mismo a lo mesmo.
Atrás, ¡a contratiempo!
Por delante de la costa
cuelga un muro de silencio,
si lo rompéis, chocaréis
con terremotos de hierro,
hierro.
Agua irisada de grasas
y rompeolas de huesos,
de fruta, de cabecitas
veréis los árboles llenos.
Atrás, ¡a contratiempo!
¡A orza, a orza, palomas!,
huid a vela y a remo.
El mundo que vais a hacer,
más os valiera no verlo,
verlo.
Hay montes de cartón-piedra,
ríos calientes de sebo,
arañas de veinte codos,
sierpes que vomitan fuego.
Atrás, ¡a contratiempo!
Llueve azufre y llueve tinta,
sobre selvas de cemento,
chillan colgados en jaulas
crías de monos sin pelo,
pelo.
Los indios pata-de-goma,
vistiendo chapa de acero,
por caminos de betún
ruedan rápidos y serios.
Atrás, ¡a contratiempo!
Por las calles trepidantes
ruge el león del desierto.
Por bóvedas de luz blanca
revuelan pájaros ciegos,
ciegos.
Hay un plátano gigante
en medio del cementerio
que echa por hojas papeles
marcados de cifra y sello.
Atrás, ¡a contratiempo!
Sobre pirámides rotas
alzan altares de hielo
y adoran un dios de plomo
de dientes de oro negros,
negros.
Con sacrificios humanos
aplacan al Dios del Miedo,
corazoncitos azules
sacan vivos de los pechos.
Atrás, ¡a contratiempo!
Trazan a tiros los barrios,
a escuadra parten los pueblos.
Se juntan para estar solos,
se mueven para estar quietos,
quietos.
Al avanzar a la muerte
allí lo llaman progreso.
Por túneles y cañones
sopla enloquecido el Tiempo.
Atrás, ¡a contratiempo!
Por eso, carabelitas,
oíd, si podéis, consejo:
No hagáis historia, que sólo
lo que está escrito está hecho,
hecho.
Con rumbo al sol que os nace,
id el mapa recogiendo,
por el Mar de los Sargazos
tornad a Palos, el puerto.
Atrás, ¡a contratiempo!
Monjitas arrepentidas,
entrad en el astillero.
Os desguacen armadores,
os coman salitre y muergos,
muergos.
Dormid de velas caídas
al son de los salineros
y un día de peregrinas,
id a la sierra subiendo,
Atrás, ¡a contratiempo!
Volved en Sierra de Gata
a crecer pinos y abetos.
Criar hojas y resina
y hacerles burla a los vientos,
vientos.
Allí el aire huele a vida,
se siente rodar el cielo,
y en las noches de verano
se oyen suspiros y besos.
(Agustín García Calvo/Chicho Sánchez Ferlosio)

http://www.acontratiempo.net/paginas/OldPages/Textos_Carabelas.htm

Javier Auserd.

Envuelto para regalo (Epílogo).

Envuelto para regalo (Epílogo).

http://muestrese.com


Epílogo.
(Y colorín, colorado …).


Tras muchos días de pensar y pensar, terminó por abrirse paso en su dura cabezota lo que intuía desde un principio: tenía que volver a hablar con Clara.
No fue nada fácil, porque, indignado, había roto todos los puentes posibles. Tuvo que echar mano de amigos y compañeros comunes, tender redes, insinuar acercamientos, prometer calma, generar confianza, descartar venganzas, recomponer vías, sugerir consensos. Y, aún así, tuvo que aceptar la presencia de un mediador y esperar y esperar y esperar … la respuesta.
Era ya un abril cambiante, pero suave y espléndido, cuando le llegó la cita esperada. Estaba tan nervioso, que no comía, no dormía y, en el trabajo, no paraba de meter la pata hasta el extremo de que estuvo a punto de que le despidieran.
Esa tarde cambió el turno y, para hacer tiempo y desfogar sus nervios, se fue andando por el Paseo del Prado y subió por la Carrera de San Jerónimo hasta desembocar en la Plaza donde está la Cervecería Alemana, en la que habían quedado. No prestaba ninguna atención al tráfico y, por poco cruza más de un semáforo en rojo y casi le parten la cara por no poner atención y tropezarse con varios transeúntes. Con mucho esfuerzo y tratando de concentrarse al máximo para no tener más encontronazos peligrosos, llegó a la puerta de la Cafetería y, desde fuera, miró hacia el interior para ver si veía a Clara o a Jaime, el amigo que se había prestado a moderarles. Estaban los dos en una mesa del fondo. Entró, les saludó sin familiaridades, se sentó, pidió un café y esperó a que se lo trajeran mientras cambiaba unas breves impresiones con Jaime sobre el tiempo que hacía. Clara parecía bien, como siempre, tranquila, tostada (lo mismo había estado en Canarias o en la sierra) y sonreía levemente, mirando a Jaime, como si, después de saludarle, Adrián ya no existiera. 

-Bien – dijo Adrián y carraspeó – estamos aquí … - y se cortó antes de decir “reunidos” – porque … tengo algo que decirte, Clara.
-Soy toda oídos – contestó Clara, reprimiendo una carcajada.
“Mal empezamos”, pensó Adrián, mientras intentaba aparentar control – Ya sé que te dije muchas cosas, todas ellas muy extrañas, aquél día -. Se aclaró la garganta y prosiguió - No voy a minimizar mi … culpa o, mejor, mi responsabilidad por decir lo que dije, pero tengo que decir a mi favor que entendí mal una conversación privada y la apliqué a la situación tan … tan … extraña que estaba … que estábamos viviendo.
-Me han llegado rumores – ironizó Clara – y, francamente, me parecías más inteligente.
-Clara, por favor, no empecemos con “pullitas”.
-Vamos, vamos, Adrián – dijo Jaime -, no te enfades, que no es para tanto.
-Ya veo – comentó Adrián -. Bueno, ya sé que metí la pata en ese sentido. Y … en ese sentido … te pido disculpas.
-¡¿Cómo?! – exclamó Clara, triunfante, como si no hubiera oído bien.
-¡Lo que has oído! – casi gritó Adrián -. ¡Que te pido disculpas!
-¡No me grites, que no soy sorda!
-Tranquilos, tranquilos, calmaos – terció Jaime.
-Yo estoy muy tranquila. No soy yo la que me exalto.
-Vale, vale – sosegó Adrián -. Te pido disculpas, Clara. Confundí una conversación que comentaba un culebrón, una telenovela, con la realidad y te hice unas acusaciones que no … procedían. Pero, sin tratar de justificar mi falta de tacto, tengo que decir que las circunstancias eran … habían sido … lo suficientemente tensas y extrañas y … desquiciantes como para inducirme a aquél error, ¿no crees, Clara? – preguntó Adrián tratando de mirarla a los ojos.
-No sé, Adrián, no sé – dudó por primera vez Clara -. Me hiciste mucho daño aquella … maldita mañana. Me dijiste cosas horribles de las que yo no entendía nada. Estabas congestionado, olías que apestabas a … a choto …
-¡Claro, me había caído a un … charco inmundo, me habíais dado dos mantas cochambrosas! ¡¿Cómo quieres que oliera?! – interrumpió Adrián indignado.
-De acuerdo, de acuerdo y … lo siento. Ya te lo dije aquél mismo día. Siento haberte metido en aquello. Pero es que … me heriste mucho con aquellas frases … tan injustas e inexplicables.
-De acuerdo, Clara – convino Adrián -, pero ¿por qué me llevaste allí de aquella manera?, no lo entiendo. No puedo entender por qué no entramos por la puerta, por qué fuimos de noche, como ladrones y por qué me ocultaste que aquello era una dehesa y que no estaba abandonada, sino en plena actividad y que había gente, ¡mucha gente! … ¿Me lo puedes explicar … o decir …, Clara, por favor?
Clara dudó un momento y, pareció empezar a ser algo más vulnerable y humana – Sí, Adrián. Es verdad que te debo esa explicación, lo reconozco. Lo mismo que tú has reconocido tu confusión y que las frases espantosas que me dijiste aquel día fueron fruto de una confusión y … sí, vale, sí … y de las … circunstancias … Yo también te debo esa explicación. Verás, yo creí que te gustaban las aventuras y como … como escribías, pensé … pensé darte una aventura para que luego la escribieras.
-¡¿Qué?! – interrumpió Adrián - ¿Me estás diciendo que montaste todo aquél … numerito para … darme un argumento para … un relato? ¡Clara, por favor!
-Sí, Adrián, sí. No te lo creas si no quieres pero fue así.
-¿Y lo de las chicas … empleadas de tu tía, también era parte de tu … película?
-No, eso no. No. Por eso me costaba tanto entender lo que me decías. Que te hubiera metido en esa … aventura y estuvieras cabreado, lo entendía, pero del resto de lo que me contabas y acusabas … no entendía nada, Adrián. Alucinaba, ¿no lo comprendes?
-Sí, sí. Es posible. Tiene sentido. Ahora tiene cierto sentido. Bueno pues … No sé qué más queda por decir. Supongo que ya nada tiene arreglo.
-Yo me tengo que ir – comentó Jaime levantándose – Creo que vais a portaros bien en mi ausencia.
-Sí, sí, Jaime … Gracias por … acompañarnos, Jaime, gracias. Nos vemos, ¿vale? Yo también me voy … enseguida. No te preocupes – se levantó también Adrián.
-Bueno – añadió Adrián dirigiéndose a Clara – Yo me voy también, Clara – Se sentía agotado, como si hubiera corrido un maratón.
-Me hiciste mucho daño, Adrián – susurró Clara mirando al gin-tonic – Sí, sí. Vale, vale. No voy a empezar. Ya he reconocido yo también mi error. Pero nunca te había visto así, Adrián, y me dio algo de miedo. Nunca nadie me había hablado así. Ya sé que tu me llamabas caprichosa y consentida, incluso … niñata, pero en broma, Adrián, ¡en broma!
-Está dicho casi todo, Clara. Hay poco que añadir. O mucho … no sé.
-Y ahora, … ¿qué vamos a hacer?
-No sé, Clara, no lo sé. La vida es una mierda.
-La vida es … lo que hacemos los que estamos en ella.
-Siempre tienes que decir la última palabra, ¿verdad?
-Me han maleducado así.

