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¡Que sea lo que Dios quiera!

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Aventuras Caseras Asociadas, presenta: Capítulo XIII.

Uno.
Cada vez que iba a ver a Benicio y podíamos hablar porque no estaba en el “módulo de reflexión” (¡qué graciosos son los ricos!), se acordaba de mí y de toda mi familia. “¡Porque yo no puedo soportar más esto! ¡Porque me están matando despacio! ¡Porque la culpa es tuya que me has traído a este antro! ¡Hermana! ¡Hermana, quite a este engendro de mi vista! ¡Ahora mismo!”. Y yo, que si “Cálmate Ben, que te vuelven al módulo”. Y él, que si “¡Prefiero la muerte que seguir aquí! ¡Un caballero legionario como yo! ¡Qué diría mi capitán si me viera rezar el rosario todas las tardes! ¡Eres un canalla (y cosas peores que no digo porque me quitan el yogur de melocotón que es lo que más me gusta)!”. Y así sucesivamente.
¡Hombre!, de antemano, ya no contaba yo con su agradecimiento y, al principio, hasta le comprendía y “¡Pobre Ben!” para arriba y “¡Pobre Ben!” para abajo. Pero una cosa es una cosa y otra cosa era eso. Y en vista de que no se le pasaba la perra, empecé a mosquearme. Aunque me dio igual. Le tuve que dejar por imposible, cantando a voz en grito: “La cabra, la cabra …” a punto de recibir otra inyección adicional de Valium por cuenta de la casa para que dejara de alborotar al personal y de cantar “canciones indecorosas”.
Instintivamente espacié las visitas porque me resultaba desagradable sentirme culpable por haberle metido allí aunque hubiera sido para protegerle a él y a sus vecinos de sí mismo y de sus agresivos delirium tremens. Le contaba cuando iba (y no era del todo incierto) que volvía a tener mucho trabajo y andaba muy liado de acá para allá con un montón de casos farragosos. Él me miraba de través con cara de no chuparse el dedo y de no tragarse la bola y torcía la cara como diciendo: “¡Buah, menuda carioca que me estás contando! ¡Anda ya, chaval! ¡Vete a SEPU! ¡A hasé pu … ñetas y déjame en paz, so capullo, que bastante tengo con terminar mis días aquí encerrado!”.

Y terminó. Terminó una bochornosa tarde de julio mientras intentaba saltar el muro con la valla metálica electrificada de la clínica y una descarga le tuvo un buen rato transfiriendo su mortífera potencia contra su desgastado cuerpecillo y luego le escupió unos treinta metros atrás hacia el jardín donde se golpeó contra un árbol y terminó de rematar la faena. En Estados Unidos, aquello habría sido materia para un bonito pleito con su multimillonaria indemnización y todo, pero aquí, entre que no tenía familia y el poderío de la Fundación que está detrás de la ilegal valla electrificada de la clínica mental privada esa, igual le tocaba poner dinero al guapo que se hubiera atrevido con semejante hueso. Eso sí, se abrieron diligencias y, casi inmediatamente, se archivaron. ¡Pobre Ben! Que me perdone por el chiste fácil y grosero cuando nos volvamos a encontrar en el infierno, pero … me temo que terminó un poco … quemado.

Dos.
Estaba terminando de cenar en el restaurante de Lola cuando se acercó mi amigo Miguel, que es de una Asociación de Recuperación de la Memoria Histórica. Me había encargado una investigación que necesitaban y a la que no les dejaban acceder, se sentó y le dije cómo iba. Me contó lo del japonés que viene desde su país a asistir a las exhumaciones y que ha salido en el periódico. El japonés llora cuando ve las caras de los familiares y no puede entender, por más que lo intente, cómo hemos tardado cerca de 70 años en empezar a hacer lo que teníamos que haber hecho (y ellos lo hicieron) en seguida o, al menos, justo después de morir Franco que lo impedía.

-Yo tampoco puedo entenderlo – me decía Miguel – Se han acumulado miles de circunstancias, sí. Pero ¿qué hemos hecho y no hecho para dejar que se acumularan? – se escandaliza Miguel - ¿Es que somos unos monstruos inhumanos?, ¿o es que somos unos vagos indiferentes?, ¿o es que somos unos cornudos apaleados? No sé lo que somos, en cualquier caso nada bueno ni normal. Por eso, no descansaremos hasta que nuestros antepasados descansen como Dios manda.
-Es un tema muy doloroso –dije -. Pero, desde luego, más doloroso es seguir dejándolo todo como estaba. Tanta desidia ha sido escandalosa.
-Un pueblo no puede considerarse civilizado si no ha dado buena sepultura a sus muertos para que descansen en paz, independientemente de los motivos por los que murieran. Quienes hablan de revancha o de sus muertos, que llevan 70 años descansando como es debido, son unos revanchistas y unos canallas sin vergüenza y sin alma. No quiero alborotarme. Aquello pasó y se acabó. No queremos ni debemos removerlo, debemos perdonar. Pero la actitud y los insultos de algunos vivos ahora mismo son un delito que se debiera castigar con algún año de cárcel, para obligarles a respetar a los muertos, ya que su falsa fe no lo consigue.

Miguel es católico practicante y aún tiene fe. Yo le admiro de todo corazón porque no consigo comprenderle y me parece una proeza inaudita que su fe sea tan fuerte que resista todo lo que resiste. Él dice que es como una lotería, para quitarle importancia, que te toca o no te toca, así, como quien no quiere la cosa. O también lo compara con una gripe o un catarro. Que no tiene más misterio, dice, que cualquier otro asunto de la vida. Yo creo que tiene que haber algo más, mucho más y que eso de la fe es un misterio más profundo que el de la Santísima Trinidad y que tiene mucho mérito conservarla en medio de la que está cayendo. Y, para mí, lo más impresionante de todo es que aún tiene fe en que la Iglesia católica va a ser capaz de rectificar sus errores y los padecimientos y crueldades que ha producido tanto individual como colectivamente a lo largo de la Historia y volverá a la senda del bien. Eso sí que es una fe ciega … sorda, muda y todo lo que podamos imaginar.

Tres.
Estaba tecleando en el ordenador de mi despacho. Anochecía y por la ventana abierta con la persiana bajada por el último sol del día, se colaban los ruidos de la calle como una banda sonora de fondo. De repente, un silbido se destacó y se repitió varias veces: “Fiu-fiu, fiu-fiu”.
“No puede ser”, pensé extrañado, “Es absurdo. No puede ser, pero … así es como yo llamaba a Leo: Fiu-fiu, fiu-fiu. No bis-bis, bis-bis, ni michi-michi”.
Como no me concentraba y el silbido seguía, me levanté, me acerqué a la ventana y miré, pero no vi nada. Me fui a la ventana de la sala de espera y apenas alcancé a ver a un tipo moreno de unos treinta y ocho, cuarenta, entrando con un perro mediano en el portal de enfrente. Se acabó el silbido y volví a la faena. Era un informe farragoso que me llevó aún otras dos horas todavía, de modo que me olvidé del asunto.
A la tarde siguiente lo mismo y tampoco pude localizar quien era. Sólo pude entrever otra vez al hombre tirando del perro negro de la tarde anterior. No entendía qué podía tener que ver un tío con perro con alguien llamando a los gatos, pero supuse que sería Evangelina que les solía echar las sobras y que el tipo que yo veía entrando en el portal de enfrente con el perro no tenía nada que ver.
Lo que más complica un sistema tan complejo como la vida yo creo que es que la casualidad también existe y que no se sabe de antemano cuándo interviene y cuándo no.
Dejé de prestarle atención al tema cuando otra tarde, al poco del entierro de Benicio, me cruzo con Evangelina y me dice:

-¡Pobrecillo!
-Sí, pobre … pero … ¡si usted no le conocía!
-¿A quién?
-¿A quién le dice usted “pobrecillo”, a Benicio?
-¿Le llamaba usted así?
-¿A Benicio? ¡Pues claro! ¿Cómo quiere que le llamara?
-¡Pues Minino! ¿Cómo quiere que le llamara yo?
-A ver, a ver, Evangelina, usted ¿de quién me está hablando?
-Pues del gato Minino, que se ha muerto. ¿De quién quiere usted que le hable? Ahora, si usted le llamaba Benicio … ¡vaya un nombre más feo para un gato!
-¡Acabáramos, Evangelina! Y ¿cómo ha sido?
-Pues anoche, Martín. Dicen que un perro. Hay ahora gente muy rara por aquí, Martín, muy rara.
-Pero, Evangelina, los perros no son gente rara. Son uno de los muchos peligros para los gatos, sí, pero …
-¡Martiiín! ¡Parece usted tonto, hombre, ya! Me refiero a que hay gente nueva rara en el barrio. ¡Y con perros!
-¡Ah! ¡Vaya!
-Sí, vaya, vaya usted a hacer … sus cosas, que no se entera de nada. ¡Vaya agente de seguros que está usted hecho!
-Hasta luego, Evangelina. No se enfade usted.
-¡Brrrrr!

Entonces, empecé a ocuparme del tema en mis escasos ratos libres con los cubos de basura, centro improvisado de reunión de los gatos, como eje básico de la investigación. Al principio, pude averiguar muy poco. Apenas que el tipo  llegaba aproximadamente sobre la misma hora (a eso de las 22) de dar un paseo al perro, que al acercarse donde los cubos silbaba a algo o a alguien y, como no venia nadie, seguía como si tal cosa. Pero luego, una noche (a eso de las 12:10), le vi salir de nuevo con el perro y merodear más a fondo alrededor de los cubos. Los gatos suelen ser muy desconfiados y prevenidos, pero siempre hay alguno que se despista o se entretiene un segundo o que no calibra bien el peligro o que le pierde la curiosidad o que le da por confiarse demasiado y eso lo paga con la vida sin agotar las otras seis míticas que dicen que tienen o con un buen susto. Eso estuvo a punto de volver a pasar esa noche y el gato, que se libró de milagro, dejó un maullido aterrador y un considerable trozo de rabo entre las poderosas fauces de un perro que parecía tranquilo y actuó azuzado por su amo en una especie de entrenamiento sin pies ni cabeza que no parecía tener un objeto definido. Estuve a punto de intervenir contra él pero me frené en el último segundo porque intuía que había algo más que un cabronazo matagatos detrás de aquel sinsentido y quería saber lo que era.
De modo que seguí al individuo y su mascota en su paseo nocturno y vi que llegaron a una placita cercana donde, disimulando, se puso a rondar un portal que me resultaba conocido y no conseguía saber de qué. Al poco, salió una mujer con una bolsa de basura mirando a todos lados y, al ver al perro y a su dueño, se asustó. El hombre se acercó a tranquilizarla solícito con el típico: “Si no hace nada. No se asuste. Es muy bueno y tranquilo. No se preocupe …”, intentando iniciar una conversación mientras sujetaba al perro con grandes aspavientos, pero la mujer, sin decir nada, tiró la bolsa de la basura, entró al portal y subió corriendo las escaleras mirando para atrás de vez en cuando. El hombre le dijo a su perro a carcajadas: “¡Qué desconfiada, ¿verdad, Bronco?! ¡Qué tía, ni que fuéramos a comérnosla, ¿verdad bonito?! A ti te gustan más los gatos. Esa … igual es Manoli, una de la casa”. Y después de reírse un buen rato, se volvieron a su portal.
Esa noche no, pero al día siguiente, por la tarde y con luz le hice una foto con la cámara del móvil lo más subrepticiamente que pude y luego la aclaré en el ordenador a base de Photo Editor y se la mandé por correo electrónico a mi amigo Marcial, de la Oficina Central del D.N.I. a ver qué me podía contar del elemento en cuestión.

Muchas veces cosas que llevas horas y horas dándolas vueltas en tu cabeza como en un centrifugado interminable, se aclaran de repente de la forma más tonta. Una mañana, después de despachar unos asuntos en la Junta de Distrito, me dice Merche, la que lleva el tema de las mujeres maltratadas: “Martín, ¿tienes un rato libre ahora?”. Miré la hora y le dije: “Bueno, digamos que podemos tomar un café, si quieres”. “Suficiente”, contestó. “Es que quiero que me acompañes, si puedes, a la casa de acogida porque se ha roto una reja de la ventana del patio y están las mujeres muy mosqueadas y, antes de que la reparen, quiero que me des tu opinión. Además está al lado de tu despacho”. “Vale, pues vamos”, le dije.
Llegamos dando un corto paseo y, de golpe, ¡zas!: el portal que tanto me sonaba de la plaza de la escena de la otra noche era … donde estaba la supuestamente secreta casa de acogida de mujeres maltratadas del distrito. “¡Acabáramos!”, me dije dándome un manotazo mental en mi dura cabezota (porque desde lo del desprendimiento de retina ya no me los daba de verdad), “¡Así me sonaba tanto!”. Revisé los barrotes de la reja de la ventana del patio y le dije a Merche:

-Pues tienen razón las chicas. Estos barrotes están serrados al ras por abajo. Dos barrotes más y cualquiera tira de ellos hacia arriba, los abre y entra.
-¡No jodas!
-Y sin joder … de momento.
-…
-Disculpa por el chiste malo.
-No, no. Discúlpame tú a mí, que te he dado pie. Es que estoy preocupada. Últimamente están pasando demasiadas cosas raras que igual no tienen nada que ver, pero … no sé. Estoy preocupada.
-¿Qué tipo de cosas?
-Lo típico: ruiditos, silbidos, ladridos, tipos con perro rondando la plaza. En fin … montones de chorraditas que pueden no querer decir nada … Ahora esto de los barrotes … En fin, ya sabes que estamos siempre con los nervios de punta.
-¿Alguna de las chicas está especialmente mosqueada por su ex … que haya salido de la cárcel, que le haya visto cerca? En fin, ya sabes.
-Pues … no. No especialmente. Las nuevas siempre al principio creen ver a sus ex por todas partes. Y … han llegado tres nuevas hace … un mes o así. Todavía están adaptándose.
-¿Este patio es de uso exclusivo de la casa o de todos los vecinos?
-Es sólo de la casa. Sólo tiene acceso por la casa y por esa puerta que da al pasillo del portal, pero no la usan los vecinos.
-¿Hay niños pequeños? – le pregunte mientras revisaba la puerta que daba al portal y veía que estaba forzada.
-No, hay dos mayorcitos, que ya van solos al cole y todo.
-Yo que tú mandaba arreglar enseguida los barrotes y la puerta que da al pasillo y, mientras, sembraba el patio de cristales rotos advirtiendo a las chicas para que no salgan hasta que trinquemos al tipo. Ah, y, a ser posible, ni una palabra a los vecinos y que las chicas no se alboroten: que no cunda el pánico.
-Tan grave ves el tema.
-Sí. Haz un informe lo antes posible contando todo y poniendo que algún ex trata de entrar con un perro y con las peores intenciones.
-Parece que supieras de qué va y que ya tienes un plan.
-Creo tener una ligera idea. Ya te contaré más despacio. Ahora déjame alguna barra o una escoba y un cubo que voy a atrancar esa puerta.

Revisé también la puerta que, como suponía, estaba forzada, pero me llevé un sobresalto al notar un detalle muy extraño y peligroso, aunque no dije nada. La atranqué como pude, puse el cubo para que hiciera ruido si alguien intentaba volver a entrar y rompía el palo de la escoba, vacié en el fregadero de la cocina que daba al patio, tres botellas de tónica que tenían y no nos apetecía bebérnoslas a esas horas, las rompí con cuidado para no escandalizar y sembré el pequeño patio de cristales desde la puerta del pasillo del portal hasta la ventana y hasta la entrada de la cocina que no estaba forzada y no entendía yo por qué no lo había intentado por allí.

Me despedí de Merche y de las chicas y me pasé por la comisaría. Hablé con Ortega, le conté la película y le pedí uno o dos hombres, pero me dijo que: “Verdes las han segado, alma de cántaro, ¡¿tú dónde te crees que vives, en Suecia?! Estás más loco de lo que pensaba si te crees que puedo “escaquear” ni dos ni uno ni nada hombres ni mujeres de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para trincar al posible autor del aserramiento de dos barrotes de una reja florida y un clavel español. Si es que la culpa la tiene la tele con tantos “Hombres de Paco” y tantos “Comisario” que os trastornan la mente a todos y os creéis que esto es el Hollywood, ese y … la madre que me parió …”. Le dejé despotricando en arameo y me fui a comer con Chuchi para saber qué rusa, ucraniana, polaca o georgiana le estaba chantajeando ahora y, de paso, desintoxicarme de todo un poco con otros problemas ajenos.

Durante esa noche y la siguiente, no pasó nada porque hubo tormentas que, aunque aumentaron el terror y el nerviosismo de las chicas, también impidieron salir al “paseante” y nos dieron una tregua. También dio tiempo a que arreglaran la cerradura de la puerta que daba al patio de la casa de acogida por el pasillo y soldaron los barrotes de la reja de la ventana de la cocina. A pesar de  eso, volví a sembrar el patio de cristales rotos por si acaso. Hablé con las chicas nuevas y los “ex” de dos de ellas eran cazadores aunque, que supieran, no tenían perro fijo.
Pero la tercera noche no hubo tormenta y salí a ver qué ocurría. No pensaba tardar y dejé el ordenador encendido, a la vuelta miraría el correo por si me había mandado algo Marcial sobre el interfecto. Por otro lado, había quedado con Christopher, el danés de la empresa de seguridad de la calle Fuencarral, que si le necesitaba le daba dos perdidas desde la plaza de la casa de acogida y me mandaba de refuerzo a Kirsten que estaría por allí cerca.
Fui paseando a la plaza y me pareció ver unas sombras en el portal de la casa de acogida aunque la luz de la escalera no estaba dada. Me acerqué al portal y empujé suavemente pero la puerta no cedió y tuve que usar una de mis llaves maestras. Entré con mucho cuidado y enfilé el pasillo de detrás de la escalera sin dar la luz. Oí ruidos al fondo y, pegado a la pared, avancé despacio con el corazón en un puño maldiciendo mi profesión y lo gilipollas que soy.
Cuando llegué a la puertecita que daba al patio, empujé y vi que estaba abierta, como ya me temía, ¡desde dentro!. Eso sólo podía significar que el tipo tenía un cómplice dentro, en este caso otra mujer. Entré en el patio, lo crucé, penetré en la cocina cuya puerta también estaba abierta, vi una luz en el salón y, en ese momento fue cuando se desataron todas las fuerzas del averno.
La escena en el salón era que el tipo matagatos estaba azuzando al perro que atacaba a una mujer mientras otra mujer empezaba a chillar horrorizada y el hombre la golpeaba para que se callase. Había sangre en los brazos de la mujer atacada por el perro, lo que excitaba más al perro que ahora trataba de afianzar su poderosa mandíbula en la yugular de la víctima.
Saqué el revólver, disparé a una esquina del techo y saqué el móvil con la otra mano para hacer las dos llamadas perdidas para que viniera Kirsten a ayudarme, al tiempo que le gritaba al individuo que retirase al perro o les dispararía a ambos. A todo esto, las mujeres salían asustadas de sus habitaciones chillando y llorando, armando un caos de “padre y muy señor nuestro”. Todavía no sé cómo pude templar mis nervios para no producir una masacre. En medio de aquel infierno, disparé a una pata del perro y a otra pata de su dueño, consiguiendo que el primero soltara a su presa y que el segundo dejara de pegar a la otra mujer. Pero el perro, en su huída, me lanzó una dentellada a la mano izquierda que, por muy poco, no se queda con ella entre las fauces.
En ese momento, apareció Kirsten, que era una danesa a lo Umma Thurman en Kill Bill y se hizo con el control de la situación. Tumbó al tipo de una patada, que ya se escabullía blandiendo una navaja abierta en una mano a pesar de su herida, dejándolo inconsciente en el suelo (donde luego le até con sábanas y cuerdas que me trajeron las mujeres y me vendé la muñeca de paso de cualquier manera) y pegó cuatro gritos de combate que paralizaron los llantos femeninos. También atendió a la mujer atacada, valoró sus heridas y le hizo una primera cura de emergencia con el botiquín de la casa que pidió a las mujeres, trató la pierna del agresor y por último llamó al 112 mientras evaluaba los efectos de los golpes en la otra mujer y me curaba la mano como es debido, deshaciendo el mal apaño que yo me había preparado. Cuando llegaron la UVI móvil del SAMUR y la policía todo estaba más o menos bajo cierto control. Llamaron a otra ambulancia y en ella fuimos las dos mujeres y yo y en la UVI fue el herido de bala. Al perro le encontraron a la mañana siguiente los de la Protectora y pudieron curarle el rasguño de la bala que le rozó la pata.

Después de las exploraciones más detalladas, profesionales y tranquilas y de las primeras declaraciones en comisaría, etcétera, dormí unas horas y luego invité a cenar a Kirsten, con permiso de su jefe, para darle las gracias por su ayuda.

-No sé cómo pudiste darles en las patas, perdón, piernas, perdón pata y pierna.
-Yo tampoco, K., yo tampoco. Pero déjalo en “patas”. El dueño del perro es mucho más animal que él y, desde luego, el verdadero salvaje y el culpable de que el animal atacara, el que le entrenaba contra los gatos. Menos mal que llegaste a tiempo porque si no, me habría desmayado.
-Tanto como eso, no creo – dijo Kirsten – Pero sabes que no te convienen nada estas “juergas”. ¿Cómo sospechaste que alguien de dentro le ayudaba?
-Porque en la primera inspección que hice, la puerta del pasillo al patio estaba forzada ¡desde dentro!, en una torpe imitación de asalto exterior. Y luego lo confirmé la noche de la movida, anoche, porque no se molestaron en forzar nada y además alguien (supongo que la mujer que le ayudaba) había barrido los cristales que sembré en el patio. Lo más probable es que el elemento ese “camelara” – le aclaré el significado a Kirsten al ver su cara de no entender el término – con cualquier historia a una de las mujeres de la casa que, cuando vio lo que era en realidad se puso a chillar y él a golpearla. Es un elemento de mucho cuidado, con antecedentes penales. Acaba de salir de la cárcel, había localizado a su ex e iba a matarla mediante el perro que estaba entrenado por otros en peleas de perros.
-Vaya follón.
-Sí, fue una “nochecita toledana”, como decimos en España.
-¿Toledana? ¡Ah, de Toledo! Yo estuve hace poco en Toledo y me gustó mucho. Es muy bonita Toledo. Pero ¿qué tiene que ver?
-Nada, mujer. Es un dicho. Un refrán. Un … proverbio.
-Ah, sí ¡proverbio! Nosotros también proverbios.
-Ya me figuro.

Hubo un incómodo silencio, que rompí repitiéndome como el ajo.

-Te debo la vida.
-No exageres. Además, ya mi jefe te mandará factura.
-¡Qué prosaico! De todos modos, muchas gracias, K.
-De nada, hombre. Y cuídate ese corazón … averiado.
-Haré lo que pueda.
-No sé, no sé. No veo que hagas lo que pueda.
-Es verdad, pero es que ya sabes cómo es este trabajo.
-Ya. Es poco compatible con la vida … familiar. Por cierto, me acaba de llamar Ana y me ha dicho que quiere hablar contigo.
-No le habrás contado nada.
-No, pero … insistió tanto que … algo le tuve que decir.
-¡Pero bueno … esto es como un pueblo!
-No, hombre es que … la admiro mucho como escritora.
-Y como feminista, claro.
-No. Ella no es feminista … pero escribe muy bien.
-¿Y eso significa …?
-Que te quiere, Martín. Y que … ya no sois unos niños.
-Que nos estás llamando viejos, vaya.
-No, Martín. ¿Es que tú no la quieres?
-¿Sabes que fue ella quien me dejó?
-Por este trabajo tuyo … digo, nuestro.
-Y porque tiene la cabeza más dura que un apóstol viejo.
-¿El Apóstol Santiago?
-Por ejemplo.
-¡Ah, ya! Otro proverbio.
-Algo así.
-¿Y tú no tienes cabeza de viejo apostól?
-Probablemente.
-Pues habla con ella, hombre.
-Vaaale, Castelar.
-¿…?
-Otro apostól.

Cuatro.
La nota decía: “Te espero en el Templo de Debod, a las 22 en el estanque. Evar”.
Evar, Evaristo, era el primer gay que conocí y, aunque él todavía no sabía que lo era ni qué era eso, el resto de compañeros de clase le llamaban niña y yo le defendía con mi estúpido delirio de caballero andante que tantos problemas me traía, me trajo, me sigue trayendo y me traerá (espero que ya sean pocos).
De modo que dejé todo lo que había planeado hacer y salí corriendo porque tenía el tiempo justo. Lo que no me podía imaginar cuando leí: “ … en el estanque” era que me le encontraría literalmente allí. Paré un taxi y le dije que al Cuartel de la Montaña. Me miró como quien ve a un marciano y entonces me di cuenta de que era joven y tuve que aclararle: “Plaza de España, stop. Parque del Oeste, stop. Templo de Debod, stop”. En venganza, no le di propina, y le fui diciendo todo el rato por dónde tenía que ir, por gilipollas.

Cuando llegué Evar estaba en el estanque, flotando boca abajo en él, para ser más exactos. Evar no había tenido la suerte de Charli. No era rico y su familia era una familia pobre, muy pobre y muy católica. En cuanto se enteraron le echaron de casa para que no les contaminara (tampoco entonces se sabía bien qué hacer y eligieron la peor solución posible) y para que se buscara la vida. Y se la buscó, lo mejor que pudo, pero fue rodando de canalla en canalla hasta esta maldita noche sofocante de mediados de agosto en la que, al fin, descansa en paz Evaristo Jiménez López, en la paz que siempre le fue negada.
Charli intentó ayudarle, pero ya era tarde. Habían perdido el contacto mucho antes de su traumática salida del armario y se movían en universos paralelos en el sentido de que nunca se cruzan. Y no pudo ayudarle. Ahora Evar flotaba en el estanque del Templo de Debod. No me esperó ni un minuto.
Me identifiqué ante los policías que llegaban en ese momento por la llamada de un paseante que lo había descubierto segundos antes que yo y llamé a Charli para que le rindiera un último e inútil tributo y se ocupara de los gastos de funeral y entierro después de la autopsia y de las diligencias.

Otra vez empecé a notar la ola asesina del maldito malestar preinfártico y me senté en un banco y me puse la pastilla debajo de la lengua. Allí me encontró Charli después de hablar con la policía y pidió una ambulancia en la que me acompañó a la clínica de su tío Ramón y allí, después del protocolo inicial y las pruebas posteriores, me trasladaron a los pocos días a la Seguridad Social y me pusieron en la lista de espera para otra operación a corazón abierto. ¡Ahora que me había reconciliado con Ana! ¡Qué mala leche, digo … qué graciosa es la vida!

Cinco.
“Martín”, me dije en la puerta del quirófano, después de un beso de Ana: “No puedes seguir siendo el patético e infantiloide vengador justiciero, siempre al tanto de los gatitos callejeros perseguidos y de los perritos abandonados y de las mujeres maltratadas y de los jóvenes desorientados y de los homosexuales deprimidos y de los comerciantes estafados y de los amigos extorsionados …”. “No puedes. Pero te empeñas como si te fuera la vida en ello … y te irá. En fin, como dice mi madre: ¡Que sea lo que Dios quiera!”.
(Pero, ¿qué Dios?, ¿Ra, Isis, Osiris, Yahvé, Mitra, Baal, Zeus, Júpiter, Zaratustra, Aláh, Visnú, Maradona? …).
(¡Martiiín! …, déjalo ya, ¿vale?).
Y se apagaron las luces del circo … de momento.

© Javier Auserd.

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23/02/2009 19:19 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 10 comentarios.

Malaentraña.

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Fui a ver a Malaentraña, armado de valor y de paciencia, y le insistí todo lo que pude, pero me dijo que no me daba el préstamo. Entonces me volví a la pensión paseando muy despacio mientras pensaba cómo matarle a ser posible sin que nadie se diera cuenta, porque es un maldito egoísta que no tiene más universo que su ombligo. No me hubiera dolido tanto la negativa de Antiguo si no me debiera él a mí dos veces la vida desde hace muchos años.
Me había pasado la mía trabajando y no había conseguido ni la cama donde caerme muerto. Estoy convencido de que la vida es obra de un guionista cabreado y malaleche, por quién sabe qué oscuros motivos, con un humor negro y macabro que paga su frustración contra nosotros, contra algunos de nosotros, no con todos, claro está, que es el que hizo rico a Antiguo Malaentraña y el que ha hecho que me haya fallado de tan mala manera.

Eran los años del hambre en el Madrid de la postguerra. Éramos niños que jugaban entre los escombros, rodeados de cadáveres insepultos y de ratas más gordas que los gatos que huían de ellas y de bombas sin explotar que a veces explotaban y se llevaban una pierna, un brazo, una barriga, un ojo … en el mejor de los casos. Al principio, no había escuela y nos pasábamos todo el día y parte de la noche en la calle, primero con calor, luego con frío, luego hacíamos fogatas y empezamos a fumar para matar el rato de lo que nos daban las patrullas de soldados que recorrían todo sin orden ni concierto rematando muertos, cargando cuerpos en los camiones y, poco a poco, muy despacio, despejando y asegurando los barrios y los campos, demoliendo las ruinas y alisando descampados o dejándolos tal y como estaban. Nosotros los chiquillos corríamos a su lado de un sitio a otro, estorbándoles, hasta que conseguíamos unos cigarrillos o media tableta de chocolate y les dejábamos en paz mientras compartíamos lo conseguido en el refugio de turno que habíamos limpiado de bombas, de balas y de granadas a costa de algunas mutilaciones sin importancia. Miguelito el cojo, por ejemplo, había perdido un pie, pero, a cambio, le daban de comer y de cenar en el comedor de las Clarisas. Como decíamos entonces, ¡qué potra!, mientras que los demás rodábamos de tío en abuela si acaso, pasando más hambre que un maestro.
Cuando después, al cabo de los años, las cosas se fueron organizando, los que nos libramos del Orfanato, que estaba lejos, y nos quedamos por el barrio en casa de algún pariente lejano o cercano, lo mismo daba, nos seguíamos reuniendo en los escondites secretos que no nos quitaban las cuadrillas de operarios (así les decían, ya no había obreros ni trabajadores), aunque iban más lentos que el caballo del malo de las películas del cine de verano en el que nos colábamos gracias a los cigarrillos de colillas que liábamos y le dábamos a Toñínes los jueves y nos dejaba pasar y apretujarnos en un rincón oscuro del solar, cerca de la esquina que se usaba de meadero, para que no nos viera su jefe, un mutilado de guerra con unas malas pulgas considerables que descargaba en nuestras espaldas con una vara de fresno cada vez que nos trincaba. Allí veíamos el NO-DO y lo bien que iba España y la envidia que nos tenían todas las naciones extranjeras aunque, a decir verdad, nosotros no alcanzáramos a comprender los motivos. Allí conocimos las pelis de vaqueros y de romanos y de policías y ladrones en América y al Gordo y el Flaco y otro que hacía mucho el tonto con un bastón de payaso y salía siempre corriendo de todas partes después de robar comida y de zamparse una bota con clavos y todo y los cordones y las suelas, que nos daba una risa del detalle, que no veas; esas eran mudas aunque sonaba un organillo entrecortado. Cuando no nos pillaba el ex combatiente, volvíamos a casa de nuestros tíos muertos de risa y la vida y el hambre se iba pasando con un poco menos de agobio. También empezamos a ir a la escuela pero faltábamos si hacía falta ayudar a nuestros primos mayores con lo de la chatarra y a hacer cisco en los descampados para los braseros. A la vuelta, el maestro nos tiraba de las orejas y nos daba con la regla en las manos, en el culo y en la cabeza, nos ponía al final cara a la pared y hasta la próxima.

La primera vez que le salvé la vida a Antiguo Malaentraña fue un domingo de noviembre que hacía mucho frío y veníamos tiritando de misa donde habíamos pillado unos céntimos de la cesta sin que se diera cuenta la de Acción Católica que la pasó esa mañana. Íbamos celebrando de antemano el pastelillo de milhojas de la lechería de doña Pura, cuando el Dientes, que siempre tenía que ir tocando las narices, le pegó un codazo a Mala (como le llamábamos a mala leche) que le mandó al medio de la calle y le sentó de culo en el preciso momento en que venía un camión lleno de sacos. Era un pesado y lento camión de los de entonces, renqueante y temblón, pero no dejaba de ser un monstruo enorme y peligroso para unos mocosos como nosotros. Sin pensármelo dos veces, me atravesé a la desesperada y, agarrando a Mala del cuello del zarrapastroso abrigo que le había regalado mi tía porque lo iba a cortar para bayetas, tiré de él con todas mis fuerzas hacia la otra parte de la calle donde caímos los dos rendidos por el esfuerzo y por el susto justo a tiempo para que no le pasara aquella apisonadora infernal por encima. Antiguo Malaentraña, me agradeció el gesto con un puñetazo y una frase típica de su humor macabro y cínico:

-¡Por poco me matas, macho! No vuelvas a hacerlo.
-La próxima vez, te va a salvar la vida tu padre – le dije con toda la mala uva que pude, sabiendo que era tan huérfano como yo.

Se levantó de un brinco y alzó el puño para volver a golpearme, esta vez con saña brutal, pero algún mal pensamiento cruzó por su torcido cerebro como si un rayo le hubiera iluminado una neurona. Sonrió enigmático y me tendió la mano para que me incorporara. Era su forma de perdonarme de momento. Ahora creo que había previsto vengarse de mis palabras más adelante, cuando se presentase la oportunidad. Así era, así ha sido toda su maldita vida Antiguo Malaentraña, más conocido por el nombre que compró ya durante el estraperlo: Andrés Magenta.

La segunda vez que le salvé la vida fue cuando entramos en la parte abandonada del colegio al lado de la iglesia nueva, que estaba llena de cristales y nos metimos a explorar una tarde de invierno dos o tres años después de lo del camión, cuando ya nos estábamos reformando y él comenzaba sus negocios de chatarrero de aprendiz de uno de los estraperlistas del barrio. Le atrajo la posibilidad de que hubiera chatarra allí dentro. Como solía hacer cuando quería salirse con la suya nos pinchó para entrar y, aunque ya no éramos niños, tampoco éramos adultos picardeados. Estábamos en plena edad del pavo, lo que mal mirado era peor que ser un crío y, sobre todo, era muy peligroso no sólo para nosotros. De modo que entramos.
Todos los cristales de los grandes ventanales de aquél ala del colegio estaban en el suelo. Alguna otra banda de adolescentes se nos había anticipado con eficacia británica y eficiencia alemana. Al principio, pusimos tanto cuidado que no hubo ningún problema, pero, a medida que nos íbamos confiando, abandonamos las precauciones y empezamos a correr riesgos innecesarios como, por ejemplo, no asegurar un paso antes de dar el siguiente e incluso intentar pequeños patinajes. Las clases, en contra de lo que era de esperar, no estaban completamente vacías y aunque no había pupitres ni pizarras ni tarimas, tenían armarios metálicos que ponían a Anti los ojos como platos y se le hacía la boca agua de pensar en llevárselos. Fue al abrir la puerta de uno de los armarios cuando resbaló y cayó al suelo clavándose varios cristales en una pierna y lanzando un alarido pavoroso que debió de oírse hasta en la plaza aledaña contribuyendo a la fama fantasmal que tenía el edificio. Vio Mala la sangre que salía a borbotones de los múltiples cortes de la piel de su pierna herida, se desmayó y, si no llego a estar cerca para darme cuenta y sujetarle, se habría estampado contra el armario rompiéndose la crisma. Pero, además de sujetarle, al tiempo que le decía a Lolo, el cojo, que me ayudara a limpiar de cristales los alrededores suficientes como para poder dejarle en el suelo, tenía que cortar la sangre que seguía saliendo a mares y amenazaba con dejarle más seco que un bacalao. Conseguí sentarle sujetado por el cojo y, sacando el pañuelo, le vendé la pierna como pude, quiero decir que se la envolví de cualquier manera. Lo peor fue sacarle de allí. No podíamos arrastrarle por el suelo exponiéndonos a que barriera todos los cristales con el culo, pero tampoco podíamos cargarle a borricas porque, aunque flaco, era largo y pesaba lo suyo. Después de pensar un rato, se me ocurrió sacarle “a la sillita la reina” entre el cojo y yo mientras íbamos apartando los cristales con los pies, según avanzábamos hacia la salida, para no atravesarlos las suelas con ellos por el sobrepeso.
Resultó laborioso. Grandes goterones de sudor nos llenaban la cabeza y nos bajaban por el cuello hasta la espalda. Más de una vez estuvimos a punto de estamparnos los tres contra los cristales del suelo y en las escaleras creímos que igual era mejor tirarnos a patinar directamente y morir desangrados al llegar abajo. Sin embargo, luego estuvo claro que no había llegado nuestra hora todavía porque, aún no sé cómo, salimos al fin a la acera (donde se había hecho de noche) y caímos desfallecidos sobre ella recuperando el resuello, la fe en San Antonio de Padua y Mala también el poco conocimiento que siempre había tenido.
Nos acercamos a la fuente de la plaza, le lavé la pierna con el pañuelo mojado, sin hacer caso a sus aspavientos, le quité los cristales más grandes esquivando sus puñetazos y comprobé, algo decepcionado, que no era para tanto. Le dejé el pañuelo mojado encima y la sangre se fue cortando poco a poco. Nos fumamos un cigarro entre los tres para celebrar el desenlace y nos fuimos cada uno a su olivo que, a lo tonto, se había hecho tarde. Antiguo Malaentraña, o sea, Andrés Magenta, se hizo monaguillo en la parroquia, se volvió de comunión diaria, y comenzó su carrera delictiva bajo el inocente paraguas de la Iglesia católica.

Puesto que su vida me pertenece dos veces (amén de otros favores circunstanciales varios que, como soy tonto, aún no le he cobrado y me debe), bien puedo quitarle una, a pesar de lo cual me devano los sesos y no encuentro la forma de vengarme de su maldita ingratitud. Tengo que matarle, sí, pero no sé cómo. Debo repasar sus costumbres para dar con algún punto flaco que me permita realizar mis propósitos. Veamos, se levanta temprano, va a la iglesia, oye misa, comulga, va al bar, desayuna, da un paseo, va a su despacho de usurero a conceder o denegar préstamos ilegales … ¡Un momento!, ¡desayuna! ¿Y si le enveneno el desayuno? … No, no. Demasiada gente por medio. ¡Ya sé! ¿Y si le pongo una víbora en el cajón de su mesa y cuando meta la mano … No, no. Seguro que me muerde la víbora a mí. Y … ¿y en la iglesia? ¡Buf, la iglesia! ¡Como no le envenene la hostia! ¡Ostras, la hostia! ¡¿Cómo no se me ha ocurrido antes?! ¡Es maravilloso! ¡Que intervenga la Justicia divina! ¡Es perfecto! Pero … ¿cómo sé qué hostia será la suya, para no envenenar también al resto de feligreses? Aunque … no creo que entresemana comulgue mucha gente. Es igual, tengo que observar con el máximo cuidado y preparar todo lo mejor posible para no fallar el golpe.