Y, por primera vez en varios meses, sonrieron a un tiempo.


Fin (por fin).

Javier Auserd.

Envuelto para regalo (VIII).

Envuelto para regalo (VIII).

http://www.eurielec.etsit.upm.es/planeta/ 

Ocho.
(… tonto eres si no lo conoces).


Después de dar más vueltas que un tonto, encontró Adrián el despacho. Empujó la puerta, que esta entornada, y entró. Allí estaba Clara, revisando, tan tranquila, unos papeles a la luz de una lámpara de pie, a pesar de que ya estaba amaneciendo.

-Ah, eres tú. ¿Dónde te habías metido? – dijo alegremente.
-¡Pero serás …!
-Sí, de acuerdo. Ya sé que estás cabreado. Lo siento. Tienes razón. Yo te metí en esta aventura. Lo siento. Debí de haber sido más … menos … alocada.
-¡¿Alocada?! ¡Es todo lo que se te ocurre decir para justificar tu … traición?!
-Oye, oye – le contestó Clara sin levantar la vista de los papeles – Ya te he dicho que lo siento, hombre, pero creo que te estás pasando un poco, ¿no te parece? Ya te he dicho que entiendo que estés enfadado conmigo. Eee … furioso. Sí, furioso, esa es la palabra. Vale. Lo entiendo. Pero tampoco te pases, ¿vale?
-¡¿Qué no me pase?! ¡Digo traición sucia y rastrera, trampa maldita y … asquerosa y me quedo muy corto para resumir tanta … ignominia!
-Adrián, no te pases, que … - empezó a decir Clara, levantando los ojos de los papeles.
-¡Escúchame bien, Clara! – comenzó a gritar Adrián, congestionado.
-Adrián, por favor, te pido que no chilles. Sea lo que sea que me tengas que decir, te escucho, pero si me sigues chillando, te echo de mi casa.
-¡¿Será posible?! … Está bien, Clara, intentaré no chillar – dijo Adrián con una rabia sorda y contenida que le revolvía las bilis en el estómago - Pero me vas a escuchar, a cambio, muy, pero que muy … atentamente, mirándome bien a los ojos, ¿de acuerdo?
-De acuerdo, pero siéntate y cálmate, hombre, que te va a dar algo. Tranquilo.
-Mira, Clara, yo te he consentido muchas cosas desde que nos conocimos. No me interrumpas … por favor. En realidad te lo he consentido todo porque te quería. He estado ciego todo este tiempo, pero esta noche se me han abierto los ojos. He sabido de vuestros planes. Sí, sí, vuestros planes para engañar a tus pretendientes con el reclamo de esta finca a la que llamáis en clave “la joya”. Ahora sé que ha habido más incautos a los que se la habéis prometido falsamente para luego burlaros de ellos, como esta noche os habéis burlado de mí. Qué risa, ¿verdad? Sé que lo apuntáis todo en el ordenador. Pero el servicio lo sabe, vuestros empleados lo saben. Yeniffer, sin ir más lejos, lo sabe todo y os ha visto a tu tía y a ti apuntarlo todo. Voy a denunciaros a la policía. Voy a sacarlo a la luz. No sólo por mí, sino porque no hay derecho a lo que habéis hecho con tantos pobres desgraciados que han creído vuestras mentiras. Voy a desenmascararos. Voy a … a …
-Pero Adrián ¿qué me estás contando? ¿Cómo puedes creer esos … infundios? ¿Quién te ha mentido así?, ¿quién te ha … envenenado? Dímelo, por favor – suplicaba Clara con expresión despavorida.
-Ya te he dicho que Yeniffer lo sabe todo. Y no sólo ella, todos vuestros empleados lo saben o están en el ajo.
-¡¿Jennifer?, pero ¿qué Jennifer, ni qué … ocho cuartos?, ¿quién es esa?!
-Pregúntaselo a tus criadas, sirvientas, chicas, o como las llames, que es por las que me acabo de enterar hace un momento de toda esta trama. Y te recuerdo que ahora la que gritas eres tú.
-Es que es todo mentira. Mentira, Adrián. No sé qué es lo que me estás contando. No sé quién es esa Jennifer. Aquí no hay ninguna Jennifer. Aquí no trabaja ninguna Jennifer ni nada … parecido. Claro que tenemos ordenadores, pero busca si quieres. No encontrarás nada de lo que dices. No entiendo si has soñado, si tienes fiebre …
-Si tengo fiebre es por tu culpa.
-De acuerdo, por mi culpa. Pero no sé de qué me estás hablando, Adrián, tienes que creerme. Y, por favor, te suplico que no hagas nada de lo que puedas luego arrepentirte.
-¿Me estás amenazando?
-¡No! Quiero decir … que no hagas nada de lo que puedas luego … avergonzarte cuando veas que no hay nada de esa … maquinación … monstruosa de la que me hablas y que no sé si la has soñado o crees haberla oído o … o … - Clara comenzó a sollozar, pero se contuvo - Adrián, aunque no me creas, yo te juro por lo más sagrado …
-¡El colmo! ¡Eso es el colmo, una católica convencida, como tú, jurando en falso! Dile a alguien que me acerque al coche, por favor, no aguanto aquí ni un minuto más. Por favor.
-Está bien, Adrián. Si lo quieres así, así será … pero yo te … te aseguro que sigo sin entender nada de toda esa sarta de … barbaridades que me acabas de contar. Espero que te calmes y reflexiones … con el tiempo. Sólo puedo repetirte que siento mucho haberte metido en esto. Lo siento, de verdad …
-Vale, vale. Ya te he oído. Ahora, me gustaría irme, por favor. Ya te mandaré estos … estas ropas. Adiós.

Pasaban los días y, a ratos, Adrián se arrepentía de no haberlas denunciado aún, ni de haber organizado el debido escándalo, a pesar de tener los medios a su alcance. Pero algo, una extraña fuerza o sentimiento o … intuición, se lo impedía cada vez que estaba a punto de hacerlo. Además, el hecho de que Clara fuera compañera de profesión removía un sentimiento corporativo aunque, por el contrario, ni siquiera eso hubiera influido en ella para evitar la felonía. No dudaba de lo que había oído aquella noche, sin ser visto, en la cocina de la mansión, junto al fuego. Todo encajaba. Todo estaba muy claro. Demasiado, por desgracia. Pero todas esas circunstancias (y quizás también los buenos viejos momentos pasados, se decía a sí mismo) le frenaban a la hora de descargar su ira y su orgullo herido denunciándolas. Se concentraba al máximo en el trabajo, como una especie de terapia, y trataba de olvidar lo ocurrido a medida que transcurría el tiempo y comenzaba a surtir sus efectos cicatrizantes.
Una tarde que no fue a la redacción porque volvía a tener un fuerte catarro, con mucha tos y algo de fiebre, se tendió en el sofá del apartamento, después de comer algo, y puso la tele con desgana. Nunca veía la televisión a aquellas horas y cambiaba caprichosamente de canal una y otra vez.
De golpe, sin saber el motivo, quedó atrapado en uno de ellos por frases sueltas de lo que parecía un culebrón sudamericano en toda regla, aunque no había llegado a tiempo de ver el título. En él, una joven discutía con su galán con el típico acento, probablemente colombiano, venezolano o mexicano:

Ella: … je que no, Alejandro José, que no, que es todo una vil mentira.
Él: No, Jennifer Adelaida, no. Lo sé de buena tinta. Al fin recién me enteré y no estoy dispuesto a ser el hazmerreír de toda la hasienda. Sé que quien lavó el honor de tu tatarabuelo fue tu tía tatarabuela Ángela de la Crus de los Santos Apóstoles matando al villano que mansilló a tu tía tatarabuela Isabel Eugenia del Santísimo Sacramento.
Jennifer Adelaida (demudada): Pero Alejandro José, ¿cómo has podido averiguarlo, es el secreto mejor guardado de la estansia? Por ese secreto han muerto muchos de mis pretendientes.
Alejandro José: Te digo que lo sé y lo sé y lo sé. Es una trampa que habéis urdido entre tu tía y tú y está todo en esa computadora del despacho de tu tío. Era todo un montaje, Jennifer, un montaje. Y todos hemos sido unos tontos. Todos tus pretendientes anteriores, los que han muerto y los que no. Los que huyeron despavoridos del miedo. Todos unos tontos, embaucados por la promesa de la joya. ¡Maldita joya! ¡Maldita estansia! ¡Y maldita sea tu bellesa! ¡Pero yo te pego un tiro ahurita mismo y luego me quito la vida!