Y aquí estoy, en la iglesia, madrugando por venganza, detrás de esta columna, viendo cómo comulga Antiguo Malaentraña, alias Andrés Magenta, mi verdugo y futura víctima, para poder envenenar la sagrada forma que le mande antes de tiempo ante el Supremo. Comulga Antiguo y … ¡nadie más! Ah, no, no, espera. Ahí va una abuela muy viejecita. Sí, sí. Es que anda muy despacio la pobre. Bueno, ya. No, no, espera, que comulga el cura también. Demasiados para enviar al Supremo al mismo tiempo. Además, sospecharían enseguida de algo tan raro. No sé, no sé. Tendré que pensar en otra cosa. Mientras pienso allí mismo, en la iglesia, pasa la viejecita a mi lado y me parece que … ¡que me guiña un ojo!, pero debe de tratarse de un error por mi parte.

Es jueves y sigo dándole vueltas a cómo vengarme de Malaentraña, cuando viene corriendo Luisito, llama al timbre de casa y, apenas le abro, me grita:

-¡Paco, Paco, ven, corre, que Andrés se está muriendo!
-¿Andrés? ¿Nuestro Andrés? ¿Andresito?
-¡Sí, sí! ¡Corre, que te llama!
-Pero ¿qué dices, hombre?, ¿cómo se va a estar muriendo nuestro Andresito?
-¡Que sí, que sí! ¡Vamos, que vengas!

Salgo corriendo a medio desayunar, con las zapatillas de estar en casa y Luisito me lleva al bar, donde veo un revuelo de parroquianos al lado de los servicios. Voy apartando caras conocidas y me encuentro con el corpachón de Antiguo Malaentraña, alias Andrés Magenta, derrumbado en una silla y a Cándido, el dueño, dándole aire con un periódico. Cuando me ve, le aparta de un manotazo, me agarra de la camisa (que por poco me ahoga), me acerca a su cara congestionada y me dice al oído, sin apenas resuello:

-Paco … me muero.
-¿Qué tonterías dices, hombre? ¿Qué te vas tú a morir?
-Me muero, Paco. Esta vez es verdad. Calla y escúchame por una santa vez en tu vida. Ya sé que estabas dándole vueltas a cómo matarme, cabronazo, pero se te ha adelantado el Supremo. No, no digas nada. Te conozco mejor que si te hubiera parido. Además, eres un libro abierto. Calla y escucha. Toma esta llave. En mi despacho hay una caja de caudales. La abres y allí está todo. Ya lo verás. Encárgate tú de todo. No me fío de nadie más. Gracias por salvarme la vida tres veces. Espero que puedas perdonarme. Adiós.
-Pero … Antiguo … No te mueras, hombre. No te mueras así. Además, sólo fueron dos veces.

Y, haciendo un ampuloso gesto teatral, da una gran bocanada de aire como para tirarse a una inmensa piscina y … la palma delante de un público no muy selecto que digamos, entre los que me incluyo.

Ahora que todo ha terminado y Mala descansa en la paz del cementerio de Carabanchel, veo que ha sido mejor así. Ocupo su cuchitril, que he mandado limpiar y pintar como es debido, y ya sí que parece un despacho. Ocupo su actividad, conozco la mayoría de sus secretos y el resto los iré descubriendo con tiempo y paciencia. Ocupo sus pisos de General Ricardos, soy el legatario de su inmensa fortuna y el dueño de sus múltiples deudores a los que no pienso perdonar sus deudas, como tampoco hizo Antiguo, por más que nos lo mande el padrenuestro. No creo en las casualidades, de modo que sólo me quedan dos dudas malsanas: ¿cómo ha matado la viejecita a Antiguo Malaentraña? Y, sobre todo, ¿cuándo (según él) le salve por tercera vez la vida?

©Javier Auserd.

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05/12/2008 14:16 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 14 comentarios.

Bocadillos infantiles.

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http://machanguito.blogspot.com/2008/08/evaluacin-de-cabaeros.html

Hemos dejado atrás las estribaciones y nos internamos en la sierra una tarde de tormenta cuando los rayos serpentean a través del lienzo que forma un cielo que va del azul marino al gris marengo. Huele a la tierra mojada un poco más arriba y el aire nos trae ese olor como un presagio para recordarnos que también las tediosas tardes de julio pueden tener algo de la aventura de saber si al fin nos va a partir un rayo porque, de lo contrario, podremos disfrutar de un buen bocadillo de chorizo de matanza en casa de los tíos de tu padre, cerca de la plaza en la que estamos aparcando. Podría tratarse de un amago lejano que se desvíe a última hora por el viento. Podría quedarse todo en agua de borrajas, no así la merienda (espero). Siguen cayendo rayos a mansalva, sobre el arroyo Cedena, sobre los riscos gigantescos y sobre los juncos de los humedales. Incluso, podrían estar cayendo sobre las hormigas, que correrán a refugiarse debajo de las piedras y también sobre las avispas que se estarán en una grieta de la corteza de un árbol. Si al final viene al pueblecito, se irá la luz y la tía de papá pondrá unas lamparillas de colores en un tazón con agua y unas gotas de aceite, las prenderá con una paja larga de la lumbre donde se está cociendo a fuego lento la sopa de la cena y se sentará bisbiseando oraciones ancestrales mientras me como el bocadillo que me puso nada más entrar y mi padre charla con su tío delante de dos vasos de vino y unas aceitunas. Pero no es un amago y al final viene y a eso de las cinco y media de la tarde descarga sobre el pueblo serrano y se va la luz y tía Valenta sigue rezando para que ningún rayo mate al guarro, ni a un conejo, ni siquiera a una gallina antes de tiempo. Tía Valenta hace una pausa en su retaíla semiaudible y me dedica una extraña sonrisa (es extraña porque tía Valenta no sabe sonreír y le sale una mueca tragicómica muy graciosa) que pretende ser tranquilizadora y me dice: “No te asustes, mi niño. Que pronto se pasa”. Yo voy a decirle que no estoy asustado, que a mí me gustan mucho las tormentas con sus relámpagos y sus truenos (que papá me ha enseñado a contar para saber la distancia), a lo mejor porque todavía no nos ha partido un rayo, pero me contengo en el último segundo, para no hablar con la boca llena, y sonrío y le digo que sí con la cabeza al tiempo que mastico el bocadillo de chorizo tan bueno que prepara tía gracias a los trucos que se sabe para conservar en su punto los avíos de la matanza anterior durante los calores del verano. Descarga la tormenta y sigue luego su camino. Huele la tierra a mojada, a los iones negativos que han bajado los rayos, a la cal del jalbiegue desprendida de las fachadas de las casas y de los patios, a las tejas de los tejados, al temblor de semillas extendidas que dejan los truenos en las trojes y tía me dice sonriendo (por así decirlo), como diciéndoselo a sí misma: “¿Ves, hijo? Ya se ha pasado. No ha pasado nada”. Yo también le sonrío de nuevo moviendo afirmativamente la cabeza mientras trago el último bocado, termino el vino con agua y me paso la mano por la boca y sus alrededores por si me han quedado migas en la cara y mi padre y mi tío apuran el vino y las olivas, se asoman al corral, oyen al cerdo comiendo, ven que están los conejos en sus jaulas, ven a los gatos jugar entre ellos, ven que las gallinas (que se habían acostado con la oscuridad) vuelven a salir picoteando el barro y los charcos, suspiran con alivio porque nos hemos vuelto a librar de que nos partiera un rayo, nos despedimos y regresamos por la recta y descendiente carretera al pueblo de mis abuelos en el valle cercano, hasta el próximo bocadillo de chorizo con tormenta o sólo con el estridente concierto de las chicharras de verano.

© Javier Auserd.

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01/11/2008 02:32 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 6 comentarios.

Nana para Canica.

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Eres una gata negra y fea (con unos preciosos ojos verdes), no eres un bebé humano.
Eso es lo que destacan los humanos antigatos, escandalizados, que tampoco se preocupan por los bebés humanos porque están demasiado ocupados por sí mismos.
Además, enredas todo lo que puedes y más (como si supieras que tu vida será breve) de modo que alguien te destroza un ojo, alguien te hiere una pata, alguien te muerde detrás de una oreja abriéndote una fea herida. Pero tú corres y enredas por todo el barrio sin quejarte y sólo maullas pidiendo comida cuando no llegas a tiempo o tus compañeros de correrías te la acaban de impedir.
Yo no puedo estar detrás de ti todo el día salvándote de todos los peligros que te acechan y de ti misma. No puedo y bien que lo siento. Pero, aunque pudiera, no debería. Ya sabes (o intuyes) que cada cosa tiene su precio y la libertad tiene uno de los más altos.
Un día más te has librado de los coches, de algunos perros, de algunos amos de algunos perros, de otros gatos, de los humanos antigatos probebés humanos (¡fíjate, qué “humanamente” buenos son!).
No salgas esta noche. He visto a un humano con perro en una mano y un bate de béisbol en la otra. No salgas esta noche, Canica. Has cenado ya. No salgas mucho. Todo está lleno de muerte y de peligro de muerte y de dolor y de miedo y de “humanidad”. Ten mucho cuidado o morirás ...
¿Sabes lo que te digo, Canica?: “Sal esta noche”. De todos modos, morirás. Y yo también. Y todos, todos, todos, moriremos, por mucho cuidado que tengamos.

Javier Auserd.

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24/07/2008 14:51 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 4 comentarios.

El Estatuto.

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http://www.ciberpunk.info/estatuto-del-periodista

Aventuras Caseras Asociadas, presenta: Cap.XII.

Me han llamado de la Asociación para que prepare una ponencia para un Congreso que vamos a hacer pronto. Es muy halagador que se hayan acordado de mí, pero eso me va a dar más trabajo gratis extra para que luego cuatro niñatos me tachen de dinosaurio chiflado, aunque sé que no debo verlo de esa manera. No sé qué voy a proponer. Por mí, planteaba el controvertido Estatuto del Detective, o algo parecido, que contuviera la menor regulación y burocratismo y la mayor libertad  y seguridad posibles, pensando en nuestro compañero Luis Hernández Bustamente, cuyo asesinato fue un mazazo espantoso para toda la profesión. Aunque me temo que eso es peor que proponer la cuadratura del circulo (polar Ártico) o la bajada del precio del petróleo o la unanimidad en una Constitución para la Unión Europea.
Luego está el tema del secreto profesional que no está bien regulado y nos causa muchos problemas.
Por otro lado, nunca, pero menos aún después del caso Madelaine, hemos sido partidarios de dar tres cuartos al pregonero, como hizo la agencia de detectives de Barcelona y también eso se debía plasmar de alguna forma en las conclusiones del Congreso a ser posible sin quedar como unos “acusicas” de otros compañeros. En fin.

Con tantas cosas en la cabeza, me vengo dando un paseo y, antes de subir a casa, me detengo junto a los cubos de basura para que los gatos callejeros a los que baja comida el hombre del portal de enfrente puedan comer sin que los maten los perros de algunos paseantes de perros amantes-solo-de-los-perros que pasan por allí (y, afortunadamente, cada vez son menos) o los “simpáticos” matagatos aspirantes a concejal, a lo que hay que añadir lo especiales, nerviosos y peleones entre sí que son ellos mismos.
Me conocen (yo también les bajo comida cuando puedo), quieren que les suba a casa y me ronronean cuando terminan de comer, pero no puede ser. Aparte de mi viejo gato (que no me consentiría semejante afrenta) y del conejo refugiado, ya no se harían a estar siempre encerrados en un piso. Y, aunque sé que su vida va a ser muy dura y su destino cruel en la jungla urbana, no puedo evitarlo por más rabia que me de. Para más INRI, a los gatos les pasa cíclicamente como a los judíos y a las brujas: que la ignorancia o la enfermedad neuronal de algunos miserables les achaca leyendas negras falsas que facilitan ataques y persecuciones injustas, incomprensibles y mortales. Está visto que no sólo los detectives y no sólo los seres humanos tenemos problemas.
Además, parado junto a los cubos de basura de la calle donde vivo me di cuenta de que la fauna urbana es de lo más “barriopinta” y esperpéntica. Incluso los supuestos yupi-pijos, si se vieran por detrás en un vídeo de You-Tube, sobre todo en verano, con el uniforme de pantalones cortos con los bolsillos abombados de otro color, camisa formal y zapatos sin calcetines o sandalias con ellos o chanclas, se les quitarían las ganas de salir así a la calle. Pero, como decía mi abuela (q.e.p.d.) y yo no me canso de repetir: “¡Es que hay gente pa’ tó!”.
Les quedaba muy poco para terminar, cuando llegó un mendigo golpeando los cubos y salieron corriendo.

-¿Tienes un cigarrito?
-Yo cigarritos, no, pero tú sí que tienes muy mala leche.
-¿Por qué lo dices?
-Porque acabas de espantar a esos gatos.
-¿Qué gatos?
-Esos que acabas de espantar. ¿Por qué lo has hecho?
-¿Te gustan los gatos?
-¿Y a ti las ratas?
-Están muy buenos al ajillo. ¡Ji, ji, ji, ji, ji!
-¿Los gatos o las ratas?
-Tu tía. ¡Ji, ji, ji, ji, ji!
-¿Te ha hecho algo mi tía? ¿Por qué no te metes conmigo para que te pueda dar dos hostias, y dejas a mi tía en paz?
-En eso llevas razón, mira tú por donde. ¡Ji, ji, ji, ji, ji!
-Tú no eres de por aquí, ¿verdad?
-¿Eres un madero?
-Cada vez llevas más papeletas.
-¿Y qué rifas?
-Ya te lo imaginas, ¿a que sí?
-¡Ahí va, qué miedo!
-Sí, más te valdría tenerlo, pero sobre todo educación.
-La tuve, no te creas, pero se me perdió.
-¡Qué pena! No se te ahogaría en vino.
-En vino, no, fíjate, yo soy más de cubatas.
-Ah, ¡que yupi! Tu eras director general, ¿a que sí?
-¡Uy, por qué poco! No. Pero yo era amigo del cabrón de tu padre.
-Mi padre está muerto.
-¡Cuánto lo siento! No he querido ofenderle.
-Pues lo has hecho.
-Ya te he pedido disculpas, ¿no? Además, ¿qué vas a hacer?, ¿me vas a matar, madero, con ese pistolón del 38?
-¿Entiendes de pistolas?
-Y de trampas, ¡no te jode!
-Tú eres muy cabronazo, ¿verdad?
-No te creas, los he conocido peores. Bueno, chaval, no te sulfures tanto. Si no me das un cigarrito ahí te quedas y que te den mucho por el culo.
-¡Adiós, majete! Y no vuelvas a espantar a los gatos o te “enseño” mi “38”.

Y se fue con un espasmódico trote lobero, después de dar otros dos golpes rápidos a los cubos y hacerme un buen corte de mangas. “¡Me cago en su! …”, estuve a punto de pensar, pero me contuve. ¡Ah, qué santa manía tenemos los españoles de insultar a los familiares del susodicho en lugar de al propio interfecto, qué manía! Este se llamaba Benicio, o Vinicio, como le rebauticé, porque a pesar de su afirmación sobre los cubatas a lo que le daba era al vino y a cosas peores le había dado en Melilla. No era del barrio (aquella noche se había desviado un poco), pero malvivía cerca, con su pensión de legía, en la calle Ministriles, como supe otra noche en que le rescaté de uno de sus delirium tremens y le acerqué al piso de alquiler donde dormía de día y hacía la puñeta a sus vecinos de noche, hasta que, aburrido, salía a hacer la puñeta a todo el mundo que se cruzara con él por la calle.

-¡Son unos cabrones! ¡Tienen una multicopista y no me dejan dormir!
-¿Quiénes?
-Los de arriba. Son unos cabrones. Tienen una multicopista de propaganda subversiva y no me dejan dormir. ¡Habla con ellos! ¡Habla tú con ellos! ¡Ya lo verás! …
-Vale, Ben, acuéstate y estate tranquilo.
-No te vayas, tío. No me dejes solo. No te vayas, que me matan.
-Pero, hombre, ¿quién te va a matar a ti, con lo plasta que tú eres?
-Los bichos, esos malditos bichos, me matan.
-Anda, Ben, duérmete y deja que me vaya a mi casa, que mañana tengo mucho que hacer.
-Espera, espera, tío, quédate conmigo un rato y te dejo ir. Escucha, escucha, los gatos están locos, no obedecen  y por eso me ponen nervioso. Les tengo manía por eso, porque son indepen … inpedien … dempeden … incepen … ¡eso!, ¡lo que sea!
-Tranquilo, Ben, tranquilo, duérmete.
-No puedo, tío, no puedo. ¿Sabes por qué a ti te respec… te respn … no te hago nada? Porque no me tienes miedo. Y yo soy un prrr … un prrr … ¡Un lobo y huelo el miedo! Por eso. Cuéntbrrrr … zame un cunto, anda.
-¡Sí, hombre, y qué más!
-¡Porque yo soy un tío cojo … cojo! …
-Cojonudo.
-¡Eso!
-Pero, cállate, que no son horas y se van a cabrear los vecinos.
-¡¿Esos cabrrr … cabrrr … ?! ¡Que se j …!

De golpe, se quedó frito y le dejé durmiendo la mona. Cuando cerraba la puerta del piso, una figura fantasmal me esperaba en la escalera, en bata de casa. Era el vecino de arriba.

-Disculpe, señor, ¿es usted su amigo?
-¿Amigo? … Bueno sí, qué pasa, ¿quién es usted?
-Soy el vecino de arriba. Suba, por favor, sólo un momento, no voy a entretenerle.
-Pero … Tengo que dormir …
-Nosotros no dormimos con ese … hombre de ahí. Suba un momento, por favor, le voy a enseñar la … multicopista.

Subimos al primero, entré en lo que era directamente un salón pequeño con cuatro puertas y me enseñó la multicopista de Benicio. Cuando abrió la puerta de la “multicopista”, pude ver que estaba medio vacía, pero había yogures, cervezas, agua, fiambre, verduras, carne …

-Es verdad que suena un poco, porque ya está algo vieja, pero yo creo que no es para organizar los escándalos que organiza y las amenazas.
-¿Le han denunciado a la policía?
-Sí, pero no nos hacen caso. Dicen que está mal de la cabeza y que ellos no pueden hacer nada. Además fue legionario y se desentienden. Tampoco nosotros tenemos dinero como para meternos en abogados y que la cosa prospere. Si usted pudiera …
-¿Yooo?
-Convencerle …
-Ya sabe usted que eso es imposible.
-Va a terminar con nosotros. De una forma o de otra. Va a ser nuestra ruina. O nos mata él o le matamos nosotros cualquier noche de las que se pone a dar golpes y gritos.
-Bueno, bueno, hombre. Algo se podrá hacer. ¿Han probado ustedes en los servicios sociales de zona?
-Sí, pero tampoco nos hacen caso. Es alcohólico, ¿sabe?, pero no quiere desintoxicarse y no tiene familia, que se sepa. Y no pueden obligarle. No hay nada que hacer.
-Bueno, hombre. No le puedo prometer nada, pero veré qué puedo hacer.
-Dios se lo pague – me dijo la mujer, que hasta entonces había estado callada -. Tenemos hijos jóvenes, sabe usted y no queremos que un día, nerviosos, le den un mal golpe y se pierdan pa toda la vida. Hasta ahora les vamos conteniendo, pero cualquier noche … va’ver una desgracia.
-Bueno, bueno, mujer. A ver qué puedo hacer.

Y me fui a casa dejándoles con la desesperación de la fatalidad pintada en sus rostros cansados.

Por aquellos días, a punto de empezar el Congreso y con todo preparado, me llama Juan y me dice que si quieres arroz, Catalina. Que como conozco, hay una guerra entre las agencias de detectives, especialmente multinacionales (Koll, Honder, Veowulf), y las empresas españolas y los detectives independientes y las Asociaciones y los Colegios Profesionales, etc., etc., etc. Y que mi ponencia va a hacer terminar el Congreso como el “rosario de la Aurora” y que por nada del mundo querría él molestar a esa señora ni dar una imagen de división y … conflicto. Le digo que no se preocupe, pero que a partir de ahora me borre de su Asociación y que ahora mismo me cambio al Colegio de enfrente y que no vuelva a contar conmigo ni para tirarme a su señora y que no se olvide de que existo porque voy a hacerle la vida muy incómoda. Me dice que me comprende, pero que me tranquilice y le mando a tomar por culo y le cuelgo, o al revés, que ya no me acuerdo. ¡Hay que fastidiarse con el maldito Estatuto de las narices, como si no tuviera yo pocos quebraderos de cabeza! ¡Maldita sea! Me pongo a la Creedence y me calmo un poco.
Luego llamo a Charli, quedo para cenar y le cuento mis penas, ¿no me cuenta él las suyas constantemente? Lo bueno de Charli es que no se pone pesado. Entiende y respeta a los heteros y, a pesar de sus influencias sociales y económicas no se aprovecha de ellas, no toma represalias contra quienes nos negamos a mantener relaciones con él. Valora a las personas por sus capacidades, no por sus propios caprichos. Y eso, la verdad, es de agradecer en los tiempos que corren, porque no es nada habitual ni entre homos ni entre heteros. En fin. De paso le hablo del problema de Vinicio (quiero decir, Benicio) o mejor, del problema que sus pobres vecinos tienen con él y que puede ser aún mayor. Me dice que hablará mañana mismo con su tía Carlota, que conoce al director de un centro psiquiátrico que concede algunas (muy pocas) becas a través de una Fundación … y que no me preocupe, pero que empiece a plantearme el dejar de ser una hermanita de la caridad de la que abusan hasta los gatos, que el mundo es como es y yo no puedo salvarlo o que me prepare para otro infarto y para eso él conoce a muy buenos cardiólogos, siempre que me diese tiempo a llegar, pero no es plan.

Con el maldito Infarto de Damocles sobre mi cabeza (mala profesión he elegido para mi débil corazoncito) resuelvo varios temas al día siguiente, como cualquier cosa donde la Loles y por la tarde tengo la visita de unos padres, recomendados por Raquel la abogada, para que investigue a su hijo que creen que anda en malas compañías y toma drogas. Era el típico matrimonio que se acusaba mutuamente hasta de la muerte de Manolete, pero no se separaban porque ellos eran muy religiosos y qué van a decir sus familias y sus amistades. Entendí al pobre chaval, les anticipé mis honorarios y no me metí a consejero matrimonial de chiripa, aunque con lo tonto que soy y estoy últimamente … todo se andará.

Iba a salir a cenar y me vuelve a llamar Juan, que perdona Martín, que ayer estuve muy nervioso, injusto y grosero contigo (hombre, grosero, lo que se dice grosero, lo había estado yo al final) y que sí, que intervengas con tu ponencia, que además vamos a hacer un Colegio Profesional, y que si quieres ser Secretario o Tesorero, no sé todavía. Hombre Juan, para que luego me digas que naranjas de la China, la verdad es que … no me apetece mucho, chico. Que no, que no, ya verás cómo no, Martín. Lo primero es lo primero. Adelante con tu ponencia de lo del Estatuto, lo más light que puedas, eso sí, pero adelante. Y luego tú vas de Vocal … o de Vicepresidente (¡por la gloria de mi madre!). Juan, Juanito, ¡narices!, deja a tu madre en paz, que la pobre era una santa, pero tú … ¡Martín, Martín, por tu padre, … te lo ruego! … ¡Y dale!

© Javier Auserd.

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09/07/2008 22:44 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 4 comentarios.

Los elegidos.

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http://www.moleiro.com/miniatura.v.php?p=78/es

-Pero … ¿por qué lo hicisteis?
-Tú no lo puedes entender, hija.
-¡No me llames hija … nunca más!
-Hija … teníamos que hacerlo … para … salvarte … la vida.
-Ya veo que no me escuchas, que nunca me habéis escuchado.
-Hija … fue por tu bien … para salvarte.
-¡¿Salvarme?! ¡¿De quién?! ¡¿De vosotros mismos?!
-Escucha … Todo fue muy rápido. No hubo tiempo de pensar nada …
-¡¿Pensar?! ¡Pero si ya lo teníais todo pensado … años, años antes! ¡Sois unos monstruos! ¡Unos monstruos … imperdonables! ¡Eso es lo que sois!
-Escucha, hija … ¿cómo puedes decirnos eso? Te hemos criado, te hemos vestido, alimentado, educado en los mejores colegios. Te hemos dado todo … lo mejor. Tú no lo entiendes, pero ya lo irás entendiendo poco a poco. Teníamos la misión de salvarte … El mandato divino de salvarte. ¿No lo entiendes? Estábamos … predestinados a hacerlo. Nosotros no podíamos tener hijos y era … era … nuestra oportunidad.
-¡Sois unos … cínicos y unos … unos … asesinos!
-¡Hija! ¡No te consiento! …
-¡Tú ya no puedes prohibirme nada! ¡No eres mi madre!
-Pero … pero … hija … ¿cómo puedes ser tan cruel?
-¡¿Cruel yo?! ¡Vosotros matasteis a mis padres!
-¡No! ¡Eso no es cierto! ¡Mentira, mentira! ¡Ya estaban muertos cuando! …
-¡Entonces … lo sabíais! ¡Sabíais que habían sido asesinados! ¡Sois peor que asesinos, sois cómplices carroñeros!
-¡Ya basta, María Eugenia! ¡No te consiento que nos sigas insultando!
-¡¿Qué tú no me consientes?! …
-¡Siéntate! ¡No te debo nada, no te debo ninguna explicación, pero te voy a decir de una vez por todas por qué lo hicimos y lo volveríamos a hacer una y mil veces! ¡Pero luego te exijo, ¿me oyes bien?, te exijo que dejes de insultarnos y de acosarnos y de pedirnos explicaciones! Te irás de viaje a una residencia de la Orden y estarás allí el tiempo que sea necesario para que comprendas que ya no hay vuelta de hoja y que lo que hicimos fue lo mejor para ti y fue un mandato … divino.
-¡Estás loca! …
-¡Cállate! ¡Cállate o te mato aquí mismo con esta pistola! ¡Me vas a escuchar quieras o no y luego vas a desaparecer … para siempre si te empeñas en no entenderlo! Así está mejor. Escucha, tú no puedes entenderlo, pero lo entenderás. Nosotros … nosotros hemos sido elegidos … ¡Quieta! ¡No te muevas! Sí, te guste o no, hemos sido elegidos por Dios para una misión muy importante. Y a cambio de nuestro … sacrificio, gozamos de ciertos … privilegios muy por encima del resto … de los mortales. Hay … mandamientos de la Ley de Dios que nos están … digamos … dispensados en aras de la alta y sagrada misión que tenemos encomendada. Y esa misión es … la mejora de la especie humana. Ahora ya lo sabes. A través de la Orden, nosotros trabajamos junto con otros muchos científicos de todas las ramas del saber y de todos los países del mundo en un programa secreto que tiene como objetivo último el perfeccionamiento de la raza humana. De la raza blanca, naturalmente. De la única raza pura que existe en la tierra.
-De la raza … aria.
-Pues  … sí. Veo que al fin lo has entendido.
-Ya. ¡Pero estamos en Brasil, en el siglo XXI!
-¡Precisamente, hija! ¿Quién se lo va a imaginar? ¿Quién te va a creer si intentas contarlo?


-Hola, hija ¿qué haces?
-Aquí, viendo la tele.
-Y ¿qué ves, hija?
-Un culebrón brasileño, creo. Y tú, ¿qué tal en esa reunión de? …
-De la Orden. Bien, bien, hija. Pero ya sabes lo pesado que eso de que te hayan … elegido.

© Javier Auserd.

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01/07/2008 23:16 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 4 comentarios.

La siesta del burro.

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http://imagenes.chiquipedia.com/-durmiendo-siesta.html


Y se quedó dormido. Soñó que había ganado Obama y que tropas de la ONU invadían el Sáhara para devolvérselo a los saharauis. Irlanda se había salido de la Unión Europea y había atacado a China, pero como seguía bajo el paraguas de la OTAN, la UE entró en la III Guerra Mundial. Serbia, aprovechando la coyuntura, invadió Kosovo con el apoyo de Rusia y Obama había trasladado las tropas de Irak a China y a Europa. Él era un soldado con cabeza de gato que disparaba contra los chinos, que eran soldados con cabeza de paloma y encima volaban. La guerra informática estaba causando estragos en las armas convencionales y en las comunicaciones y, como daños colaterales, se habían prohibido los blogs, que ahora circulaban a través de canales clandestinos llamados “catacumbas”. La $$$$ había creado la SO.P.A.A. (Sociedad Protectora de Autores Afines), se había proclamado independiente en Sicilia con el apoyo de Berlusconi y exigía subvenciones y cánones para incentivar el “barbecho intelectual”. Reclamaba a diestro y siniestro haciendo la guerra por su cuenta, pero sólo le hacían caso Berlusconi y el Grupo PISA (MORENA).

Habíamos eliminado otro de los molestos bosques que nos provocaban interferencias y estábamos recostados contra una loma pelada, recargando las baterías, cuando el coordinador del equipo, un doberman azul, nos llama y nos dice:

-Quiero voluntarios para despejar aquel flanco de japos.
-Rollitos – le digo.
-¿Qué? – pregunta.
-Digo que “rollitos”, que son chinos. ¿Es que te han entrenado con programas de la Segunda?
-Bueno, pues “rollitos”, es igual. ¿Qué más da, tron? Hoy estás suscetible.
-Susceptible.
-¿Qué?
-Susceptible. Se dice: “Susceptible”. ¿Eres Pepino?
-Vale ya, miembro felino – va y me dice -. Se acabaron las puntalizaciones.
-Puntualizaciones.
-¡He dicho que se acabó, narices!
-Te van a oír los “rollitos”.
-¡Mimos!
-¡Sus ordenes!
-¡Ataca ese flanco!
-¡Con qué, mi cordi!
-¡Con los …!
-¿Sí?
-¡Con las uñas!
-¡Vete al guano, macarra!
-¡¿Cómo?!
-Que vaya tu tía.
-¡Te voy a! …
-Atención, cordi – interrumpió Chuli, el cobaya -, mensaje del Cuartel General. Que nos replegamos.
-Te ha salvado el silbato, Mimos, que si no … - me dijo el coordinador amenazándome con un dedo.
-La campana.
-¡¿Qué?!
-Se dice: “Te ha salvado la campana”, como en el boxeo. ¿Te suena o estás sonado?
-¡Te voy a! …
-Sí, sí, pero otro día, ¿vale?

Cuando llegamos al campamento base, Krusty, el doberman, me hizo dar cuatro vueltas a la pista y hacer doscientas flexiones. ¡Chupado! Pero luego, además, me mandó a llevar un mensaje manual al Puesto de Mando 15 porque se había ido la TDT y no había forma de verles.

De regreso, el coordinador había sido arrestado por orden del Consejero Delegado por varias faltas lingüísticas y a él le habían ascendido a coordinador de equipo pero tenían que volver a la loma anterior a tomar el flanco derecho con programas nuevecitos. “Para probarlos”, había dicho Luke Skywalker.
Tomaron el flanco de la loma, se lo entregaron a los chiíes para que lo mantuvieran y volvieron a la base. Le dieron vacaciones y apareció en su casa. Vio en la tele que Buenafuente se presentaba a la presidencia de la República Anguitista del Reino de España por el PSG (Partido de los Showmen Graciosos) y se tomó un biosojaomega6. Estaba muy cansado, de modo que se echó en el sofá antes de cenar.

Javier Auserd.

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20/06/2008 16:39 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 9 comentarios.

Agua de borrajas.

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Aventuras Caseras Asociadas, presenta: Cap.XI.

Puede leerse en: http://lacuevadeldinosaurio.wordpress.com

© Javier Auserd.

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06/06/2008 13:55 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 5 comentarios.

Te invito a cenar.

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http://blogs.ya.com/atreidesxxi/c_17.htm


Están a punto de darme un premio por escribir tonterías. ¿Tú te crees? ¡Sí! ¡A mí! ¡A mis edades! Ayer me crucé con Meren por la escalera y me lo dijo:

-Cleto, te vamos a dar el premio de relato corto de la parroquia. Lo hemos decidido por unanimidad. Bueno, no, por unanimidad no, porque la Fulgen se opuso, muy enfadada, a que te demos nada. Pero ya la conoces. Siempre se está oponiendo a todo. Si por ella fuera tampoco habríamos cambiado la luz a 220 … Total, que te lo damos el jueves por la tarde. Es una sorpresa … Una bobada … pero ya verás qué bonito. Es un detalle por tu contribución a enriquecer la Hoja Parroquial y colaborar a su difusión y enaltecimiento. Además que el tema estaba muy bien: aquella señora que convencía a su hijo para que fuera al entierro … que ya no iba a misa ni nada. Claro que el entierro era el de su abuelo … Pero estaba muy bien. A don Anselmo le ha gustado mucho y me ha dicho que te diga que a ver si vas más por allí. ¡Hombre, el jueves irás, ¿verdad que sí?, a recibir el premio! Pero él dice que tienes que ir más, a oír las charlas y a tomar el té con galletitas … Bueno, Cleto, que me enrollo como las persianas, como dicen mis nietos. Da recuerdos a Vero, que está echa una atea.

Eso me dijo. ¿Tú te crees? ¡Pobrecilla, está un poco pa’ allá, pero no es mala! Me pidieron un cuento y les solté una retahíla … ¡Pobrecillas! ¡Pero no te enfades, mujer, es que son así, ya lo sabes, pero no son malas! Te lo dicen sin maldad. ¡Es que tú has sido siempre muy independiente! Y eso lo llevan mal. Pero no son malas. ¡Si vieras, qué porquería de cuento les he soltado! … Era algo así, mira, te voy a hacer una especie de resumen:

“Érase una vez Albertito, que era un chavalín muy travieso, un poco gamberrete, pero de buen corazón. Su madre no se atrevía a decírselo, que tenía que ir a misa y al cementerio porque se había muerto su abuelo, que era muy viejecito el pobre, pero al final se lo dijo. Y Albertito decía que no iba y que no iba, y que no iba para arriba y que no iba para abajo y que si patatín y que si patatán.
Su madre le insistía y él, nada, ¡que si quieres arroz, Catalina! Pero esa mañana salió a la calle y vio cómo atropellaba un coche a un pobre abuelo que no le dio tiempo a terminar de cruzar el semáforo y se impresionó tanto, que fue al entierro de su abuelo y a la misa y al camposanto y a todo. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado”.

Algo así, aunque un poco más largo. ¡Ya ves tú, qué bobada! ¡Y me lo han premiado! No, si es que yo, a nada que me hubiera puesto … Sí, sí, no te rías, que yo iba para escritor. Lo que pasa es que … la vida … ya sabes. Que si la mili (que entonces había mili y era larguísima, ¿te acuerdas?), que si el trabajo, que si los niños, los colegios, el piso, los recibos, las letras … ¡Ya me gustaría a mí ver a esos “genios de la literatura” que salen en tantas antologías … pagando letras! ¡Ja!, ¡ja, ja! ¡Pagando letras iban a escribir esos nada! ¡Ni la “o” con un canuto, no te fastidia! Para escribir hace falta tranquilidad … y nada de problemas … ¡y dinero! ¡No te fastidia! ¡Ya me gustaría verles, a mí, a todos esos! Bueno, tú no te preocupes, que si son galletitas de esas, se las damos a Canica y santaspascuas María. El premio, mujer. Digo que si el premio ese son galletitas … Serán labores de ganchillo. ¡Ganchillo, leches! Hija, cada día estás más sorda. A ver si viene la extra y vamos al otorrino o mejor a la ortopedia, directamente. Mira que si fuera dinero. ¡No creo! ¡Bah, seguro que no! ¡Pues menudos son los curas de agarrados! ¡Lo mismo me piden dinero a mí! ¡Eso sí que podría ser! … Si fuera dinero … (¡no creo!) te invito a cenar por ahí fuera. ¡A cenar!, ¡fuera! ¡No, ahora, no, cuando me den el premio! Hija mía, estás más sorda … No, si … Pues va a tener que ser primero el audífono … antes que la cena. ¡No te fastidia!

© Javier Auserd.

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23/05/2008 00:27 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 8 comentarios.

El año del regreso.

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http://www.saharalibre.es/modules.php?name=Content&pa=showpage&pid=20

Estaba contento, al fin, después de tanto tiempo. Y sonreía. Sonreía, sigiloso, abrazado a su fusil, agazapado frente a aquel sector del muro que iban a volar. Estaba tranquilo. Por fin habían dado el paso que llevaba el pueblo treinta y cuatro años esperando, en vista del callejón sin salida en el que estaban. Al menos ahora, si morían, lo harían haciendo algo por su patria, que aún no había visto la luz, por su merecida y siempre retrasada independencia, por su tierra. ¡Su tierra! ¡Qué hermosa era! ¡Qué hermosa la recordaba de cuando era niño! ¡Las blancas sábanas que su madre tendía a secar al aire y al sol de su casa blanca y limpia, cerca del mar! ¡Ah, su tierra! … ¡qué distinta de la dura, sucia y seca hammada prestada! …

Lo peor era no poder fumar en las horas anteriores al ataque, pero se distraía viendo a sus compañeros en sus posiciones, inmóviles, pegados a la tierra, formando parte de ella, a escasos minutos de iniciar otra etapa de su historia. Una etapa sin retorno. Una etapa en la que muchos morirían, sí, pero como hombres y mujeres libres, orgullosos de serlo, no como esclavos sumisos y asustados.