Adrián no pudo seguir viendo más. Ahora ya no sabía qué pensar. Tenía que ser pura casualidad, por supuesto, aunque él no creyera en casualidades. Pero aquello tenía que serlo. No cabía otra explicación … ¿O sí? Ya volvía a estar hecho un lío.
Consultó en una revista de programación televisiva el título del culebrón y, después de mucho mirar, lo descubrió. La telenovela se llamaba “La joya sabrosa”. ¡Increíble! ¡No podía ser! ¡Era una casualidad añadida! Pero, ¿y si las empleadas de la tía de Clara hubieran estado hablando de esa telenovela aquella noche? No, no. No podía ser. No. Era demasiado fácil. Pero, ¿y si …?

(Terminará ...)

Javier Auserd.

Envuelto para regalo (VII).

Envuelto para regalo (VII).

Paul Cezanne. 

Siete.

(Secreto a voces …).


Ya que estaban allí, tanteó Adrián, muy discretamente, por el motivo de su visita, pero una mirada asesina de Clara, como si él tuviera la culpa del numerito, le disuadió de profundizar en el intento.
Con todo aquello, una idea molesta comenzó a abrirse paso en la mente de Adrián: una cosa era que fuera la leche hacer el amor con Clara y otra cosa era el cariz que estaban tomando los acontecimientos. Se arrebujó cuanto pudo en las dos mantas prestadas, que, por cierto, olían a choto que apestaban, y procuró hacerse invisible en el rincón más oscuro de la cocina pero junto al fuego. No tardó en quedarse adormilado a pesar de que el trajín del personal de la casa continuaba en pleno apogeo. Por eso, le despertó el repentino silencio que, de pronto, se hizo en la enorme habitación. Estuvo así un momento, saboreando la tenue oscuridad y la calma, cuando llegaron dos mujeres, se sentaron en la mesa grande con dos tazas, miraron alrededor y siguieron cuchicheando. El crepitar de los troncos en la chimenea, le dificultaba para oírlas bien, pero, poco a poco, fueron subiendo levemente el tono, confiadas, y pudo Adrián captar algo:

-… tra noche ya les oí decir que tenían que estar listos, pero no podía imaginar que iba a ser eso.
-A él no se le ve malo, pero sí tonto. Porque no me digas qu’ay que ser tonto pa caer en la trampa.
-¿Pero es que no ha visto que era un montaje?
-Sa’ creído más listo que los otros y no ha visto el juego.
-Y tanto que el juego. Tú lo has dicho. Pero ¿quién no sabe en veinte leguas a la redonda el timo de “te doy la joya si me descubres América … que ya está descubierta”. A ver.
-A mí estas cosas me cabrean mucho, ni que ni me van ni me vienen. Pero es que son tos mu tontos.
-Yo creo que los atonta ella. Como es tan guapa …
-¿Y pa´qué querrán to eso?
-Vete a saber. Igual es para una encuesta o algo así. No sé qué dijo ayer la Yeniffer de que apuntaban cosas en el aparato ese.
-El ordenanza.
-Ordenante … No: ordenador.
-Eso.
-A mí también me dan pena. ¡Pobricos!
-Schh, calla. A ver si se t’escucha.
-No, boba. Se han vuelto a dormir y la niña se ha metido al despacho.

Se levantaron, fregaron las tazas y salieron de la cocina, pero, entretanto, le dio tiempo a Adrián a distinguir unas frases sueltas:

-Hay que ser tonto, pero tonto, tonto, mu tonto, pa no saber qu’aquel señoritingo se lo cargó su hermana qu’estaba enamorá de la moza.
-Si es que ahora se creen que todo lo han inventado ellos. Que te lo digo yo, Rafaela, que hay jovenatos que van de listos y son muy tontos.
-Pero tontos, ¿eh?, mu tontos, mu ton …

Hay muchas palabras para describir la decepción pintada en el rostro de Adrián tras descubrir, involuntariamente, el pastel, pero no merece la pena extenderse ni abundar en ello. Si acaso, destacar que, en ese momento, todo él movía a la conmiseración de la que siempre había tratado de huir despavorido por dura y catastrófica que fuera la situación, como cuando le desvalijaron el plumier el primer día de clase.
Un tropel incontrolable de sensaciones y sentimientos, pasaron desbocados atropelladamente por su cabeza, al borde del abismo, mientras un calor, sofocante e insoportable le invadía la cara: la venganza más refinada y dolorosa, la más burda y brutal, el suicidio, el escándalo en los medios de comunicación, la denuncia ante la policía, prender fuego a la casa con todos dentro, la huida cómoda y cobarde, la masacre colectiva (no sabía aún cómo ni con qué) … Pero sobre todas las barbaridades que se le ocurrían, había una que se iba abriendo camino a pasos agigantados en medio de su desesperada demencia: estrangular a Clara con sus propias manos.
Estuvo así un buen rato, perdida la noción del tiempo, cuando, la peste procedente de las mantas, consiguió sacarle del estado catatónico en el que se encontraba. Tenía que tomar una decisión, la que fuera (aparte de desprenderse de aquella pestilencia, desde luego). Arrojó las mantas a un rincón y salió por una de las puertas de la cocina a un patio muy grande donde la fría brisa del amanecer comenzó a refrescarle algo la congestión y a templar sus ánimos. Iría a hablar con Clara. Sí. Eso sería lo primero. Y le diría todo lo que pensaba de ella, de su tía y de su maldito jueguecito macabro y canalla. Eso es. Eso es lo que iba a hacer: localizar ese despacho o biblioteca o lo que fuera, donde estaba ese ordenador donde apuntaban todo y le iba a decir cuatro cosas a esa maldita traidora que le había embaucado con malas artes y se iba a enterar de quién era él, aunque fuera lo último que hiciera en su vida. Mas, de golpe, se le ocurrió la idea contraria: seguirle a Clara la corriente como si nada hubiera pasado, como si él fuera mucho más tonto aún de lo que habían supuesto su tía y ella y, cuando la cosa estuviera cerca del final, ¡zas!, descubrir su juego y ganarlas por la mano. Pero no, no. ¿A quién pretendía engañar? Él no era así, aunque tampoco era un cobarde. De modo que sólo le quedaba enfrentarse a la situación a lo bestia. Se acabó. Alea jacta est. Pensó para sus adentros para infundirse algo de valor del que, con tanto pantano, agua, barro, frío, lluvia, encinas, perros, ladridos, mugidos, caballos, relinchos, gritos de capataces, bulla de jornaleros y chismorreos de lugareñas, andaba tan mermado últimamente.

 

Le habría gustado ser el más listo del Universo. El más astuto, el más hábil, el más zorro, el más taimado. O, al menos, tener buena suerte para todo. Eso sería lo más cómodo y, aunque le atraía más lo primero, nunca sobra tener una suerte impresionante que haga que, hagas lo que hagas, te salga bien.
Primero fueron los reyes magos, el ratoncito Pérez, la cigüeña, Paris, la semillita, la palabra de las chicas, la infalibilidad paterna, el complejo de Edipo, la Iglesia, la lealtad de los amigos, el misterio de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo en forma de paloma, las novias para toda la vida, la fe ciega, el dogma del marxismo leninismo redentor, la bendita emancipación laboral, el primer cochecito de segunda mano impecable, más amigos incondicionales … Y cuando te crees que ya te ha pasado casi de todo y estás vacunado, ¡tachín! … llega un ángel en forma de jovencita que te reconcilia eternamente con la humanidad … durante unos meses para machacarte luego contra el fango.
Todo cuesta, todo tiene un precio, todo se paga, todo pasa factura: lo que te sale bien y lo que haces mal, aciertos que te vienen del cielo y fallos que te vas labrando tú solito, regalos y sinsabores, traiciones y trampas, disgustos, alegrías, sonrisas y lágrimas (como aquella peli ñoña), viento y calma, tormenta y esperanza, virtudes y defectos, amargo y dulce, blanco o negro, el bien y el mal, que si esto, que si lo otro y (a veces) que si lo de más allá. Y pum pum, y pum pum, y pum pam.
Sí. Ser el más listo del Universo habría estado bien. Saber de antemano, anticiparse al golpe, maliciarte la emboscada, prevenir lo que se te viene encima, calcular las posibilidades, ejecutar con mano firme lo más conveniente y acertado … ¡y acertar, acertar siempre, no fallar nunca!
¿Cómo se hace eso, cómo se consigue? En los folletines, en los seriales radiofónicos, en los tebeos, en las novelas de aventuras, en los libros de Formación del Espíritu Nacional, en las películas, en las teleseries, en los culebrones, en los DeuVeDés … todo le sale bien al héroe. ¡No me digas que también es mentira! ¡No, no! ¡Eso no! ¡No podría soportarlo! … Y, sin embargo, me temo que es así: que también es mentira. Que los héroes también son de mentira. ¡Malditas mentiras! Aunque no sé qué es peor, en realidad, si las mentiras o la cruda, terrible, cruel, inhumana, durísima verdad.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

Envuelto para regalo (VI).

Envuelto para regalo (VI).

http://www.ferhiga.com/progre/notas/notas-pfloyd-ummagumma.htm

Ummagumma. Pink Floyd.


Seis.

(“Careful with That Axe, Eugene”. Pink Floyd).

(Cuidado con ese espejismo, Adrián).