¡Cuánto tardaba la orden! Ahmed, acompasó la respiración para calmar los nervios y que no se espantara el lagarto que se había quedado parado en una de sus botas, nuevecitas. Mientras esperaba, a ratos, le asaltaba la duda de si habría hecho bien o mal en alistarse a su edad, ahora que tenía trabajo en España, ahora que empezaba a saborear las mieles del mundo desarrollado que, aunque no terminaran de convencerle por completo, resultaban muy cómodas y atractivas. La vida, monótona y ordenada en una casa, de tal a tal hora en el trabajo, duro, pero pagado, las comidas, de tal a tal hora, los paseos con su mujer y sus niños, de tal a tal hora, el sueño, más o menos intranquilo, de tal a tal hora, la ropa bien tendida, las fiestas, el descanso, la lluvia suave … ¡Ah, la lluvia! Le gustaba mucho la lluvia. Aquellas gotas (¡de agua!) que se sucedían, una tras otra, con rítmica cadencia y que, muchas de ellas, ¡parecían desperdiciarse! La lluvia era un milagro y los pueblos que la tenían no sabían apreciarla. Si él pudiera, promovería en todas las ciudades una red de aljibes que la recogiera para aprovecharla al máximo y que no se perdiera ni una gota de ese preciado oro líquido, mucho más valioso que el negro petróleo que ahora dominaba el mundo.

Y entonces, como siempre han ocurrido los asaltos en la historia de la humanidad, se desencadenó todo de golpe con una rapidez vertiginosa. Con matemática precisión, se fueron produciendo las explosiones en el muro maldito y ellos se incorporaron y corrieron y corrieron y corrieron medio cegados por los surtidores de arena que levantaban las balas de las ametralladoras enemigas hacia su objetivo más allá del muro, en la parte de su tierra que ocupaban los invasores y que pronto volvería a ser suya. En pocos segundos, un infierno de fuego y esquirlas de metralla hundiéndose en el suelo y en la carne de los soldados del comando, se instaló en ese área del desierto cuyas imágenes, en esos momentos, podían estar captando varios satélites, entre ellos el de Google para que luego lo pudieran ver tranquilamente europeos y americanos sentados frente a sus monitores.

Él estaba allí, allí, allí. Allí mismo, sobre el terreno, en el terreno, corriendo, brincando, esquivando las balas, las minas, las granadas (¡ah, las granadas, qué buenas, él una vez se comió una!), las explosiones, los zambombazos … acercándose al muro, ya muy cerca del muro, entrando en el muro, traspasando el muro, ¡por fin! El muro, que era un símbolo de opresión y de muerte. El muro que era un icono de terror y violencia. El muro, que era el estigma que había mantenido apartado a su pueblo de su tierra. El muro, el maldito muro, ¡todos los malditos muros del mundo habían saltado por los aires!

“¡Estamos aquí, ya, por fin!” estuvo a punto de gritar. “¡Te hemos vencido!”, estuvo a punto de aullar con alegre desesperación contenida cuando el sonido estridente de la señal de retirada traspasó sus tímpanos. Obediente, se agachó, se dio la vuelta y corrió en zigzag, orgulloso y enfadado.
Más tarde, en lugar seguro, frente a un buen té saharaui, hacían balance de la operación:

-No tenemos bajas. Sólo dos heridos de metralla, poca cosa. Y creo que tampoco les hemos hecho muertos – decía un comandante a los guerrilleros.
-Es igual, van a decir que sí y van a llamarnos terroristas – contestó un combatiente.
-Bueno, que hagan lo que quieran. Esto ya no tiene marcha atrás – dijo otro.
-Sí, esto ya no hay quien lo pare.
-¡Ya era hora!

Volvieron a sus bases, contentos y preocupados, atentos a las próximas ordenes. Se entrenarían, esperando las represalias enemigas, repasarían su indumentaria, limpiarían sus armas … Habían iniciado un camino sin retorno. ¡Ya habían estado treinta y cuatro años fuera! Un camino terrible y glorioso que sólo conducía a un lugar, a su tierra: de regreso al Sáhara.

© Javier Auserd.

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17/05/2008 16:31 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 7 comentarios.

Porca miseria.

07/05/2008 15:24 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 9 comentarios.

Con el agua al cuello.

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Orcasitas

Aventuras Caseras Asociadas, presenta: Cap.IX

Hay veces que parece que el cielo cae sobre nuestras cabezas. Sucede cuando, en lugar de diez o quince problemas a la vez, te llueven unos cincuenta al mismo tiempo y casi todos con mal pronóstico. A mí cuando me pasa eso, me siento un rato, pongo a Pink Floyd, por ejemplo, respiro fuerte (en ocasiones, lloro un poco) y luego empiezo a hacer una especie de borrador de lista de decisiones rápidas en una o dos palabras, que anoto en un papel. Algo así como:

Chus: no (aunque luego sea que sí, por los garbanzos).
Despacho: hablar con el administrador.
Teléfono: ver ofertas.
Hipoteca: renegociar.
Halien: flores.
Cyndi: llamar.
Coche: llevar al taller.
Charli: hablar con Lola.
Socio: hablar.
Mi madre: llamar.
Etcétera, etcétera.

No suele servir de nada porque en esto no hay recetas que valgan, ni se parece a lo que luego hago, que tampoco se parece a lo que luego sucede, pero me calma algo, de momento, hasta la próxima crisis. Sin embargo, todo va dejando un poso amargo que, al final, te pasa factura y no te libra ni san Judas Tadeo, oye. Y, aunque dicen que peor es no contarlo, el trago es respetable, amargo y duro.

En estos temas de andar agobiados y con el agua al cuello los españoles nos parecemos mucho (a pesar de las nacionalidades y regiones y de que dicen que nos queremos romper y separar) porque cuando vemos a alguien así, acudimos corriendo enseguida a echarle una mano … al cuello, para que se termine de ahogar. O quizás es que sea algo de la tan socorrida condición humana.

Pero también en cuanto a la pobreza (problema mundial espantoso y horrible) y a las dificultades económicas hay muchas situaciones dispares y contradictorias y no te puedes fiar de las apariencias en ningún sentido. Un día, mi madre, en una excursión que hizo a otra ciudad con sus amigas, dio una limosna a una mujer que, por su actitud y por su aspecto parecía estar pidiendo a la puerta de una cafetería, para que se comprase unas zapatillas nuevas, de cómo tenía las que llevaba puestas. Cuando entró al bar, le dijo un camarero:

-Señora, disculpe que me meta donde no me llaman, pero he visto cómo le daba usted dinero a esa mujer de la puerta y tengo que decirle que esa mujer, que parece una mendiga, es la dueña de todo este bloque, con sus locales y garajes, y un montón de casas y fincas más y tiene dinero para aburrir. Se lo digo para que lo sepa usted y no se llame a engaño por verla así.

En cambio, a ella misma, en los años 50, en el llamado Auxilio Social, institución de caridad de aquel entonces, le negaron ayuda diciendo que no podía ser que fuera pobre porque iba muy limpia. ¡La condición humana esa!

Me había pedido Víctor que le negociara una rebaja en un préstamo que le hizo un patriarca en Orcasitas. Le dije al contacto que necesitaba garantías para moverme por allí y quedaron en recogernos a Emiliano y a mí en las escaleras del ambulatorio.
Cuando llegamos, nos esperaban tres armarios enormes con cara de apache que, al bajarnos del coche, estamparon una pegatina verde fosforito en el parabrisas y nos invitaron con la cabeza a subir al suyo. Parecían tan seguros de sí mismos que ni siquiera nos cachearon. Dimos unas vueltas de despiste y pararon frente a uno de los muchos portales idénticos de uno de los muchos bloques idénticos en el interior del barrio. Subimos una estrecha escalera y entramos en una casa hasta el salón donde había otras tres personas, una de las cuales era el banquero de Víctor, mi cliente y el suyo.
No era un hombre enjuto y cetrino, sino bien metido en carnes, elegante y serio, con el sombrero bien calado, un bastón con mango de plata vieja y un anillo de oro en el anular de la mano derecha con un rubí que parecía un huevo de paloma.

-Aquí estos payos quieren parlamentar, don Manuel – dijo un gorila con voz profunda.
-¿Cuál es su gracia, payo? – me increpó otro guardaespaldas.
-Pues … gracia … no sé … poca – dije confuso.
-¡Le está preguntando su nombre! – dijo otro.
-¡Ah! Martín – contesté.
-¡Hombre, Martín, como mi burro! – dijo uno de los que estaban sentados con el patriarca y se echaron todos a reír de muy buena gana.

Noté que Emiliano se ponía tenso y le hice un gesto, para que se relajara, quitándole importancia.

-No se moleste usté con Basilio, don – me dijo luego el patriarca secándose las lágrimas de la risa con un pañuelo -, no ha querido ofenderle. Era una broma. Tomen asiento … por favor.
-Está bien – asentí y nos sentamos -. Verá usted, vengo en representación de mi cliente, don Víctor Olea … No sé si le recuerda – me interrumpí esperando que me pidiera más detalles, pero me hizo un gesto indicando que estaba al corriente del tema -, para negociar el préstamo que mantiene con usted porque le resulta muy gravoso y se ve … con el agua al cuello.
-¿De qué era la deuda, sabe usté, de juego o de hambre? – preguntó con una voz grave y entonada.
-De juego – le dije.
-Entonces …
-Disculpe usted, don Manuel – le interrumpí, sabiendo que me la jugaba pero sabiendo también que interrumpía una sentencia que sería inapelable una vez pronunciada -. Con el debido respeto, don Manuel, si me permite añadir algo, la deuda es de juego, sí, y es justo que la pague, pero ¿qué pinta ahí un tal Edmundo, o algo así, que se lleva una comisión exagerada? ¿No cree usted que la deuda es sólo con el deudor y ese Edmundo que se meta en sus cosas y no en las de los demás?

Me miró perplejo, como dudando entre romper a reír, de nuevo, delante de mis narices por mi paya ingenuidad o partirme la cara de un bastonazo por mi payo atrevimiento y mi paya insolencia.

-¿El payo Vítor aceptó la “cláusula del fundo”? – le preguntó don Manuel al Basilio, el de la broma del burro.
-No, primo – contestó el Basilio medio muerto de risa.
-No es usted abogado, ¿verdad? – me preguntó don Manuel con la clara intención de llamarme ignorante.
-No.

Hubo un largo silencio durante el cual, don Manuel, me escrutó con una mirada solemne y avezada de jefe piel roja, como si quisiera calibrar mis higadillos y, al cabo de un buen rato, dijo:

-Está bien – cabeceó asintiendo.
-¿Entonces? … - empecé.
-Pero … - me interrumpió levantando una mano – a condición de que si su cliente vuelve a pedirnos algún otro préstamo, se le aplicará el doble de la comisión “Edmundo” esa – remató con sorna y me miró como diciendo: “Te toca”.

Me lo pensé un rato, no mucho, calibrando ante todo la capacidad de Víctor de asumir y cumplir una promesa así y, al cabo, dije:

-Me parece justo, don – le tendí la mano cerrando el trato, nos levantamos y nos fuimos escoltados por los mismos armarios.

Cuando, al día siguiente, vino Víctor a mi despacho y le hice el resumen que me pareció de la reunión con su prestamista, le llamé de todo menos bonito y él con la cabeza gacha, como un niño pillado in fraganti asentía a todo con tal de aguantar aquel chaparrón que se le venía encima esperando a que escampase.

-¡Pero ¿tú eres idiota?! – le dije -. ¡¿Te parece normal pedir prestado dinero para cubrir las deudas de juego a tus deudores?! ¡Tú estás mal de la cabeza, no hay otra explicación posible! ¡Además, ¿cómo te dejaste colar la comisión esa que no es más que una trampa para pardillos?!
-Es que … me amenazaron con una navaja – balbuceó amedrentado.
-¡Pero qué navaja ni qué! … ¡¿Quién te manda meterte en estos berenjenales, capullo?! ¡Si no fuera por tu padre … a buenas horas iba yo a meterme en la boca del lobo para sacarte las castañas del fuego! ¡Y desaparece de mi vista ahora mismo, que ya me estás haciendo hablar en refranero! ¡Por cierto que … dile a tu padre que esta tarde tengo que hablar con él!
-¡Pero, Martín, por Dios!, ¡¿se lo vas a contar todo?! – dijo aterrado.
-¡Pero ¿a quién se le ocurre nada más que a ti?! ¡¿Cómo le voy a contar nada?! Aunque bien mirado es lo que te mereces, por más que te haya prometido mantener el secreto. Pero … ¡ahora que lo dices! ¿y si te chantajeo para que le convenzas de que inyecte capital a la próxima ampliación de la sociedad?
-¡Cuenta con ello, Martín, yo le convenzo! ¡Y muchas gracias!
-¡Anda, anda, desaparece de mi vista y no vuelvas a pecar! ¡Y, sobre todo, no vuelvas a hacer el capullo!

Me quedé pensativo cuando Víctor, el hijo de mi socio, cerró la puerta del despacho porque en verdad el chantaje se me había ocurrido sobre la marcha pero me iba a venir de perlas para salir del apuro. “¡Si es que no hay mal que por bien no venga!”, pensé. Y también pensé: “¡Oh, malditos refranes, si hasta me los digo a mí mismo! ¡Esto empieza a ser preocupante!”.
Luego me entraron remordimientos y estuve tentado de volver a llamar a Víctor para decirle que había sido una broma y que no pensaba utilizar su desliz para salvar el despacho. Pero, en el último segundo, me contuve y lo dejé estar, porque quizás fuese mejor así.

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21/04/2008 14:09 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 11 comentarios.

A las 6 de la mañana.

Aventuras Caseras Asociadas, presenta: Cap. VIII.

Uno.
Con las prisas, no me dio tiempo de preguntar a aquellos “caballeros” las preguntas que habíamos ido a hacer: “¿Había muerto Anselmo de muerte natural (obviando la pestilencia del agua y sus infecciones asociadas) o le había empujado alguien?”, “¿Frecuentaba el grupo o pertenecía a él otro Alien, éste otro con hache?”, “¿Tenían ellos algo que ver en la muerte de Anselmo?”, “¿Sabían dónde andaba Halien?”, “¿Hay vida después de la muerte?”. Era una pena no tener ahora unas valiosas respuestas (que, por otro lado tampoco creo que nos hubieran dado), pero por lo menos salimos vivos de aquella.
Callejeamos un rato, después de correr bastante, y terminamos en una chocolatería cerca de Tirso de Molina frente a una buena taza de café con porras y una copa de anís que nos hizo tiritar de frío por dentro para contrarrestar el sofoco de la carrera. Entonces, para retrasar el análisis del lance, nada halagüeño por cierto, me contó Lazo, a traición, su curriculum (menos halagüeño todavía) de una familia desestructurada (ese palabro lo aprendió en un curso de los Fondos europeos al que le obligaron a ir los del paro) donde le pegaban sus padres alcohólicos y él se escapaba con sus amigos drogotas y manguis y que por eso se metió en la mala vida y ahora es un camello de tres al cuarto (aunque, mal mirado, no le va tan mal, no te creas) y que si él no vende a los niños y que si patatín y que si patatán … lo típico.
Procuro no juzgar a nadie, aunque quizás ante determinadas situaciones debería hacerlo, porque no se puede atravesar la vida templando gaitas. Pero la famosa piedra de Jesucristo causa estragos, además de resultar muy cómoda y manejable, por más que probablemente su sentido original fuera otro. De modo que, hice que me tragaba la película de Lazo junto con las porras, el café calentito y el anís frío y luego, cada mochuelo se fue a su olivo. El mío estaba vacío y triste, fané y descangallado.

Dos.
Luego de dos cabezadas mal dadas, llamé a Charli, que me había dejado un mensaje en el contestador, y le prometí volver a ocuparme de Ludecio que volvía a molestarle. Llamé a Chus, que me había dejado otro mensaje, porque su novia le amenazaba con volver con Vladimir y quería que la siguiera. Después de un corte de mangas mental dedicado a Chus, hice otras cuatro o cinco llamadas de trabajo y, cuando estaba marcando otra llamada, me llamó el comisario Ortega para que me acercara ya mismo al número 3 de Lope de Vega, aquí al lado, donde me tenía reservada una sorpresa. Me puse de los nervios, porque si las sorpresas de Miranda eran de in extremis, las de Ortega eran de in articulo mortis y tenía yo un cuerpo serrano ...

Me crucé con Lucía, de la científica, que iba, pálida, a dejar el maletín en la furgoneta.

-¿Qué tal, Luci? – le dije.
-Pues … bien. Yo ya me voy a vomitar a otra parte.
-Siempre estás igual – le dije.
-Sí, sí … Esta vez vete preparando.
-¿Por?
-Ya lo verás. ¡Chao!
-¡Qué exagerada eres!
-Ya, ya. Entra, entra.

Levanté la banda de plástico y entré al portal. Aparentemente estaba todo tranquilo. Yo, que temía encontrarme la típica y desagradable escena de algún cuerpo despanzurrado contra el suelo, me quedé parado bajo el tragaluz, mirando a todas partes … menos arriba, y tratando de evitar un charco de agua sucia que había en el centro, cuando noté que me caía una gota en el pelo y oía la voz de Ortega que me llamaba. “¡Qué raro! – pensé – si no está lloviendo. Habrá goteras”.

-¡Sube, sube, Martín. Aquí, en el tercero! Sube, anda, y quítate de ahí que te vas a poner perdido.

Al mirar arriba, sólo se notaba un bulto que no se distinguía bien lo que era, pero cuando llegué al tercero hubiera dado cualquier cosa por no distinguirlo.

-¿Qué es eso? – le dije a Ortega.
-¿Eso? … Eso es un viejo conocido tuyo.
-¡No jo … robes!
-¡Sin jorobar! Y límpiate la frente y la mano, que te vas a manchar todo.
-¡Pero si es! … ¡¿cuándo me he hecho yo una herida?!
-No es tuya es de …
-A ver … ¡No! ¡No es posible!
-Y tan posible, Martín, y tan posible. Nos lo venías diciendo hacía mucho y no te creíamos, hasta que anoche … Bueno, esta mañana.
-¿A qué hora? – pregunté con un hilo de voz, mientras me limpiaba la mano y la frente.
-Creemos que fue sobre las seis. Estamos interrogando a la chica. Y menos mal que no le abrió, que si no había ido ella por delante y ... Tranquilo, Martín, tranquilo. Ahí hay bolsas.

Cogí una, me aparté de Ortega y de los policías que terminaban de sacar fotos desde distintos ángulos y empezaban a bajar para que subieran los que iban a descolgar el cuerpo sin vida del muchacho, y luego se me calmó el estómago y me limpié el sudor que me bajaba por el cuello hacia la espalda.
Subieron una camilla dos tíos cachas, envolvieron el cuerpo colgante con una red, lo subieron, desataron la camisa con la que se había ahorcado, metieron todo en una bolsa (genitales y navaja barbera incluidas), la aseguraron a la camilla y la bajaron en posición casi vertical con las patas plegadas para que no les estorbaran.

Tres.
No estaba yo para juergas, pero por la noche tuve que quedar con la amiga de una prima de Halien en una discoteca donde trabajaba de go-go. Terminó su número y volvió al camerino donde me había dicho que la esperara.

-Sí, tiene unos tíos en un caserío … por Álava, creo.
-Hm, hm.
-Yo soy de Bilbao.
-Ah.
-Del mismo Bilbao, ¿eh? De Abando.
-¡Oh!
-Sí, sí. No te vayas a creer, ¿eh?
-Ya, ya. Y … oye, tú conocías mucho a José Miguel, ¿verdad?
-¡¿Cómo?!
-¡Que si conocías a José!
-Fui su novia unos meses – me dijo mientras se terminaba de secar la cara y se ponía los vaqueros – Cuando llegó aquí no conocía a nadie y yo era amiga de una de sus primas de … Basurto. Pero era un poco raro, ¿sabes?
-¡No me digas! …
-Se ponía nervioso, de golpe, y salía corriendo. Un poco raro era, sí.
-Y luego ¿os visteis mucho?
-¡¿Cómo?!
-¡Que si! …
-¡Es que, con la música de ahí arriba a todo trapo no te oigo! ¡Bueno, te oigo, pero no te entiendo! ¡Espera, que termino de cambiarme y voy más cerca!

En las paredes grasientas de aquel antro las chicas habían puesto una nota de color colgando carteles de tíos buenos en pelotas. También rociaban insecticida comprado de su bolsillo todo lo que podían por todos los rincones.

-¡Ya estoy aquí! Ya estoy aquí.
-Conozco un sitio más … tranquilo, donde no tendremos que gritar, ¿vienes? – le dije.
-Vale – me contestó encogiéndose de hombros.

Salimos del antro y caminamos un rato en silencio por las calles recién regadas y llenas de borrachos y de chulos. Aunque me caía de sueño, me fijé en que sin maquillaje no era tan fea y no daba el cante como cuando trabajaba “go-goando”.

-Escucha, …
-Cyndi – dijo una vez sentados más tranquilos en Sésamo donde, encima, esa noche no había pianista.
-Escucha Cyndi, José Miguel ha muerto.
-Ya. Me lo has dicho tú antes de mi actuación.
-Y … ¿no te da pena?
-Hombre, pena, pena … claro que me da … pena. Pero mira …
-Martín.
-Mira, Martín, ¿para qué nos vamos a engañar? Ese chico no estaba muy bien que digamos, ¿no te parece? Y … ¿cómo ha muerto?, ¿en un accidente?
-Eee … Sí. Sí. Un accidente … de moto.
-Ya. ¿Pero si le daban pánico las motos?
-Pues ya ves … Precisamente.
-Mira …
-Martín
-… Martín. Yo no sé en qué líos andaba metido últimamente Joseba, sólo sé que siempre ha estado como una cabra y los últimos amigos que tenía del juego ese de los cojones no le venían muy bien que digamos. Encima se había enamoriscado de una antigua yonki que le ponía como una moto para nada, ¿me entiendes? Yo trabajo donde trabajo, pero locuras las justas, ¿sabes? Yo soy muy clarita y a mí las bobadas de Joseba y sus compañías no me gustaban un pimiento. Yo creo que mejor morir que perder la vida, no sé si me entiendes, quiero decir que la muerte te llegue cuando te tenga que llegar, pero eso de andarla buscando ... no me gusta, ¿sabes?
-Te entiendo … Cyndi. Te entiendo.
-Pues eso.

La dejé en la puerta del piso donde vivía con unas amigas. Al día siguiente tenía que ir a una entrevista de trabajo y no podía entretenerse más y a mí, que me caía a cachos, me vino de maravilla. Quedamos en vernos otra noche de estas.

Cuatro.
Una vez me dijo una bruja de feria en la verbena del barrio, “Adivina, madame Eiffel” ponía en el cartel de la entrada, a la vista de mi mano derecha:

-No te suicides nunca, hijo mío, porque volverás una y otra vez a este mundo en condiciones cada vez más miserables. Es mejor que aguantes hasta el final. Ya te llegará, no tengas prisa. Por dura que sea una vida, el castigo reservado a los suicidas es infinitamente peor, recuérdalo siempre.

Me dejó bastante preocupado porque lo que me dijo no me auguraba un futuro precisamente brillante, pero yo le hago caso en todas las circunstancias, aunque caigan chuzos de punta y me den todos de lleno, por si las reencarnaciones esas, que no me gustan nada y que, incluso conceptualmente, me parecen de lo más atroz e injusto que hay en el panorama filosófico universal.

Según una creencia zuambé, el demonio encargado entra sobre las 5 de la mañana en la choza, habla con el humano, previamente elegido y machacado a adversidades por los espíritus, y, si le convence, cuando canta el gallo, se lleva su aliento por la ventana y deja el cuerpo tirado en este mundo para que se lo coman los insectos.

El suicidio es una terrible y triste lacra social en la que, además de la depresión, la demencia, la esquizofrenia, el alcohol, las drogas, la soledad no buscada, la incomunicación … juegan un espantoso y macabro papel que hay que tratar psiquiátricamente. Alrededor de las 6 de la mañana, hora local, suceden la inmensa mayoría de los suicidios.

Que nadie se vea nunca en el escenario de ese infierno.

© Javier Auserd.

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15/04/2008 19:18 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 6 comentarios.

Estamos trabajando en ello.

Aventuras Caseras Asociadas, presenta: Cap. VII.

Cada vez que un cliente me pregunta cómo va su caso, no puedo evitar acordarme de la mítica y humorística frase de un ex presidente que ha pasado a la historia por impulsar guerras ajenas nada humorísticas que todavía colean y siguen provocando muertes de civiles indefensos.
Pero los seres humanos somos así: graciosos y ligeros sobre aspectos dramáticos que afectan a otros y no parece haber nada más cómico que las caídas y porrazos que se pegan, o les pegan, a los demás. Eso se suele considerar parte de la “condición humana”, que es una especie de cajón de sastre donde se meten todas nuestras reacciones más contradictorias, inexplicables, oscuras y absurdas. De todos modos, la vida misma parece ser una tragicomedia constante e incomprensible donde se suceden las mayores atrocidades y desgracias de unos entre las risas de los contrarios y viceversa.

-Estamos trabajando en ello … - le dije, con acento tejano, a doña Rosa, que, por fortuna, no cogió la broma y, por tanto, no me cruzó la cara con una bofetada ni me sacudió un bolsazo de los suyos.
-Ah, bien. Pues sigan, sigan, a ver si terminan de encontrar a mi perrito, que ya van dos días y no me hago sin él.
-Tranquila, doña Rosa, es cuestión de tiempo. Vaya usted tranquila.
-¡Tranquila, tranquila! ¡De tranquila nada! ¡A ver si me lo encuentran de una vez, hombre, ya! – se fue rezongando, mientras yo lamentaba mi santa manía al abuso de frases hechas.

Psikys3.0 es uno de tantos bonitos y educativos juegos on line en los que un solo psicópata, o un equipo de ellos, escoge una víctima al azar, planifica su muerte, la mata de diversas modalidades predeterminadas y se deshace de su cuerpo quemándolo, descuartizándolo o tirándolo al río más cercano. A todos nos suena algún caso real en el que ha sucedido, a pesar de que los expertos nos recuerden, cada vez que sucede, que esos juegos de rol no son peligrosos ni contraproducentes para nuestros  jóvenes y que lo inadecuado (aunque no aclaran que “para la economía de esa industria”) sería dejar de comprarlos o de ver películas violentas o series de televisión porque la violencia está en la sociedad y no en los videojuegos y que no son más peligrosos que los antiguos e inocentes billares. Si los narcotraficantes se consideran expendedores de medicamentos, los asesinos a sueldo soldados privados y así sucesivamente, ¿qué impide utilizar eufemismos para todo?
A pesar de las bondades de estos inventos, no podía dejar de temer que el reciente caso del marido de Luisa, la señora de la limpieza del edificio del despacho, encontrado ahogado en el Manzanares al que Miranda le había quitado toda importancia, tuviera alguna relación con algo semejante y en particular con la referencia de Halien, en su último correo, a ese juego concreto. Pero, como casi siempre, no tenía ni idea de cómo ni por dónde empezar a atar cabos.

Hablé con la mujer de Anselmo, que era como se llamaba el muerto y, como me imaginaba, me respondió asustada con evasivas y vaguedades incongruentes dignas de una mejor y utópica investigación psicosocial adecuada. Así es que hablé con un amigo de Cheroky, también capo del barrio, que lleva los temas “antidepresivos”, o sea, ansiolíticos y opiáceos. Hablaba tan deprisa que tartamudeaba y era difícil seguirle. Al principio me contó una historia tan alucinante que yo sólo podía situarla vagamente en escenas de LSD de la película Apocalypse Now, pero luego, poco a poco, se fue calmando y concretó con mayor coherencia su relato. Me pareció entender que había una especie de secta o equipo de juego entorno a “Psikys” que se reunía en un tugurio de mala muerte cerca del Manzanares donde jugaban, como quien juega al mus, mientras se drogaban con alcohol, hachis, marihuana, opio, crack o lo que se terciara. Entre este grupo y entre el resto de habituales del antro que se ocupaban en otros diversos tipos de distracciones y entretenimientos eran muy frecuentes las peleas y las puñaladas traperas por las bobadas más chorras, cuando los consumidores adquirían un grado de desmesura y pérdida de consciencia suficientes. Aunque no me apetecía lo más mínimo, quedé con él en ir por allí una noche a cambio de darle dinero y, como es lógico, iría vestido para la ocasión para no desentonar a las primeras de cambio.

Hacía fresco aquella madrugada y, antes de salir, me puse un trescuartos viejo por encima. Lazo, el amigo de Cheroky, acudió razonablemente pronto y, atravesando la plaza de la Cebada, bajamos por la calle Segovia y, al llegar al parque de Atenas, nos perdimos por las calles cercanas al Manzanares, donde está el garito. Cuando entramos, aquello me recordó una tétrica taberna portuaria de los muelles de Nápoles en los años 50, sucia, oscura y maloliente. Nos acodamos en la barra para echar un primer vistazo, Lazo pidió un ron cubano y yo otro. El humo del tabaco se mezclaba con el resto de los humos de todas las substancias que por allí circulaban y se pegaban a la traquea como una garra estranguladora que sólo se aliviaba algo mediante los sorbos del brebaje infame al que se atrevían a llamar ron y como tal cobraban. Tapándome la nariz con asco mal disimulado y un pañuelo, recorrimos los negros pasillos, tropezando con bultos tirados en el suelo, deteniéndonos en las puertas abiertas y en las puertas cerradas y en las entornadas y desembocamos en un patio al aire libre donde no olía mejor a pesar de que se advertía la silueta de un árbol, que cuando estuvo vivo pudo haber sido una higuera, pero que ahora hacía las funciones de vertedero de inmundicias. Nos internamos por otro pasillo menos oscuro y en el primer cuarto vimos a unos diez individuos jugando a la ruleta rusa con lo que me pareció un revólver Nagant con silenciador. En otro cuarto se oía música de strip-tease y en otro, a través de la puerta entreabierta se veía a cuatro o cinco con portátiles. Toqué levemente la puerta que chirrió con estruendo y una voz chillona dijo:

-¡Venga Alien, ya está bien, ni que te hubieras ido a Jamaica a por las birras, joder!

Me quedé petrificado, sin saber qué hacer ni qué decir. Por otro lado, pensé de golpe, puede haber sólo unos setecientos mil Halien o Alien en la Red. El primero en reaccionar fue Lazo que, habló con cautela al tiempo que se metió muy despacio en la boca del lobo:

-No soy Alien. No soy Alien. Pero soy un amigo.
-¡¿Un amigo … de quién?! – dijo uno de ellos, dando un salto hacia atrás, que casi tira la mesa con los portátiles al suelo, y empuñando una pistola.
-De Anselmo – dije yo, entrando detrás de Lazo usándole casi como escudo y tanteando el Magnum345 en el bolsillo del viejo tabardo.
-¡¿Anselmo?! – grito otro – ¡Estos son maderos, Clavo, maderos! ¡Anselmo no usaba su nombre verdadero en el juego!
-Tranquilos, tranquilos – dije yo y volví a provocar el mismo efecto contrario que con doña Rosa la otra mañana.
-¡¿Qué queréis?! ¡Y ¿quiénes sois?! – Nos dijo el de la pistola apuntándonos a la cabeza y cerrando la puerta.
-No somos maderos. No pasa nada. Soy … un amigo de su mujer y solo vengo a hablar.
-¡¿A hablar?! ¡¿De qué?! ¡¿De qué mujer?! ¡¿De quién eres mujer, digo … de la mujer de quién eres … amigo?!
-No pasa nada. No pasa nada. Baja la pistola, por favor. Mira, nos sentamos. Hemos venido a hablar, ¿vale? ¿Me dejas hablar … explicarte? – dije mientras me sentaba yo y sentaba a Lazo que estaba más nervioso que yo -. Escucha – le dije al de la pistola – baja la pistola, por favor y … charlamos, ¿vale? -. Mira, te explico: soy amigo de la mujer de Anselmo el que ha aparecido en el río el otro día. No sé cómo se llama en el juego ni me importa. Le prometí que vendría a hablar con vosotros, sólo vengo … venimos a hablar … de buen rollo y luego … nos vamos.
-¿Le prometiste? – dijo otro de los que allí estaban, joven y mugriento, con el pelo pegado a la cara - ¿A ese tal … Anselmo?
-No, no – me apresuré a corregir – A su mujer. A su mujer. Está muy preocupada por entender … algo de lo que … ha pasado.
-Nosotros no sabemos nada – dijo un tercero, de mediana edad, tan desaliñado como el resto.
-Ya lo sé. Ya sé que vosotros no tenéis nada que ver con lo de … Anselmo, pero …
-¿Y si no eres madero, por qué quieres saber? – dijo el de la pistola que no me había  hecho caso y nos seguía apuntando con ella, aunque me fijé que le temblaba mucho el pulso y tenía puesto el seguro.
-Ya te he dicho que su mujer …
-¡Déjate de su mujer ni hostias! – empezó a alterarse.
-Escucha, soy primo de … ella y soy … detective.
-¡¿Lo veis?! ¡¿Lo veis?! ¡Cómo sabía yo que eran maderos! ¡Cómo lo sabía! ¡Yo … yo me los …! – chilló el de la pistola, cada vez más nervioso.
-¡Cállate ya, Clavo, joder! ¡Y baja esa … mierda! – dijo un cuarto tipo, más bien cuarentón y menos pringoso que el resto, saliendo de las sombras de una esquina de la habitación – Escucha … - empezó a decirme.
-Balboa – le dije.
-Escucha, Balboa – me dijo esbozando una media sonrisa socarrona -. No eres policía, vale. Pero ¿por qué quieres ayudar a tu … prima a averiguar qué le pasó a su marido? Además, ¿qué más da qué le pasara? Está muerto, ¿no? Todos lo sentimos mucho, ¿ok? Este es un juego … inocente, como otro cualquiera, aunque no esté muy bien visto y el antro no sea de lo mejorcito que digamos, pero … dejemos en paz a los muertos, ¿no te parece?, que bastante tenemos encima los vivos. Que la policía se ocupe de esos temas … O los médicos, o los …

En ese momento, la puerta empezó a abrirse y una voz alegre y despreocupada, casi cantarina voceó:

-¡Ya estoy aquí con las birras! – al tiempo que un joven entraba de espaldas para poder sujetar varias botellas de cerveza de traía apoyadas contra el pecho.

Estuve a punto de dar un bote en la silla esperando ver al Halien de mis dolores de cabeza entrar por aquella puerta cargado de cervezas y tener que detenerle acusado del asesinato de Anselmo García, su compañero de “Psikys”, el marido de mi “prima” Luisa, la señora de la limpieza del edificio de despachos de la plaza de Tirso de Molina.

Años más tarde, cuando al fin me dio el infarto laboriosamente gestado y ganado tan a pulso en esta y otras muchas aventurillas, recordé, con una sonrisa, aquella madrugada fría, que estoy contando, en la que el pobre Lazo y yo estuvimos en un tris de terminar en las terribles aguas color chocolate del Manzanares como Anselmo, el marido de mi “prima” Luisa o como algunos otros, que ya contaré, si salgo de ésta, como salimos de aquella, porque el muchacho que se volvió tan deprisa como le permitían las diez birras que traía amorosamente abrazadas contra la sucia cazadora color caqui oscuro … no era José Miguel U.V., alias Halien, sino otro chaval enganchado a la adicción de turno, alias Alien, al que casi se le caen todas las botellas contra el suelo al ver una escena en la que su amigo Fulanito de Tal, alias Clavo, apuntaba con un pistolón, más aparatoso que efectivo, a dos tipos desconocidos, uno de los cuales le miraba con una mezcla indefinible entre el susto y el alivio y luego vio cómo se despedían y pasaban a su lado y salían pitando de allí antes de que su amigo Clavo se diera cuenta de que tenía puesto el seguro de aquel mamotreto de museo, y lo quitara.

-¡¿Qué tal, doña Rosa?! No se preocupe, que seguimos trabajando en ello.
-¡Pero serás …! ¡Si hace tres días que apareció ya mi Cuqui … él solito! ¡Tres días! … ¡Y no te voy a dar ni un huero, para que aprendas! ¡Mamarracho!
-¡Bueno, mujer, no se altere, que le va a dar algo! ¡Ah, qué vida esta!

© Javier Auserd.

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02/04/2008 18:59 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 6 comentarios.

Chubascos por el norte.

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© J. Whatmore
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Aventuras Caseras Asociadas (A.C.ASO.), presenta: Cap. VI.


A mí me gustaba mucho la lluvia, cuando llovía, a pesar de lo molesta que resultaba en las grandes ciudades y para el tráfico rodado y para la ropa tendida y los reumas, pero a mi me gustaba, la verdad, sentir la humedad relativa del aire, la frescura de su tacto en la cara, la sensación de respirar bien y de avanzar por un aire casi líquido … ¡Ah, qué tiempos aquellos! Y eso que, en mi oficio, el llamado mal tiempo es fatal.
Y, sin embargo, aunque ya no llueve como antes, de golpe y porrazo, entran chubascos por el norte y llega hasta aquí un temporal express que, mientras que antes duraba semanas, por lo menos una, ahora dura media hora y listo el bote. Menos da una piedra, pero yo creo que si los dioses no se hubieran vuelto tan democráticos y condescendientes con respecto a las oraciones mayoritarias de “buen tiempo” no tendríamos esta pertinaz sequía que ya les importa un pimiento hasta a los hombres del campo porque, con los hogares del jubilado y las excursiones a Torrevieja, Benidorm y termales, ya no siembran ni patatas para entretenerse en el jardincito de su adosado.

El caso es que me llamó Miranda para que me pasara por el depósito a ver un cuerpo que acababan de sacar del Manzanares (iba a decir del “río”) porque podía tener relación con alguno de mis asuntos. Entré, como siempre, por la puerta lateral, que da más directamente al cuarto de neveras y me encontré con Mira y su ayudante en el pasillo. Era una chica nueva (la ayudante) y se la veía nerviosa por tratar de caer bien a su jefe, lo que es normal con la que está cayendo en el mercado de trabajo en general. Le traía un café de la máquina y, aunque se estaba abrasando los dedos, aguantaba el tipo con heroísmo, movía el brebaje con el palito de plástico y le advertía que tuviera cuidado porque quemaba. Mira (Miranda), que sigue siendo un gilipollas, no le hizo caso, se quemó y tiró el vaso al suelo en medio de todo tipo de imprecaciones. La chica pidió disculpas, recogió el vaso y el palito y los echó a la papelera. Yo, conociendo a Miranda, me callé para no perjudicar a la muchacha. Entramos a las neveras, el funcionario abrió una al gesto del comisario y levantó la sábana. Era un hombre blanco de cincuenta y tantos, calvo y no me sonaba de nada.

-¿Estaba desnudo? – pregunté.
-Sí, completamente – dijo Miranda.
-Tal cual – añadió, con una vocecita, su joven ayudante.
-¿Y ese tatuaje? – pregunté.
-Puede ser de la mili – dijo Miranda.
-Es de un videojuego - dijo, con una vocecita, su joven ayudante.
-¡¿Qué?! – chilló Miranda.
-¿Reciente? – pregunté.
-¿El tatuaje? Aún no se sabe – dijo Miranda.
-El videojuego – aclaré, mirando a la chica.
-Tres años – dijo la joven policía.
-Entonces, no es de la mili – comenté, mientras Miranda me fulminaba con la mirada.
-Entonces, no le conocías – dijo Miranda, furioso.
-No. Pero me gustaría ver sus cosas: anillos, cadenas, pañuelo … Ya sabes – dije.
-No llevaba nada de nada – contestó la ayudante de Miranda.
-Pues entonces … - concluyó Miranda mientras se volvía hacia la salida.
-Un segundo, Miranda, … por favor, déjame ver una cosa – dije.

Di la vuelta al soporte, examiné también el brazo derecho del cadáver y pregunté a Silvia, que es como se llama la chica:

-¿Sabes si el videojuego ese, está comercializado en España?
-No. Ese videojuego no está comercializado. Es on line – dijo Silvia.
-Pues este hombre es … era español.
-¡No me digas!, ¡qué gran descubrimiento! – dijo Miranda.
-Hombre, podía ser inglés, alemán … ruso. Suele ser útil para saber por dónde empezar – dije.
-No hay nada por dónde empezar, ni por dónde seguir – dijo Miranda de forma brusca y desabrida – No hay caso. Se cayó al agua y se ahogó. Punto. Además, ¿cómo sabes que es español?
-Por la marca de la vacuna en el brazo derecho. Pero, ¿cómo que no hay caso?, ¿ya hay informe forense?, ¿sabes si ha sido estrangulado o golpeado antes de caer al agua o hay lesiones internas? … ¿o algo? – dije.
-No he leído nada ni creo que le hayan examinado los forenses – dijo Miranda, mirando al, hasta entonces, callado funcionario.
-No le han examinado todavía – dijo el funcionario.
-¡Un momento! – dije – Entonces … ¿por qué me habéis llamado a mí?
-Porque sabemos quién es – dijo Miranda, hurtándome la mirada.
-¿Y por qué no me lo has dicho antes?
-Es el marido de la mujer de la limpieza del edificio donde está tu despacho – dijo Miranda haciendo un gesto al funcionario para que cerrara el cajón.
-¡Me cago en …! ¡¿A qué ha venido toda esta … comedia … macabra?! – grité a Miranda.
-Vamos a tomar un café – dijo Miranda, saliendo a grandes zancadas, seguido de Silvia.

Delante de un carajillo, Miranda de un copazo de coñac y Silvia de una botellita de agua mineral, esperé a que a Miranda le diera la gana explicarme aquello, aunque no hiciera falta porque estaba bastante claro.

-Confieso que era para ver cómo reaccionabas. Por eso no hay caso – dijo, al fin.

Me aguanté, con mucho esfuerzo, las ganas de darle dos … bofetadas y mandarle a hacer puñetas que me salían en forma de humo por las orejas y traté de averiguar algo más.

-Pero, ¿por qué yo? – dije, aparentemente calmado.
-Porque tu despacho está allí – dijo, encogiéndose de hombros.
-Y, ¿cómo sabéis que es el marido de la mujer de la limpieza, si dices que apareció desnudo y, por tanto, sin documentación? – pregunté.
-Por casualidad. La mujer denunció su desaparición y cuando apareció este cuerpo, la llamamos y lo identificó – dijo Miranda.
-¿Y el tatuaje? – pregunté.
-No tiene importancia – contestó Miranda.
-Pero … pudo ser … asesinado – dije.
-No creo – respondió lacónico.
-¿Por? – seguí.
-Estaba en tratamiento psiquiátrico. Caso cerrado – dijo.
-¿Y el punto en que se … tiró, las ropas, sus cosas? – insistí.
-Ya aparecerán. Anda, déjalo ya, ¿vale? – concluyó, haciendo al camarero de la cafetería del Anatómico Forense el gesto de que anotase aquellas consumiciones y saliendo a la calle seguido de cerca por Silvia.

Como no me quedé muy tranquilo, decidí hacer algunas averiguaciones por mi cuenta. Entretanto, Halien me tenía reservada otra desagradable sorpresa en el correo electrónico cuando entré a Internet en el despacho:

“Estoy harto de que no me hagáis ni caso. Voy a matar al primer pringao de “Psikys” que se me cruce por delante, y me voy a ir a Barakaldo, a ver si así os puteo de una vez por todas.
La guerra es la madre de la ciencia y del progreso social.
Halien”.

Llamé a la trabajadora social del centro de salud de zona y me dijo que hacía dos días que había perdido la pista de José Miguel (Halien), pero que no estaba preocupada porque había pasado otras veces y luego había vuelto.
Sí, había pasado otras veces, muchas veces, demasiadas veces … Pero aquella vez … algo en mi deteriorada neurona no me daba muy buena espina que dijéramos.

Puse la tele y el tiempo anunciaba una entrada masiva de chubascos por el norte.

© Javier Auserd.

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26/03/2008 17:15 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 6 comentarios.

Con la venia, Señoría.

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Aventuras Caseras Asociadas (A.C.ASO.), presenta: Cap. V.

¡Pobre Vladimir y pobres amigos rusos, y Borys, que se tiraron varias semanas intentando templarle para que no me matara muy despacio! Y luego, de postre, a los que se le ocurriera. Fueron unos días intensos y terribles en los que nunca he estado más cerca de San Isidro (es que mi madre paga lápida familiar allí, aunque le tengo dicho que me pilla un poco a trasmano y no tengo prisa).
Reconozco que me pasé un poco con él y me la jugué bastante con aquél truco barato de convencer a Borys para que le pusiera el contenido de una jeringuilla con un fortísimo laxante en la sopa de verduras que tomamos de primero y media más en el rabo de toro del segundo plato. El resto fue una actuación bastante mala por mi parte, pero tan efectiva que me dejó boquiabierto. Por cierto que, ¡pa’ haberle matao! … y viceversa.
Naturalmente, le hice llegar mis disculpas, mezcladas, eso sí, con un porcentaje de misterio esotérico suficiente como para no descubrir por completo la trama. Sin embargo, no estoy nada orgulloso de este caso que digamos, aunque los resultados fueran buenos, porque puse en peligro a mucha gente luego (Jesús María José y Aliona incluidos) y terminó bien de pura chorra. Eso no es profesional y no debe hacerse. Hay que estrujarse más la gorra, planificarlo todo mejor y no lanzarse a la desesperada. Otra cosa es que, después de eso, la cosa salga manga por hombro.
En fin, mucho rollo pero la próxima vez estaba seguro que actuaría de forma parecida porque no se pueden evitar determinados errores adquiridos. Es como conducir un coche: uno va recopilando una colección de tontas manías equivocadas que no suelen tener mayor importancia hasta que, por culpa de una de ellas, te das el castañazo. Nada, que no escarmentamos. Yo por lo menos.

Es este oficio un poco circense que yo tengo, un aspecto importante lo ocupa el aburrido y tedioso tema judicial centrado casi por completo en las declaraciones periciales sobre tal o cual caso en el que has intervenido y luego te llaman. A mí me da cien patadas declarar, la verdad, porque, además, te tienes que disfrazar por si las moscas sin que se note demasiado, claro. Yo suelo trabajar con una amiga abogada bastante maja y competente que tiene la mala leche suficiente como para que no la vacilen lo más mínimo ni en sala ni fuera de ella. Y os aseguro que no es nada fácil, porque hay cada tiparraco en ese mundillo que te quedas alucinado y te dan ganas, a veces, de sacar la pipa de repuesto y liar una masacre allí mismo, eso sí, en defensa propia. ¡Menos mal que, al final, se impone la cordura! Se llama Raquel (la abogada … y también la cordura).

-Con la venia, Señoría, el planteamiento de la contraparte es kafkiano …
-Hable bien, señora letrada, no voy a tolerar escatologías en mi sala.
-Señorita, Señoría.
-¡¿Me está llamando “señorita”?!
-No, Señoría, le estoy diciendo que soy señorita letrada y no “señora” letrada.
-Bueno, bueno, continúe, pero no vuelva a faltar al respeto.
-Con la venia, Señoría, y con el debido respeto, he aludido a un planteamiento “kafkiano”, Señoría, que no es algo malsonante, sino relativo a Frank Kafka, escritor checo ...
-¡Un momento!, un momento. Ese señor no está citado como testigo, la prueba es que no ha pedido usted un intérprete por ser sueco, como acaba usted de aseverar.
-Frank Kafka está muerto, Señoría.
-¡Acabáramos, señora … señorita letrada esto es un caso civil y no penal! ¡No estamos viendo un caso de homicidio! ¡Le recuerdo que éste es un caso de divorcio! ¡Le tengo que pedir, encarecidamente, que se centre usted en los hechos y que se atenga a ellos! ¡No es un tema penal, ni siquiera de extranjería! ¡Aun en el supuesto de que ese señor … kurdo estuviera vivo y hubiera querido usted que declarase, lo tendría usted que haber pedido en el momento procesal oportuno! Pero no lo ha hecho y ahora no puede hacerlo … ¡máxime cuando resulta que está muerto! Continúe, por favor.
-(¡¡Aaggg, yo le mato!!) Con la venia, Señoría …
-La tiene, la tiene, continúe, que no tenemos toda la mañana.
-Con la … Como iba diciendo, ¡Señoría!, el planteamiento de mi colega es … eeeehh … esto … inverosímil. Sí, eso es, inverosímil. ¡Completamente in-ve-ro-sí-mil! ¡Increíble, fantástico, estrambótico, desorbitado, lunático, chiflado, loco! … (“kafkiano”). Porque lo que la parte demandante pretende …
-¡Señora letrada, no pierda la compostura o me veré obligado a procesarla por desobediencia! ¡Y no me grite! ¡En “mi” juzgado el único que puede gritar soy yo, y no tolero insolencias de ningún tipo! ¡Y no me vuelva a nombrar a ese … individuo ya muerto, que en paz descanse, Fanta, Calpa, Salka, Panda o … como se llame o llamaba, porque no hace al caso! Céntrese y prosiga con el debido respeto y vaya terminando, que no tenemos todo el día.

Afortunadamente para el común de los mortales, no hay jueces tan, vamos a decirlo así, “despistados” en ninguna parte del mundo y mucho menos por estos lares. La secuencia anterior es una versión dramatizada, rodada por especialistas, para resaltar algunas de las vicisitudes (y esta es jocosilla, pero la inmensa mayoría suelen ser terribles) por las que tienen que atravesar los profesionales del Derecho todos los días.
Me cuenta mi amiga Raquel que lo más habitual de su profesión es que, después de medio desenredar y traducir al cristiano la intrincada madeja que te pone el cliente encima de la mesa, interpretes lo que quiere y lo que le conviene, lo vuelvas a traducir todo al lenguaje jurídico en un documento, después de mil quebraderos de cabeza, recovecos y consideraciones, lo dejes por imposible (porque si no se lía más y es peor), lo imprimas y se lo des al procurador para que lo lleve al juzgado correspondiente. Luego, cuando ya casi te habías olvidado y andabas en otros temas, te llega la citación para la vista oral donde lo que más te pone de los nervios son los nervios de los clientes y los tiempos muertos que se pasan esperando para entrar en la sala del juicio, que fluctúan entre una y dos horas, y durante los cuales no sabes cómo ponerte ni de qué hablar que no hayas hablado ya y se ensayan millones de posiciones gesto-corporales, a cual más exótica, buscando cierta simplicidad ergonomía imposible de conseguir. Una vez dentro de la sala, tras los típicos bailes situacionales de rigor y de las múltiples recolocaciones de sillas, carteras, papeles y togas, los nervios desaparecen y ya sólo tienes que estar atento a las “cosillas” del juez y su secretario, de que el auxiliar se haya confundido lo menos posible y de por dónde vaya a salir tu colega, su procurador, el tuyo, tu cliente y el suyo. Eso sin mencionar la actualización permanente que tienes que tener sobre las más de cincuenta mil leyes (más reglamentos, ordenes ministeriales, instrucciones, manías, usos y costumbres de cada juzgado) en vigor desbrozando las que se han aprobado, derogado o modificado, total o parcialmente, y las que te anuncian, anticipan y confunden varias veces de varias formas diferentes los siempre simpáticos y empáticos medios de comunicación. Todo ello gracias a la maravillosa técnica legislativa española que te desarrolla un procedimiento de adopción de menores en la disposición adicional duodécima bis, apartado 12, punto h) del Texto Refundido de una Ley reguladora del Aprovechamiento Energético de las Berenjenas Azules para Biomasa en Época de Sequía Aguda del Pantano de la Ensenada … pongamos por caso.

¡Ah, qué maravilla debe ser el lujo de la simplicidad! Yo, después de declarar como perito en un juicio, me suelo tomar un wisky con Raquel en Ambigú, al lado de las Salesas. Ella se toma una tila con menta poleo y, como le digo con un poco de sorna:

-¡Pero, hija mía, anímate y tómate otro como yo, mujer, que parece que vienes de un entierro!
-Ojalá fuera del suyo, Martín. Yo le mato, te juro que un día le mato. Es que este juez me saca de mis casillas. Mira que intento pasar de él, pero me tiene enfilada y un día voy a tener que matarle en defensa propia. Cuando ocurra, llamas a Ortiz Andancio que estos casos de enajenación se le dan de maravilla y luego me internáis en un psiquiátrico una buena temporada para una cura de nervios, ¿vale?
-Palabrita del Niño Jesús, Raquel. Pero tú no te preocupes que no llegará la sangre al río, mujer.
-Al río no sé, Martín, pero a la fuente seca esa de la entrada, te digo yo que llega como me siga tocando este tío y tocando … ¡ya sabes lo que me toca!
-Bueno, bueno, Raquel, que tu eres una chica y una profesional de la abogacía muy educada y equilibrada, hombre. ¡Olvídate ya de ese … mastuerzo!

Ese día comí con Ana en el Pereira, que la acababan de publicar una antología y quería darme con ella en las narices, además de quejarse de las malas notas de Alba y de las últimas trastadas de Rodrigo. Y me dio. Menos mal que, aunque no era en el reservado de Charli, la comida y el vino también fueron espléndidos. Incluso Ana, a pesar de haberme dado en las narices con su antología, estaba de buen humor y yo añoré su preciosa sonrisa, añoré los viejos tiempos hasta el punto de intentar volver a hacer las paces.

© Javier Auserd.

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15/03/2008 00:33 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 4 comentarios.

A cubierto.

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Aventuras Caseras Asociadas (A.C.ASO.) presenta: Cap.IV. 

Era un buen marrón y, al mismo tiempo, un reto interesante, sin duda suicida, el que Chus me planteaba. Lo peor de todo era que no tenía ni idea de por dónde empezar ni de cómo seguir, aunque sí me temía cómo y dónde iba a terminar. En cualquier caso, siempre podía renunciar o encasquetárselo a un colega y salvar el pellejo, pero eran las hipótesis menos probables debido a un patológico y maldito sentido del honor procedente de alguno de mis estrafalarios y nada pragmáticos antepasados, no sabía cual de ellos y mejor que, para tranquilidad de su memoria, siguiera sin saberlo.

Chus me había dado todos los datos que sabía y yo los amplié por mi cuenta a través de mis contactos y colaboradores, pero cuanta más información conseguía, más negro pintaba el tema.

Uno de los detalles que me llamó la atención era que le gustaba la comida ucraniana. Yo tenía un conocido ucraniano, Borys, que se vino a España y montó un restaurante en el barrio, muy cerca de aquí, en la calle Huertas.
Entonces se me ocurrió que podía envenenarle la comida, pero me pareció bastante drástico. Antes debería intentarlo por las buenas.

Mientras preparaba la entrevista con Vladimir, que es como se llama el ruso, Halien, mi amigo esquizofrénico, seguía haciendo de las suyas mandando mensajes apocalípticos y poniéndome los nervios de punta:

Sólo allí, ha conocido el hombre la felicidad. En la fuerza bruta, en la violencia abierta y limpia, en la selección natural, en la Ley del más fuerte, en el pasado, está el futuro de la Humanidad. Porque los árboles no nos dejan ver el bosque y la mentira que se esconde es la peor mentira posible, hay que volver a la guerra limpia, pura, sin piedad, sin misericordia, pero también sin trampa ni cartón. ¿De qué nos sirve llamarnos civilizados si no lo somos? ¿Es civilizado mantener miles de guerras locales contra la población civil más indefensa en lugar de otra gran guerra declarada y honesta? ¿Es civilizado matar niños con vacunas en mal estado y medicamentos caducados o directamente venenosos? ¿Es civilizado matar de hambre a miles de refugiados concentrados en conejeras? En una guerra abierta todo el mundo sabe a qué atenerse y saca lo mejor o lo peor que tiene dentro. Deberíamos hacer manifestaciones a favor de la guerra en lugar de en contra de ella. La guerra purifica y abre la puerta hacia la muerte, dulce y liberadora, hacia el paraíso universal de la ausencia de sufrimiento. La guerra es explosión y caos, es belleza estética y destrucción maravillosa. La guerra es limpia, la guerra es humana … la guerra es bella. Yo no la veré porque me voy a tirar desde la azotea del edificio más alto después de llevarme a alguna trucha por delante, pero cuando al fin se imponga la cordura de la guerra se verá que la guerra es hermosa y pura y  que yo tenía razón.
Halien”.

Hablé con Alicia, la trabajadora social del centro Centro, le pasé el mensaje impreso y le pedí, por favor, que fuera con alguien a verle y a hablar con él y también le comenté la posibilidad de que convencieran a la psiquiatra para que le aumentara la dosis y le controlaran las tomas porque si no, íbamos a tener una desgracia irreparable cualquier día. Pero no pude dedicarle más tiempo, estaba a tope con varios asuntos y sobre todo con el tema de Chus, su novia rusa Aliona y su ex-novio ruso (de ella), Vladimir.

Tenía que tratar de impresionar a Vladimir, aunque sabía que eso era prácticamente imposible, de modo que, después de muchas vueltas se me ocurrió hacer que había llevado a la práctica la idea, descabellada y desechada por absurda, de montar una empresa de operaciones especiales y, para empezar la casa por el tejado, diseñé una chiflada y estrambótica tarjeta de visita que dijera algo así como:

Martín Gala Tea
SeLogED (Seguridad Logística de Estrategias Digitales)
Director Gerente

martingalatea@hotmail.com                     666555444

Otro de los puntos débiles de Vladimir, que aún no sabía cómo utilizar, era su alto grado de superstición religiosa, que junto a su machismo y a su locura formaban un coctel explosivo muy potente que no atemperaba el hecho de estar él en un país extranjero porque era un tipo al que le daba igual ocho que ochenta y dónde estuviera o dejara de estar, pues venía rebotado (aparte de Rusia y de varias ex-Repúblicas soviéticas) de Alemania, de Bulgaria, de Francia y de Marbella donde había preparado escándalos suficientes como para tenerle unos años (pocos, eso sí) entre rejas, de los que se había librado milagrosamente en el último momento, lo que me hacía intuir la típica y manida sospecha de que hubiera colaborado con el K.G.B., ahora F.S.B.

Preparando mi entrevista con Vladimir, especialmente el momento, lugar y forma de abordarle, me surgió uno de tantos imprevistos de los que nos asaltan constantemente en la vida diaria. Venía de hablar con Chus sobre cómo había conocido a Aliona y hasta dónde estaba dispuesto a llegar con ella cuando, de una tienda, salió un chaval corriendo y me empujó contra unos cubos de basura que estaban en la acera. Me levanté en el momento en que el tendero, vecino y amigo mío, salía por la puerta con la cara llena de sangre. Me acerqué a preguntarle y a limpiar la sangre con un pañuelo para ver si tenía alguna herida profunda y me contó que aquél raterillo le acababa de atracar y, de propina, por tener poco en la caja le había lanzado un tajo a la cara con la navaja que llevaba. Mientras le terminaba de limpiar les recordé a sus familiares, que estaban dentro, que llamaran al 112 para que mandaran una ambulancia del SAMUR y avisaran a la policía, como era habitual. Parecía un corte superficial en una ceja, más escandaloso que grave, pero era mejor que lo vieran los sanitarios y se asegurasen. Era el pan nuestro de cada día y me temía que lo siguiera siendo per secula seculorum. Lo que pasa es que los críos eran cada vez más pequeños y era una vergüenza que no se tomaran medidas de todo tipo más adecuadas. Acompañé al hombre todo el rato hasta que llegó el SAMUR. Le curaron bien, le pusieron una inmunoglobulina antitetánica por si las moscas, le hicieron un parte de lesiones y se lo dieron. La policía le tomó los datos para la denuncia allí mismo, como favor personal, aunque tendría que pasarse por la comisaría a firmarla cuando se le pasara el susto. El hombre estaba bastante entero y acostumbrado pero también le preocupaba que el mocoso fuera como su nieto de diez años. Le trajeron un cafelito del bar de al lado y a mí un carajillo y estuvimos charlando de todo un poco.
Cuando llegué a mi despacho, me relaje un momento poniendo a la Creedende en el ordenador y dejé la mente en blanco antes de entrar de lleno en la forma de entrar a Vladimir.

Como “mi buen Vladimir” era todo un energúmeno, tenía que ablandarle algo de alguna manera, aunque en principio parecía imposible. Entonces me vino a la cabeza el pinchazo de la inyección antitetánica que le habían puesto a mi amigo Felix, el tendero y se me ocurrió uno de mis numeritos de circo que si salía bien, todos tan contentos (incluido Vladimir), pero si salía mal, qué cabreo iban a pillar mis herederos, por las deudas, aunque siempre podían acudir al “beneficio de inventario” y tal y cual, lo que no dejaba de suponer papelotes desagradables.

Lo bueno, o lo malo, de tener todo tipo de amigos es que, si bien normalmente te meten en apuros, a veces te sacan de ellos. Después de hablar con Cheroky (el del cajero de hace poco), me quedó bastante claro el tipo de jeringuilla que tenía que usar, mejor dicho, su contenido. Hice unas cuantas llamadas y entrevistas más y aquella noche cené mucho más tranquilo. Por lo menos, la alea estaba jacta. O eso me creía yo.

La noche de la entrevista estaba nervioso. Eran tantas las cosas que podían salir mal que me tranquilicé pensando que la que se considera peor de todas me rondaba siempre en mi trabajo, aunque la peor de verdad es Hacienda y de esa no nos libra a los autónomos ni la Caridad (mi amiga la del bar).
Había lanzado al vuelo, a través de amigos rusos que le conocían, la posibilidad de cenar donde mi amigo ucraniano y Vladimir, después de muchas revisiones del local y de hablar con Borys varias veces, como era de esperar, aceptó, lo que ya no era tan de esperar pero me venía de perlas.
Me llevé a Emiliano que, aunque esta vez desarmado, era cinturón negro de kárate y menos da una piedra. Después de los saludos de rigor y las miradas desconfiadas a lo Tarantino, nos sentamos a la mesa de un reservado y entró en materia a lo bestia, sin más preámbulos, inquiriéndome oficialmente el objeto de mi invitación a cenar y charlar, objeto que ya imaginaba y sabía de sobra. Eso, antes de los aperitivos.

-Pues verás, Vladimir, tengo un amigo que pretende … a tu ex-novia Aliona.
-¿Pretende? – dijo con fuerte acento eslavo.
-Del verbo pretender. Significa …
-Sé lo que significa, Martin – me llamaba Martin, sin tilde, como en inglés.
-Pues entonces, Vladimir … ese es el objeto … de esta … charla.

Se quedó un rato mirándome muy fijo a la cara como intentando traspasar la fina piel que separaba mi cerebro de su mirada y también pensando si romperme la cabeza directamente o primero romperme la nariz para que sangrara.

-Vamos a cenar – dijo al fin, ante mi alivio y la decepción de Emiliano y del guardaespaldas de Vladimir.

Comimos y bebimos todos durante un buen rato sin mediar palabra (debo decir que Vladimir devoraba y engullía, como un gorrino, sin masticar) y a eso del final del segundo plato empecé a notarle un poco más raro de lo que ya era.

-¿De modo que … "pretende"? – repitió arrastrando mucho las erres con un acento mezcla de ruso y de mafioso francés.
-Sí – respondí, sencillamente.

Entonces, se inclinó sobre la mesa como si fuera a caer de bruces contra los platos, pero se contuvo a medio camino, aunque se llevó una mano al estómago como si le doliera mucho.

-Si … - iba a añadir algo, pero no terminó la frase.
-Vladimir – le dije con voz profunda aprovechando su sopor y sus retortijones – He hablado con un brujo muy poderoso y me ha dado un conjuro – y mientras lo decía, vertí unas gotas de agua en su postre – para que ardas en los infiernos si no dejas en paz a Aliona. Firma este papel y te doy agua bendita para anular los efectos del conjuro.

En cuanto su gorila se abalanzó sobre mí, le advertí que peligraba el antídoto y el propio Vladimir lo entendió bien porque le indicó por señas que se retirara. Con los ojos extraviados y amago de convulsiones (lo que me preocupó bastante, al principio), garabateó el papel que le puse delante, le di un frasquito con agua de Lozoya (osease, del grifo) que se zampó como un poseso y salimos zumbando Emiliano y yo de allí para ponernos a cubierto cuanto antes. El potente laxante iba a hacer su efecto y no quería estar cerca cuando empezara.

© Javier Auserd.

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26/02/2008 22:13 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 9 comentarios.

Los pies en la tierra.

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La rendición de Breda, 1.634. Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1.599-1.660).

Aventuras Caseras Asociadas (A.C.ASO.), presenta: Cap. III

La pequeña operación, relativamente fácil, que tuvimos que montar en el tema de Charli contra Lutecio me hizo pensar que, cuando hacía falta, formábamos un equipo, y un equipo bastante aceptable, por cierto. ¿Por qué no estructurarlo mejor y ampliar el negocio?, ¿por qué no montar una empresa de seguridad?, ¿por qué no montar una empresa que mandara mercenarios a Irak y comprara Piraña IV8x8 para labores de escolta?
Para, para, para. Echa el freno, Magdaleno. Anda, anda, no alucines, que tú no tomas nada como para eso. Deja de montarte el cuento de la lechera, que ya sabes cómo acaba. Una cosa es que eches mano de los muchachos en un momento dado y funcionen muy bien y otra muy distinta es que montes un chiringuito y te crezcan los enanos, que sería lo más fácil que te ocurriera. De modo que, tranquilízate. Tú, al tran tran y al vino, vino, que luego pasa lo que pasa, ¡si es que vas como loco!
Y así fue como, en diez segundos, se perdió el mundo un millonario … o un parado sin paro, porque los autónomos ya se sabe: mucho rollo y mucho bla, bla, bla, de que ya, pero, de momento … un saco de cemento. Ahora dicen que en 2.009 y luego que en 2.012 y así sucesivamente y si llega nos costará el otro ojo de la cara y … no es por nada (que me disimulen los de la ONCE), pero sería yo el primer detective ciego de la era moderna, no como en el Siglo de Oro que los había a porrillo y más listos que el hambre. Ahora la burocracia … Pero bueno, que no, que no es plan, ¿vale?

Total, que me apuntaron el carajillo y me volví al despacho a colocar papelotes. Me picaban los ojos de la sequía porque llevamos un otoño y lo que va de invierno más secos que la momia de Nefertiti y me dolían las piernas cosa mala por culpa del hielo y de la contaminación pero no se desplaza ni de coña el anticiclón de las Azores aquél famoso. Tan enfrascado caminaba pensando en mis cosas y con la guardia al garete (lo que es muy peligroso en este oficio) que, de golpe, al doblar una esquina (es un decir) tropecé con alguien que me llamó por mi nombre:

-¡Pero, hombre, Martín, cómo vas tan despistado!
-¡Hombre, Chus, cómo tú por estos barrios! ¡Te invito a un tinto! - Y entramos en La Urraca.

Se llama Jesús María José de San Antonio y Cifuentes de la Alborada, marqués de Hierbabuena y es amigo de Charli y mío. A veces, incluso, creo que si un día me hundo de una vez por todas, él me consigue una portería. ¡Ah, no, que eso era antes! Bueno, pues … ¡una media pensión … con derecho a cocina!

-Y, ¿qué te cuentas, hombre? ¡Anda que no te vendes caro, macho! – le dije.
-¡Pues anda que tú, que ya no quieres nada con los pobres! – me dijo sarcástico, porque esa frase era una de mis favoritas.
-Bueno, hombre, bueno. Y ¿qué te trae por aquí?
-Pues nada, que me ha dicho Charli que estás hecho un lince y me he dicho: “¡Chus, eso hay que ir a verlo!”.
-¡No me jodas, Chus, hombre! ¿No me digas que te ha pasado algo parecido?
-¡No, no! ¿Por quién me tomas?
-…
-Bueno … no “exactamente”.
-Pero “un poco” parecido, ¿verdad?
-…
-¿Verdad, Chus?
-Hombre … según se mire.
-¡Chus, hombre! ¡Que eras el más listo de la panda!
-Sí, “era” …
-Bueno, hombre. Todo tiene remedio … “en nuestra muerte, amén”. ¿Te acuerdas?
-No sé, no sé, Martín. Esto es muy grave.
-Bueno, bueno. Cuenta, hijo, cuenta.
-Me acuso, padre, de haber pecado …
-¿Sí? … Sigue, sigue, hijo.
-Aquí no. Vamos a mi estudio. Ya sabes que es aquí al lado.

Pagó los tintos con aperitivo y, en un momento, estábamos sentados en un cómodo y carísimo sofá italiano tomando ahora un rioja con aceitunas en el magnífico salón de su estudio.

-Ya sabes que me vuelven loco las mujeres.
-¡Toma! ¿Y a quién no?
-¡A Charli!, por ejemplo.
-Bueno, sí. Se me olvidaba.
-Pues nada que … he conocido a una que …
-Te está sacando hasta el alma.
-¡El alma es lo primero que te sacan! … ¡Si sólo fuera eso!
-…
-… Y se ha metido en un lío por culpa de su ex.
-Bueno … eso parece fácil.
-Sí, “parece”. Su ex es ruso.
-¿Ruso?
-Sí.
-Pero ¿ruso, ruso?
-Ruso.
-¿Muy ruso?
-El típico ruso loco de una mafia rusa loca, chiflado, vodkadicto y peligrosísimo. Le da igual ocho que ochenta. Le da igual matar que morir. Está loco.
-Ya. Pues … encantado de haberle conocido, señor mío. Gracias por los vinos … y tal y tal.
-Tienes que ayudarme.
-No, tengo que irme.
-¿Vas a dejarme colgado?
-Sí. De un tomillo.
-En serio, Martín, tienes que ayudarme.
-¡Y tan en serio, Chus, que voy a salir corriendo y no me vas a ver más el poco pelo que me queda!
-¿Me dejas en la estacada?
-¡Qué jodío! “¿Me das el estacazo?”.
-Si no me ayudas soy tío muerto.
-Iré a tu funeral.
-Pero, ¡es tu trabajo!
-¡¿Suicidarme?! ¡No, gracias, ese no es mi trabajo! Mira, Chus, no tengo nada contra los rusos, pero sí contra los mafiosos rusos locos. Los mafiosos rusos locos no son rusos, pero sí locos. Les da igual todo, tu mismo lo has dicho. Hasta los mafiosos albano- kosovares sólo te matan y ya está. Algunos narcos colombianos primero te matan y luego te cortan los genitales. Pero los mafiosos locos rusos (que, recuerda, no son rusos) ¡lo hacen al revés! Capicci?
-¡Voy a pagarte!
-¡No si me matan!
-Está bien, entonces … adiós.

Hubo una pausa dramática durante la cual la misma luz que inspiraba a Velázquez, colándose por el enorme ventanal del salón del estudio de Chus, inundó con más fuerza el escenario de mis últimas horas sobre la faz de la Tierra.

-¡Bueeeno! … Haré lo que pueda. ¡Pero no puedo garantizarte nada, ¿eh?!
-¡Gracias! ¡Eres un amigo!
-¡Soy un gilipollas!

(¿Continuará?)

© Javier Auserd.

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30/01/2008 14:56 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 8 comentarios.

Redes sociales.

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Aventuras Caseras Asociadas (A.C.ASO.), presenta: Cap.II


Y con estos y otros agradables pensamientos, me quedé dormido sobre la mesa del despacho en una posición de semidecúbito prono de lo más incómoda.

Al despertar, la cruda realidad se me vino encima de golpe, en concreto sobre la cabeza, el cuello, los hombros y los riñones. Y, aunque me desperecé todo lo que pude, no conseguí algo de alivio hasta después del desayuno con paracetamol que me tomé en el bar de la esquina, casándome, constantemente, en Siberia, según mi ya aburrida costumbre. Antes había entrado en los abandonados y cochambrosos servicios de la planta del edificio del despacho, me lavé las manos y la cara, me peiné los cuatro pelos mal contados con los dedos mojados y mi sempiterna y práctica mala barba de diez días me evitaba el tedioso ejercicio del afeitado. Al salir, farfullé una nueva excusa por no haber pagado e hice sinceros propósitos de pagarle pronto el alquiler al administrador con el que me crucé en el pasillo, mientras le regateaba. Luego me fui al bar a desayunar.
Así que, saliendo del bar, chasqueé el cuello unas cuantas veces y me largué pitando para la Comisaría donde no sólo me conocían de sobra sino que estaban aburridos y hartos de verme pulular como Pedro por su casa. Entré en el despacho del comisario (no Miranda, sino Ortega) y le tiré a la mesa el sobre con el dinero y una nota explicativa que había redactado anoche, antes de quedarme frito como un ceporro sobre la mesa. Ahora ya sólo me quedaba el problema de pillar a mi cliente en un renuncio, lo del suicida del mensaje de Internet y tres o cuatro casos menores bastante empantanados.
Crucé la calle y chispeaba lo que aproveché para peinarme un poco mejor y alisar mis ropas arrugadas. Me tomé un carajillo donde la Loles, que fue a engrosar la cuenta anual, le mangué un gratuito a Genaro, el quiosquero, para que me pudiera gritar, como siempre, que cualquier día me iba a dar tres bofetadas por tirarle unas revistas y hacerle salir a colocarlas. “Así estiras las piernas” le decía yo a mala leche, porque era parapléjico. Ya no llovía. Ahora hacía frío y me dolían las articulaciones, sobre todo las de las piernas: castigo divino por reírme del Gena. Recordé que me había invitado Charli a comer y eso me alegró algo el día, porque Charli tenía buen gusto para la mesa, para la conversación y, además, tenía dinero, justo lo que yo no tenía. Lo malo es que me tiraba los tejos y yo no me dejaba, de momento. ¡Porca miseria!
Mientras hacía tiempo volví a llamar a Halien que seguía teniendo el móvil apagado o fuera de cobertura. No era extraño en él, pero me seguía teniendo en ascuas porque cualquier día era capaz de ejecutar su amenazas, hasta entonces, incumplidas, de matar a alguien o suicidarse o primero una cosa y luego la otra.

Nos vimos en el Pereira. Como siempre, me hizo esperar un buen rato porque a Charli le gustaba hacerse de rogar, pero no me importó, él pagaría los vermouths con unas anchoas y unos boquerones en vinagre excelentes con los que me entretuve esperando.
Al fin apareció con su sonrisita de niño malcriado y su chaleco de fotógrafo de guerra, repartiendo afables y simpáticos saluditos entre la concurrencia. Pasamos directamente al reservado permanente que mantenía allí Charli, atacamos los entrantes de jamón de Guijuelo, lomo, chorizo, croquetas y calamares y luego ya vino una sopita castellana. Después de las tonterías de rigor, Charli, que estaba preocupado, entró en materia.

-Verás, resulta que me registré en Facebook y empecé a enredar buscando a los antiguos compañeros de colegio. Y di con varios.
-Ah, pues muy bien, ¿no?
-No.
-¿Y eso?

Terminamos la sopa castellana y nos trajeron el solomillo de ternera a la pimienta, que estaba para chuparse los dedos (y a fe que fue lo que hice).

-Pues, uno de ellos es ahora un drogadicto que está en la cárcel por matar a su madre. Otro es un esquizofrénico que cuando deja de tomarse la medicación se pone agresivo e intenta matar a cualquiera. Y el tercero …
-¿Sí?
-El tercero es un mafioso que quiere que trabaje para él … después de “limpiarme” todo. Comprends vous?
-Parfaitement, mon ami.
-Pues eso.
-¿Y?
-Quiero que le … persuadas.
-¡Ja, ja, ja! ¡Qué fino!
-Calla, hombre. No seas bestia.
-¡Si es que …! Si es que eres un cachondo. De manera que llego … y le “persuado”. Así, como si nada.
-No, hombre. Ya me figuro que tendrás que trazar un plan.
-Sí. Desde luego: terminar el postre y salir pitando de aquí, antes de que “tu amigo” me haga picadillo “gratis” por intentar “persuadirle”.
-Ya veo que no me quieres ayudar.
-No es eso, hombre, digo … Charli. No te pongas así, anda. Ya se me ocurrirá algo. Pero nada de “persuasión”, ¿entendido?
-Bueno, va. Pero me tienes que sacar de este embrollo. Vamos a tomar un irlandés al Ateneo.
-Sus ordenes.

Al salir de la cafetería del Ateneo me subí dando una vuelta hasta Antón Martín. Fui a sacar algo a un cajero por donde no me pasaba hacía unos meses y me di un susto de muerte: aquello parecía una cola de atracadores. Estaban los camellos del barrio y parte de los yonkis que, por razones de trabajo, me conocían casi todos. Supuse que los directores de las sucursales de la zona estarían frotándose las manos por el nuevo “nicho empresarial” aparecido como por arte de magia y explotado con estricta y acogedora “mentalidad profesional”.

-¿Pasa, tron? ¿A sacar unos bonis, no? Pasa, pasa, que te dejamos.
-No, no, Cheroky, no, de eso nada. Yo ya me iba, tron. He pasado sólo … a saludaros, ¿vale? Y ya veo que estáis dabuten. Bueno, agur, ¿eh?
-(¿A saludarnos?, ¡qué detalle!). Adiós, tron. Tú te lo pierdes. Ten cuidadito. ¡Juah, juah, juah!
-(¡No te jode, que pase!, ¡ni que fuera gilipollas!).