-¿Por qué tenemos que ir precisamente de noche, mona?
-Para que no nos vean, “mono”.
-Te lo pregunto en serio, Clara.
-Y yo te lo contesto en serio, “claro”. ¿O prefieres que mi tía te “descalifique” por utilizar “información privilegiada”?
-Bueno, bueno. No será para tanto. ¿Tú crees que en ese diario está la resolución del misterio?
-¿Quién sabe? Pero … si no te interesa …
-Sí, sí, sí, sí. Bonita. Que sí. Es sólo que no quiero hacerme ilusiones.
-Ah, majete. El que no se moja el culo … no consigue peces.
-Peces te daba yo a ti … sinvergüenza, mal hablada.

Como es de sobra conocido, unas piernas no son garantía de sensatez, pero arrastran lo suyo. De modo que Adrián se tuvo que meter en la boca del lobo para,  paradójicamente, encontrar algo de luz.

Fue una noche oscura, sin luna, de mediados de diciembre cuando llegaron a la puerta de la verja que daba al camino de acceso a la finca y que, como era de esperar, estaba cerrada.

-¿Tienes la llave? – preguntó Adrián a Clara.
-No –contestó Clara con tranquilidad – Pero conozco un atajo. Deja el coche ahí bajo ese árbol y saltamos la valla.
-¡Estás loca! ¡A ver si va a haber perros sueltos!
-¿Lo dices por ese cartel? ¡Tonterías! Es para asustar. No hay perros.
-¡Ay, madre! ¿Por qué me metería yo en estos berenjenales?

Bajaron del coche, que quedaba casi oculto desde la carretera, y treparon la valla pegados a la herrumbrosa y sucia puerta de hierro, ayudándose con sus barrotes y algunas piedras que sobresalían. Hacía frío y había caído una ligera nevada que dificultaba la operación. Clara saltó sin problemas, pero Adrián se enganchó en una de la puntas de la verja y se desgarró la cazadora, cayendo de lado y haciéndose daño en una rodilla al aterrizar.

-Pero mira que eres torpe – le dijo Clara en voz baja.
-¡Encima! ¡Maldita sea!
-¡Schhh, calla! ¿Quieres que nos oigan?
-¿Quiénes? ¿No decías que no había nadie? ¿Quién nos va a oír?
-Nunca se sabe – dijo Clara entre enigmática y divertida.
-Bueno … Te digo yo … - refunfuñó Adrián mientras se sacudía la cazadora y los pantalones lo mejor que podía, como si fueran a un baile.

Comenzaron a andar y avanzaron pegados a la valla alejándose del camino que transcurría en línea recta hacia la mansión que aún no se veía desde allí. A pesar de ser finales de otoño, el campo estaba lleno de ruidos nocturnos sin identificar que preocupaban a Adrián, aunque no decía nada para que no se burlara Clara de él. La valla les daba protección, orientación y cierta seguridad, pero llegados a un punto susurró Clara que era mejor empezar a dirigirse a la mansión campo a través.
Al principio todo iba bien excepto por una suave brisa helada que se levantó procedente de la sierra cercana. Caminaban al abrigo de las encinas hasta que llegaron a un claro ante el que Clara titubeó un momento.

-No sé. Esto no me suena. O nos hemos pasado o no hemos llegado al punto.
-¿Pero qué punto, si hemos torcido donde tú has dicho?
-¡Schh, calla! Deja que me concentre, hombre, no seas pesado. Sí, es por aquí, sólo hay que atravesar este descampado y desembocamos. Pasa tú primero.
-Pero ¿por qué yo?
-¿Tienes miedo?
-¿Miedo yo? Ahora verás – y diciéndolo echó a andar sin mirar siquiera por dónde pisaba, aunque poco habría visto de todos modos en una noche tan oscura.

Llevaba andados unos pasos cuando sintió que la tierra desaparecía bajo sus pies y cayó dando un grito ahogado por un chapoteo sospechoso.

-¡Ahhh, ¿qué es esto?, buff, buff, buff ¡Me he caído al agua!
-Calla, hombre, no armes tanto escándalo. Será algún trampal. El río está más lejos – le recriminaba Clara – Levántate. Seguro que no cubre. ¿Estás de pie? No veo nada.

Después de un tenso e interminable silencio se oyó la voz de Adrián balbucear, tiritando de frío:

-Sí, sí. Hago pie, hago pie. Me he levantado, pero estoy rodeado de agua, ¿no oyes? – y pisó fuerte para que Clara oyera el chapoteo que hacía – Vete hacia atrás. No entres en el trampal o río o laguna o lo que sea esto. ¡Maldita sea! ¡Encima no veo nada!
-Espera, espera. No te muevas. A ver si puedo encender un mechero.
-Date prisa, ¡jobar!, que noto cosas en los pies.
-Espera, espera. No te muevas. Serán yerbas. No te asustes.
-Si no me asusto, ¡hostias!, pero es que tengo mucho frío.
-Ven hacia aquí. Hacia aquí – dijo Clara mientras encendía un mechero – Y no digas tacos, hombre.
-Claro, claro. La señorita es muy fina. ¡Cómo se nota que no eres tú la que estás aquí en medio de este pantano … cenagoso!
-Calla, hombre, que te van a oír. ¿Ves la luz?
-¿Pero quién me va a oír, ¡cojones!? Sí la veo.
-Pues ¿quién va a ser?: los guardeses.
-¡Pero, ¿por qué no me has dicho que había guardeses?! ¡Y, sobre todo, ¿por qué no hemos llamado y entrado por la puerta, como todo el mundo?!
-Ay, cállate ya, hombre, y ven aquí, que eres un pesado.
-¡Encima soy yo el pesado! ¡Mira cómo me he puesto!
-Si no veo nada. Y baja la voz. Tendremos que rodear.
¡¿Más rodeos?! No, gracias. Yo me vuelvo a casita, que llueve, y me he puesto tibio.

En éstas estaban, cuando, además de empezar a caer una lluvia fina y fría, se oyeron ruidos a lo lejos, pero acercándose.

-¿Qué es eso?
-¿El qué?
-¡Pero, pero … si son perros que se acercan! … ¡Y toros!
-Pues claro – dijo Clara – Es una dehesa.
-¡¿Qué?! ¡Tu estás loca, tu estás como una cabra!

Retrocedieron hacia las encinas y, a toda prisa, se subieron a una. También se oían, cada vez más cerca, relinchos de caballos y voces humanas.
Primero llegaron los perros que aumentaron sus ladridos alrededor del árbol. Luego, varios hombres a caballo, se pararon al pie de la encina. Adrián tiritaba de arriba a bajo al tiempo que estornudaba y encubría su miedo y su cabreo con el trancazo que se había pillado.

-¡Bajaros d’ahí, rateros, que os vamos a dar una buena! ¡A quién se l’ocurre venir a tentar con este tiempo!
-Ramón, soy yo, Clara, la sobrina de doña Victoria.
-¡¿Cómo dices, rufián?! ¡No oigo nada con los perros!
-Jefe, parece la voz de una chica – dijo uno de los hombres a quien dirigía la partida.
-¡Bueno! ¡No me extraña! ¡He oído que ahora vienen tías con ellos! ¡Es igual! ¡Baja que te vamos a dar pa’ ir tirando!
-¡Ramón! ¡Que soy yo, Clara!
-¡¿Cómo?! No oigo nada, ¡coño! ¡Que se callen esos perros, ¡coño!, que no me entero!
-¡Ramón, cojones, que soy Clara!
-¡¿Claro?!, ¡¿qué claro, ni qué oscuro si no se ve ni torta?!
-Dice que se llama Clara, don Ramón.
-¡¿Clara?¡, ¡¿quién es Clara?! ¡Ah, Clara! Sí ¡¿La’béis “secuestrao”, cabrones?! ¡¿Dónde está?! ¡Dime dónde la tenéis, qu’os mato aquí mismo, ¿eh?!
-¡Ramón, joder! ¡Que soy yo, Clara!, ¡Que Clara soy yo, cojones!
-¡¿Qué tú eres Clara?! (No se ve na’) ¡¿Qué usted es Clara?! ¡¿La señorita Clara?!
-¡Que sí, Ramón, que soy yo, hombre, bájanos de aquí y te lo cuento!
-¡Paco, coño!, ¡Baja del caballo y ayúdalos a bajar! ¡Pero “cuidao”, “qu’osestoy” apuntando con una escopeta y como sea una trampa, os descerrajo, ¿eh?!
-¡Que no, Ramón, que soy Clara, hombre, no seas burro!
-¡¿Y quién viene conti … con “usté”?!
-Mi novio.
-¡¿Su quéee?!
-¡Mi novio, cojones!
-¡¿Su novio?! Jodía mocosa.
-¡Sí, Ramón, hombre, deja ya de pegar esos gritos! ¡Y dame dos mantas, que luego te cuento!

Le pusieron las dos mantas a Adrián por encima y le auparon a la grupa de un  caballo, detrás de uno de los jinetes. Tuvo que sujetarse bien a él, mientras estornudaba, porque en la arrancada por poco va al suelo. Después de un buen rato de traqueteo infernal llegaron al caserón que era más grande y menos destartalado de lo que Adrián había creído.
Les descabalgaron toscamente y les llevaron a la cocina. Avivaron el fuego y varias criadas, alertadas por el jaleo, saludaron a Clara y prepararon café y tostadas mientras miraban de reojo a Adrián y cuchicheaban por lo bajo.
Trajeron ropas secas para Adrián que se secó y se cambió en un baño y volvió a la enorme cocina al pie de la lumbre a seguir tiritando y a tomarse el café con tostadas. Clara, dueña de la situación, en un aparte hablaba entre susurros con Ramón, el capataz de la dehesa de su tía.
Adrián aún no lo sabía, pero con cada nuevo tiritón frente a la chimenea, su amor por Clara se empezaba a resquebrajar.