Pero aquello me dio una idea para abordar a los matones que molestaban a Charli. Eché mis redes, llamé a mis contactos y conseguí una cita con el antiguo compañero de colegio que extorsionaba a Charli por enredar en la Web 2.0. Cuando supe el sitio y conseguí localizar dónde iríamos después, hablé con mis “fontaneros” y les pedí un trabajito altamente cualificado. Desde luego pagaría Charli. Preparé un escrito, quedé con Emiliano y el martes por la noche fuimos a la plaza. Allí estaba Lanún, como se hacía llamar el tipo, rodeado por cuatro gorilas. Nos hicieron dar unas vueltas de mosqueo y llegamos a su local supuestamente secreto. Por el camino nos cruzamos con el jefe de los fonta, que me hizo una seña disimulada y eso me tranquilizó porque nos jugábamos la piel en el lance. Abrió uno de los matones y nos hicieron pasar primero. Eso podía dar al traste con todo el plan. Así que, frente a la segunda puerta, me hice el propósito de no cruzarla antes, así me acribillaran.

-Pasa, pasa – dijo Lanún.
-Después de usted – contesté cortésmente.
-De eso nada, pardillo. Entra ahora mismo, te digo.
-Por nada del mundo, don Ludecio. Sería lo último que hiciera.

Hubo un silencio denso y casi macabro que se podía cortar con un cuchillo. Aquél hampón de tres al cuarto me taladraba con su mirada y se iniciaron gestos que presagiaban un verdadero baño de sangre. Pero al final cedió, puso la mano izquierda en el pomo de la puerta, giró y empujó.
Entonces todo fue muy rápido, porque nada más tocar el pomo, se produjeron unas chispas y Ludecio se convulsionó espasmódicamente en todas direcciones, lo que me permitió golpearle el brazo para que soltara el pomo y cogerle por detrás haciéndole una llave mientras Emiliano apuntaba a los gorilas con su Mágnum 435.

-Pase, pase – le dije mientras le hacía entrar en su despacho – Ahora me va a firmar este documento en el que reconoce haber amenazado y extorsionado a mi cliente y que renuncia a hacerlo por motivos cívicos en prueba de buena voluntad o de lo contrario él le denunciará. Confidencialmente, tengo que añadir que, como ha podido comprobar, mi cliente está bien “cubierto” y la próxima vez … no habrá próxima vez, capicci?

Asintió con la cara más blanca que un papel en blanco tratando de controlar las convulsiones que aún le sacudían de cuando en cuando, firmó el documento, le puse el sello de su empresa de importación exportación y, con él por delante, salimos Emiliano y yo sin dar la espalda a sus esbirros a los que se les apreciaba muchas ganas de actuar para justificar lo que cobraban. Cuando llegamos al coche en marcha donde nos esperaba el Loco al volante, tiramos a Lanún sobre sus guardaespaldas y salimos pitando.

Sabía que aquello era papel mojado, pero esperaba haberle dado el susto suficiente. Esperé unos días antes de hablar con Charli durante los cuales mi red de colaboradores le seguía discretamente a todas partes y luego fui bajando gradualmente los controles hasta dejarlos en los habituales sin que hubiera movimiento alguno por parte de Lanún y sus secuaces.
En esos días también había localizado a Halien y me había asegurado de que tomaba su medicación y de que estaba más tranquilo. Había hecho averiguaciones sobre el cliente que me hizo seguir al sospechoso que apuñalaron en el callejón de la cervecería Santa Bárbara, me convencí de que lo había mandado matar él a mis espaldas y me enteré de que era amiguito de Miranda. Le llamé al despacho, le dije que dejaba el caso, que era más amplio, me pagó lo que me debía hasta el momento y le advertí que esos métodos no me gustaban y que no quería volver a verle por allí o sabría lo que era tener problemas.
Por fin, quedé a comer con Charli en el reservado del Pereira y le conté, sin muchos detalles, cómo había ido su tema. La comida fue, como siempre, excelente y terminé diciéndole:

-Y, a partir de ahora, estate quietecito y deja en paz esas … “redes sociales” tan de moda: MySpace, FaceBook, LechesEnVinagre, LosTresCerditos, Twitter,  You Tube, MecachisEnLaMar, etc., etc. Se llamen cómo se llamen, ¿de acuerdo? No vuelvas a destapar ninguna “Caja de Pandora”, ¿vale? Ah, y … invítame a un irlandés, anda, que estoy seco.

© Javier Auserd.

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09/01/2008 20:59 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 6 comentarios.

Albricias.

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Aventuras Caseras Asociadas (A.C.ASO.) presenta: Cap.I 

Lo rescaté de la carpeta del correo basura, lo leí, cogí la gabardina y salí corriendo a la calle, mojada y navideña. No sabía si podría llegar a tiempo, pero tenía que intentarlo, el mensaje, por desgracia, era muy claro:

“No hay nada que nos alegre más a los llamados seres humanos que las desdichas ajenas. ¿Significa esto que somos monstruos abominables? No. Al menos, no todos … de todo … siempre. Es, por otro lado, conocido que nuestra maldad no es infinita (ni siquiera inconmensurable), aunque sólo fuera porque no podemos abarcarla toda. Como, a pesar de lo que nos han enseñado, el mal no puede tener un origen único, habrá que concluir, por tanto (a pesar de que la disquisición debiera haber sido muchísimo más larga, pero no me apetece), que el origen del mal es vírico y se propaga por el aire.
Ahora que la violencia vuelve a imponerse con fuerza en todo el mundo y volvemos a los tiempos en que todo se impondrá violentamente por la fuerza, parece claro que retrocedemos y retrocedemos y retrocederemos hasta las cavernas, donde, al fin, obtendremos una justicia mejor.
Halien”.

Lo malo de un detective, para él, es que lo es a tiempo completo. No puede decir: “Trabajo de tal a tal y de tal a cual ya no soy detective”.
Me llamo Martín Gala Tea y soy detective. Ni que decir tiene que mi verdadero nombre es mucho más bonito y original, pero éste, a modo de chaleco antibalas, me protege de las, en mi oficio, tan temibles y peligrosas indiscreciones. Soy detective y disfruto (o sufro), debido a mi profesión, innumerables aventuras que me dispongo a narrar (mas debéis disculpar la evidente torpeza de mi estilo, pues no soy escritor) como un ejercicio de tipo … terapéutico. Eso es, terapéutico. ¡Ah! ¿lo veis?: ya me siento mejor. Me dispongo a narrar, decía, las aventuras mencionadas. No esperéis que mis aventuras sean trepidantes como las que salen en las películas americanas o interesantes, como en las británicas, ni picantes, como en las italianas o españolas, ni psicológicas, como en las suecas y argentinas, pero tampoco, espero, tan aburridas como las francesas o alemanas. En fin, ya sé que son tópicos y estereotipos, que no debería emplear si no quiero quedar fatal, pero lo cierto es que no me importa tanto quedar bien como que alguien me entienda. ¿Capicci? Pues eso.
El otro día, sin ir más lejos, estaba esperando en una esquina la salida de un portal de un sospechoso cuando se me acerca una señora con un perrito y me dice:

-Haga usted el favor de quitarse de esa esquina, que es de mi perrito.
-¿Cómo dice? – le pregunté asombrado.
-¡Que se quite, leches!

Me quité más que nada para no llamar la atención, ni un montar un número, ni formar un escándalo que perjudicaran mi trabajo y, para premiarme, cuando terminó su perrito, la señora me dedicó un amable: “¡Gilipollas!”. ¡Qué le vamos a hacer, la gente (como el fútbol y muchas otras cosas de este mundo) es así! Total que, estaba yo esperando la salida del sospechoso (¡y sin fumar!, que tiene más mérito todavía) cuando, de repente, sale el individuo con unas gafas de sol mirando a todos lados y se dirige a la cercana boca de metro. Sospechoso, muy sospechoso. Me pongo en marcha detrás suyo y, aunque por poco me la pego bajando las escaleras, consigo no perderle y entro en el coche, abarrotado a aquellas horas, pisándole los talones. Voy repartiendo miradas asesinas disuasorias a diestro y siniestro, como es lógico y normal para no levantar mosqueos y tratar de disuadir a rateros y violadores y el tío lo mismo, igual que la mayoría del vagón, de modo que no se cosca. Sale el menda (que, por cierto, lleva un libro en una mano en lugar del As; ¡sospechoso, muy sospechoso!), se lanza desesperado por los pasillos, sube las escaleras, pim, pam, pim pam y sale a Alonso Martínez. ¡Me caso en Siberia!, ¡me estoy meando, hay unos urinarios cojonudos enfrente del metro y no me puedo meter porque el tipo sigue a toda velocidad y no me puedo arriesgar a perderle porque en este caso sí que me han dado un pequeño anticipo! Bueno pues, el hombre sigue corre que te corre y se mete en la Santa Bárbara. ¡Menos mal! Bajo a los servicios y casi me la pego en las escaleras, meo, subo y ¡zas!, ¡había desaparecido! ¡Me caso en Siberia! Pero ¡¿cómo es posible?! Entonces pensé que me había tomado el pelo y salí por la puerta trasera al callejón, después de atravesar, completamente sordo a los insultos, la cocina. Llegué con apenas tiempo para ver cómo huía el mocoso de aspecto magrebí por la estrecha salida hacia la plaza. Y mi hombre estaba allí, tendido, en el suelo en medio de un charco de sangre que iba aumentando y disolviéndose en los charcos de lluvia. Me agaché y hurgué en el bolsillo izquierdo de su chaqueta. Saqué el sobre que seguía allí, recogí el libro que estaba mojándose en el suelo, cerca de su mano y los guardé muy deprisa justo antes de aparecer mi ex–colega, el comisario Miranda, avisado por alguien que, desde luego, sabía muy bien de qué iba el tema.

-¡Hombre, Mar, ¿cómo tú por aquí esta vez?! ¡Te estás haciendo viejo!, ¡¿eh?!
-Y tú sordo, Mira, … mira que eres tonto.
-Bueno va. Dámelo.
-¿Qué quieres que te de, un puñetazo?
-No me vaciles, Mar, dame lo que le has cogido.
-No he cogido nada.
-¡Vamos, vamos, vamos! Sería la primera vez que no coges nada.
-¡Ah, vaya! ¡El señorito está mosqueado! ¿Tienes una orden judicial? ¿Me acusas de algo? Tengo mi licencia en orden y no pienso ayudarte. ¡Esta vez no! ¡¿De acuerdo?! Así es que hasta luego, “cocodrilo”. ¡Que te den … una tila!

Y llevándome los dedos a la sien, volví a entrar a la cocina, la atravesé de nuevo, crucé el restaurante, recorrí la cervecería con paso firme y salí a la calle tan campante.

Pero iba enfadado. ¿Qué significaba eso de que maten a tu sospechoso delante de tus narices? ¿Tu cliente te la ha jugado contratando a un asesino por detrás? ¿El sospechoso tenía tantos enemigos que uno de ellos se ha decidido justo cuando tu le sigues? ¿Ha sido el atraco fallido, puramente casual, de un raterillo? ¡Qui lo sa! Para mi compadre Emiliano la casualidad no existe. Sin embargo, yo creo que sí existe, lo que hace todo mucho más complicado.

Después de muchas vueltas y revueltas para asegurarme bien de que no me siguen, llego al despacho con un bocadillo por toda cena. Reviso mi botín y ¡albricias!, lo que ya sabía: el sobre estaba lleno de dinero. No podía quedármelo, claro está, era una trampa para pardillos demasiado evidente. Ya vería qué hacer. En cuanto al libro, eso sí voy a quedármelo porque no creo que lo reclame nadie, por desgracia, dado nuestro cangrejil nivel nacional de afición a la lectura. A ver, qué tenemos aquí … ¡Hombre! si es “El buscón”, de Quevedo. ¡Anda que no hace! Y también hace mucho que no voy por Segovia. Llamaré a mi amigo Frutos y que me invite en Cándido. ¡Qué buen día, después de todo, menos para el muerto, claro! ¡Si es que no hay como un poco de acción para mantenerse en forma! Aunque … igual tiene algo de razón el cocodrilo de Mira. Desde luego los años no perdonan y hoy he notado más de un pinchazo por aquí cuando corría. En fin, nada que no pueda arreglar un buen cochinillo con un buen vino en Segovia.

© Javier Auserd.

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01/01/2008 19:45 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 5 comentarios.

Me parece que esta tarde es domingo.

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Santo Domingo de Guzmán
http://www.cult.gva.es/mbav/data/es06090.htm


Para Furgo.

No soy tan viejo todavía para los usos actuales y, sin embargo, ya tengo cosas de viejo: manías. Además, entre el despropósito de la programación televisiva y la fiesta constante de las calles y que las fiestas duran cada vez más y empiezan antes, desde que me jubilé ando un poco desconcertado y no sé bien en qué día vivo, a veces dudo y tengo que consultarlo expresamente valiéndome de referencias y trucos cada vez más complejos y enrevesados. Como los comercios ahora abren cualquier día a cualquier hora, no ayudan tampoco mucho que digamos a saber qué día es, ni los turnos desquiciantes y lunáticos de algunos trabajos cuyo ejemplo parece extenderse a pasos agigantados como el cambio climático, que hay colegas ancianos que se plantean veranear en invierno y ya lo hacen. Ni siquiera en los hospitales se respeta la diferencia de días y horas porque lo mismo te visita un médico (que ya nunca es el mismo) en lunes que en domingo y las visitas te aparecen cuando les da la gana o les viene mejor. No sé en los cementerios, pero seguro que todo se andará.
Todo está desquiciado, como ya decían mis abuelos y antes los suyos, sólo que ahora es verdad. Quizás siempre ha sido verdad y no se daba cuenta nadie más que ellos. Sea como fuere, el caso es que nos ha llegado de golpe la verdad de que todo está desquiciado y cambiante y que todo gira y se sucede a una velocidad de vértigo y los días pasan a una leche que no hay quien lo soporte porque no hace nada que hizo un año y ha pasado navidadreyescarnavalsemanasanta primerodemayoveranoelmembrillotodoslossantos laconstilainma laloteríayotranavidad volando como el AVE y no digamos cuando miramos años más lejanos. ¡Hay que joderse! Y suma y sigue. Eso son síntomas (aparte de que ahora todo son síntomas) de la vejez galopante que nos invade, por lo menos a mí que me estoy volviendo más conservador que un gato viejo y pierdo el sentido del humor a borbotones.

-¡¿Qué escribe en su diario, Agustín?!
-¡Pues nada, tronca, chorradas!
-¡Ay, ay, don Agustín, qué bromista es usted!
-¡Usted sí que está buena, hermana!
-¡Ande, ande, deje de ser tan malo, que va a ir al infierno!
-¡Pero ¿todavía existe eso?! ¡Y ¿cuándo lo va a cerrar este Papa?!
-¡No hay quién pueda con usted, don Agustín, le dejo por imposible! ¡Y eso que luego no sabe en qué día vive!
-¡Pues debe de ser domingo, hermana, porque lleva usted la minifalda gris marengo …!
-¡Ave María Purísima!
-¡Sin pescado concedida!
-¡Hermana Luisa, más diazepan para Agustinín! (por listo).
-¡Juah, juah, juah! ¡Menos mal que hay cosas que no cambian!

© Javier Auserd

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12/12/2007 01:03 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 5 comentarios.

El secreto de su éxito.

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Esta imagen puede herir la sensibilidad del espectador. 

-¿Y cómo ha llegado a este puesto tan importante de Coordinador de Castañeras, señor Genuflexo?
-Pues con humildad, hijita. Con mucha humildad. Siempre he dicho que nunca he merecido las responsabilidades con que las Autoridades (que Dios guarde su sublime misión) han querido … abrumarme.
-¿Y no será que es usted muy modesto?
-Será como usted dice. Yo sólo he sido humilde, disciplinado y respetuoso con la Autoridad (que Dios bendiga siempre), obediente a sus sabias instrucciones y amigo de mi amigo.
-Quiere decir de sus amigos.
-No, hijita, no, amigo. Sólo he tenido un am(o)igo al que he sido fiel … (e incombustible) a pesar de que no tenía un humor muy … dulce, que digamos.
-Y cómo se llama ese “amigo”.
-¡Señorita, me ofende usted! ¡Es usted nueva, ¿verdad?
-No, señor Genu, sólo soy joven y además esta ciudad ha crecido un poco (no mucho), pero algo sí ha crecido.
-¡Ah! … será eso. Pues bien, ese insigne personaje local y … universal a un tiempo es don Fernundio Genciano de las Entretelas y Canales de San Saturio … ¡nada menos!
-¡Ah! … pues qué bien. Y ese … insigne señor, ¿cómo ha influido en su vida, don Geranio?
-¡Oh, ha sido un gran … benefactor para mí! Siempre me ha protegido y amparado.
-Pero dice usted que no tenía muy buen humor.
-¡Yo no he dicho eso, señorita! ¡Ustedes los periodistas lo tergiversan todo! ¡Ese hombre es un santo y le debo todo lo que soy! ¡¿Cómo se atreve a mancillarle?! ¡Estoy indignado!
-Tranquilo, tranquilo, don Geranio Genuflexo, no se altere. Si usted dice ahora que tiene un humor maravilloso, no se hable más, allá usted, pero no se altere, buen hombre, que le va a dar algo.
-¡Es que yo no he querido decir eso! ¡De decir que no tiene un humor muy dulce a decir que lo tiene malo va un abismo! ¡Además todo es matizable, córcholis!, ¡que ustedes lo tergiversan todo!
-Bueno, va … que … cuénteme lo que quiera para rellenar, digo terminar esta … entrevista (o lo que sea esto, ¡buff!).
-Pues … como le decía, don Fernundio ha sido para mí como un padre, un hermano y un hijo al mismo tiempo.
-¿Y eso?
-Cuando se enfada conmigo y me reprende tiene toda la razón, toda, toda. Y me fustiga y me escarnece (¡maldito canalla!). Pero cuando se deprime y nadie le entiende … je, je, je, je, entonces … ahí es la mía, quiero decir que … yo le consuelo y le animo a proseguir su dura andadura. ¡Andá, me ha salido un pareado!, ¡je, je, je, je, je! Un santo es, un santo ha sido y sigue siendo para mí ese hombre, gracias al cual he ido trepando, digo ascendiendo en mi carrera … profesional, a pesar de los obstáculos que la gente (más bien gentuza) pone siempre bajo los pies de las personas de bien, como yo mismo. Pero todo se supera, je, je, je, je, con … cintura, ¿me comprende usted?, cintura, mano izquierda … tacto … flexibilidad. Yo he aguantado mucho, mucho, mucho. He tenido que tragar muchos sapos y culebras, aguantar humillaciones y agravios con paciencia, que es la madre de la ciencia de trepar, digo de … superar dificultades y aguantar, aguantar mucho … todo lo que te echen. ¡Je, je, je, je! Ese es el secreto … el secreto del éxito, de cualquier éxito. Sí, sí. Ese es. No cabe duda. Si usted quiere … ascender en su trabajo, señorita, tiene que aguantar lo que le echen … todo lo que le echen. Todo.
-Pero a veces discuten, han discutido ustedes dos, ¿no?
-¿Discutir? No. Dos no discuten si uno no quiere. Él no discute nunca, sólo me regaña y me humilla constantemente recordándome mis humildes orígenes, quiero decir (borre eso, borre eso, le digo), don Fernundio es un hombre excelso y … paradigmático incapaz (eso es, un incapaz) de discutir con nadie.
-Ya. ¿Quiere añadir algo en esta … entrevista?
-No. Hmmm … Recalcar tan sólo, si acaso, las extraordinarias relaciones que me unen … humanas … relaciones humanas que me unen … hmmm … con don Saturio, digo con don Fernundio y que siempre he mante … hemos mantenido y mantendremos por encima … de …adversidades o … malentendidos, como cuando me hace callar recordando mis fallos y errores mientras me llama sapo asqueroso y yo vuelvo arrastrándome al día siguiente como si nada hubiera pasado y soporto sus ataques de cólera o sus profundas depresiones en las que se queda sin un solo amigo y allí estoy yo aprovechándome de todas las designaciones a las que puedo aspirar y ser … y trepar … y alcanzar las más altas dignidades gracias a mis humildes merecimientos entre los que se cuenta este último, motivo de su entrevista, de Supervisor de Churreros o Coordinador de Castañeras, que me diga, puesto rotatorio provisional y honorífico donde los haya que sólo me reportará disgustos y genuflexiones mientras soporto estocadas y desprecios y que yo, desde aquí agradezco profusamente a las Magníficas Autoridades (que Dios confun … digo proteja), que son, en realidad, el secreto de mi éxito, que constituyen mi trayectoria vital que los envidiosos califican vilmente de lameculística, porque sólo la envidia más exacerbada y recalcitrante puede calificar mis acendrados crisoles de tan vil forma. Eeee … ¿Por dónde iba? Ah, sí. Muchas gracias.
-Pero levántese, hombre y deje de lamerme la mano. Vale, vale, que ya se ha terminado esto. Adiós, don Geranio. (¡Puajj!).

© Javier Auserd.

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06/12/2007 19:37 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 5 comentarios.

El tedio, insoportable, del pobre elegido.

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http://actualidad.terra.es


El multibillonario dicta sus instrucciones matutinas mientras se enjuga el zumo de piña de las comisuras de los labios: “Intensificar lo desgraciados que son los ricos en todas las telenovelas de producción propia e influir en las de la Federación Institucional de Teleseriales …”. Y también: “Nota a la Federación de Periodistas Tertulianos Opinadores para que aumenten sus opiniones a cerca de la prevalencia de lo espiritual sobre lo material donde los pobres ricos no tienen nada que hacer, etc., etc., etc.”. Le encanta ocuparse personalmente de eso. Otra cosa: “Campaña para promocionar lo tranquilos que están los pobres sin responsabilidades … abrumadoras (eso es: abrumadoras) por … todo”.
Luego se va a jugar al golf (el golfo, como él lo llamaba) y se entretiene un buen rato haciendo cantinfladas hasta la hora del almuerzo, de tipo mediterráneo, que toma en el Club.


-¿Sabes qué te digo, Ansel? – Ansel es, desde luego, Anselmo, su asistente mayor de semana de turno.
-Diga, señor.
-Que teníamos que popularizar más el golfo. ¿No crees?
-Y ¿el agua?, señor.
-¡Es verdad! – dice el multi, dándose una palmada en la frente - ¡Qué cabeza la mía! Siempre se me olvida que los pobres no pueden permitirse el agua. Pues nada, que no se popularice el golfo.
-Bien pensado, señor.


Después del almuerzo, el multi (Charly, para los amigos), se toma un copazo en el camarote imperial del Náutico con sus socios minoritarios, al tiempo que cierra cuatro operaciones financieras de poca monta. Cuando termina, sus chicos (como llama cariñosamente al pequeño ejército de guardaespaldas que forman parte de su guardia personal) le conducen al aeropuerto donde espera un VTOL que le lleva a su residencia aleatoria para echar una siestecita, merendar él y ver la merienda de alguno de sus nietos.
Al despertar, se baña y despacha con su secretario vespertino los correos postales y electrónicos diarios, tras lo cual se deja llevar, casi en volandas, por su tropa especial a la embajada a cuyas puertas sus chicos se quedan a la espera a una prudente distancia mientras le escoltan al interior de la inmensa sede gorilas de otra empresa de seguridad contratada por el embajador aunque pagada por Charly. Allí cenan en la zona privada repasando los asuntos semanales entre el solomillo a la pimienta con ensalada regado con Chateau Maurac atendidos por agentes del servicio exterior. Cuando terminan, pasan al saloncito del te y se distienden. A veces, hasta ven una película y, en ocasiones, montan orgías muy discretas y controladas. En las vacaciones, le visitan desde los ranchos presidenciales y viceversa. A una hora prudencial vuelve de regreso a una de sus residencias, donde saluda por primera vez a su también agotada esposa y se despiden de camino a sus respectivas habitaciones de unos 500 m2 cada una, asistidos en todo momento por otro pequeño ejército de empleados, personal del servicio, seguridad y mantenimiento. Se relaja unas pocas horas, aunque hay noches que no llega a apagar todas las luces.
Que él no sepa de forma pormenorizada los detalles de su inmensa fortuna, no significa que no se sepan. En alguno de sus portátiles, un archivo llamado, por ejemplo, Golfo.sdoc de miles de páginas lo dice, siempre listo para ser consultado sólo por Charly.
A la mañana siguiente, sus ayudantes de agenda están ya atentos a sus más mínimos gestos y deseos. Nada un rato en la piscina, pasa a la sauna, le secan con rayos uva, desayuna, le visten, le acompañan por los pasillos y jardines hasta el área administrativa donde va dictando a sus secretarias y juguetea con los portátiles: “Intensificar lo desgraciados que son los ricos en todas las telenovelas de producción propia e influir en las de la Federación Institucional de Teleseriales …”. Y también: “Nota a la Federación de Periodistas Tertulianos Opinadores para que aumenten sus opiniones a cerca de la prevalencia de lo espiritual sobre lo material donde los pobres ricos no tienen nada que hacer, etc., etc., etc.”. Otra cosa: “Campaña para promocionar lo tranquilos que están los pobres sin responsabilidades abrumadoras y agobiantes”.

© Javier Auserd.

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01/12/2007 17:29 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 5 comentarios.

El viejo Billy el niño (Maldito Pato) (IV).

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Epílogo.
Una dulce (y linda) figura de monja se arrodilla sobre una cruz en el cementerio del convento de las hermanas capuchinas en Santa Ana, Chihuahua, y deposita unas flores frescas sobre una sencilla lápida. En ese momento, alguien que la observa desde el arco que da al claustro, la llama con voz desabrida:

-¡Hermana María Magdalena del Difícil Consuelo!
-¿Sí, madre priora? – se acerca corriendo la monja.
-¡¿Cómo tengo que deciros que no pongáis más flores en esa … cruz?!
-Lo siento, madre priora – susurra bajando la cabeza.
-¡Lo siento, lo siento! ¡¿Cuántas veces he de decíroslo?!
-Os suplico que me perdonéis, madre priora.
-¡Que os perdone, que os perdone! ¡Ya os perdonó la madre abadesa, que en Gloria esté, pasando por alto que vuestra dote la formaban pagarés de la Compañía Estatal de Ferrocarriles de Nuevo Méjico! ¡Pero vos, hermana, os empeñáis en desobedecerme!
-Castigadme, madre priora.
-¡Por supuesto que eso es lo que voy a hacer! ¡Ahora mismo vais a la cocina a fregar peroles!
-Sí, madre priora.
-¡Y me traéis una infusión para el estómago! No me encuentro bien últimamente.
-¿Cómo la madre abadesa, que en Gloria esté, madre priora?
-¡Y yo qué sé si también le dolía el estómago a la madre abadesa, que en Gloria esté, o fue un cólico miserere, insolente! ¡Id, id, no os distraigáis!
-Sí, madre priora, ahora mismo vengo. Pronto os dejará de doler el estómago (y todo).

Pat (¡pobre Pato!), al fin, no pudo disfrutar su recompensa, pero tampoco él, ni la madre abadesa, ni la madre priora llegaron a conocer un refrán fronterizo que reza así: “Nunca te rías de un mex acorralado, pero guárdate más de una mujer enamorada, ¡carajo!”.

(Fin).

© Javier Auserd.

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24/11/2007 00:34 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 5 comentarios.

El viejo Billy el niño (Maldito Pato) (III).

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Para leer con B.S.O., pulsad: http://www.goear.com/listen.php?v=74dd9f0
http://www.quinlanroad.com


Tres.
-No te muevas, Pat. Quédate ahí.
-¡¿Eh?!, ¡Pero …!
-Sí, Pat. He vuelto.
-No puede ser. ¡No te creo! Pero esa voz …
-Es la mía, Pat. ¿De quién quieres que sea?
-No. No es posible. Yo te maté … hace … mes y medio.
-Pues, ya ves, no me mataste bien, porque he vuelto.
-Y … ¿a qué has vuelto?
-¿De verdad hace falta que te lo diga?
-A matarme.
-Si te empeñas …
-¡No! ¡No! ¡Espera! Vamos a hablar.
-¿Y qué carajo estamos haciendo, Pat?
-Quiero decir … que me escuches … por … favor.
-Soy todo oídos.
-Debes comprender … que no me quedaba otro remedio.
-Me estás haciendo perder el tiempo … y la paciencia.
-¡Espera, espera! Ya te dije, Billy …
-No te vuelvas, Pat. No te muevas o te quito … la palabra. Así está mejor. Sigue.
-Ya te dije … aquella noche …
-Repítemelo.
-Ah, Billy, ¡eres desesperante y terco como una …! mula.
-¿Y?
-Pues … como te dije … eee … te dije que … todo había sido un error. Sí, eso es, un maldito error. Yo no quería, Billy y … como sabes … Hunter … me obligó.
- Eso no fue lo que me dijiste aquella noche, Pat. ¿Es que estás pendejo perdido, ¡carajo!? ¿Te mato ahurita mismo?
-¡No, no, Billy!, lo siento, me … confundí. Lo siento, es que … me falla la memoria y … estoy nervioso. Sí, lo reconozco. Ha sido una sorpresa volver … a … verte … oírte. Eso se lo dije … a Emiliano. Sí, eso es … a Emiliano.
-¿Porque te llamaba Pato?
-¡Sí! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Por eso, por eso fue.
-¡Qué mal te ríes, Pat! ¡Deja las manos quietas! ¡Tira los revólveres, anda, o te estropeo esa lata tan bonita que llevas en el pecho! ¡Por quererme engañar!
-¡No, no, Billy, no! Ya me quito la canana, ¿ves? Y la tiro al suelo, ¿ves?
-¡No te vuelvas!
-Pero ¿qué más te da que hablemos cara a cara?
-¡He dicho que no te vuelvas!
-Bien, bien, no me vuelvo. Es que … se me va la cabeza, Billy y … con la sorpresa de … volver a … verte. (Bueno, verte, lo que se dice verte …). No me lo esperaba, la verdad, Billy … compréndelo.
-Te voy a coser a balazos, Pat. Y luego te voy a dejar sin enterrar … para que te coman los coyotes, ¿okey?
-No, no, Billy …, por favor.
-¿Tienes miedo, Pat? ¿Ahora que sabes lo que se siente … segundos antes de morir?
-Está bien, Billy, está bien. Ya me calmo. Me vas a matar de todos modos, pero antes … voy a volverme para verte. Porque no puedes ser tú. Es un truco. Tiene que serlo.
-¿Ah, sí? Y entonces, si no soy yo, ¿quién soy, Pat?
-Eres … eres … ¡No sé quién carajo eres, Billy! Pero no eres tú, no puedes ser tú …, aunque la voz sea la tuya.
-Está bien, Pat. Vuélvete para que puedas verme … antes de irte.
-¡Pero … pero … si eres … tú! ¡No es posible! Aunque … ¡estás algo más alto! ¡Has crecido! ¡¿Cómo es posible?!
-Es que la muerte estira, Pat. Tú también crecerás. Seguro. Adiós, Pat, quiero decir … hasta ahurita.
-¡¿Ahurita?! ¡Pero, ¿cómo he podido ser tan idiota?! ¡Eres …!
-Adiós, Pat – dijo Lolita con su voz verdadera, mientras disparaba.

Cuando Pat cayó junto a la tumba abierta de Billy ya estaba muerto. Había reconocido a Lolita en el último segundo pero no le sirvió de nada. En su intento entre coger un revólver de su canana, a unos pasos de él, tirada en el suelo, o sacar el cuchillo que llevaba en una de sus botas, dudó. Y esa duda le costó la vida.
Con ayuda de sus primos, Lolita despojó a Pat de sus ropas, estrella de chapa incluida, le metió en el féretro de Billy, descendieron la caja al fondo de la fosa y la volvieron a cubrir de tierra. Recogieron todo: ropas, capote, botas, canana …  Vistieron a Billy con las cosas de Pat y le subieron a su caballo al que llamaron con el silbido que usaba Pat para llamarlo. Luego, Lolita, tiró la estrella de Pat sobre la tumba de Billy y echaron a andar cruzando la frontera hacia Méjico.


Entre las muchas leyendas que circulan todavía por aquellas tierras está la que sostiene que Pat, arrepentido, tiro su estrella de hojalata de sheriff de Lincoln sobre la tumba de Billy y se fue a California a disfrutar su recompensa.

(terminará ...)

© Javier Auserd.

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21/11/2007 12:34 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 3 comentarios.

El viejo Billy el niño (Maldito Pato) (II).

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Dos.
Pero Lolita sí que lo oyó. Se quedó quieta unos segundos en la cama con los ojos espantados y la mente en blanco, intentando entender aquel estruendo tan contundente que presentía malo. Ahora no se oía nada: ni los coyotes, ni los zorros, ni las ranas, ni los grillos, ni las ovejas, ni las vacas. No había amanecido aún, pero la noche seguía siendo clara. Los primeros en reaccionar fueron los perros, menos cautos que el resto de sus colegas. Lolita salió del ensimismamiento y procesó, al fin, el origen del ruido. Se incorporó en el catre, procurando no hacer ruido, y buscó la silla de la que colgaba la canana de Billy de la que pendían las  fundas donde descansaban sus dos revólveres cargados, como siempre, y que ella también sabía usar. Cogió la canana, se la ciñó a la cintura y se la ajustó a sus formas femeninas. Luego desenfundó un revólver y, paso a paso, muy despacio, pegada a la pared, se acercó a la cocina. Conocía la casa como la palma de su mano y, aunque se había puesto la luna, no tenía miedo a los tropiezos.
Antes de llegar a la cocina sintió la irritante sensación de pólvora en el aire que la hizo toser instintivamente. Aunque lo hizo lo más flojo que pudo, no le sirvió de nada, porque Pat, con oído de zorro y olfato de coyote, la estaba esperando. Apareció como un fantasma y la desarmó sin mayores problemas. Lolita se revolvió como un alacrán y le lanzó una patada al tobillo que dio en el blanco, pero Pat encajó el golpe con terca compostura y apenas un mayor retorcimiento de los brazos de la muchacha que gimió de rabia por haberse dejado atrapar tan pronto como un ratoncillo inexperto.

-Estate quieta, fiera. No quiero hacerte daño – susurró Pat.
-¡Le has matado, cerdo! ¡Le has matado! ¡¿Dónde está?! – resoplaba Lolita con furia.
-Si me prometes estarte quieta, te dejo verle – dijo Pat.
-Está bien – contestó la mujer después de un breve forcejeo.

Billy estaba tendido en el suelo de la cocina, bajo la ventana que daba al desierto. Lolita se acercó despacio, conteniendo el llanto, al tiempo que Pat prendía una vela con un fósforo y se la acercaba para que pudiera verle mejor. Parecía dormido. El charco de sangre que se iba extendiendo lento e inexorable quedaba, todavía, oculto por su cuerpo y su expresión era serena, casi resignada. Ella se arrodilló a su lado y, poniendo su cabeza en su regazo, empezó a cantarle, muy bajito, una nana.  


Pat dejó la vela sobre la mesa y salió al porche, donde acababan llegar sus ayudantes, para decirles que esperaran unos minutos antes de apartar a Lolita sin hacerle apenas daño, cargar el cuerpo de Billy en el carro que tenían preparado, avisar al cura católico y enterrarle en el pequeño cementerio de Fort Summer, mirando al desierto. Luego, mientras amanecía, se dirigió a la oficina de correos y despertó al funcionario para telegrafiar a Washington un escueto despacho de tres palabras: “B. está resuelto”, firmado P. K. Garrett, s.s. Acto seguido se fue al bar y desayunó dos huevos fritos con arroz, una tostada con mermelada, dos tiras de bacon vuelta y vuelta, todo ello regado con un buen vaso grande de wisky lleno a rebosar. También le dio tiempo a que un niño mejicano le lustrara las botas y a salir por la puerta con su reluciente y enorme estrella de hojalata que le acreditaba como sheriff del condado de Lincoln, en el preciso momento en que el lento carro de una sola mula, que contenía el cuerpo de Billy dentro, atravesaba la calle principal camino del cementerio con Lolita sollozando detrás flanqueada por tres mujeres llorando bajito vestidas de riguroso luto, que debían de ser familiares suyos, y cinco de los ayudantes de Pat. Pat, muy despacio, bajó las escaleras del saloon colocándose el sombrero y ajustándose la canana y se unió al improvisado cortejo fúnebre de Billy.  


El viejo cura católico les esperaba en la puerta del camposanto, con cara de susto, sudando como un pollo en el horno de buena mañana. Cuando llegaron, la fosa había sido abierta ya por cuatro peones, a los que Pat lanzó unas monedas, y esperaba, bostezando, a recibir el cuerpo de Billy. Al cura, apenas le dio tiempo a farfullar dos latinajos rápidos, a impartir una bendición al cadáver, a encabezar el cerrado “amén” que todos corearon y a recibir unos pesos de Pat para inscribirle en el Libro de los Muertos y unas cuantas cervezas.
Cuando el cuerpo de Billy descansó en la dura tierra del desierto, Lolita se volvió al pueblo ayudada por las tres mujeres de negro, envuelta ella también en un manto de ese lúgubre color.  


Lolita se sentó a llorar en la cocina de la pequeña casa de sus parientes, delante de una botella de tequila. Mientras lloraba y bebía a morro de la botella, una idea descabellada iba tomando forma en su cabeza sin detalles concretos … todavía.
La cosa se le ocurrió pensando en la imagen del frágil féretro que contenía el cuerpo sin vida de su marido bajando a una tumba de las consabidas dos varas de profundidad o una toesa y en lo poco complicado que resultaría desenterrarle, claro está, con ayuda. Lo primero que tenía que hacer era localizar a la familia de Billy, contarles lo que había sucedido y planear, paso a paso, la venganza contra Pat.
¡Maldito Pat! ¡Y, para más INRI, cobraría la recompensa! ¡Era el colmo!
En su cabeza, lindamente embotada entre el alcohol y el dolor por la pérdida de Billy, comenzaron a fraguarse los detalles que necesitaba. Unos detalles que, por primera vez desde esa infausta madrugada, dibujaron una leve sonrisa en unos labios resecos de tantas lágrimas vertidas. Si se apuraba, igual podía hacer coincidir la resurrección de la venganza con los días de difuntos, bien celebrados también en aquella parte de la frontera mejicana.
Mandó telegramas a su familia política a las direcciones que tenía, dando escueta cuenta de la muerte de Billy, pero no obtuvo respuesta. Mientras, el tiempo se le echaba encima y se le iba en disimular la resignación propia de una viuda cristiana bajo la prevenida mirada del hombre que Pat había dejado en Fort Summer y que usaba el telégrafo todos los días a eso del atardecer.
Era desesperante para Lolita comprobar cómo a aquellos malditos irlandeses siempre les importó Billy un carajo. Quizás eso explicara, en parte, el poco aprecio que el propio Billy parecía sentir por ellos en vida. De cualquier modo, ella tenía que actuar para vengarle, por más que lo único que tuviera claro fuera el respaldo de los suyos. Por eso, reajustó los detalles a lo que había, aunque no podía evitar que le chirriara el fuerte acento mejicano de su tropa, que sin duda era lo que podía delatarles. Dándole vueltas y más vueltas, que le dejaban profundas ojeras achacadas al duelo, recordó una mañana cómo jugaban Billy y ella, a veces, a las imitaciones de sus intercambiadas voces y retahílas, y cómo ella, con mucha guasa, se esforzaba en el nasal, algo estridente y un poco agudo tono yanky de Billy que intentaba disimular bajándolo hasta dejarlo en un susurro esforzado bajo el pretexto de una irritación crónica de garganta, tan conocido por sus amigos y compinches y, desde luego, por Pat. Este recuerdo la animó a redondear su plan hasta adaptarlo a las nuevas circunstancias y lo dejó listo para ser oportunamente ejecutado.  


Pat había llegado tres horas antes de la señalada en la nota que le mandó su hombre en Fort Summer que, a su vez, había recibido de un chiquillo mejicano de los que jugaba en las calles del pueblo y que salió corriendo confundiéndose con el resto antes de que Gordon pudiera reaccionar. Aún así, no veía nada extraño en el pequeño cementerio desde la loma cercana donde estaba apostado. Las familias que, siguiendo la tradición de los colonizadores adaptada a los ritos indígenas, dejaron comida y flores sobre las tumbas de sus difuntos, hacía mucho rato que se fueron a cenar dejando el campo desierto y frío después de que las alimañas, en un fugaz espectáculo de abrir y cerrar de ojos disfrutado por Pat, hubieron dado buena cuenta de viandas y adornos.
Entonces Pat, echándose un capote militar sobre los hombros para protegerse contra la suave helada que comenzaba a caer a eso de las diez de la noche, se sacudió los pantalones, se ajustó la canana y bajó, muy despacio y precavido, hacia la tumba de Billy que era donde le citaba la nota famosa.

(continuará ...)

© Javier Auserd.

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16/11/2007 22:27 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 6 comentarios.

El viejo Billy el niño (Maldito Pato).

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http://www.jacquesmoitoret.com/html/billy_the_kid.html


Era muy clara aquella hermosa noche clara de mediados de septiembre en la frontera. Había sido un verano seco y sofocante y aún no descargaban las lluvias, pero ya refrescaba algunas noches. Billy, sentado en el porche de la casa de las afueras del pueblo, pensaba. Pensaba en todo lo que le había ocurrido a lo largo de su vida hasta el momento y cavilaba sobre lo que debía o no debía hacer de allí en adelante. Sabía que llevaba a Pat pisándole los talones, pegado como un moco, y que, tarde o temprano, le cazaría y le tumbaría como había hecho ya con el resto de la banda. Le daban ganas de cruzar el Río Grande y entrar en México, pero, por otro lado, no le gustaba huir y quería darle a Pat su merecido, aunque ahora la Ley le amparaba, o precisamente por eso.

A lo lejos aullaban los coyotes, los zorros y otras alimañas y los perros de los ranchos cercanos les contestaban enfadados. No estaba bien lo de Pat: pasarse al otro bando por dinero y seguridad traicionándoles. No es que Billy no comprendiera que su mundo se desmoronaba detrás suyo y que venía otra época con otros códigos, otros métodos, otros intereses y otras prioridades. Era plenamente consciente de ello. Pero no estaba bien lo de Pat. Además, él se hacía mayor, lo notaba. Notaba el paso lento e inexorable del tiempo sobre sus huesos y empezaba a añorar la familia que nunca había tenido.

Lo habían pasado bien, de eso no cabía la menor duda. Asaltos, cabalgadas, atracos, borracheras, timbas: la vida al minuto. El mañana no existía y el ayer quedaba muy atrás, después de burlar a los rurales. Incluso la muerte formaba parte de la juerga y, si te tocaba, te jodías con una sonrisa traviesa y elegante en los labios y, a ser posible, también con un buen cigarro. Pero cuando no se piensa vivir tanto, el futuro cobra una entidad que desconcierta, y eso era una parte de lo que le estaba pasando.

¡Maldito Pato (como le llamaba Emiliano)! ¡Maldito bastardo! ¿Por qué había tenido que traicionarles de esa manera, precisamente ahora? Billy no alcanzaba a entender el putrefacto corazón de los conversos y no concebía que era la forma despreciable que tenían de hacerse perdonar su vida anterior ante sus  amos, después de haber sido insultantemente libres. Y su estómago se rebelaba ante esto (¿o serían los frijoles de la cena?). Caminó descalzo por la casa a oscuras y en silencio. Le gustaba. La luz de la luna sobre la entrada del desierto bañaba todo con un halo fantasmal muy agradable y era más que suficiente para ver, de sobra, la inmensa extensión de cardos y dura y seca tierra, pero también producía sombras, zonas oscuras, abismos insondables donde se cobijaba el peligro y acechaba la muerte. Claro que ¡siempre acechaba la muerte! Incluso a los pacíficos peones de los ranchos y a los, cada vez más escasos, pequeños propietarios pobres, y a los ovejeros, y a los cactus, y a los escorpiones … ¡A todos les acechaba la muerte!

Se dirigió hacia la cocina , abrió una cerveza, se enjuagó la boca y escupió por la ventana. Entonces oyó el relincho allí mismo, al lado, y al volverse distinguió a Pat, sentado en una silla, con un vaso de whisky en la mano.

-¿Qué haces aquí? – le preguntó.
-¿No lo sabes? – contestó Pat.
-Quiero decir que por qué has venido tan pronto – dijo Billy.
-Pronto, tarde, ¿qué importa eso? Sabes que, al fin, vendría y sabes a qué he venido, ¿no?
-Sí.
-Siéntate, si quieres. Tenemos un rato para charlar.
-¿Y luego?
-Luego … te voy a matar.
-O yo a ti.
-No, Billy, no. El revólver más cercano lo tienes en la habitación de Lolita, al fondo de la casa. Siempre fuiste muy confiado. La verdad es que no sé cómo has llegado tan lejos siendo tan despistado como eres. Siéntate, anda.
-Para qué quieres hablar tanto si me vas a matar – dijo Billy sentándose mientras se terminaba la cerveza.
-Quiero explicarte por qué te voy a matar.
-¡Oh, qué considerado!
-No, Billy, no soy considerado, soy un cerdo y un canalla sin escrúpulos y sin entrañas. Tanto si siguiésemos juntos atracando bancos y diligencias como ahora que me he pasado a la Ley.
-¡La Ley! ¡Valiente cerda, la Ley! Y ¿te gusta más “la Ley”?
-Sí. Mucho más. Me permite hacer lo mismo que fuera de ella, pero dentro: protegido y a resguardo. ¿Comprendes el matiz?
-¡Seguro!, ¡¿cómo no?!
-¿Y por qué no te pasaste tu también?
-¿Podría?
-Ahora ya no.
-Pues, entonces.
-Ay, Billy, Billy – dijo Pat, moviendo apesadumbrado la cabeza – Siempre fuiste un cabra loca, un tarambana, un bala perdida. No has pensado nunca en serio. No te has tomado nunca en serio nada.
-Y por eso voy a morir.
-Sí. Exacto – le miró Pat, sorprendido – Es el fin de tu mundo … de nuestro mundo … de aquél mundo, quiero decir.
-Sé bien lo que quieres decir, Pat, ¡vete al infierno con tus sermoncitos de última hora! ¡Termina lo que has venido a hacer y lárgate a cobrar la recompensa! ¡Mueve mucho la cola a tus nuevos amos, no sea que se enfaden y te manden a otro cerdo como tú a darte el pase! Sólo te pido una cosa, Pat: deja en paz a Lolita.
-Tranquilo, Billy, Lolita está a salvo. Aún no he llegado a eso.
-Llegarás – masculló Billy con desprecio- Despáchame pronto, ¿quieres?
-De acuerdo, Billy, yo sólo quería …
-¿Qué no te guarde rencor? – sonrió Billy con una mueca.

Hubo un silencio en el que se pudieron oír todos los roces y movimientos del desierto. Pasaba la noche rodando como una piedra de moler harina. Pasaban los coyotes, los zorros, las ranas los insectos, los alacranes, las lechuzas, los potros salvajes, las ovejas, las vacas. Una locomotora lejana lanzó el estridente silbido del imparable progreso. En ese instante, Lolita se dio la vuelta en la cama, a punto de notar la momentánea ausencia de Billy.

-Tranquilo, Pat – volvió a sonreír Billy – No te guardo rencor.

Y entonces, a los ruidos tranquilos y normales de la aldea fronteriza, al borde del amanecer, se superpuso el ruido más seco y duro del mundo. Un ruido que Billy había oído y producido antes muchas veces, pero que aquél no llegó nunca a oír.

© Javier Auserd.

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28/09/2007 20:50 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 6 comentarios.

Accidentes.

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http://www.lavozdeldesierto.com/ojinaga/08oct06/nota25.htm

Que nunca nos pongan las circunstancias
en el lugar de los hechos
el día de autos.
 

 

Uno.

-¿Cómo sigue?
-Ahora parece un poco tranquilo. Le ha dado la médica un relajante.
-Procura que no le moleste nadie. ¡Pobre hombre!
-No te preocupes, nadie le va a molestar.
-¿Tu crees que le caerá mucho?
-Sí. A este sí. Por desgracia.
-Es que me pongo malo. No hay derecho.
-Sí, se le revuelve a uno el estómago.
-Pensar que, encima, le van a caer un montón de años por asesinato.
-Eso es lo que te pone malo. Mejor no pensar.
-¿Quieres un refresco?
-No. Me acabo de tomar un café.
-Yo voy a por uno.
-Sube al vestíbulo, porque la de aquí está otra vez estropeada, como siempre.
-Siempre está rota, yo no sé por qué no la tiran a la basura de una vez.

Dos.


-Ya estoy aquí. Oye, otra vez hay sangre en la escalera.
-Sí, es del Zum-vao, que se ha vuelto a lesionar con un azulejo roto cuando le iban a llevar a interrogatorios.
-¿Qué marrón se va a comer ahora?
-Ahora es más serio. Una niña que abusaron los de la banda del Chirla en Entrevías y le pagan por inculparse. Pero luego se lo ha pensado mejor y ahora dice que naranjas de la China. En fin, ya sabes, lo de siempre.
-Sí, ¡qué coñazo! El que ha vuelto más seriecito del Puerto es el Jorobas. ¿Le has visto?
-¡Sí, calla, que se ha dejado perilla y dicen que se ha hecho evangélico o evangelista o lo que sea eso! Dicen que ya no se droga porque Jesús le ama …
-¿Jesús? ¿Se ha vuelto maricón?
-¡No, hombre, no! ¡Jesús, Jesucristo!
-¡Ah, bueno! ¡Qué susto me habías dao!
-Si es que está todo desquiciao. Manolo, el de la científica, el de laboratorio …
-Sí, ¿qué le pasa?
-Me han dicho que le han pillado con unos gramos de coca de la última requisa.
-¡No jodas!
-Como lo oyes. Creo que andaba mal de pasta porque su hija se ha ido este verano a Irlanda a estudiar, y … claro.
-¡Claro! ¡No me jodas! ¡Pero si era un tío más majo que la hostia!
-¡Ya ves! Al final tos caemos.
-No lo digas ni en broma, ¡joder!, que me quedan dos años.
-¡Ya! Y a mí uno y medio. ¿Y qué? Esto es como el furbol: hasta que no pita el de negro, puede pasar de to.
-¡Calla, calla, anda, no seas gafe!
-Sí, sí. Sé quien dices. Pero es lo que hay.
-¡Anda, anda! Cambiando de tema, ¿por qué no te asomas a ver de ese pobre hombre? No me da buena espina.
-¿Qué temes, que se suicide?
-No sé. Cosas más raras hemos visto.
-Si es que no hay derecho, ¡joder! Y pensar que al que ha matado sólo le habría caído una multa o poco más.
-Ya te he dicho que tú no pienses. Que nos pagan por obedecer, ver, oír y callar. Que así es como nos jubilaremos y no pensando.
-Ya, pero es que esto es muy fuerte. Nosotros habríamos hecho lo mismo que él.
-Sí, eso es verdad. A mí me atropellan a mi niña como hizo el cerdo ese al que se ha cargado y … y le mato.
-¡Toma! ¡Pues es lo que ha hecho este hombre!
-Pues se ha jodido la vida para siempre.
-Y ¿qué le puede importar eso ahora?
-Sí. Eso es verdad. Voy a ver.

Javier Auserd.

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29/07/2007 15:37 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 4 comentarios.

Capítulo VI.

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http://www.elangelcaido.org/creacion/019/019eljardin.html
Detalle de "El jardín de las delicias" de El Bosco ( 1453 - 1516 ).

 

Sin más contemplaciones, regreso a Cartago. Estoy harto de hacer el oso para un coronel tonto y una furcia loca con aires de gran dama sureña depravada. Estoy harto de las iguanas y de las plantaciones, de las cínicas matanzas, de las vírgenes suecas y los pobres nativos, de los tifones del trópico y de los acantilados, de la estúpida selvita sin refrescos de cola; harto de los mosquitos caníbales, las cabañas ardiendo, los rápidos del Mississippi y de los cafetales. Regreso a Cartago.

Me cisco en los papeles y en las fotonovelas, en las obras de arte y en los candelabros de la nobleza. Y de la burguesía. Y de los dirigentes del proletariado, también. Porque estoy tan hasta el gorro, que sólo quiero dormir y cobijarme al otro lado de la luna. Andar por los montes olorosos de piornos y tomillos a la luz protectora de la luna, al remanso acariciante de la luna, al amparo de la luna, al blanco, azulado, tierno, suave resplandor del beso de la luna. Y estar así: tenso y tranquilo, atento y relajado, envuelto en su mágico sosiego, reposo de aventuras, como en una película de riesgo y celofán, de calma y manzanilla. Y ver, sobre la elíptica extensión de las profundidades del océano, el sueño angelical con que premian los Amos de Todo a sus mansas, reptantes, criaturas.


Fragmento de "La mansión de manzanilla" de "Viaje al punto de partida". Javier Auserd.

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23/06/2007 23:49 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 2 comentarios.

Como agua de Mayo.

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http://www.astroseti.org/imprime.php?codigo=299


Le había dado por acosarnos con su interminable cantinela de desgracias figuradas y, cada vez que nos cogía por banda, nos contaba lo mal que le iba, aunque todo el mundo supiera que estaba podrido de dinero y que era un viejo avaro, tacaño y aburrido, que remendaba él mismo sus zapatos y su ropa para no tener que comprar otros nuevos. Ya no sabíamos cómo evitarle ni cómo quitárnosle de en medio una vez producido el encuentro y a sus vecinos y conocidos les pasaba lo mismo; se notaba por los grandes rodeos que dábamos todos para no pasar por delante de la puerta de su tienda donde salía a grandes zancadas levantando los brazos y dando muchas voces, como un loco, para abordarnos cuando nos echaba la vista encima. Ana era la que más caso le hacía porque le daba pena y a mí me ponía de los nervios ver cómo derrochaba sin sentido, sin objeto y sin pudor el tiempo ajeno que los demás teníamos que tratar de recuperar luego.

-¡Pobrecillo! – decía Ana.
-¿Pobrecillo? ¡Si está forrado! – respondía yo.
-Está muy solo y se aburre – apostillaba.
-¡Pues que se compre un mono y que nos deje en paz! – insistía yo, inmisericorde.

Era tan pesado, que te cortaba la retirada y se inventaba dolencias y desgracias para atraer, como fuera, tu atención y mantenerte en vilo, en ascuas, pendiente de sus exageraciones y de los desaforados aspavientos con los que acompañaba las inacabables peroratas de sus catastróficos relatos de terror. No era un pesado más, de los muchos que tenemos que soportar todos los días: era el príncipe de todos ellos, una verdadera pesadilla viviente.

Aquella mañana de un mayo atípico, fresco y lluvioso, habíamos estado en el despacho de Raquel y tomando luego un café con ella en el bar del Casino. No llovía cuando salimos de casa, aunque estaba nublado, de modo que no cogimos paraguas ni gorros ni capuchas, ni nada, sin embargo al despedirnos, caía a cántaros. Ella volvió a su cercano despacho y nosotros esperamos en la puerta del Casino a que escampara, pero no lo hacía. De modo que, arriesgándonos, cruzamos la calle y apretamos el paso atravesando por detrás de San Pedro hacia los soportales del Grande. Nos gusta la lluvia y no nos importa mojarnos, es decir, somos dos bichos raros, pero lo que nos cayó encima esa mañana en poco tiempo no está puesto, aún, en los papeles. Cuando llegamos, empapados, bajo techo, tomamos aliento y nos dedicamos a sacudirnos el agua, como los perros, durante un buen rato. Esperamos otro poco a que lo dejara y, como se nos hacía tarde, volvimos a internarnos en la cortina de agua tropical que rebosaba la atascada y mal conservada red de alcantarillado y anegaba las mal preparadas calles.

Con la aventura del diluvio, se nos olvidó dar el preceptivo rodeo y pasamos por delante de su tienda. Al momento, como si tuviera un detector invisible o alguna cámara estratégicamente situada, se plantó allí dándonos voces para llamar nuestra atención. Mas, al ver que llovía, se quedó petrificado en la puerta sin dar un paso más hacia la calle.

-¡¿Qué te pasa, Mariano?! – le grité.
-No. Es que … no me gusta la lluvia. Entrad, entrad vosotros.
-No, Mariano, no, que llevamos mucha prisa – me apresuré a decirle – Sal tú hasta la esquina – añadí.
-¡Por nada del mundo! ¡Maldita lluvia! ¡Que si me mojo, encojo! – y diciendo esto, retrocedió espantado al interior de su establecimiento haciéndose repetidas veces la señal de la cruz sobre el pecho como si la lluvia fuera el mismísimo Satanás.

Llegamos calados hasta los huesos a casa, pero sin parar de reír.

-Ya podía llover todos los días … sobre todo a la puerta de su tienda.

Aquél chaparrón intempestivo y furioso de primavera nos había venido como agua de Mayo.

Javier Auserd.

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07/06/2007 20:27 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 1 comentario.

La realidad.

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http://www.astromia.com/fotosolar/galeria3.htm


Cinco.
Cuando me saturo de realidad, entro en páginas de astronomía y me pierdo todo lo que puedo por los rincones del Universo conocido.
Pero es difícil sustraerse de la fuerza de la gravedad, de la fuerza de la inmediatez, de la gravedad de las noticias que se suceden vertiginosas e implacables. Es muy difícil. Es como una adicción que, apenas te retiras, vuelve una y otra vez, constantemente, y nos persigue hasta el baño y nos caza incluso allí.
Las imágenes del Universo son atractivas y relajantes y permiten evadirse durante un rato, aunque, al poco, despiertan al filósofo que todos llevamos dentro y, entonces, puede llegar a resultar peor que las noticias de la realidad (o la realidad de las noticias), porque te embarcas en un viaje sin retorno a la génesis del mundo y al destino de la humanidad. Y, claro, terminas más nervioso que un mono, subiéndote por las paredes.
Aún así, si consigues aislarte y te concentras en los colores espectaculares que estallan en todas direcciones recordando figuras mitológicas fabulosas … resulta magnífico, espléndido, desconcertante. Porque, a través de la etérea inmensidad que se vislumbra en esas fotos, se puede intuir la microscópica importancia de lo que representamos (eso sí, suficiente para destruir a este planeta que nos soporta y del que no debemos proceder, pues tanto odiamos).
Y la vida transcurre rápidamente, los días se suceden a una velocidad vertiginosa que nos lleva, parece, al final de cualquier acantilado por el que se desbordará la realidad (al menos la de cada uno de nosotros, según nos vaya tocando) cualquiera de estos días.
¿Qué hay al final de esa caída?, ¿la oscuridad inicial?, ¿esa luz cegadora de la que algunos hablan y que recordaría a los focos del quirófano o del sol que nos alumbra?, ¿el silencio después del apagado de un aparato informático?
Pero, ¿y ese apego absurdo y extraño que nos entra, a última hora, a esta realidad ingrata, dura, cruel, injusta, extravagante?, ¿a qué viene?, ¿a qué se debe? ¿Hay algo que tenga sentido aquí, algo que de sentido a esto?
Ya sé que es absurdo intentar conseguir respuestas (ni una sola respuesta). Ya sé que es inútil perder el tiempo (un tiempo teóricamente valioso) tratando de recibirlas de un ente abstracto o de conseguir interpretaciones coherentes o lo más cercanas a la lógica matemática.
No sé. No sé qué pensar. Sé que tengo que comportarme con normalidad. Que debo tranquilizarme y comportarme con la máxima normalidad, con independencia de lo que realmente piense o sienta o crea intuir. Lo sé.
Lo mejor, quizás, es tomarte las cosas a la ligera evitando, en lo posible, las alteraciones: pasear por el jardín, oír la radio, mirar la tele, entrar a Internet un poquito, tomar las medicinas … hablar con el resto de los pacientes.

 

Javier Auserd.


Este microrelato es el capítulo cinco del folletín titulado: El buen chiflado, iniciado en esta bitácora el 3/11/2.006.

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09/05/2007 15:00 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 7 comentarios.

Envuelto para regalo (Epílogo).

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http://muestrese.com


Epílogo.
(Y colorín, colorado …).


Tras muchos días de pensar y pensar, terminó por abrirse paso en su dura cabezota lo que intuía desde un principio: tenía que volver a hablar con Clara.
No fue nada fácil, porque, indignado, había roto todos los puentes posibles. Tuvo que echar mano de amigos y compañeros comunes, tender redes, insinuar acercamientos, prometer calma, generar confianza, descartar venganzas, recomponer vías, sugerir consensos. Y, aún así, tuvo que aceptar la presencia de un mediador y esperar y esperar y esperar … la respuesta.
Era ya un abril cambiante, pero suave y espléndido, cuando le llegó la cita esperada. Estaba tan nervioso, que no comía, no dormía y, en el trabajo, no paraba de meter la pata hasta el extremo de que estuvo a punto de que le despidieran.
Esa tarde cambió el turno y, para hacer tiempo y desfogar sus nervios, se fue andando por el Paseo del Prado y subió por la Carrera de San Jerónimo hasta desembocar en la Plaza donde está la Cervecería Alemana, en la que habían quedado. No prestaba ninguna atención al tráfico y, por poco cruza más de un semáforo en rojo y casi le parten la cara por no poner atención y tropezarse con varios transeúntes. Con mucho esfuerzo y tratando de concentrarse al máximo para no tener más encontronazos peligrosos, llegó a la puerta de la Cafetería y, desde fuera, miró hacia el interior para ver si veía a Clara o a Jaime, el amigo que se había prestado a moderarles. Estaban los dos en una mesa del fondo. Entró, les saludó sin familiaridades, se sentó, pidió un café y esperó a que se lo trajeran mientras cambiaba unas breves impresiones con Jaime sobre el tiempo que hacía. Clara parecía bien, como siempre, tranquila, tostada (lo mismo había estado en Canarias o en la sierra) y sonreía levemente, mirando a Jaime, como si, después de saludarle, Adrián ya no existiera. 

-Bien – dijo Adrián y carraspeó – estamos aquí … - y se cortó antes de decir “reunidos” – porque … tengo algo que decirte, Clara.
-Soy toda oídos – contestó Clara, reprimiendo una carcajada.
“Mal empezamos”, pensó Adrián, mientras intentaba aparentar control – Ya sé que te dije muchas cosas, todas ellas muy extrañas, aquél día -. Se aclaró la garganta y prosiguió - No voy a minimizar mi … culpa o, mejor, mi responsabilidad por decir lo que dije, pero tengo que decir a mi favor que entendí mal una conversación privada y la apliqué a la situación tan … tan … extraña que estaba … que estábamos viviendo.
-Me han llegado rumores – ironizó Clara – y, francamente, me parecías más inteligente.
-Clara, por favor, no empecemos con “pullitas”.
-Vamos, vamos, Adrián – dijo Jaime -, no te enfades, que no es para tanto.
-Ya veo – comentó Adrián -. Bueno, ya sé que metí la pata en ese sentido. Y … en ese sentido … te pido disculpas.
-¡¿Cómo?! – exclamó Clara, triunfante, como si no hubiera oído bien.
-¡Lo que has oído! – casi gritó Adrián -. ¡Que te pido disculpas!
-¡No me grites, que no soy sorda!
-Tranquilos, tranquilos, calmaos – terció Jaime.
-Yo estoy muy tranquila. No soy yo la que me exalto.
-Vale, vale – sosegó Adrián -. Te pido disculpas, Clara. Confundí una conversación que comentaba un culebrón, una telenovela, con la realidad y te hice unas acusaciones que no … procedían. Pero, sin tratar de justificar mi falta de tacto, tengo que decir que las circunstancias eran … habían sido … lo suficientemente tensas y extrañas y … desquiciantes como para inducirme a aquél error, ¿no crees, Clara? – preguntó Adrián tratando de mirarla a los ojos.
-No sé, Adrián, no sé – dudó por primera vez Clara -. Me hiciste mucho daño aquella … maldita mañana. Me dijiste cosas horribles de las que yo no entendía nada. Estabas congestionado, olías que apestabas a … a choto …
-¡Claro, me había caído a un … charco inmundo, me habíais dado dos mantas cochambrosas! ¡¿Cómo quieres que oliera?! – interrumpió Adrián indignado.
-De acuerdo, de acuerdo y … lo siento. Ya te lo dije aquél mismo día. Siento haberte metido en aquello. Pero es que … me heriste mucho con aquellas frases … tan injustas e inexplicables.
-De acuerdo, Clara – convino Adrián -, pero ¿por qué me llevaste allí de aquella manera?, no lo entiendo. No puedo entender por qué no entramos por la puerta, por qué fuimos de noche, como ladrones y por qué me ocultaste que aquello era una dehesa y que no estaba abandonada, sino en plena actividad y que había gente, ¡mucha gente! … ¿Me lo puedes explicar … o decir …, Clara, por favor?
Clara dudó un momento y, pareció empezar a ser algo más vulnerable y humana – Sí, Adrián. Es verdad que te debo esa explicación, lo reconozco. Lo mismo que tú has reconocido tu confusión y que las frases espantosas que me dijiste aquel día fueron fruto de una confusión y … sí, vale, sí … y de las … circunstancias … Yo también te debo esa explicación. Verás, yo creí que te gustaban las aventuras y como … como escribías, pensé … pensé darte una aventura para que luego la escribieras.
-¡¿Qué?! – interrumpió Adrián - ¿Me estás diciendo que montaste todo aquél … numerito para … darme un argumento para … un relato? ¡Clara, por favor!
-Sí, Adrián, sí. No te lo creas si no quieres pero fue así.
-¿Y lo de las chicas … empleadas de tu tía, también era parte de tu … película?
-No, eso no. No. Por eso me costaba tanto entender lo que me decías. Que te hubiera metido en esa … aventura y estuvieras cabreado, lo entendía, pero del resto de lo que me contabas y acusabas … no entendía nada, Adrián. Alucinaba, ¿no lo comprendes?
-Sí, sí. Es posible. Tiene sentido. Ahora tiene cierto sentido. Bueno pues … No sé qué más queda por decir. Supongo que ya nada tiene arreglo.
-Yo me tengo que ir – comentó Jaime levantándose – Creo que vais a portaros bien en mi ausencia.
-Sí, sí, Jaime … Gracias por … acompañarnos, Jaime, gracias. Nos vemos, ¿vale? Yo también me voy … enseguida. No te preocupes – se levantó también Adrián.
-Bueno – añadió Adrián dirigiéndose a Clara – Yo me voy también, Clara – Se sentía agotado, como si hubiera corrido un maratón.
-Me hiciste mucho daño, Adrián – susurró Clara mirando al gin-tonic – Sí, sí. Vale, vale. No voy a empezar. Ya he reconocido yo también mi error. Pero nunca te había visto así, Adrián, y me dio algo de miedo. Nunca nadie me había hablado así. Ya sé que tu me llamabas caprichosa y consentida, incluso … niñata, pero en broma, Adrián, ¡en broma!
-Está dicho casi todo, Clara. Hay poco que añadir. O mucho … no sé.
-Y ahora, … ¿qué vamos a hacer?
-No sé, Clara, no lo sé. La vida es una mierda.
-La vida es … lo que hacemos los que estamos en ella.
-Siempre tienes que decir la última palabra, ¿verdad?
-Me han maleducado así.

Y, por primera vez en varios meses, sonrieron a un tiempo.


Fin (por fin).

Javier Auserd.

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15/03/2007 01:17 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 6 comentarios.

Envuelto para regalo (VIII).

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http://www.eurielec.etsit.upm.es/planeta/ 

Ocho.
(… tonto eres si no lo conoces).


Después de dar más vueltas que un tonto, encontró Adrián el despacho. Empujó la puerta, que esta entornada, y entró. Allí estaba Clara, revisando, tan tranquila, unos papeles a la luz de una lámpara de pie, a pesar de que ya estaba amaneciendo.

-Ah, eres tú. ¿Dónde te habías metido? – dijo alegremente.
-¡Pero serás …!
-Sí, de acuerdo. Ya sé que estás cabreado. Lo siento. Tienes razón. Yo te metí en esta aventura. Lo siento. Debí de haber sido más … menos … alocada.
-¡¿Alocada?! ¡Es todo lo que se te ocurre decir para justificar tu … traición?!
-Oye, oye – le contestó Clara sin levantar la vista de los papeles – Ya te he dicho que lo siento, hombre, pero creo que te estás pasando un poco, ¿no te parece? Ya te he dicho que entiendo que estés enfadado conmigo. Eee … furioso. Sí, furioso, esa es la palabra. Vale. Lo entiendo. Pero tampoco te pases, ¿vale?
-¡¿Qué no me pase?! ¡Digo traición sucia y rastrera, trampa maldita y … asquerosa y me quedo muy corto para resumir tanta … ignominia!
-Adrián, no te pases, que … - empezó a decir Clara, levantando los ojos de los papeles.
-¡Escúchame bien, Clara! – comenzó a gritar Adrián, congestionado.
-Adrián, por favor, te pido que no chilles. Sea lo que sea que me tengas que decir, te escucho, pero si me sigues chillando, te echo de mi casa.
-¡¿Será posible?! … Está bien, Clara, intentaré no chillar – dijo Adrián con una rabia sorda y contenida que le revolvía las bilis en el estómago - Pero me vas a escuchar, a cambio, muy, pero que muy … atentamente, mirándome bien a los ojos, ¿de acuerdo?
-De acuerdo, pero siéntate y cálmate, hombre, que te va a dar algo. Tranquilo.
-Mira, Clara, yo te he consentido muchas cosas desde que nos conocimos. No me interrumpas … por favor. En realidad te lo he consentido todo porque te quería. He estado ciego todo este tiempo, pero esta noche se me han abierto los ojos. He sabido de vuestros planes. Sí, sí, vuestros planes para engañar a tus pretendientes con el reclamo de esta finca a la que llamáis en clave “la joya”. Ahora sé que ha habido más incautos a los que se la habéis prometido falsamente para luego burlaros de ellos, como esta noche os habéis burlado de mí. Qué risa, ¿verdad? Sé que lo apuntáis todo en el ordenador. Pero el servicio lo sabe, vuestros empleados lo saben. Yeniffer, sin ir más lejos, lo sabe todo y os ha visto a tu tía y a ti apuntarlo todo. Voy a denunciaros a la policía. Voy a sacarlo a la luz. No sólo por mí, sino porque no hay derecho a lo que habéis hecho con tantos pobres desgraciados que han creído vuestras mentiras. Voy a desenmascararos. Voy a … a …
-Pero Adrián ¿qué me estás contando? ¿Cómo puedes creer esos … infundios? ¿Quién te ha mentido así?, ¿quién te ha … envenenado? Dímelo, por favor – suplicaba Clara con expresión despavorida.
-Ya te he dicho que Yeniffer lo sabe todo. Y no sólo ella, todos vuestros empleados lo saben o están en el ajo.
-¡¿Jennifer?, pero ¿qué Jennifer, ni qué … ocho cuartos?, ¿quién es esa?!
-Pregúntaselo a tus criadas, sirvientas, chicas, o como las llames, que es por las que me acabo de enterar hace un momento de toda esta trama. Y te recuerdo que ahora la que gritas eres tú.
-Es que es todo mentira. Mentira, Adrián. No sé qué es lo que me estás contando. No sé quién es esa Jennifer. Aquí no hay ninguna Jennifer. Aquí no trabaja ninguna Jennifer ni nada … parecido. Claro que tenemos ordenadores, pero busca si quieres. No encontrarás nada de lo que dices. No entiendo si has soñado, si tienes fiebre …
-Si tengo fiebre es por tu culpa.
-De acuerdo, por mi culpa. Pero no sé de qué me estás hablando, Adrián, tienes que creerme. Y, por favor, te suplico que no hagas nada de lo que puedas luego arrepentirte.
-¿Me estás amenazando?
-¡No! Quiero decir … que no hagas nada de lo que puedas luego … avergonzarte cuando veas que no hay nada de esa … maquinación … monstruosa de la que me hablas y que no sé si la has soñado o crees haberla oído o … o … - Clara comenzó a sollozar, pero se contuvo - Adrián, aunque no me creas, yo te juro por lo más sagrado …
-¡El colmo! ¡Eso es el colmo, una católica convencida, como tú, jurando en falso! Dile a alguien que me acerque al coche, por favor, no aguanto aquí ni un minuto más. Por favor.
-Está bien, Adrián. Si lo quieres así, así será … pero yo te … te aseguro que sigo sin entender nada de toda esa sarta de … barbaridades que me acabas de contar. Espero que te calmes y reflexiones … con el tiempo. Sólo puedo repetirte que siento mucho haberte metido en esto. Lo siento, de verdad …
-Vale, vale. Ya te he oído. Ahora, me gustaría irme, por favor. Ya te mandaré estos … estas ropas. Adiós.

Pasaban los días y, a ratos, Adrián se arrepentía de no haberlas denunciado aún, ni de haber organizado el debido escándalo, a pesar de tener los medios a su alcance. Pero algo, una extraña fuerza o sentimiento o … intuición, se lo impedía cada vez que estaba a punto de hacerlo. Además, el hecho de que Clara fuera compañera de profesión removía un sentimiento corporativo aunque, por el contrario, ni siquiera eso hubiera influido en ella para evitar la felonía. No dudaba de lo que había oído aquella noche, sin ser visto, en la cocina de la mansión, junto al fuego. Todo encajaba. Todo estaba muy claro. Demasiado, por desgracia. Pero todas esas circunstancias (y quizás también los buenos viejos momentos pasados, se decía a sí mismo) le frenaban a la hora de descargar su ira y su orgullo herido denunciándolas. Se concentraba al máximo en el trabajo, como una especie de terapia, y trataba de olvidar lo ocurrido a medida que transcurría el tiempo y comenzaba a surtir sus efectos cicatrizantes.
Una tarde que no fue a la redacción porque volvía a tener un fuerte catarro, con mucha tos y algo de fiebre, se tendió en el sofá del apartamento, después de comer algo, y puso la tele con desgana. Nunca veía la televisión a aquellas horas y cambiaba caprichosamente de canal una y otra vez.
De golpe, sin saber el motivo, quedó atrapado en uno de ellos por frases sueltas de lo que parecía un culebrón sudamericano en toda regla, aunque no había llegado a tiempo de ver el título. En él, una joven discutía con su galán con el típico acento, probablemente colombiano, venezolano o mexicano:

Ella: … je que no, Alejandro José, que no, que es todo una vil mentira.
Él: No, Jennifer Adelaida, no. Lo sé de buena tinta. Al fin recién me enteré y no estoy dispuesto a ser el hazmerreír de toda la hasienda. Sé que quien lavó el honor de tu tatarabuelo fue tu tía tatarabuela Ángela de la Crus de los Santos Apóstoles matando al villano que mansilló a tu tía tatarabuela Isabel Eugenia del Santísimo Sacramento.
Jennifer Adelaida (demudada): Pero Alejandro José, ¿cómo has podido averiguarlo, es el secreto mejor guardado de la estansia? Por ese secreto han muerto muchos de mis pretendientes.
Alejandro José: Te digo que lo sé y lo sé y lo sé. Es una trampa que habéis urdido entre tu tía y tú y está todo en esa computadora del despacho de tu tío. Era todo un montaje, Jennifer, un montaje. Y todos hemos sido unos tontos. Todos tus pretendientes anteriores, los que han muerto y los que no. Los que huyeron despavoridos del miedo. Todos unos tontos, embaucados por la promesa de la joya. ¡Maldita joya! ¡Maldita estansia! ¡Y maldita sea tu bellesa! ¡Pero yo te pego un tiro ahurita mismo y luego me quito la vida!

Adrián no pudo seguir viendo más. Ahora ya no sabía qué pensar. Tenía que ser pura casualidad, por supuesto, aunque él no creyera en casualidades. Pero aquello tenía que serlo. No cabía otra explicación … ¿O sí? Ya volvía a estar hecho un lío.
Consultó en una revista de programación televisiva el título del culebrón y, después de mucho mirar, lo descubrió. La telenovela se llamaba “La joya sabrosa”. ¡Increíble! ¡No podía ser! ¡Era una casualidad añadida! Pero, ¿y si las empleadas de la tía de Clara hubieran estado hablando de esa telenovela aquella noche? No, no. No podía ser. No. Era demasiado fácil. Pero, ¿y si …?

(Terminará ...)

Javier Auserd.

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14/03/2007 01:15 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 2 comentarios.

Envuelto para regalo (VII).

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Paul Cezanne. 

Siete.

(Secreto a voces …).