Down, down. Down, down. The star is screaming.
Beneath the lies. Lie, lie. Tschay, tschay, tschay.
Careful, careful, careful with that axe, Eugene.
The stars are screaming loud.
Tsch.
Tsch.
Tsch.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

El lado oscuro. Jarabe de Palo.

El lado oscuro. Jarabe de Palo.

Para Ana. 

Puede que hayas
nacido en la cara
buena del mundo
Yo nací en la cara mala,
llevo la marca
del Lado Oscuro.

No me sonrojo
si te digo que te quiero,
y que me dejes o te deje,
eso ya no me da miedo.
Tú habías sido
sin dudarlo la más bella,
de entre todas las estrellas
que yo vi en el firmamento.

¿Cómo ganarse el cielo,
cuando uno ama
con toda el alma?
Y es que el cariño
que te tengo
no se paga con dinero.
¿Cómo decirte
que sin ti muero?

No me sonrojo
si te digo que te quiero,
y que me dejes o te deje,
eso ya no me da miedo.
Tú habías sido
sin dudarlo la más bella,
de entre todas las estrellas
que yo vi en el firmamento.
Y no me sonrojo
si te digo que te quiero,
si te digo que te quiero.

Españoles de mal.

Españoles de mal.

http://blogs.eurielec.etsit.upm.es/freedreams/posts/2005/03/11/


Yo, para Rajoy y para Franco, soy un español de mal. Y como yo, otros 42 millones de españoles. Porque desde antes ya os digo que esta tarde van a decir que son 2 millones en la manifestación, aunque sean 200 mil.
Creo que no es una cuestión numérica, de todos modos, pero como para ellos sí lo es, tengo que decirles que, entonces (según ellos mismos), 8 millones de sus votantes son españoles de mal. ¡Qué pena!
Si a mí el partido por el que he votado me considerara español de mal, lo que hago en las próximas elecciones sería no votarle. Por eso lanzo esa disyuntiva a todos los españoles de mal que en España somos: votar al P.P. o no votarle.

Españoles de mal, no votemos al P.P. en las elecciones hasta que rectifiquen y nos pidan perdón por insultarnos a nosotros y a las víctimas de terrorismos que no le interesan.


Como mañana es el aniversario del 11-M, yo lo que manifiesto es un sentimiento de profunda condolencia a las víctimas de aquella masacre y a las víctimas de todos los terrorismos y a sus familiares.
Dejémosles con su dolor en paz.

Javier Auserd.

Envuelto para regalo (V).

Envuelto para regalo (V).

House Sherlock Holmes


Cinco.

(Querida Sherlock Holmes).


Años después, mientras trataba de descifrar los documentos de la familia de Clara, recordaría Adrián aquella tarde en la clínica con una leve sonrisa de nostalgia en los labios y la pluma que le regaló la muchacha entre los dedos. Pero debía concentrarse en su trabajo, de modo que, dejando a un lado los recuerdos, siguió intentando montar el rompecabezas que tenía delante de sus narices … sin que, de momento, consiguiera avanzar apenas nada.
Lo primero que había descubierto era que los antiguos tenían una ortografía pésima bajo una caligrafía preciosista en la que apenas se entendía nada. Lo segundo era que los papeles aguantaban fatal el paso del tiempo y la acción de la humedad y de los invertebrados. Lo tercero fue constatar, después de ojear muy por encima el contenido de aquél mamotreto, que no entendía ni jota. Y, por último, cayó en la cuenta de que todos los papelotes estaban cronológicamente descolocados, lo que significaba que habían sido revueltos a propósito o leídos por mucha gente a lo largo de los años o que se habían precipitado al vacío desde una estantería y fueron recogidos a boleo, porque su simple acumulación por orden de caída, habría traído como consecuencia un resultado bastante aceptable.
De modo que empezó haciendo dos montones y luego clasificó por su fecha a los que contenían tal detalle dejando para más adelante la labor de intercalar los que carecían del mismo en función de su contenido. Esto le llevó media semana. Entonces, entre estornudos de alergia, inició la lectura pormenorizada de cada uno de ellos anotando en un cuaderno de anillas lo que le iba llamando la atención: nombres de personas, referencias y alusiones, nombres de fincas, vicisitudes familiares …
No consiguió gran cosa salvo dolores de cabeza, congestiones nasales, picor de ojos y conjuntivitis. Se le ocurrió preguntar a Clara por lo que ella conocía de la historia de su familia y lo apuntó todo, pero no parecía mucho. Entonces, le preguntó si sabía de alguien aún vivo que supiera algo que arrojara algo de luz sobre aquellas tinieblas. Ella se puso a cavilar y a cavilar, adoptando caras raras e interesantes mientras paseaba entorno a Adrián y, al cabo de un buen rato, dijo en tono misterioso:

-Hay alguien … pero no está vivo.
-Entonces no nos sirve.
-Sí. Sí que nos sirve.
-¿Y eso?
-Porque es un libro.
-¿Un libro?
-Un diario, para ser exactos.
-¿¡!?
-El diario de Holmes. Sherlock Holmes.
-¡Me estás vacilando! ¡Te burlas de mí!
-No, querido grumetillo. Si me dejaras terminar, o más bien empezar, la historia, podrías enterarte de lo que quiero decir.
-Vale.
-Pues bien – carraspeó divertida – Érase una vez … el aya de mi tía …
-¿Tu tía Victoria, la condesa?
-¿Me vas a dejar seguir o me vas a seguir interrumpiendo?
-Disculpa. Sigue … por favor.
-Eso está mejor. Como te decía … Érase una vez el aya de mi tía a quien yo llamaba … Sherlock Holmes. Sherlock era, cuando yo la conocí, una abuelita maravillosa, que mandaba más que mi tía, que dirigía ella solita todo el tinglado y que se pegaba unos lingotazos de Anís del Mono que temblaba el misterio, pero que la mantenían, por alguna razón desconocida y, sin duda, reprobable, con una lucidez a prueba de bombas. De pequeña, me contaba unos cuentos inventados, basados en un refrito de todos los clásicos juveniles, con su voz de trueno (y de agua ardiente), que me mantenían tiritando hasta media noche. Allí aprendí que había un tesoro en una isla a la que unos aventureros llegaron en globo y otros en submarino, después de dar la vuelta al mundo y viajar al centro de la tierra; uno de ellos era detective y descubría a Tintín y al monstruo del Lago Ness; también iban al castillo de un vampiro, se refugiaban en un bosque robando a los ricos para dárselo a los pobres, destronaban a un rey malo, despertaban a una princesa, bailaban con ella y se comían a tres cerditos amigos de la abuela de un lobo. O algo así. Luego, con un guiño, me ponía unas gotas de colonia en la frente y, dejando la lámpara de la mesita encendida, como al descuido, entornaba la puerta de mi habitación y se iba a la suya a roncar. Le puse Sherlock Holmes porque también fumaba en pipa. Sherlock, tenía un diario donde iba anotando, desde niña, todos y cada uno de los acontecimientos de la familia. Y yo sé dónde está. Punto.
-¿Y?
-¿Cómo que … “¿Y?”?
-¿Que qué quieres a cambio?
-¡Ay, grumetillo, grumetillo! Veo que espabilas rápido. Aunque … eres inteligente, pero … aún no eres listo … Porque la pregunta no es “qué quiero a cambio”, sino “qué estás dispuesto a hacer”.
-¿Por?
-Porque hay que ir de noche al desván de tu futura mansión a por el diario del aya de mi tía: el diario de Sherlock Holmes, guapito.
-¿Y por qué de noche?

(Continuará ...)

Javier Auserd.

Alta traición.

Alta traición.

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Lo que sigue haciendo el P.P. tiene muchos nombres y todos muy feos. No voy a insistir aquí sobre los detalles de los etarras que excarceló cuando gobernaba o los beneficios penitenciarios que aplicó a asesinos como De Juana y otros muchos del mismo o mayor nivel carnicero, ni la connivencia física entre falangistas y peperos, ni los acosos y criminales ataques a sedes socialistas.
El problema, que ya estoy harto de repetir (pero ellos no de ejecutar), es la fractura social que sigue provocando su estrategia partidista y que siguen agrandando hasta que retomen de nuevo la titularidad del poder, como sea.
Yo creo que ya hay que hablar de alta traición y de pregolpismo, pero la culpa, sin duda, es de Zapatero (esta vez sí), porque está frenando y descartando de forma consciente el procesamiento de estos presuntos delincuentes, pensando que ellos van a tener luego una vergüenza, una conciencia, una moderación, unas intenciones democráticas y una humanidad que no tienen. Y lo vamos a ver, por desgracia. Y estamos viendo de nuevo el despliegue de la campaña de acoso y derribo del gobierno de la nación con métodos progolpistas, inciviles y tan ideológicamente criminales como los de los terroristas de cualquier tipo, impregnados del mismo odio antidemocrático y antisocialista.
Viene ahora a mi cabeza una cita del pastor protestante alemán Martin Niemöller, erróneamente atribuida a Bertolt Brecht:
"Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no era comunista así que no hablé. Después vinieron por los socialistas y los gremialistas, pero no era lo uno ni lo otro así que no hablé. Después vinieron a por los judíos, pero yo no era judío así que no hablé. Y cuando vinieron a por mí ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí".
El que pueda, que calle. Yo no puedo. El problema es que a este paso cualquier día nos van a hacer callar.

Javier Auserd.

Envuelto para regalo (IV).

Envuelto para regalo (IV).

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Cuatro.
(Contraste de pareceres).


-Hola – dijo Clara, sonriendo.
-Hola – respondió Adrián, tratando de aparentar normalidad y adoptando un tono mundano - ¿Cómo tú por aquí, se te ha roto el coche?
-Pues, ya ves. No, no tengo el coche estropeado. Es que me apetecía venir dando un paseo con el día tan maravilloso que hace.
-Ah, … Sí, sí, hace un día muy bueno, muy bueno … Eee … Las tardes ya son más largas y da gusto pasear. Mm … aunque a mí me gusta más … quiero decir, me gusta más el … el otoño.
-¡¿El otoño?! – exclamó Clara, repentinamente seria - ¿Estás loco? ¿Cómo te puede gustar el otoño?
-Pues … sí. Me gusta el otoño.
- ¿La lluvia, el frío, el viento, la oscuridad? ¡Qué tristeza! -  casi gritó Clara, desdeñosa – ¡Pues a mí me gusta la vida!
- A mí también me gusta la vida … No veo qué tiene que ver … - balbuceó Adrián.
-¿Qué no tiene que ver? ¿Gustándote el otoño, te gusta la vida? ¡El otoño! ¡Esa estación tan asquerosa y decadente! ¡Pues vaya! ¡Te creí un tipo más interesante!
- ¿Un tipo? ¿Qué me creíste un tipo? Mira, niña, ¿sabes lo que te digo?: que te quedes con tu estúpida y … cursi primavera y … sobre todo … quédate con tus “tipos interesantes” y … sobre todo … déjame en paz, ¿quieres?
-¿Será posible? – respondió Clara – Claro que me está bien empleado por rebajarme a hablar con semejante … mamarracho. Un borde de mierda al que sólo le gusta el otoño porque es un imbécil incapaz de apreciar la alegría de vivir. ¡No me extraña que te guste el otoño, eres un muermo! ¡No sé cómo he podido siquiera mirarte a la cara. ¡Ahí te quedas, idiota! – y, dicho esto, pasó por encima de Adrián, como un ciclón, sin darle apenas tiempo para apartarse, yendo hacia la salida, dejando al muchacho más corrido que una mona, con todo el autobús pendiente de él, mirándole entre risas y burlas como si fuera un bicho raro.

Pasaron por encima de Adrián las piernas de Clara, aquellas perfectas esculturas de carne y hueso, ni gordas ni flacas, en su punto exacto de finura y estilo, en su punto exacto de esplendor. Terminaba así el primer encuentro entre Clara y Adrián. Un encuentro que podría denominarse mejor como encontronazo. Pero en el ánimo de Adrián, pesaba más el recuerdo de aquellas piernas halladas y perdidas en la radiante tarde de primavera, que la humillación inmerecida e injusta a que se había visto sometido. Aunque, claro está, no pensaba arrastrarse tras ella como si fuera un perrito faldero, ¡hasta ahí podíamos llegar! No lo había hecho nunca con nadie y no lo iba a empezar a hacer ahora por muy bonitas que tuviera las piernas, el cuerpo y la cara esa maldita niñata de las narices.

Como es lógico, estaban decididos a no volverse a mirar a los ojos en lo poco que quedaba de curso. Es más, estaban decididos a no volverse a ver en todo lo que les quedara de vida. Se esquivaron con imaginación y con locura, poniendo exquisito empeño y cuidado en ello. Pero fue inútil, porque ninguno de los dos imaginaba las consecuencias del escándalo que acababan de desencadenar. Pronto se convirtieron en la comidilla de la clase, en el centro de todos los comentarios, porque varios compañeros habían presenciado el incidente del autobús y, llevados de un aire festivo y jaranero, los unos apoyaban mayoritariamente a Clara y las chicas a Adrián, de manera que se formaron dos bloques antagonistas e irreconciliables: las partidarias del otoño con su romántica carga de ensoñadora nostalgia y los amantes de la explosiva y vitalista primavera, que era tanto como declararse simpatizantes de la chica y pretendientes a su sonrisa y quién sabía si a algo más, andando el tiempo. Se crearon, incluso, comités de acción, como en las mejores épocas de la lucha universitaria, que editaron panfletos y manifiestos, elaboraron encuestas y extendieron la polémica al resto de los cursos y Facultades.
Las chicas eran las más lanzadas y activas y fueron las primeras en poner en marcha la lúdica movida. Hicieron pintadas y colgaron pancartas en las que se podía leer: “Viva el otoño” o “La primavera es un invento del capital para jodernos con exámenes” o “En primavera te cagan los pardillos” o “El otoño al poder” o “La primavera y los grajos, que se vayan al carajo”. Y llegaron a promover un conato de manifestación compuesta por una treintena de exaltadas veinteañeras que bajaron con una sábana desplegada, gritando consignas a favor de las virtudes del plácido otoño, sin alergias ni suspensos, desde Moncloa al Arco del Triunfo, donde fueron interceptadas y disuelta por la dotación de una furgoneta de atónitos policías que no sabían bien si se trataba del rodaje de una película, entre los pitidos de los sorprendidos y enfadados automovilistas y los comentarios de los transeúntes que presenciaban la escena.

-¡Qué barbaridad! ¡A dónde estamos llegando!
-Estos grandes almacenes ya no saben qué inventar para anunciarse.
-¡Habría que poner coto a estos desmanes!
-¡Pero, hombre, seguro que es un anuncio de la tele!
-¡La culpa es del gobierno, que tolera estas alteraciones del orden público!
-¡Si es que la juventud está desquiciada con tanta droga y tanta delincuencia!
-¡Pero, señora, si no hubiera tanto paro no ocurrirían estas cosas!
-¡La culpa es de la banca y de la patronal! ¡Que inviertan los beneficios en puestos de trabajo y dejen de forrarse ellos, verás cómo no ocurre esto!
-¡Si es que no sé a dónde vamos a parar con tanta libertad como hay hoy en día!
-¡Pero ¿qué libertad ni qué niño muerto, señor mío?! ¡Lo que pasa es que es usted un facha de mierda, hombre!
-¡¿Yo un facha, yo un facha?! … ¡Y tú un rojo, más que rojo, comunista, bolchevique! ¡Si el Caudillo viviera todavía, a buenas horas ibas tú a estar vivo! ¡Ni tú, ni toda esa gentuza de alborotadores marxistas! ¡Ni tú, ni esta mierda de gobierno socialista! ¡Rojos al paredón! ¡Arriba España!
-¡Es una vergüenza! ¡Con Franco no pasaba nada de esto! ¡Es una vergüenza!

No concluyeron aquí los incidentes. Se plantearon asambleas, ante las perplejas barbas de penenes y adjuntos que no sabían bien si iban a asistir a un pase de modelos, a alguna inusitada conferencia de corte postmoderno o a una “performance”. Y ocurrió que, en el calor de la discusión, se produjeron graves altercados, se dijeron cosas fuertes, hubo insultos, amenazas, ataques personales y estuvieron a punto de agredir a Clara. Pero lo peor fue que, a la salida del combate de boxeo, un comando primaveral de los “camisas claras”, como llamaba Adrián a los partidarios de la muchacha, le propinaron una paliza que estuvo a punto de tener consecuencias más graves. Todos estos hechos y la inminencia de los exámenes finales, cortaron de raíz lo que había empezado siendo una estúpida y trivial discusión de autobús y terminó como el rosario de la aurora.

En su habitación de la clínica, Adrián, vendado y dolorido, se preguntaba cómo era posible que las cosas hubieran degenerado hasta tales extremos. Cómo era posible que la insensatez humana pudiera desembocar en situaciones límite tan absurdas y denigrantes como aquella y, sobre todo, cómo era posible que le tocara siempre a él pagar el pato y haber estado a punto, como decía Adrián con trágica convicción, de irse al otro barrio. No cabía la menor duda, visto lo visto, de que los dioses le tenían manía.
Ensimismado en estas y otras reflexiones parecidas, no oyó que tocaron en la puerta y entraron. Era su amigo Javier, que venía a verle.

-Hola, chaval, ¿cómo va eso? Tienes mejor cara, ¿eh?
-¿Tú crees? Pues sigo hecho una mierda.
-Vamos, hombre, anímate. No te dejes hundir en la miseria.
-Es que no paro de darle vueltas al asunto. Estoy deprimido y creo que lo mejor sería liar el petate y salir de una santa vez de esta maldita vida que no deja de putearme.
-Tienes que dejar de pensar eso, Adrián. Cuando te obsesionas te pones trágico y cuando te pones trágico no sabes qué hacer con tu vida. Déjate sorprender por tu vida.
-Tú vas para cura, tron. Hablas de mi vida como si fuera el vigilante que me han asignado los dioses.
-Llámalo como quieras, pero no te obsesiones.
-Entonces, ¿qué sugieres?
-Pues eso: que vivas. Déjate llevar. No intentes cambiar las cosas que no puedes cambiar. Limítate a vivir sin preocuparte de lo que te gustaría o no te gustaría hacer o conseguir en cada momento. Porque si te obsesionas en eso, te escindes, te dispersas y no haces nada positivo y te hundes y te da por pensar cosas raras.
-Ya, ya. Eso está muy bien, pero ¿cómo hago para no obsesionarme?, ¿eh?, ¿me lo quieres decir? ¿Cómo tengo que hacer para no obsesionarme? Eso es lo que más me desquicia, que no sé lo que hacer para dejar de obsesionarme.
-¿Lo ves? Es inútil. Ahora te obsesiona no obsesionarte.
-¡Oh, cielos! Entonces estoy perdido. Ahora no sólo tengo que dejar de obsesionarme, sino que además tengo que dejar de obsesionarme con dejar de obsesionarme. ¿No es eso?
-Veo que, al fin, has comprendido – dijo Javier, visiblemente desesperado, y se marchó dando un portazo con la íntima convicción de que su amigo Adrián le había vuelto a tomar el pelo. Era señal de que iba mejor.