Ya que estaban allí, tanteó Adrián, muy discretamente, por el motivo de su visita, pero una mirada asesina de Clara, como si él tuviera la culpa del numerito, le disuadió de profundizar en el intento.
Con todo aquello, una idea molesta comenzó a abrirse paso en la mente de Adrián: una cosa era que fuera la leche hacer el amor con Clara y otra cosa era el cariz que estaban tomando los acontecimientos. Se arrebujó cuanto pudo en las dos mantas prestadas, que, por cierto, olían a choto que apestaban, y procuró hacerse invisible en el rincón más oscuro de la cocina pero junto al fuego. No tardó en quedarse adormilado a pesar de que el trajín del personal de la casa continuaba en pleno apogeo. Por eso, le despertó el repentino silencio que, de pronto, se hizo en la enorme habitación. Estuvo así un momento, saboreando la tenue oscuridad y la calma, cuando llegaron dos mujeres, se sentaron en la mesa grande con dos tazas, miraron alrededor y siguieron cuchicheando. El crepitar de los troncos en la chimenea, le dificultaba para oírlas bien, pero, poco a poco, fueron subiendo levemente el tono, confiadas, y pudo Adrián captar algo:

-… tra noche ya les oí decir que tenían que estar listos, pero no podía imaginar que iba a ser eso.
-A él no se le ve malo, pero sí tonto. Porque no me digas qu’ay que ser tonto pa caer en la trampa.
-¿Pero es que no ha visto que era un montaje?
-Sa’ creído más listo que los otros y no ha visto el juego.
-Y tanto que el juego. Tú lo has dicho. Pero ¿quién no sabe en veinte leguas a la redonda el timo de “te doy la joya si me descubres América … que ya está descubierta”. A ver.
-A mí estas cosas me cabrean mucho, ni que ni me van ni me vienen. Pero es que son tos mu tontos.
-Yo creo que los atonta ella. Como es tan guapa …
-¿Y pa´qué querrán to eso?
-Vete a saber. Igual es para una encuesta o algo así. No sé qué dijo ayer la Yeniffer de que apuntaban cosas en el aparato ese.
-El ordenanza.
-Ordenante … No: ordenador.
-Eso.
-A mí también me dan pena. ¡Pobricos!
-Schh, calla. A ver si se t’escucha.
-No, boba. Se han vuelto a dormir y la niña se ha metido al despacho.

Se levantaron, fregaron las tazas y salieron de la cocina, pero, entretanto, le dio tiempo a Adrián a distinguir unas frases sueltas:

-Hay que ser tonto, pero tonto, tonto, mu tonto, pa no saber qu’aquel señoritingo se lo cargó su hermana qu’estaba enamorá de la moza.
-Si es que ahora se creen que todo lo han inventado ellos. Que te lo digo yo, Rafaela, que hay jovenatos que van de listos y son muy tontos.
-Pero tontos, ¿eh?, mu tontos, mu ton …

Hay muchas palabras para describir la decepción pintada en el rostro de Adrián tras descubrir, involuntariamente, el pastel, pero no merece la pena extenderse ni abundar en ello. Si acaso, destacar que, en ese momento, todo él movía a la conmiseración de la que siempre había tratado de huir despavorido por dura y catastrófica que fuera la situación, como cuando le desvalijaron el plumier el primer día de clase.
Un tropel incontrolable de sensaciones y sentimientos, pasaron desbocados atropelladamente por su cabeza, al borde del abismo, mientras un calor, sofocante e insoportable le invadía la cara: la venganza más refinada y dolorosa, la más burda y brutal, el suicidio, el escándalo en los medios de comunicación, la denuncia ante la policía, prender fuego a la casa con todos dentro, la huida cómoda y cobarde, la masacre colectiva (no sabía aún cómo ni con qué) … Pero sobre todas las barbaridades que se le ocurrían, había una que se iba abriendo camino a pasos agigantados en medio de su desesperada demencia: estrangular a Clara con sus propias manos.
Estuvo así un buen rato, perdida la noción del tiempo, cuando, la peste procedente de las mantas, consiguió sacarle del estado catatónico en el que se encontraba. Tenía que tomar una decisión, la que fuera (aparte de desprenderse de aquella pestilencia, desde luego). Arrojó las mantas a un rincón y salió por una de las puertas de la cocina a un patio muy grande donde la fría brisa del amanecer comenzó a refrescarle algo la congestión y a templar sus ánimos. Iría a hablar con Clara. Sí. Eso sería lo primero. Y le diría todo lo que pensaba de ella, de su tía y de su maldito jueguecito macabro y canalla. Eso es. Eso es lo que iba a hacer: localizar ese despacho o biblioteca o lo que fuera, donde estaba ese ordenador donde apuntaban todo y le iba a decir cuatro cosas a esa maldita traidora que le había embaucado con malas artes y se iba a enterar de quién era él, aunque fuera lo último que hiciera en su vida. Mas, de golpe, se le ocurrió la idea contraria: seguirle a Clara la corriente como si nada hubiera pasado, como si él fuera mucho más tonto aún de lo que habían supuesto su tía y ella y, cuando la cosa estuviera cerca del final, ¡zas!, descubrir su juego y ganarlas por la mano. Pero no, no. ¿A quién pretendía engañar? Él no era así, aunque tampoco era un cobarde. De modo que sólo le quedaba enfrentarse a la situación a lo bestia. Se acabó. Alea jacta est. Pensó para sus adentros para infundirse algo de valor del que, con tanto pantano, agua, barro, frío, lluvia, encinas, perros, ladridos, mugidos, caballos, relinchos, gritos de capataces, bulla de jornaleros y chismorreos de lugareñas, andaba tan mermado últimamente.

 

Le habría gustado ser el más listo del Universo. El más astuto, el más hábil, el más zorro, el más taimado. O, al menos, tener buena suerte para todo. Eso sería lo más cómodo y, aunque le atraía más lo primero, nunca sobra tener una suerte impresionante que haga que, hagas lo que hagas, te salga bien.
Primero fueron los reyes magos, el ratoncito Pérez, la cigüeña, Paris, la semillita, la palabra de las chicas, la infalibilidad paterna, el complejo de Edipo, la Iglesia, la lealtad de los amigos, el misterio de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo en forma de paloma, las novias para toda la vida, la fe ciega, el dogma del marxismo leninismo redentor, la bendita emancipación laboral, el primer cochecito de segunda mano impecable, más amigos incondicionales … Y cuando te crees que ya te ha pasado casi de todo y estás vacunado, ¡tachín! … llega un ángel en forma de jovencita que te reconcilia eternamente con la humanidad … durante unos meses para machacarte luego contra el fango.
Todo cuesta, todo tiene un precio, todo se paga, todo pasa factura: lo que te sale bien y lo que haces mal, aciertos que te vienen del cielo y fallos que te vas labrando tú solito, regalos y sinsabores, traiciones y trampas, disgustos, alegrías, sonrisas y lágrimas (como aquella peli ñoña), viento y calma, tormenta y esperanza, virtudes y defectos, amargo y dulce, blanco o negro, el bien y el mal, que si esto, que si lo otro y (a veces) que si lo de más allá. Y pum pum, y pum pum, y pum pam.
Sí. Ser el más listo del Universo habría estado bien. Saber de antemano, anticiparse al golpe, maliciarte la emboscada, prevenir lo que se te viene encima, calcular las posibilidades, ejecutar con mano firme lo más conveniente y acertado … ¡y acertar, acertar siempre, no fallar nunca!
¿Cómo se hace eso, cómo se consigue? En los folletines, en los seriales radiofónicos, en los tebeos, en las novelas de aventuras, en los libros de Formación del Espíritu Nacional, en las películas, en las teleseries, en los culebrones, en los DeuVeDés … todo le sale bien al héroe. ¡No me digas que también es mentira! ¡No, no! ¡Eso no! ¡No podría soportarlo! … Y, sin embargo, me temo que es así: que también es mentira. Que los héroes también son de mentira. ¡Malditas mentiras! Aunque no sé qué es peor, en realidad, si las mentiras o la cruda, terrible, cruel, inhumana, durísima verdad.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

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13/03/2007 01:23 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 4 comentarios.

Envuelto para regalo (VI).

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http://www.ferhiga.com/progre/notas/notas-pfloyd-ummagumma.htm

Ummagumma. Pink Floyd.


Seis.

(“Careful with That Axe, Eugene”. Pink Floyd).

(Cuidado con ese espejismo, Adrián).


-¿Por qué tenemos que ir precisamente de noche, mona?
-Para que no nos vean, “mono”.
-Te lo pregunto en serio, Clara.
-Y yo te lo contesto en serio, “claro”. ¿O prefieres que mi tía te “descalifique” por utilizar “información privilegiada”?
-Bueno, bueno. No será para tanto. ¿Tú crees que en ese diario está la resolución del misterio?
-¿Quién sabe? Pero … si no te interesa …
-Sí, sí, sí, sí. Bonita. Que sí. Es sólo que no quiero hacerme ilusiones.
-Ah, majete. El que no se moja el culo … no consigue peces.
-Peces te daba yo a ti … sinvergüenza, mal hablada.

Como es de sobra conocido, unas piernas no son garantía de sensatez, pero arrastran lo suyo. De modo que Adrián se tuvo que meter en la boca del lobo para,  paradójicamente, encontrar algo de luz.

Fue una noche oscura, sin luna, de mediados de diciembre cuando llegaron a la puerta de la verja que daba al camino de acceso a la finca y que, como era de esperar, estaba cerrada.

-¿Tienes la llave? – preguntó Adrián a Clara.
-No –contestó Clara con tranquilidad – Pero conozco un atajo. Deja el coche ahí bajo ese árbol y saltamos la valla.
-¡Estás loca! ¡A ver si va a haber perros sueltos!
-¿Lo dices por ese cartel? ¡Tonterías! Es para asustar. No hay perros.
-¡Ay, madre! ¿Por qué me metería yo en estos berenjenales?

Bajaron del coche, que quedaba casi oculto desde la carretera, y treparon la valla pegados a la herrumbrosa y sucia puerta de hierro, ayudándose con sus barrotes y algunas piedras que sobresalían. Hacía frío y había caído una ligera nevada que dificultaba la operación. Clara saltó sin problemas, pero Adrián se enganchó en una de la puntas de la verja y se desgarró la cazadora, cayendo de lado y haciéndose daño en una rodilla al aterrizar.

-Pero mira que eres torpe – le dijo Clara en voz baja.
-¡Encima! ¡Maldita sea!
-¡Schhh, calla! ¿Quieres que nos oigan?
-¿Quiénes? ¿No decías que no había nadie? ¿Quién nos va a oír?
-Nunca se sabe – dijo Clara entre enigmática y divertida.
-Bueno … Te digo yo … - refunfuñó Adrián mientras se sacudía la cazadora y los pantalones lo mejor que podía, como si fueran a un baile.

Comenzaron a andar y avanzaron pegados a la valla alejándose del camino que transcurría en línea recta hacia la mansión que aún no se veía desde allí. A pesar de ser finales de otoño, el campo estaba lleno de ruidos nocturnos sin identificar que preocupaban a Adrián, aunque no decía nada para que no se burlara Clara de él. La valla les daba protección, orientación y cierta seguridad, pero llegados a un punto susurró Clara que era mejor empezar a dirigirse a la mansión campo a través.
Al principio todo iba bien excepto por una suave brisa helada que se levantó procedente de la sierra cercana. Caminaban al abrigo de las encinas hasta que llegaron a un claro ante el que Clara titubeó un momento.

-No sé. Esto no me suena. O nos hemos pasado o no hemos llegado al punto.
-¿Pero qué punto, si hemos torcido donde tú has dicho?
-¡Schh, calla! Deja que me concentre, hombre, no seas pesado. Sí, es por aquí, sólo hay que atravesar este descampado y desembocamos. Pasa tú primero.
-Pero ¿por qué yo?
-¿Tienes miedo?
-¿Miedo yo? Ahora verás – y diciéndolo echó a andar sin mirar siquiera por dónde pisaba, aunque poco habría visto de todos modos en una noche tan oscura.

Llevaba andados unos pasos cuando sintió que la tierra desaparecía bajo sus pies y cayó dando un grito ahogado por un chapoteo sospechoso.

-¡Ahhh, ¿qué es esto?, buff, buff, buff ¡Me he caído al agua!
-Calla, hombre, no armes tanto escándalo. Será algún trampal. El río está más lejos – le recriminaba Clara – Levántate. Seguro que no cubre. ¿Estás de pie? No veo nada.

Después de un tenso e interminable silencio se oyó la voz de Adrián balbucear, tiritando de frío:

-Sí, sí. Hago pie, hago pie. Me he levantado, pero estoy rodeado de agua, ¿no oyes? – y pisó fuerte para que Clara oyera el chapoteo que hacía – Vete hacia atrás. No entres en el trampal o río o laguna o lo que sea esto. ¡Maldita sea! ¡Encima no veo nada!
-Espera, espera. No te muevas. A ver si puedo encender un mechero.
-Date prisa, ¡jobar!, que noto cosas en los pies.
-Espera, espera. No te muevas. Serán yerbas. No te asustes.
-Si no me asusto, ¡hostias!, pero es que tengo mucho frío.
-Ven hacia aquí. Hacia aquí – dijo Clara mientras encendía un mechero – Y no digas tacos, hombre.
-Claro, claro. La señorita es muy fina. ¡Cómo se nota que no eres tú la que estás aquí en medio de este pantano … cenagoso!
-Calla, hombre, que te van a oír. ¿Ves la luz?
-¿Pero quién me va a oír, ¡cojones!? Sí la veo.
-Pues ¿quién va a ser?: los guardeses.
-¡Pero, ¿por qué no me has dicho que había guardeses?! ¡Y, sobre todo, ¿por qué no hemos llamado y entrado por la puerta, como todo el mundo?!
-Ay, cállate ya, hombre, y ven aquí, que eres un pesado.
-¡Encima soy yo el pesado! ¡Mira cómo me he puesto!
-Si no veo nada. Y baja la voz. Tendremos que rodear.
¡¿Más rodeos?! No, gracias. Yo me vuelvo a casita, que llueve, y me he puesto tibio.

En éstas estaban, cuando, además de empezar a caer una lluvia fina y fría, se oyeron ruidos a lo lejos, pero acercándose.

-¿Qué es eso?
-¿El qué?
-¡Pero, pero … si son perros que se acercan! … ¡Y toros!
-Pues claro – dijo Clara – Es una dehesa.
-¡¿Qué?! ¡Tu estás loca, tu estás como una cabra!

Retrocedieron hacia las encinas y, a toda prisa, se subieron a una. También se oían, cada vez más cerca, relinchos de caballos y voces humanas.
Primero llegaron los perros que aumentaron sus ladridos alrededor del árbol. Luego, varios hombres a caballo, se pararon al pie de la encina. Adrián tiritaba de arriba a bajo al tiempo que estornudaba y encubría su miedo y su cabreo con el trancazo que se había pillado.

-¡Bajaros d’ahí, rateros, que os vamos a dar una buena! ¡A quién se l’ocurre venir a tentar con este tiempo!
-Ramón, soy yo, Clara, la sobrina de doña Victoria.
-¡¿Cómo dices, rufián?! ¡No oigo nada con los perros!
-Jefe, parece la voz de una chica – dijo uno de los hombres a quien dirigía la partida.
-¡Bueno! ¡No me extraña! ¡He oído que ahora vienen tías con ellos! ¡Es igual! ¡Baja que te vamos a dar pa’ ir tirando!
-¡Ramón! ¡Que soy yo, Clara!
-¡¿Cómo?! No oigo nada, ¡coño! ¡Que se callen esos perros, ¡coño!, que no me entero!
-¡Ramón, cojones, que soy Clara!
-¡¿Claro?!, ¡¿qué claro, ni qué oscuro si no se ve ni torta?!
-Dice que se llama Clara, don Ramón.
-¡¿Clara?¡, ¡¿quién es Clara?! ¡Ah, Clara! Sí ¡¿La’béis “secuestrao”, cabrones?! ¡¿Dónde está?! ¡Dime dónde la tenéis, qu’os mato aquí mismo, ¿eh?!
-¡Ramón, joder! ¡Que soy yo, Clara!, ¡Que Clara soy yo, cojones!
-¡¿Qué tú eres Clara?! (No se ve na’) ¡¿Qué usted es Clara?! ¡¿La señorita Clara?!
-¡Que sí, Ramón, que soy yo, hombre, bájanos de aquí y te lo cuento!
-¡Paco, coño!, ¡Baja del caballo y ayúdalos a bajar! ¡Pero “cuidao”, “qu’osestoy” apuntando con una escopeta y como sea una trampa, os descerrajo, ¿eh?!
-¡Que no, Ramón, que soy Clara, hombre, no seas burro!
-¡¿Y quién viene conti … con “usté”?!
-Mi novio.
-¡¿Su quéee?!
-¡Mi novio, cojones!
-¡¿Su novio?! Jodía mocosa.
-¡Sí, Ramón, hombre, deja ya de pegar esos gritos! ¡Y dame dos mantas, que luego te cuento!

Le pusieron las dos mantas a Adrián por encima y le auparon a la grupa de un  caballo, detrás de uno de los jinetes. Tuvo que sujetarse bien a él, mientras estornudaba, porque en la arrancada por poco va al suelo. Después de un buen rato de traqueteo infernal llegaron al caserón que era más grande y menos destartalado de lo que Adrián había creído.
Les descabalgaron toscamente y les llevaron a la cocina. Avivaron el fuego y varias criadas, alertadas por el jaleo, saludaron a Clara y prepararon café y tostadas mientras miraban de reojo a Adrián y cuchicheaban por lo bajo.
Trajeron ropas secas para Adrián que se secó y se cambió en un baño y volvió a la enorme cocina al pie de la lumbre a seguir tiritando y a tomarse el café con tostadas. Clara, dueña de la situación, en un aparte hablaba entre susurros con Ramón, el capataz de la dehesa de su tía.
Adrián aún no lo sabía, pero con cada nuevo tiritón frente a la chimenea, su amor por Clara se empezaba a resquebrajar.

Down, down. Down, down. The star is screaming.
Beneath the lies. Lie, lie. Tschay, tschay, tschay.
Careful, careful, careful with that axe, Eugene.
The stars are screaming loud.
Tsch.
Tsch.
Tsch.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

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12/03/2007 01:16 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 4 comentarios.

Envuelto para regalo (V).

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House Sherlock Holmes


Cinco.

(Querida Sherlock Holmes).


Años después, mientras trataba de descifrar los documentos de la familia de Clara, recordaría Adrián aquella tarde en la clínica con una leve sonrisa de nostalgia en los labios y la pluma que le regaló la muchacha entre los dedos. Pero debía concentrarse en su trabajo, de modo que, dejando a un lado los recuerdos, siguió intentando montar el rompecabezas que tenía delante de sus narices … sin que, de momento, consiguiera avanzar apenas nada.
Lo primero que había descubierto era que los antiguos tenían una ortografía pésima bajo una caligrafía preciosista en la que apenas se entendía nada. Lo segundo era que los papeles aguantaban fatal el paso del tiempo y la acción de la humedad y de los invertebrados. Lo tercero fue constatar, después de ojear muy por encima el contenido de aquél mamotreto, que no entendía ni jota. Y, por último, cayó en la cuenta de que todos los papelotes estaban cronológicamente descolocados, lo que significaba que habían sido revueltos a propósito o leídos por mucha gente a lo largo de los años o que se habían precipitado al vacío desde una estantería y fueron recogidos a boleo, porque su simple acumulación por orden de caída, habría traído como consecuencia un resultado bastante aceptable.
De modo que empezó haciendo dos montones y luego clasificó por su fecha a los que contenían tal detalle dejando para más adelante la labor de intercalar los que carecían del mismo en función de su contenido. Esto le llevó media semana. Entonces, entre estornudos de alergia, inició la lectura pormenorizada de cada uno de ellos anotando en un cuaderno de anillas lo que le iba llamando la atención: nombres de personas, referencias y alusiones, nombres de fincas, vicisitudes familiares …
No consiguió gran cosa salvo dolores de cabeza, congestiones nasales, picor de ojos y conjuntivitis. Se le ocurrió preguntar a Clara por lo que ella conocía de la historia de su familia y lo apuntó todo, pero no parecía mucho. Entonces, le preguntó si sabía de alguien aún vivo que supiera algo que arrojara algo de luz sobre aquellas tinieblas. Ella se puso a cavilar y a cavilar, adoptando caras raras e interesantes mientras paseaba entorno a Adrián y, al cabo de un buen rato, dijo en tono misterioso:

-Hay alguien … pero no está vivo.
-Entonces no nos sirve.
-Sí. Sí que nos sirve.
-¿Y eso?
-Porque es un libro.
-¿Un libro?
-Un diario, para ser exactos.
-¿¡!?
-El diario de Holmes. Sherlock Holmes.
-¡Me estás vacilando! ¡Te burlas de mí!
-No, querido grumetillo. Si me dejaras terminar, o más bien empezar, la historia, podrías enterarte de lo que quiero decir.
-Vale.
-Pues bien – carraspeó divertida – Érase una vez … el aya de mi tía …
-¿Tu tía Victoria, la condesa?
-¿Me vas a dejar seguir o me vas a seguir interrumpiendo?
-Disculpa. Sigue … por favor.
-Eso está mejor. Como te decía … Érase una vez el aya de mi tía a quien yo llamaba … Sherlock Holmes. Sherlock era, cuando yo la conocí, una abuelita maravillosa, que mandaba más que mi tía, que dirigía ella solita todo el tinglado y que se pegaba unos lingotazos de Anís del Mono que temblaba el misterio, pero que la mantenían, por alguna razón desconocida y, sin duda, reprobable, con una lucidez a prueba de bombas. De pequeña, me contaba unos cuentos inventados, basados en un refrito de todos los clásicos juveniles, con su voz de trueno (y de agua ardiente), que me mantenían tiritando hasta media noche. Allí aprendí que había un tesoro en una isla a la que unos aventureros llegaron en globo y otros en submarino, después de dar la vuelta al mundo y viajar al centro de la tierra; uno de ellos era detective y descubría a Tintín y al monstruo del Lago Ness; también iban al castillo de un vampiro, se refugiaban en un bosque robando a los ricos para dárselo a los pobres, destronaban a un rey malo, despertaban a una princesa, bailaban con ella y se comían a tres cerditos amigos de la abuela de un lobo. O algo así. Luego, con un guiño, me ponía unas gotas de colonia en la frente y, dejando la lámpara de la mesita encendida, como al descuido, entornaba la puerta de mi habitación y se iba a la suya a roncar. Le puse Sherlock Holmes porque también fumaba en pipa. Sherlock, tenía un diario donde iba anotando, desde niña, todos y cada uno de los acontecimientos de la familia. Y yo sé dónde está. Punto.
-¿Y?
-¿Cómo que … “¿Y?”?
-¿Que qué quieres a cambio?
-¡Ay, grumetillo, grumetillo! Veo que espabilas rápido. Aunque … eres inteligente, pero … aún no eres listo … Porque la pregunta no es “qué quiero a cambio”, sino “qué estás dispuesto a hacer”.
-¿Por?
-Porque hay que ir de noche al desván de tu futura mansión a por el diario del aya de mi tía: el diario de Sherlock Holmes, guapito.
-¿Y por qué de noche?

(Continuará ...)

Javier Auserd.

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09/03/2007 19:29 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos No hay comentarios. Comentar.

Envuelto para regalo (IV).

20070306221748-contrastes.gif

http://www.desarrolloweb.com/articulos/1509.php

Cuatro.
(Contraste de pareceres).


-Hola – dijo Clara, sonriendo.
-Hola – respondió Adrián, tratando de aparentar normalidad y adoptando un tono mundano - ¿Cómo tú por aquí, se te ha roto el coche?
-Pues, ya ves. No, no tengo el coche estropeado. Es que me apetecía venir dando un paseo con el día tan maravilloso que hace.
-Ah, … Sí, sí, hace un día muy bueno, muy bueno … Eee … Las tardes ya son más largas y da gusto pasear. Mm … aunque a mí me gusta más … quiero decir, me gusta más el … el otoño.
-¡¿El otoño?! – exclamó Clara, repentinamente seria - ¿Estás loco? ¿Cómo te puede gustar el otoño?
-Pues … sí. Me gusta el otoño.
- ¿La lluvia, el frío, el viento, la oscuridad? ¡Qué tristeza! -  casi gritó Clara, desdeñosa – ¡Pues a mí me gusta la vida!
- A mí también me gusta la vida … No veo qué tiene que ver … - balbuceó Adrián.
-¿Qué no tiene que ver? ¿Gustándote el otoño, te gusta la vida? ¡El otoño! ¡Esa estación tan asquerosa y decadente! ¡Pues vaya! ¡Te creí un tipo más interesante!
- ¿Un tipo? ¿Qué me creíste un tipo? Mira, niña, ¿sabes lo que te digo?: que te quedes con tu estúpida y … cursi primavera y … sobre todo … quédate con tus “tipos interesantes” y … sobre todo … déjame en paz, ¿quieres?
-¿Será posible? – respondió Clara – Claro que me está bien empleado por rebajarme a hablar con semejante … mamarracho. Un borde de mierda al que sólo le gusta el otoño porque es un imbécil incapaz de apreciar la alegría de vivir. ¡No me extraña que te guste el otoño, eres un muermo! ¡No sé cómo he podido siquiera mirarte a la cara. ¡Ahí te quedas, idiota! – y, dicho esto, pasó por encima de Adrián, como un ciclón, sin darle apenas tiempo para apartarse, yendo hacia la salida, dejando al muchacho más corrido que una mona, con todo el autobús pendiente de él, mirándole entre risas y burlas como si fuera un bicho raro.

Pasaron por encima de Adrián las piernas de Clara, aquellas perfectas esculturas de carne y hueso, ni gordas ni flacas, en su punto exacto de finura y estilo, en su punto exacto de esplendor. Terminaba así el primer encuentro entre Clara y Adrián. Un encuentro que podría denominarse mejor como encontronazo. Pero en el ánimo de Adrián, pesaba más el recuerdo de aquellas piernas halladas y perdidas en la radiante tarde de primavera, que la humillación inmerecida e injusta a que se había visto sometido. Aunque, claro está, no pensaba arrastrarse tras ella como si fuera un perrito faldero, ¡hasta ahí podíamos llegar! No lo había hecho nunca con nadie y no lo iba a empezar a hacer ahora por muy bonitas que tuviera las piernas, el cuerpo y la cara esa maldita niñata de las narices.

Como es lógico, estaban decididos a no volverse a mirar a los ojos en lo poco que quedaba de curso. Es más, estaban decididos a no volverse a ver en todo lo que les quedara de vida. Se esquivaron con imaginación y con locura, poniendo exquisito empeño y cuidado en ello. Pero fue inútil, porque ninguno de los dos imaginaba las consecuencias del escándalo que acababan de desencadenar. Pronto se convirtieron en la comidilla de la clase, en el centro de todos los comentarios, porque varios compañeros habían presenciado el incidente del autobús y, llevados de un aire festivo y jaranero, los unos apoyaban mayoritariamente a Clara y las chicas a Adrián, de manera que se formaron dos bloques antagonistas e irreconciliables: las partidarias del otoño con su romántica carga de ensoñadora nostalgia y los amantes de la explosiva y vitalista primavera, que era tanto como declararse simpatizantes de la chica y pretendientes a su sonrisa y quién sabía si a algo más, andando el tiempo. Se crearon, incluso, comités de acción, como en las mejores épocas de la lucha universitaria, que editaron panfletos y manifiestos, elaboraron encuestas y extendieron la polémica al resto de los cursos y Facultades.
Las chicas eran las más lanzadas y activas y fueron las primeras en poner en marcha la lúdica movida. Hicieron pintadas y colgaron pancartas en las que se podía leer: “Viva el otoño” o “La primavera es un invento del capital para jodernos con exámenes” o “En primavera te cagan los pardillos” o “El otoño al poder” o “La primavera y los grajos, que se vayan al carajo”. Y llegaron a promover un conato de manifestación compuesta por una treintena de exaltadas veinteañeras que bajaron con una sábana desplegada, gritando consignas a favor de las virtudes del plácido otoño, sin alergias ni suspensos, desde Moncloa al Arco del Triunfo, donde fueron interceptadas y disuelta por la dotación de una furgoneta de atónitos policías que no sabían bien si se trataba del rodaje de una película, entre los pitidos de los sorprendidos y enfadados automovilistas y los comentarios de los transeúntes que presenciaban la escena.

-¡Qué barbaridad! ¡A dónde estamos llegando!
-Estos grandes almacenes ya no saben qué inventar para anunciarse.
-¡Habría que poner coto a estos desmanes!
-¡Pero, hombre, seguro que es un anuncio de la tele!
-¡La culpa es del gobierno, que tolera estas alteraciones del orden público!
-¡Si es que la juventud está desquiciada con tanta droga y tanta delincuencia!
-¡Pero, señora, si no hubiera tanto paro no ocurrirían estas cosas!
-¡La culpa es de la banca y de la patronal! ¡Que inviertan los beneficios en puestos de trabajo y dejen de forrarse ellos, verás cómo no ocurre esto!
-¡Si es que no sé a dónde vamos a parar con tanta libertad como hay hoy en día!
-¡Pero ¿qué libertad ni qué niño muerto, señor mío?! ¡Lo que pasa es que es usted un facha de mierda, hombre!
-¡¿Yo un facha, yo un facha?! … ¡Y tú un rojo, más que rojo, comunista, bolchevique! ¡Si el Caudillo viviera todavía, a buenas horas ibas tú a estar vivo! ¡Ni tú, ni toda esa gentuza de alborotadores marxistas! ¡Ni tú, ni esta mierda de gobierno socialista! ¡Rojos al paredón! ¡Arriba España!
-¡Es una vergüenza! ¡Con Franco no pasaba nada de esto! ¡Es una vergüenza!

No concluyeron aquí los incidentes. Se plantearon asambleas, ante las perplejas barbas de penenes y adjuntos que no sabían bien si iban a asistir a un pase de modelos, a alguna inusitada conferencia de corte postmoderno o a una “performance”. Y ocurrió que, en el calor de la discusión, se produjeron graves altercados, se dijeron cosas fuertes, hubo insultos, amenazas, ataques personales y estuvieron a punto de agredir a Clara. Pero lo peor fue que, a la salida del combate de boxeo, un comando primaveral de los “camisas claras”, como llamaba Adrián a los partidarios de la muchacha, le propinaron una paliza que estuvo a punto de tener consecuencias más graves. Todos estos hechos y la inminencia de los exámenes finales, cortaron de raíz lo que había empezado siendo una estúpida y trivial discusión de autobús y terminó como el rosario de la aurora.

En su habitación de la clínica, Adrián, vendado y dolorido, se preguntaba cómo era posible que las cosas hubieran degenerado hasta tales extremos. Cómo era posible que la insensatez humana pudiera desembocar en situaciones límite tan absurdas y denigrantes como aquella y, sobre todo, cómo era posible que le tocara siempre a él pagar el pato y haber estado a punto, como decía Adrián con trágica convicción, de irse al otro barrio. No cabía la menor duda, visto lo visto, de que los dioses le tenían manía.
Ensimismado en estas y otras reflexiones parecidas, no oyó que tocaron en la puerta y entraron. Era su amigo Javier, que venía a verle.

-Hola, chaval, ¿cómo va eso? Tienes mejor cara, ¿eh?
-¿Tú crees? Pues sigo hecho una mierda.
-Vamos, hombre, anímate. No te dejes hundir en la miseria.
-Es que no paro de darle vueltas al asunto. Estoy deprimido y creo que lo mejor sería liar el petate y salir de una santa vez de esta maldita vida que no deja de putearme.
-Tienes que dejar de pensar eso, Adrián. Cuando te obsesionas te pones trágico y cuando te pones trágico no sabes qué hacer con tu vida. Déjate sorprender por tu vida.
-Tú vas para cura, tron. Hablas de mi vida como si fuera el vigilante que me han asignado los dioses.
-Llámalo como quieras, pero no te obsesiones.
-Entonces, ¿qué sugieres?
-Pues eso: que vivas. Déjate llevar. No intentes cambiar las cosas que no puedes cambiar. Limítate a vivir sin preocuparte de lo que te gustaría o no te gustaría hacer o conseguir en cada momento. Porque si te obsesionas en eso, te escindes, te dispersas y no haces nada positivo y te hundes y te da por pensar cosas raras.
-Ya, ya. Eso está muy bien, pero ¿cómo hago para no obsesionarme?, ¿eh?, ¿me lo quieres decir? ¿Cómo tengo que hacer para no obsesionarme? Eso es lo que más me desquicia, que no sé lo que hacer para dejar de obsesionarme.
-¿Lo ves? Es inútil. Ahora te obsesiona no obsesionarte.
-¡Oh, cielos! Entonces estoy perdido. Ahora no sólo tengo que dejar de obsesionarme, sino que además tengo que dejar de obsesionarme con dejar de obsesionarme. ¿No es eso?
-Veo que, al fin, has comprendido – dijo Javier, visiblemente desesperado, y se marchó dando un portazo con la íntima convicción de que su amigo Adrián le había vuelto a tomar el pelo. Era señal de que iba mejor.

Acababa de irse su amigo, cuando alguien volvió a llamar a la puerta de la habitación.
-¡Entra, pesado, qué te has olvidado! – dijo Adrián.
-¿Puedo pasar? – dijo una vocecita temblorosa, al tiempo que asomaba su cabeza por la puerta entreabierta.
Era Clara. Adrián, al verla, dio un respingo y un brusco movimiento de retroceso, golpeándose contra la cabecera de la cama, lo que le produjo un gesto de dolor.
Clara, al verle, avanzó hacia él exclamando condolida:
-¡Oh, lo siento!
-¿Que “sientes”?, ¿el qué? ¿Qué no me hayan matado tus gorilas?
-No son mis gorilas y además … Además, vengo en son de paz – dijo Clara dulcificando su expresión todo lo que pudo.
-Con que “en son de paz”, ¿eh? ¡Y por poco me desnucas del susto!
-No era mi intención asustarte, Adrián. He venido a … a pedirte disculpas.
-Está bien. Está bien, acepto tus disculpas. Y ahora, por favor, déjame que termine de recuperarme del todo, ¿vale?
-Pero, ¿no me guardas rencor? Dime que no me guardas rencor, ¿eh?
-Sí. No te guardo rencor. No te preocupes. Anda, vete tranquila. Pero lárgate ya. A ver si se me va pasando el dolor.
-Es que … he venido también a traerte algo. Toma. No sabía qué regalarte. No sé si te va a gustar. Como apenas nos … conocemos …
-Es … muy bonito. Sí, muy bonito. Me gusta mucho, de verdad. Hasta luego.
-¡Pero, si no lo has abierto!
-Ya. Pero me gustará, te lo aseguro.
-Ábrelo, por favor. No me iré de aquí hasta que no lo hayas visto.
-Está bien. Tú ganas, como siempre. A ver qué es esto …
Adrián abrió el pequeño paquete y encontró una agenda de piel y una estilográfica negra con plumín de oro. Se quedó parado, estupefacto por la sorpresa y se puso a pasar las hojas de la agenda, retrasando el momento de enfrentarse a los ojos de Clara en los que empezaba a dibujarse una sonrisa.
-¿Te gusta? – comentó suavemente.
-Sí, pero … – respondió, al fin, Adrián, mirándola desconcertado – No debías haberme hecho este regalo. En realidad, no debías haberme hecho ningún regalo. No fue … culpa tuya.
-Sí que fue culpa mía, por testaruda y caprichosa, irresponsable y … estúpida.
-Bueno, bueno, deja de ponerte verde a ti misma. No es para tanto.
-¡¿Qué no es para tanto?! ¡Mira cómo te han puesto gracias a mi … maldito carácter, a mi falta de … tacto y …
-Vale ya, Clara. Yo también he tenido mi parte de responsabilidad en el asunto, ¿no te parece?
-Pues ahora que lo dices … Porque si no hubieras encendido los ánimos hasta ese punto. Si no hubieras caldeado el ambiente. Si te hubieras retirado a tiempo en lugar de …
-Oye, oye, ¿qué me estás diciendo? En primer lugar, fuiste tú la que caldeó los ánimos. Fuiste tú la que encendió el ambiente. Y fuiste tú la que debió retirarse de la provocación y la violencia troglodita que …
En ese momento, un fuerte tirón en los puntos de la cara le impidió seguir hablando, al tiempo que se contraía en otro gesto de dolor.
-Está bien – dijo entonces Clara – No te alteres. No discutamos más. Los dos tenemos culpa. Pero vamos a dejar el tema, ¿eh? Ahora … tengo que irme. Mañana vuelvo, ¿eh?, a ver cómo sigues.
Y, levantándose del borde de la cama, donde se había sentado, le dio un beso en la frente, saliendo luego como una exhalación del cuarto, dejando en el aire el fresco aroma de una colonia de baño y la fugaz imagen de sus piernas de infarto.
Así se cerraba el primero de los encuentros civilizados entre ambos tras los incidentes, comienzo de unas relaciones que supondrían un giro total en la, hasta entonces, monótona vida de Adrián y en la, por el contrario, en exceso divertida vida de Clara.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

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06/03/2007 22:13 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 2 comentarios.

Envuelto para regalo (III).

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Palacio de la Magdalena (Santander). Cosecha propia.


Tres.

(Analepsis o flashback).


Apenas habían transcurrido unos segundos prudenciales desde que se quedara solo en el despacho, cuando Adrián se incorporó de la butaca y recogió de la parte derecha de la mesa unos cuantos folios en blanco con membrete. Los dobló cuidadosa y lentamente, tratando de controlar los golpetazos de sangre sobre las frágiles paredes de sus sienes, y se los guardó lo mejor que pudo en un bolsillo de la chaqueta con el tiempo justo de acomodarse de nuevo en el sillón y poner la cara de aburrimiento del que no ha roto un plato en su vida. En ese mismo momento se abría la puerta del despacho y entraba don Pascual con una carpeta voluminosa y polvorienta entre las manos. Era una de aquellas carpetas antiguas con cordoncitos de colores, que presentaba un aspecto deshilachado y mugriento como si hubiera sido utilizada en numerosas ocasiones a través de los siglos y de los avatares de la historia privada de la familia.

-Aquí tiene usted, don Adrián – le dijo el viejo abogado, tendiéndole el destartalado carpetoncio lleno de papelotes amarillos y ocres roídos en unos bordes sucios y desiguales que pugnaban por salir de su encierro – Aquí está todo. Yo hubiera querido preservar del tiempo y de la naturaleza todos estos documentos y otros muchos que me fueron confiados a lo largo de mi dilatada vida profesional, pero … el exiguo presupuesto de la Fundación para estos y tantos otros menesteres, apenas si alcanza para algo más que su desordenado almacenamiento en los sótanos del edificio, presentando en todos los casos tan lamentable e indecoroso aspecto. Confío, no obstante, en que pueda usted desarrollar la digna labor que le ha sido encomendada por su excelencia, la señora condesa de Tresaguas, a quien Dios guarde muchos años entre nosotros, manteniéndole intactas las tan altas y acrisoladas virtudes que siempre le han caracterizado, convirtiéndole a nuestros humildes y mortales ojos en uno de los pilares fundamentales donde descansa la flor y nata de la aristocracia española para gloria y ejemplo de las generaciones venideras en este período de caos y confusiones sin cuento que nos ha tocado en suerte, aunque yo me atrevería a decir que, más bien, en desgracia, vivir. Pero no le entretengo más, don Adrián. Transmítale usted a la excelentísima señora condesa el testimonio más sincero y enaltecido de mi consideración y respeto y póngame a sus pies para …
-Así lo haré, don Pascual. Así lo haré. Pierda usted cuidado – interrumpió Adrián la interminable perorata del anciano abogado al tiempo que, incorporándose de su asiento, estrechaba su temblorosa mano en un rápido gesto de apresurada despedida.