Acababa de irse su amigo, cuando alguien volvió a llamar a la puerta de la habitación.
-¡Entra, pesado, qué te has olvidado! – dijo Adrián.
-¿Puedo pasar? – dijo una vocecita temblorosa, al tiempo que asomaba su cabeza por la puerta entreabierta.
Era Clara. Adrián, al verla, dio un respingo y un brusco movimiento de retroceso, golpeándose contra la cabecera de la cama, lo que le produjo un gesto de dolor.
Clara, al verle, avanzó hacia él exclamando condolida:
-¡Oh, lo siento!
-¿Que “sientes”?, ¿el qué? ¿Qué no me hayan matado tus gorilas?
-No son mis gorilas y además … Además, vengo en son de paz – dijo Clara dulcificando su expresión todo lo que pudo.
-Con que “en son de paz”, ¿eh? ¡Y por poco me desnucas del susto!
-No era mi intención asustarte, Adrián. He venido a … a pedirte disculpas.
-Está bien. Está bien, acepto tus disculpas. Y ahora, por favor, déjame que termine de recuperarme del todo, ¿vale?
-Pero, ¿no me guardas rencor? Dime que no me guardas rencor, ¿eh?
-Sí. No te guardo rencor. No te preocupes. Anda, vete tranquila. Pero lárgate ya. A ver si se me va pasando el dolor.
-Es que … he venido también a traerte algo. Toma. No sabía qué regalarte. No sé si te va a gustar. Como apenas nos … conocemos …
-Es … muy bonito. Sí, muy bonito. Me gusta mucho, de verdad. Hasta luego.
-¡Pero, si no lo has abierto!
-Ya. Pero me gustará, te lo aseguro.
-Ábrelo, por favor. No me iré de aquí hasta que no lo hayas visto.
-Está bien. Tú ganas, como siempre. A ver qué es esto …
Adrián abrió el pequeño paquete y encontró una agenda de piel y una estilográfica negra con plumín de oro. Se quedó parado, estupefacto por la sorpresa y se puso a pasar las hojas de la agenda, retrasando el momento de enfrentarse a los ojos de Clara en los que empezaba a dibujarse una sonrisa.
-¿Te gusta? – comentó suavemente.
-Sí, pero … – respondió, al fin, Adrián, mirándola desconcertado – No debías haberme hecho este regalo. En realidad, no debías haberme hecho ningún regalo. No fue … culpa tuya.
-Sí que fue culpa mía, por testaruda y caprichosa, irresponsable y … estúpida.
-Bueno, bueno, deja de ponerte verde a ti misma. No es para tanto.
-¡¿Qué no es para tanto?! ¡Mira cómo te han puesto gracias a mi … maldito carácter, a mi falta de … tacto y …
-Vale ya, Clara. Yo también he tenido mi parte de responsabilidad en el asunto, ¿no te parece?
-Pues ahora que lo dices … Porque si no hubieras encendido los ánimos hasta ese punto. Si no hubieras caldeado el ambiente. Si te hubieras retirado a tiempo en lugar de …
-Oye, oye, ¿qué me estás diciendo? En primer lugar, fuiste tú la que caldeó los ánimos. Fuiste tú la que encendió el ambiente. Y fuiste tú la que debió retirarse de la provocación y la violencia troglodita que …
En ese momento, un fuerte tirón en los puntos de la cara le impidió seguir hablando, al tiempo que se contraía en otro gesto de dolor.
-Está bien – dijo entonces Clara – No te alteres. No discutamos más. Los dos tenemos culpa. Pero vamos a dejar el tema, ¿eh? Ahora … tengo que irme. Mañana vuelvo, ¿eh?, a ver cómo sigues.
Y, levantándose del borde de la cama, donde se había sentado, le dio un beso en la frente, saliendo luego como una exhalación del cuarto, dejando en el aire el fresco aroma de una colonia de baño y la fugaz imagen de sus piernas de infarto.
Así se cerraba el primero de los encuentros civilizados entre ambos tras los incidentes, comienzo de unas relaciones que supondrían un giro total en la, hasta entonces, monótona vida de Adrián y en la, por el contrario, en exceso divertida vida de Clara.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

Envuelto para regalo (III).

Envuelto para regalo (III).

Palacio de la Magdalena (Santander). Cosecha propia.


Tres.

(Analepsis o flashback).


Apenas habían transcurrido unos segundos prudenciales desde que se quedara solo en el despacho, cuando Adrián se incorporó de la butaca y recogió de la parte derecha de la mesa unos cuantos folios en blanco con membrete. Los dobló cuidadosa y lentamente, tratando de controlar los golpetazos de sangre sobre las frágiles paredes de sus sienes, y se los guardó lo mejor que pudo en un bolsillo de la chaqueta con el tiempo justo de acomodarse de nuevo en el sillón y poner la cara de aburrimiento del que no ha roto un plato en su vida. En ese mismo momento se abría la puerta del despacho y entraba don Pascual con una carpeta voluminosa y polvorienta entre las manos. Era una de aquellas carpetas antiguas con cordoncitos de colores, que presentaba un aspecto deshilachado y mugriento como si hubiera sido utilizada en numerosas ocasiones a través de los siglos y de los avatares de la historia privada de la familia.

-Aquí tiene usted, don Adrián – le dijo el viejo abogado, tendiéndole el destartalado carpetoncio lleno de papelotes amarillos y ocres roídos en unos bordes sucios y desiguales que pugnaban por salir de su encierro – Aquí está todo. Yo hubiera querido preservar del tiempo y de la naturaleza todos estos documentos y otros muchos que me fueron confiados a lo largo de mi dilatada vida profesional, pero … el exiguo presupuesto de la Fundación para estos y tantos otros menesteres, apenas si alcanza para algo más que su desordenado almacenamiento en los sótanos del edificio, presentando en todos los casos tan lamentable e indecoroso aspecto. Confío, no obstante, en que pueda usted desarrollar la digna labor que le ha sido encomendada por su excelencia, la señora condesa de Tresaguas, a quien Dios guarde muchos años entre nosotros, manteniéndole intactas las tan altas y acrisoladas virtudes que siempre le han caracterizado, convirtiéndole a nuestros humildes y mortales ojos en uno de los pilares fundamentales donde descansa la flor y nata de la aristocracia española para gloria y ejemplo de las generaciones venideras en este período de caos y confusiones sin cuento que nos ha tocado en suerte, aunque yo me atrevería a decir que, más bien, en desgracia, vivir. Pero no le entretengo más, don Adrián. Transmítale usted a la excelentísima señora condesa el testimonio más sincero y enaltecido de mi consideración y respeto y póngame a sus pies para …
-Así lo haré, don Pascual. Así lo haré. Pierda usted cuidado – interrumpió Adrián la interminable perorata del anciano abogado al tiempo que, incorporándose de su asiento, estrechaba su temblorosa mano en un rápido gesto de apresurada despedida.

Una vez en la calle, suspiró aliviado respirando hondo su dosis personal de contaminación para sentirse de nuevo un animal urbano en todo su apogeo y especialmente libre del rancio abolengo de aquellos muebles carcomidos y papeles decrépitos, del mal aliento vital y de los cuellos almidonados, del agobio de las estanterías hasta el techo y de las recargadas lámparas de bronce y filigranas chinas con motivos hindúes, de los atosigantes y estremecedores cuadros negros del siglo XVI de estilo cartujano donde todo eran frailes y santas de rostros severos y tenebrosos apenas distinguibles en la penumbra infrahumana de hábitos macabros y fondos oscuros. Y cuando se hubo sacudido, por fin, toda aquella carga de ancestrales fantasmas de los que ya no dan miedo sino profunda y entristecida misericordia, echó a andar sobre la capa de asfalto decimonónico renovado en busca del homicida salvador del honor de una de las más nobles familias de Castilla, al que debería descubrir a través de los papeles que le palpitaban bajo el brazo para hacerse acreedor a una finca enorme y a una mansión destartalada con las que la anciana condesa, tía de Clara, premiaría el resultado final de sus averiguaciones.

Antes de acostarse con Clara, Adrián aprovechaba sus ratos libres para pensar en ella como si cualquier maldito niñato bien nacido  se la fuera a desgastar con la mirada. Aprovechaba incluso las siestas de las vacaciones para imaginarla entre sus brazos en una jungla esplendorosa de palmeras azules y manglares gigantescos, de ríos violetas y nenúfares sepias, anaranjados, castaños y amarillos contra el violento resplandor de un cielo verde esmeralda enrojecido hacia los bordes colindantes con unas colinas pardas coronadas por unas nieves perpetuas de color azafrán. Era como el rito enfermizo de un desesperado mamífero de clase baja, con estudios medios, jugando, sin fortuna y sin acierto, a conseguir alguna fama relativa más que a ascender por la resbaladiza y confusa escala social, a despecho de no haber contado con los suficientes recursos económicos que le hubieran permitido evadirse de otra forma más práctica y gratificante que la que se veía obligado a adoptar. Era la evasión más aburrida, pobre y solitaria que conocía y que le impedía encontrar otra salida verdaderamente activa o terapéutica. Por eso se dejó atrapar por Clara. Con cuidado, para que no se notara mucho su interés por ella, pero siguiendo de cerca los sutiles movimientos depredadores de la muchacha, fue dejándose arrinconar hacia su trampa. Y, aunque con algún que otro percance, por primera vez en su vida, le salió bien la jugada.

 

Era una tarde radiante de principios de mayo en la Ciudad Universitaria. Hacía calor y, por las sucias ventanillas del autobús, se distinguían los momentáneamente verdes prados del campus como agradable alfombra de los frondosos árboles de la avenida principal, de los caminos laterales y de los jardines frente a las entradas de las Facultades. Adrián iba sentado ojeando distraído una revista cuando, ante él, se pararon dos piernas deliciosas enfundadas en unas medias oscuras que terminaban en una falda corta vaquera por donde continuaba un cuerpo de locura rematado en una blusa blanca con  sonrisa de infarto, ojos burlones y una melena de pelo lacio encima. Era Clara.

Como era de esperar, a Adrián se le cayó la revista al suelo y, tras un intenso y desesperante carraspeo, consiguió tartamudear algunas palabras incoherentes. El asiento de al lado estaba vacío. Se levantó, dejando paso a la muchacha, mientras trataba, inútilmente, de controlar los nervios que le corrían por la cara en forma de abundantes goterones de sudor repentino e incontenible. Una bocanada de bochorno insoportable invadía su rostro impidiéndole respirar y produciendo un océano de flemas en su tímida y frágil atragantada garganta. Ella, en cambio, sonreía con malicia saboreando el espectáculo, derrochando gracia, manejando aplomo, dominando la situación con desparpajo como si así se vengara de tantos esquinazos con que aquél mequetrefe de tres al cuarto le había obsequiado a lo largo del curso que ahora terminaba.
Cuando, por fin, ambos se hubieron instalado en los asientos, equilibrando con sus cuerpos los tirones y traqueteos del autobús; cuando, por fin, él se hubo guarreado la frente de pasarse las manos, varias veces, intentando secar el ataque de sudor y se hubo aclarado la voz lo mejor que pudo; cuando, por fin, recogió la revista e intentaba dominar los nervios que ahora se le presentaban en forma de gases acumulados de repente en los intestinos, comenzaron a hablar.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

Envuelto para regalo (II).

Envuelto para regalo (II).

Robert Daughters. Las Trampas II. Ed.260s/n. 25x32. Serigraph (handpulled, 32 colors).
http://www.waldenfineart.com/cgi-bin/csgallery/index.cgi?command=mi&id=514&ccat=5


Dos.

(La realidad está llena de trampas).


No sabía en qué momento exacto de su complejo relato empezaban a fallar las cosas. Puede que fuera en el segundo capítulo, después de la descripción de la amante de Paco, cuando se embarcó en un farragoso recorrido por el Madrid del setenta y cinco donde mezclaba sus propias experiencias con la historia de un chico como él que escribía sobre otro chico como él que se escapaba a una isla del Caribe harto de una vida tan actualmente anodina, pero cargada de problemitas, como la de los tres chicos juntos.
Confundía, por ejemplo, la noche aquella en que el Loco le había perseguido escaleras abajo blandiendo un hacha y gritando como un poseso que iba a matarle, con la bronca de Paco con José Ramón o con la trifulca de Ernesto con el pintor que refugiaba a un narcotraficante durante unos días y le acusaron una noche entre los dos de ser un maldito comunista clandestino que no le contaba nada de sus misteriosas andanzas por las callejuelas de los últimos estertores de la dictadura.
Se le ocurrió meterse en esos berenjenales en parte porque le obsesionaba hacía tiempo la idea de contar sus aventuras de forma encubierta, en parte porque se llevaban las crónicas urbanas. Pero lo suyo era divagar por las alturas inconcretas haciendo filigranas barrocas en el aire, volar a ras de cielo por los inmensos salones del limbo o en las naves inconmensurables de las catedrales góticas, aunque también lo suyo era danzar sobre las tumbas de los mausoleos familiares o hacer los más extraños reportajes sobre el sexo confuso de los ángeles o discurrir el modo más sencillo de conjurar la mala suerte contra los amores enloquecedoramente imposibles por muy poco.

Su recuerdo más nítido era el de un niño de tres años, recién cumplidos, desamparado en lo alto de la escalinata del colegio tras su primer día de clase, con un babi más grande que él mismo, con unos calcetines blancos, unas sandalias diminutas, una enorme cartera cargada de cuadernos, con el peso infinito del porvenir a cuestas, con un plumier desvalijado por compañeros más pícaros y expertos, mirando a la vida desde allí, mirando el vértigo insoportable del frío sol de otoño sobre su cabecita atormentada de perdedor nato, mirando el futuro presentido como un castigo, sintiendo las lágrimas que le ahogaban la garganta infantil, la rasposa impotencia entre las tripas por la pura pena negra de estar en un mundo constantemente incomprensible y amargo. Ya entonces se había sentido solo, extranjero en la vida, acorralado. “Llévame contigo, padre” – pensaba treinta años después – “A algún sitio donde no me roben el plumier o donde sepa partirles la cara. Un sitio donde no me sienta tan solo. Llévame a pasear por los jardines del cielo de tu mano. Porque me viene grande esta mierda, papá y no puedo con ella. No puedo más”.

Se acabó el tiempo de las rosas en nuestros corazones, incluso aún en el caso de que nunca hubiera existido. Se acabaron las cosas que nos emocionaban: las películas de indios en los cines de verano, las pipas, los amigos, Charito y Margui, Merche y Angelines. Se acabaron el guá, los cromos, la peonza, las chapas, el rescate, el escondite … Se acabó la olla, el tula, el bote botero y el pan y quesillo. Hubo un tiempo hermoso y claro en el que todo era flamante, nuevo, limpio; en el que olores y sabores eran puros y disfrutábamos del aire y de las amapolas, de la calle, del sol, del parque, de Luisa y de los amigotes. Y se acabó todo de golpe el otro día, mientras compraba un paquete de tabaco en el quiosco de la esquina. De pronto se dio cuenta de que el cielo era más gris, aunque estaba despejado, y de que los colores habían desteñido hasta quedarse en aquella parodia de verdes inertes y rojos inmaduros. Se dio cuenta, entonces, de que la vida le había pasado por encima como una apisonadora justo en el momento en que más necesitaba de toda la ternura. Quiso gritar en medio del tráfico inhumano. Quiso decir que aquello no valía, que casi todos estaban haciendo trampa y así no había forma de esconderse. Pero le rodeó una estampida inoportuna procedente de la boca de metro más cercana en tanto que un golpe brutal de salida escolar le engullía para siempre en las más negras aguas urbanas del anonimato. Tuvo que agachar la cabeza y adaptarse al paso cotidiano de la gente, ceder, como siempre había tenido que hacer al final y resignarse a una evidencia humillante: había cogido la realidadlitis y no había que darle más vueltas.

Por eso decidió hacerse periodista. Todas las tardes, al salir del trabajo, iba a la facultad y se sentaba en los bancos polvorientos, con olor a carcoma, donde algún fatigado vejete desgranaba su monótona retahíla acerca de los recovecos del lenguaje o de las técnicas de composición de un artículo rápido. Y así, año tras año, esfuerzo tras esfuerzo, aprendió la versión actualizada y moderna de uno de los oficios más antiguos y desprestigiados del mundo: el del cotilla que hace preguntas sin sentido sobre temas sin importancia para que otros, mucho más listos, lo vendan como la más interesante historia jamás contada.
Fue allí donde conoció a Clara. Se sentaba unos bancos más abajo y la lacia melena rubia de la muchacha, permanentemente inquieta y juguetona, atrapó su atención desde el primer momento. Pero el ejército de moscardones que desplazaba Clara a su alrededor de un lado para otro, le hizo desistir de abordarla como habría sido su propósito, sumiéndole en el mismo hermético aislamiento que le perseguía desde niño en situaciones semejantes. Era demasiado bonita para él, demasiado simpática, arrolladora y desenvuelta pero, sobre todo, vivía en otro planeta. Y la vida, en cambio, le pesaba a Adrián como una losa, probablemente – pensaba a veces – porque era su primera encarnación. Le había tocado empezar desde cero (o quizás desde menos veinte) y no tenía memoria de experiencias anteriores. Además, la melancolía era un componente demasiado fuerte de su personalidad y, ante cualquier agresión externa, reaccionaba, por instinto, como una tortuga. Refugiado en sí mismo, segregaba una depresión pegajosa y molesta que le embotaba los gestos como una maldición. Sin embargo, esta vez, la chica se fijó en él precisamente por eso: no podía consentir que nadie dejara de bailar al son que ella tocaba.

(Continuará ...)

Javier Auserd.