Una vez en la calle, suspiró aliviado respirando hondo su dosis personal de contaminación para sentirse de nuevo un animal urbano en todo su apogeo y especialmente libre del rancio abolengo de aquellos muebles carcomidos y papeles decrépitos, del mal aliento vital y de los cuellos almidonados, del agobio de las estanterías hasta el techo y de las recargadas lámparas de bronce y filigranas chinas con motivos hindúes, de los atosigantes y estremecedores cuadros negros del siglo XVI de estilo cartujano donde todo eran frailes y santas de rostros severos y tenebrosos apenas distinguibles en la penumbra infrahumana de hábitos macabros y fondos oscuros. Y cuando se hubo sacudido, por fin, toda aquella carga de ancestrales fantasmas de los que ya no dan miedo sino profunda y entristecida misericordia, echó a andar sobre la capa de asfalto decimonónico renovado en busca del homicida salvador del honor de una de las más nobles familias de Castilla, al que debería descubrir a través de los papeles que le palpitaban bajo el brazo para hacerse acreedor a una finca enorme y a una mansión destartalada con las que la anciana condesa, tía de Clara, premiaría el resultado final de sus averiguaciones.

Antes de acostarse con Clara, Adrián aprovechaba sus ratos libres para pensar en ella como si cualquier maldito niñato bien nacido  se la fuera a desgastar con la mirada. Aprovechaba incluso las siestas de las vacaciones para imaginarla entre sus brazos en una jungla esplendorosa de palmeras azules y manglares gigantescos, de ríos violetas y nenúfares sepias, anaranjados, castaños y amarillos contra el violento resplandor de un cielo verde esmeralda enrojecido hacia los bordes colindantes con unas colinas pardas coronadas por unas nieves perpetuas de color azafrán. Era como el rito enfermizo de un desesperado mamífero de clase baja, con estudios medios, jugando, sin fortuna y sin acierto, a conseguir alguna fama relativa más que a ascender por la resbaladiza y confusa escala social, a despecho de no haber contado con los suficientes recursos económicos que le hubieran permitido evadirse de otra forma más práctica y gratificante que la que se veía obligado a adoptar. Era la evasión más aburrida, pobre y solitaria que conocía y que le impedía encontrar otra salida verdaderamente activa o terapéutica. Por eso se dejó atrapar por Clara. Con cuidado, para que no se notara mucho su interés por ella, pero siguiendo de cerca los sutiles movimientos depredadores de la muchacha, fue dejándose arrinconar hacia su trampa. Y, aunque con algún que otro percance, por primera vez en su vida, le salió bien la jugada.

 

Era una tarde radiante de principios de mayo en la Ciudad Universitaria. Hacía calor y, por las sucias ventanillas del autobús, se distinguían los momentáneamente verdes prados del campus como agradable alfombra de los frondosos árboles de la avenida principal, de los caminos laterales y de los jardines frente a las entradas de las Facultades. Adrián iba sentado ojeando distraído una revista cuando, ante él, se pararon dos piernas deliciosas enfundadas en unas medias oscuras que terminaban en una falda corta vaquera por donde continuaba un cuerpo de locura rematado en una blusa blanca con  sonrisa de infarto, ojos burlones y una melena de pelo lacio encima. Era Clara.

Como era de esperar, a Adrián se le cayó la revista al suelo y, tras un intenso y desesperante carraspeo, consiguió tartamudear algunas palabras incoherentes. El asiento de al lado estaba vacío. Se levantó, dejando paso a la muchacha, mientras trataba, inútilmente, de controlar los nervios que le corrían por la cara en forma de abundantes goterones de sudor repentino e incontenible. Una bocanada de bochorno insoportable invadía su rostro impidiéndole respirar y produciendo un océano de flemas en su tímida y frágil atragantada garganta. Ella, en cambio, sonreía con malicia saboreando el espectáculo, derrochando gracia, manejando aplomo, dominando la situación con desparpajo como si así se vengara de tantos esquinazos con que aquél mequetrefe de tres al cuarto le había obsequiado a lo largo del curso que ahora terminaba.
Cuando, por fin, ambos se hubieron instalado en los asientos, equilibrando con sus cuerpos los tirones y traqueteos del autobús; cuando, por fin, él se hubo guarreado la frente de pasarse las manos, varias veces, intentando secar el ataque de sudor y se hubo aclarado la voz lo mejor que pudo; cuando, por fin, recogió la revista e intentaba dominar los nervios que ahora se le presentaban en forma de gases acumulados de repente en los intestinos, comenzaron a hablar.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

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05/03/2007 00:48 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 5 comentarios.

Envuelto para regalo (II).

20070304161709-lastrampas.jpg

Robert Daughters. Las Trampas II. Ed.260s/n. 25x32. Serigraph (handpulled, 32 colors).
http://www.waldenfineart.com/cgi-bin/csgallery/index.cgi?command=mi&id=514&ccat=5


Dos.

(La realidad está llena de trampas).


No sabía en qué momento exacto de su complejo relato empezaban a fallar las cosas. Puede que fuera en el segundo capítulo, después de la descripción de la amante de Paco, cuando se embarcó en un farragoso recorrido por el Madrid del setenta y cinco donde mezclaba sus propias experiencias con la historia de un chico como él que escribía sobre otro chico como él que se escapaba a una isla del Caribe harto de una vida tan actualmente anodina, pero cargada de problemitas, como la de los tres chicos juntos.
Confundía, por ejemplo, la noche aquella en que el Loco le había perseguido escaleras abajo blandiendo un hacha y gritando como un poseso que iba a matarle, con la bronca de Paco con José Ramón o con la trifulca de Ernesto con el pintor que refugiaba a un narcotraficante durante unos días y le acusaron una noche entre los dos de ser un maldito comunista clandestino que no le contaba nada de sus misteriosas andanzas por las callejuelas de los últimos estertores de la dictadura.
Se le ocurrió meterse en esos berenjenales en parte porque le obsesionaba hacía tiempo la idea de contar sus aventuras de forma encubierta, en parte porque se llevaban las crónicas urbanas. Pero lo suyo era divagar por las alturas inconcretas haciendo filigranas barrocas en el aire, volar a ras de cielo por los inmensos salones del limbo o en las naves inconmensurables de las catedrales góticas, aunque también lo suyo era danzar sobre las tumbas de los mausoleos familiares o hacer los más extraños reportajes sobre el sexo confuso de los ángeles o discurrir el modo más sencillo de conjurar la mala suerte contra los amores enloquecedoramente imposibles por muy poco.

Su recuerdo más nítido era el de un niño de tres años, recién cumplidos, desamparado en lo alto de la escalinata del colegio tras su primer día de clase, con un babi más grande que él mismo, con unos calcetines blancos, unas sandalias diminutas, una enorme cartera cargada de cuadernos, con el peso infinito del porvenir a cuestas, con un plumier desvalijado por compañeros más pícaros y expertos, mirando a la vida desde allí, mirando el vértigo insoportable del frío sol de otoño sobre su cabecita atormentada de perdedor nato, mirando el futuro presentido como un castigo, sintiendo las lágrimas que le ahogaban la garganta infantil, la rasposa impotencia entre las tripas por la pura pena negra de estar en un mundo constantemente incomprensible y amargo. Ya entonces se había sentido solo, extranjero en la vida, acorralado. “Llévame contigo, padre” – pensaba treinta años después – “A algún sitio donde no me roben el plumier o donde sepa partirles la cara. Un sitio donde no me sienta tan solo. Llévame a pasear por los jardines del cielo de tu mano. Porque me viene grande esta mierda, papá y no puedo con ella. No puedo más”.

Se acabó el tiempo de las rosas en nuestros corazones, incluso aún en el caso de que nunca hubiera existido. Se acabaron las cosas que nos emocionaban: las películas de indios en los cines de verano, las pipas, los amigos, Charito y Margui, Merche y Angelines. Se acabaron el guá, los cromos, la peonza, las chapas, el rescate, el escondite … Se acabó la olla, el tula, el bote botero y el pan y quesillo. Hubo un tiempo hermoso y claro en el que todo era flamante, nuevo, limpio; en el que olores y sabores eran puros y disfrutábamos del aire y de las amapolas, de la calle, del sol, del parque, de Luisa y de los amigotes. Y se acabó todo de golpe el otro día, mientras compraba un paquete de tabaco en el quiosco de la esquina. De pronto se dio cuenta de que el cielo era más gris, aunque estaba despejado, y de que los colores habían desteñido hasta quedarse en aquella parodia de verdes inertes y rojos inmaduros. Se dio cuenta, entonces, de que la vida le había pasado por encima como una apisonadora justo en el momento en que más necesitaba de toda la ternura. Quiso gritar en medio del tráfico inhumano. Quiso decir que aquello no valía, que casi todos estaban haciendo trampa y así no había forma de esconderse. Pero le rodeó una estampida inoportuna procedente de la boca de metro más cercana en tanto que un golpe brutal de salida escolar le engullía para siempre en las más negras aguas urbanas del anonimato. Tuvo que agachar la cabeza y adaptarse al paso cotidiano de la gente, ceder, como siempre había tenido que hacer al final y resignarse a una evidencia humillante: había cogido la realidadlitis y no había que darle más vueltas.

Por eso decidió hacerse periodista. Todas las tardes, al salir del trabajo, iba a la facultad y se sentaba en los bancos polvorientos, con olor a carcoma, donde algún fatigado vejete desgranaba su monótona retahíla acerca de los recovecos del lenguaje o de las técnicas de composición de un artículo rápido. Y así, año tras año, esfuerzo tras esfuerzo, aprendió la versión actualizada y moderna de uno de los oficios más antiguos y desprestigiados del mundo: el del cotilla que hace preguntas sin sentido sobre temas sin importancia para que otros, mucho más listos, lo vendan como la más interesante historia jamás contada.
Fue allí donde conoció a Clara. Se sentaba unos bancos más abajo y la lacia melena rubia de la muchacha, permanentemente inquieta y juguetona, atrapó su atención desde el primer momento. Pero el ejército de moscardones que desplazaba Clara a su alrededor de un lado para otro, le hizo desistir de abordarla como habría sido su propósito, sumiéndole en el mismo hermético aislamiento que le perseguía desde niño en situaciones semejantes. Era demasiado bonita para él, demasiado simpática, arrolladora y desenvuelta pero, sobre todo, vivía en otro planeta. Y la vida, en cambio, le pesaba a Adrián como una losa, probablemente – pensaba a veces – porque era su primera encarnación. Le había tocado empezar desde cero (o quizás desde menos veinte) y no tenía memoria de experiencias anteriores. Además, la melancolía era un componente demasiado fuerte de su personalidad y, ante cualquier agresión externa, reaccionaba, por instinto, como una tortuga. Refugiado en sí mismo, segregaba una depresión pegajosa y molesta que le embotaba los gestos como una maldición. Sin embargo, esta vez, la chica se fijó en él precisamente por eso: no podía consentir que nadie dejara de bailar al son que ella tocaba.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

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04/03/2007 16:17 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 2 comentarios.

Envuelto para regalo (I).

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Paul Klee. Southern Gardens.
1.936. Oil on paper, mounted on cardboard, 10 3/8 x 12 1/4 in; Collection Norman Granz, Geneva. (1011x854 pixeles, 224Kb.)
http://www.sai.msu.su/wm/paint/auth/klee/


Uno.

("vanitas vanitates et omnia vanitas" Eclesiastés, 1.2).

Antes de morir, la vieja condesa de Tresaguas había dejado escrito que su finca de Pradoverde, con la enorme y destartalada mansión del marquesado de Montejo, pasaran íntegras al último amante de su sobrina Clara.
Fue una lluviosa y fría tarde de mediados de noviembre tomando el té en su casa de campo de las afueras de Sigüenza, cuando la condesa, intuitiva e imprevisible, había decidido dejar una de sus propiedades a aquel treintañero triste y distante que merendaba frente a ella con la misma sensación de abandono ante la vida que su primer marido, el marqués de Arnedo.
No importaba que el muchacho fuera un perfecto don nadie, sino el hecho de que hubiera sido elegido por Clara. Porque la condesa se fiaba de Clara, veía por los ojos de Clara, oía a través suyo, pensaba y respiraba por sus más íntimos misterios; era, a todas luces, su favorita. Por eso miró al joven, que mojaba frente a ella las pastas en el té, con el cuidado exquisito que ponía cada vez que alguna idea extravagante comenzaba a rondar sus ancianas malicias. Le miraba y le miraba como si no fuese la única vez que le viera. Como si ante sus ojos, cansados y marchitos, se estuviera produciendo el increíble milagro de una aparición. Tenía su mismo pelo negro y ondulado, su misma nariz pequeña, su misma barbilla pensativa, su frente soñadora ... pero, sobre todo, tenía la misma profundidad en la mirada: una mirada penetrante, una mirada que desnudaba el alma sin misericordia. La incómoda y enigmática mirada de quien ha descubierto, por casualidad, alguno de los misterios insondables de la vida y está pagando por ello.
Cuando volvían hacia Madrid arreciaba la lluvia. Clara, a su lado, fumaba en silencio mientras iban desgranando las gotas de la nube una monótona cortina de agua gris sobre el parabrisas.


-¿Qué te ha parecido mi tía?- preguntó Clara, de pronto.
-Muy interesante.
-¿Sólo interesante?
-Y encantadora. Además, ha debido de ser muy guapa; todavía lo es. Aunque nunca tanto como tú lo eres ahora mismo, desde luego.
-Adulador -sonrió Clara, al tiempo que se acurrucaba en el asiento como una gata mimosa - Entonces, ¿te ha gustado?
-Sí.
-Y tú a ella. Le recuerdas a su primer marido.
-¿Cómo lo sabes?
-Me lo ha dicho mientras te ponías la cazadora.
-¡Ah! Y eso, ¿es buena señal?
-Muy buena. Le has caído bien.
-Pues, ¡menos mal! Me alegro, porque no suelo caer bien a mucha gente.
-¡Qué presumido eres! ¿Es que quieres que te regale los oídos? ¡A mí me gustas!
-Pero es que tú eres una chica muy especial.
-¿Quieres decir: rarita?
-Quiero decir: condescendiente.
-¡Palabritas! - dijo Clara dándole un beso furtivo bajo la lluvia.

 

Como un paseo por el lado peligroso de la vida era hacer el amor con Clara. Como volver a las campiñas bretonas o irlandesas. Como atravesar los valles castellanos por los campos de centeno de tus ojos en una noche de luna plena. Como un bálsamo de estruendo y de misericordia, como una fuente fresca de rocío, como un estrépito de sables entre el opaco amanecer de la maleza desconsiderada, sin orden ni concierto, sin palabras. Así era hacer el amor con Clara. Adentrarse en la melancolía como en una espesura sin contornos, sin formas, en la que todo se confunde a pesar de que la luz lo llena todo, o precisamente por eso, porque su resplandor todo lo envuelve en la tibieza, en la mágica sensación de estar flotando en el pantano del amor y de la concupiscencia. Era como desintegrarse en un aroma de gestos, de suspiros, como fundirse en una cálida hecatombe de caricias concéntricas y autónomas, como bañarse en un dulce lago de sales asfixiantes. Así era hacer el amor con Clara. Era como poder tocar los bordes del cielo con la punta de los dedos en un susurro de éxtasis azul sobre la superficie blanda de los límites del Cosmos. Era como sobrevolar un campo de amapolas para hundirse, después de muchas vueltas, en el mismo corazón de la desesperanza. Así era hacer el amor con Clara.
Pero también era su figura un vértigo insondable. De una gracia ligera y estudiada, su cuerpo se movía con la elegancia sutil de una gacela en flor por los hayedos y por los cañaverales. La perfecta coordinación de sus movimientos dibujaba la suave cadencia que desprendían sus finos y armoniosos contornos como si toda la vida hubiera sido una princesa. Así era Clara. Como un ángel terrible que cruzase, fugaz e inmaculado, por las cien mil vulgaridades cotidianas, por los problemas de supervivencia, por las calles. Canela pura era Clara. Su cuerpo nítido y sensual como un suspiro, como un refugio en noches de niebla o de tormenta, como un nido de golondrinas, abrigado y tranquilo, ligero y acogedor, emocionante, donde, una vez instalado, no se nota el paso del tiempo ni la dureza de los dioses golpeando nuestro frágil corazón de porcelana. Sus ojos de miel eran un mundo incandescente de dulzura o de hielo, según sople el viento lunar de su mirada, porque en ellos late, como en ninguna otra parte de su cálida imagen, el fuego abrasador de todos los soles que iluminan la cúpula celestial del Universo. La sonrisa de Clara era una sinfonía policroma de tonos almendrados, llena de cánticos exultantes, aleteando como un pájaro encendido contra la marabunta del ábside de la catedral renacentista de su rostro que cobra, cuando emerge, el aire seductor del más alto desván del pensamiento. Pero eran, en fin, sus piernas de melocotón, estructuralmente procaces, lo que más enloquecía, a cuantos la vieran pasar, con la frescura y el malicioso candor de sus treinta recién cumplidas primaveras. Así era Clara para Adrián.
Y, sin embargo, el camino hacia Clara era oscuro, lento y tortuoso, salpicado de accidentes, como caminar por un laberinto de largos pasillos sin luz y sin esperanza de llegar a alguna parte, salvo en la penumbra gris del fin de la cloaca donde se desemboca después de una ventura alucinante por los pliegues angostos de los áridos desagües, por los recodos sin retorno, por las trampas invisibles de los pozos negros, de los túneles malditos, por las cañerías, por la cuevas, por las grutas, por las alcantarillas, para aparecer, sin voz y sin orgullo, en medio de un rincón de su presencia, como un niño, para acariciar la tibia piel de su cintura como en un sueño del que mejor no despertarse ni siquiera para ver volar los pájaros nocturnos desde las ruinas del cielo hasta el rojo infinito de los atardeceres.


(Continuará ...)

Javier Auserd.

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03/03/2007 14:06 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 4 comentarios.

El buen chiflado.

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Uno.
-No hay nada peor en esta vida que un malvado, ¿no cree?
-Sí. Sí que lo hay, profesor.
-¿Quién?
-El buen chiflado.
-Y ¿quién es “el buen chiflado”?
-Un malvado que se hace el tonto sobre sí mismo creyéndose más listo que nadie. Un psicópata sin sentimientos ni emociones, sin humanidad. Es el malvado perfecto porque quiere hacer creer que él es bueno y son los demás los impuros, los imperfectos, los tontos. Y cuanto más se lo cree él mismo, peor está su mente. En su mente anida un gusano que va devorando las pocas o muchas nociones de bondad que haya sido capaz de coleccionar anteriormente. Y las sustituye por coartadas.
-Pero, todo el mundo crea coartadas, sin ellas sería imposible soportar vivir.
-Sí, pero no todo el mundo las utiliza para esconder actos atroces. Algunos, incluso, nunca realizan actos físicamente atroces. Son pequeñas corrupciones, pequeñas maldades, pequeñas mentiras, pequeños engaños, pequeñas … “putadas”. Si las circunstancias les ponen delante un asesinato, no dudarán, pero si no, pueden morirse de viejos sin cometerlo y haber sido más canallas que Satanás. En realidad creo que hay asesinos mejores que psicópatas que no han llegado a serlo. Al menos, más honestos.
-¿Sí?
-Eso creo.
-Pero eso es una creencia muy peligrosa. ¿Lo sabe?
-Lo sé.
-¿Es consciente de eso?
-Sí.
-¿De lo peligroso que resulta pensar eso?
-Sí.
-Entonces, ¿por qué la sigue sosteniendo?
-Porque es la verdad.
-En todo caso será “su” verdad.
-Touché, profesor. Pero es “una” verdad que yo he descubierto.
-Está bien, Adrián, seguiremos hablando.
-No pienso irme, profesor. Aquí, por fin, estoy bien y eso es algo que no podía decir desde hace mucho tiempo.
-Eso espero, Adrián. Eso espero.

Dos.
-Hábleme más del “buen chiflado”, Adrián. ¿Ha conocido a muchos?
-Sí, profesor, sobre todo mujeres.
-Me sorprende usted, Adrián, no le creía machista.
-Eso no es machismo, profesor, es un hecho. La inmensa mayoría de las mujeres son ángeles, pero entre las pocas que no lo son, algunas son psicópatas. Así como los hombres malvados somos, en general, gorilas agresivos llenos de vanidad que podemos desembocar en el asesinato, esas pocas mujeres responden más al tipo psicopático del que estamos hablando: “el buen chiflado”. El “buen chiflado” es, casi siempre una mujer. El buen chiflado, como le he contado otras veces, pasa desapercibido como si fuera una persona normal. Es un ser sociable, incluso simpático. Pero no empático, claro. Nunca. Aunque camufla muy bien esto mintiendo.
-Y ¿cómo miente?
-Finge.
-¿Finge?
-Finge sentimientos. Se los inventa. Como no los siente, se los inventa.
-Y ¿cómo lo consigue?
-Se fija en los demás. Es muy observador y está siempre al acecho, observando cómo expresan sus sentimientos los demás. Y los imita. Para que parezca que él (ella) también tiene sentimientos y los … expresa. Pero, en realidad, los interpreta.
-Hm, hm. Interesante.
-¿Interesante? No, profesor, yo lo encuentro monstruoso. Por eso estoy aquí, como usted sabe, para no exterminarlos a todos.

Tres.
-Pero, hombre, Adrián, con los años que lleva aquí y no quiere, al menos salir al jardín a que le de el aire.
-No, profesor, gracias. No se empeñe. Ya tomé aire suficiente para todo lo que me quede de vida cuando estaba fuera. Usted cumpla con su parte del trato y yo le sigo ayudando. ¿Qué quiere saber hoy?
-Hay un nuevo psicópata que firma sus crímenes con un tridente.
-¿Con un tridente?, ¿asesina con un tridente?
-No, no. Me he expresado mal. Pinta un tridente pequeñito con rotulador en la axila de sus víctimas después de matarlas.
-¡Ah!, ya.
-¿Le suena?
-¡Claro! No es nuevo.
-¿Qué no es nuevo? Yo no recuerdo …
-¡Sí, hombre! Es que sus primeras víctimas fueron animales. ¿No recuerda hace unos siete años en Gamonal?
-¡Mendoza!
-Mendoza. Y ¿a cuantas ha matado?
-¿Cómo sabe que son mujeres si no se lo he dicho?
-Acaba de hacerlo ahora mismo.
-Adrián, Adrián. ¡Siempre tomándome el pelo!
-No, profesor, no. Dependo demasiado de su amabilidad como para permitirme ese lujo. Usted me libra de mis fantasmas manteniéndome aquí dentro evitando así que yo asesine a mansalva y yo le ayudo a resolver algunos casos. Pero recuerde que no soy Lucifer: no lo sé todo.

Cuatro.
-Pero, profesor, ¿cómo sigue teniendo a este paciente suelto?, es peligrosísimo.
-¿Usted cree?
-Por supuesto, ¿no le oye usted hablar sobre asesinatos, perversiones, masacres, psicopatías, como si tal cosa, pretendiendo, encima, darle lecciones a usted?
-Escuche, Ramírez, yo ya estoy jubilado y vengo por aquí para entretenerme. No tengo prestigio que conquistar ni mantener y todo me importa ya un pimiento. Por eso puedo confesarle, tranquilamente, una cosa que, por supuesto, negaría habérsela dicho nunca.
-Le escucho, profesor.
-Ese hombre no es tan peligroso para los demás como para sí mismo.
-¡¿Cómo?!
-Y además es inteligente.
-¡Pero, profesor … ¡
-Y, encima, tiene más razón que un santo y me ha ayudado con sus comentarios en muchas de mis investigaciones.
-¡No!
-Y si adopta ese aire provocador y sabihondo, como si fuera él el psiquiatra, es para cabrearme y que no le demos el alta.
-Pero ¿qué me dice, profesor?, si está como una cabra.
-Eso es lo que quiere que creamos y hasta ahora lo está consiguiendo. Que no me entere yo de que usted lo estropea. Prométame que va a seguirle siempre la corriente cuando yo ya no venga ni pinte nada en esta clínica. Prométamelo.
-Se lo prometo, profesor. Además la Fundación es suya y de sus herederos.
-Bien. Pues ya lo sabe. No vamos a hacerle la putada de echarle a la calle a estas alturas. No tendría a donde ir. Y, bien mirado, es inadmisible que se crea tan listo y pretenda darnos lecciones, ¿no cree?
-Por supuesto, profesor. Lo que usted diga.
-Ay, Ramírez. Lo que yo diga tiene cada vez menos importancia.

Javier Auserd.

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03/11/2006 00:56 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 5 comentarios.

Crónicas de un tiempo … embarazoso. (Drama en varios actos). Javier Auserd.

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Capítulo I. En un principio.

Uno.

Antes de perder el juicio, era Mariano un dechado de virtudes de la época. Se había educado en los Salesianos de Atocha, con una beca, y se comportaba, en todo cuanto emprendía, con un recato y una prestancia decididamente notables. Era bueno, era educado, era obediente, era dócil, pero, además, lo aderezaba con una angelical sonrisa que disparaba el instintivo nerviosismo pellizcador de las devotas conocidas de su abuela en sus sufridos y sonrosados mofletes, cada vez que se producían los beatíficos encuentros.

Este niño ejemplar, Marianito, hacía los deberes y los recados como nadie y se rumoreaba en el barrio que terminaría de cura y luego de misionero del Domund por su capacidad de sacrificio y amor al prójimo, eso estaba más cantado que la tarara, pero además también porque los padres de Don Bosco tenían un olfato indiscutible para detectar vocaciones suficientemente probado a través de los años.

Los barrios del Madrid de la postguerra eran todavía pueblos anexionados, más o menos grandes, más o menos pobres, que se reconstruían muy despacio entorno a una o dos avenidas principales medio asfaltadas como un conglomerado caótico de calles de barro que ya se irían enderezando y civilizando con el tiempo y las protestas vecinales. En ellos, como pueblos que aún eran, se conocía y se hablaba todo el mundo, a pesar de que ya cada uno había venido de otro pueblo y lugar de España. Sin embargo, aunque primaba la tendencia a agruparse por clanes geográficos o familiares, la nueva ciudad iba imponiendo, poco a poco, un aire más cosmopolita y refinado sobre el provincianismo original, fenómeno que, como todos, siempre tiene sus pros y sus contras.

El caso es que la vida seguía inexorable su curso enrevesado y monótono, a veces aburrido y lento, a veces agotador y frenético, mientras Marianito crecía en edad, santidad y gobierno. Por la mañana iba a clase en el autobús, volvía a casa a comer y por la tarde hacía los deberes en el cuarto de estar, escuchando los seriales radiofónicos de Sautier Casaseca en radio Madrid al tiempo que su madre planchaba la ropa de la familia. Los sábados se habían puesto de moda los suplementos infantiles en los periódicos vespertinos y era agradable para Marianito acercarse con sus padres hasta el quiosco para recibir la recompensa semanal en forma de tiras cómicas, aunque fueran americanas, que ya empezaban a ser los buenos. Luego, un reconfortante paseo por la calle principal y, en ocasiones, la recién estrenada misa del sábado que valía para el domingo, completaban la semana. Así el domingo podían salir al campo cercano en el “dos caballos” del pluriempleo de su padre, para oxigenarse y no perder el contacto con ese campo (que era como se seguía llamando entonces a la naturaleza) que tanto les gustaba y que ya empezaba a saturarse de domingueros. Al regreso había algo de caravana, pero se imponía la disciplina férrea del espíritu espartano y se soportaban con resignación católica las molestias y los inconvenientes necesarios para afrontar la nueva semana con el ánimo renovado que permitiera encarar los retos cotidianos con ademán impasible, sin prisa pero sin pausa, sabiendo mandar y sabiendo obedecer, quien bien te quiere te hará llorar, etcétera, etcétera.

¡Qué tiempos aquellos!

Continuará ... 

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17/09/2006 16:26 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 2 comentarios.

Pisar cristales (Batallita en un acto).

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www.csic.es/ott/rdcsic/rdcsicesp/rdma13esp.htm

Era un edificio anejo al colegio, separado de la parroquia por un callejón cerrado por una puerta metálica por donde, seguramente accedían los camiones de reparto del carbón para las calderas de la calefacción del colegio o de los alimentos para las cocinas de la comunidad de curas de la iglesia y del convento de monjas que daba a la calle de atrás.
Pasábamos por delante de él casi todas las tardes al volver de clase, porque era el camino más largo y nos entreteníamos jugando mientras regresábamos a casa para la merienda. Tendríamos nueve o diez años porque ya íbamos al instituto y, en aquellos años, los niños en Madrid íbamos y veníamos solos al colegio y al instituto sin más problemas que algún que otro desollamiento de rodillas por trepar a los escombros de las casas derrumbadas de la guerra en los descampados que salpicaban los bloques de viviendas que se iban levantando con pasmosa lentitud durante largos intervalos de tiempo. Habían pasado más de veinte años desde el fin de la guerra, pero en nuestro barrio se conservaban las ruinas de sus desastres gracias al lento pantano de la autarquía y a que del Plan Marshall apenas había llegado la leche en polvo de los recreos, unos cinco años antes, ni siquiera el queso.
Quizá lo hubiéramos visto hacía días, pero, por alguna razón que no recuerdo, aún no le habíamos dado importancia. El caso es que alguno de nosotros dio la voz de alarma: todos los cristales de la puerta del edificio, que estaba pegada a la puerta metálica del callejón que separaba (o unía) aquél ala abandonada del colegio con la iglesia, estaban rotos en el suelo. Y también los de todas las ventanas de las dos plantas. Pero lo chocante consistía en que todos estaban dentro del edificio, en la entrada: por dentro, ninguno fuera: en la calle. ¡Ostras Pedrín! Aquél misterio bien merecía ser explorado aunque nos costara alguna bronca por tardar más de la cuenta y llegar un poco tarde al pan con chocolate oyendo las radionovelas y empezar luego los deberes de clase.
De modo que, reuniendo un valor que no teníamos y con mil y una precauciones (o lo que a esas edades se tiene por tales), cartera en ristre y zapatos de Segarra por delante, nos adentramos a través de las tentadoras aberturas de la cerrada puerta de hierro pisando cristales.
Quien haya vivido una experiencia semejante sabrá lo que quiero decir cuando digo que la sensación que deja en el estómago y en la garganta pisar cristales es algo inolvidable. Porque no me refiero a unos pocos cristales esparcidos irregularmente por una superficie grande, sino a toda una entrada pequeña sembrada por completo de cristales puntiagudos, resbaladizos y crujientes, incluidos los primeros escalones de una escalera que bajaba hacia un sótano y subía a la planta superior.
Hay cosas que sólo se hacen con nueve o diez años y todos los ángeles de la guarda haciendo horas extra.
Con que, ni cortos, ni perezosos (aunque algunos un poco remolones), nos internamos en aquella superficie móvil, cortante y peligrosa, que me pone ahora los pelos de punta recordar, y fuimos bajando (eso sí) muy despacio los escalones para ver a dónde conducían. En el primer rellano, había muchos menos cristales, pero los que llevábamos clavados en las suelas chirriaban contra el suelo produciéndonos dentera. Anochecía a esas horas de la tarde de un frío febrero y la poca luz que entraba disminuía a ojos vista a medida que seguíamos bajando.
El viento silbaba en la calle gris, y se colaba por la puerta y por las ventanas sin cristales de las dos plantas del edificio, arrancando lúgubres aullidos entre las galerías sembradas de los vidrios apedreados por gamberros a quienes, probablemente, conocíamos de vista.
Seguíamos bajando, a cámara lenta, con toda la calma de la que éramos capaces y un nudo en la garganta que amortiguaba el castañeteo incontrolado de los dientes, o quizás eran nuestras anginas inflamadas las que estábamos mordiendo. El caso es que, fuera lo que fuese, no he vuelto a conocer nunca una tropa más silenciosa y disciplinada que la de aquellos cinco chavalitos de nueve y diez años que nos estábamos jugando el tipo en una aventura de tres pares porque una de las principales reglas de oro no escritas del código del honor de los machotes de nuestros tiempos era no ser un cobarde, gallina, capitán de las sardinas ni un mariquita de mierda (por ese orden).
Así es que, con estos mimbres (y las carteras de clase) bajo el brazo, seguimos nuestro recorrido hacia las profundidades del edificio fantasma y lapidado que estábamos explorando cuando, de pronto, oímos unos ruidos extraños que nos hicieron parar en seco y apoyar nuestras espaldas contra la pared porque, según lo que he creído ir aprendiendo luego, la primera reacción instintiva de los mamíferos es cubrirnos las espaldas por si lo peor viene por detrás. En este caso, venía de abajo, de algún punto, difícil de precisar, del fondo de la escalera y consistía en unos golpes, arañazos y voces que nos pusieron las pupilas y las amígdalas por las nubes.
Después de la primera parálisis, algo había que hacer para resolver la situación porque las voces y los ruidos se nos antojaban cada vez más cercanos y amenazantes. Y quien primero lo hizo fue Antoñito, rompiendo la formación y subiendo las escaleras, que tanta concentración y silencio nos había costado bajar, gritando despavorido y saliendo a la calle. Aquello fue el sálvese quien pueda más caótico que he visto nunca y, sin necesidad de ponernos de acuerdo, nos dispersamos hacia nuestras casas cercanas como almas en pena que lleva el diablo.
Yo no sé aún bien cómo lo hice, pero recuerdo que salí al aire libre como en volandas y con la impresión de que las voces nos perseguían. No recuerdo los escalones, ni el rellano sembrado de cristales que resbalaban, ni los huecos astillados de la puerta de hierro por la que apenas cabíamos. Eso explicaría que, al poco rato nos encontráramos con nuestras familias en la casa de socorro del barrio con varios cortes en las manos, en las piernas, en la cabeza y en los abrigos y trencas desgarrados, eso sí, manteniendo el tipo como los machotes que éramos, sin desvelar el secreto de aquellos cortes misteriosos, mascullando con laconismo militar que nos los habíamos hecho jugando por ahí y, sobre todo, sobre todo, sin derramar una sóla lágrima a pesar de los bofetones y de los capones de rigor que, todo hay que decirlo, fueron más preceptivos que fuertes porque todo el mundo entendía que ya llevábamos bastante encima.
Pasó el tiempo. Cumplimos los castigos. Antoñito recibió su merecido, por provocar la desbandada, a través del dola, tabaca y lique y la vida siguió su curso, con temas más leves y más graves, como si nada hubiera pasado.
Pensándolo luego muchas veces, lo más plausible que se nos ocurrió es que se tratara de trabajadores arreglando algo en el sótano o llenando de carbón la caldera o de frailes o de curas colocando algún almacén subterráneo o, incluso, la más descabellada e imaginativa idea (aunque por otro lado nada desdeñable) de que fueran poceros arreglando algo en las alcantarillas. No lo sé y la vida después me llevó lejos por lo que tampoco sé si mis compañeros de aventura consiguieron averiguarlo. Pero lo que no podré olvidar nunca desde entonces es el inestable hormigueo que produce en el estómago y en la garganta pisar cristales.

Javier Auserd.

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15/06/2006 01:07 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 4 comentarios.

De todo lo visible y lo invisible.

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Desde hace unos días, hacia la misma hora, una avispa (no sé si la misma) entra por la ventana del salón.
Mayo ha venido con un calor exagerado de golpe y no es nada extraño. Pero dadas las circunstancias por las que atravesamos, a veces se me antoja que es una enviada de nuestros enemigos.
El otro día estuve pensando, haciendo una lista, por encima, de todos ellos y me salieron unos doscientos cincuenta, de los cuales a no menos de cien les creo capaces de hacernos vudú sin despeinarse.
No somos unos monstruos, al contrario. Por eso precisamente hay mucha gente que se cabrea con nosotros: tenemos escrúpulos y principios morales sólidos y pensamos que no todo vale, que no vale todo, que no vale cualquier cosa con tal de trepar, mentir, engañar, hacer daño a quien sea para conseguir lo que queremos. Tampoco somos santos ni perfectos y, menos aún, meapilas ni santurrones (como muchos de ellos), se trata sólo de que somos (o nos consideramos) coherentes. Y parece ser que eso es un delito gravísimo que se paga caro.
No sé qué es mejor o peor, de verdad. Seguramente somos nosotros los equivocados y no sólo por una cuestión numérica, sino porque a veces dudo de que la integridad ética sea lo correcto para afrontar este consurso de pruebas salvajes llamado "vida".
A veces dudo. Dudo muy seriamente sobre si estamos haciendo lo que debemos, aunque parezca ingenuo o absurdo. Dudo, de verdad, de que seamos nosotros quienes estemos en lo cierto.
Otras veces no creo en maldiciones ni en males de ojo ni en nada parecido. Me digo que es suficiente con la inmensa complejidad humana; que es suficiente con los billones de gestos y actos diarios entrelazados, interconectados, entrecruzados.
Pero, otras veces, me creo todo. Me creo que hay seres con poderes sobrenaturales capaces de perjudicar a quienes ellos quieran sin que nada ni nadie sea capaz de contrarrestarlo y devolverles su mal, como sería justo que ocurriera.
No lo sé. Estoy hecho un lío.
Mientras me aclaro, siguen pasando cosas, contratiempos, disgustos, berrinches, sinsabores, traiciones, dolor, sufrimiento ... en todo el mundo.
Mientras me aclaro, sigue una avispa (no sé si la misma) entrando todos los días sobre la misma hora por la ventana del salón y nos amenaza con su aguijón venenoso y su vuelo siniestro, irregular, inescrutable. Hasta ahora hemos conseguido echarla. No sé cuánto tiempo aguantaremos.

Si te sabes un conjuro, ayúdanos.

Javier Auserd.

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18/05/2006 14:50 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 8 comentarios.

Un sueño macabro.

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Claude Monet. 

Últimamente sueño que vivimos debajo de un puente ... y me despierto llorando.
Hemos perdido todo: la pensión, la casa por falta de pago del alquiler, los muebles, los electrodomésticos, los teléfonos, la ropa, los gatos, el conejo, los muñecos, el ordenador ... todo ... menos la vida, aunque no sé para qué la queremos (¿quizás para seguir sufriendo hasta extremos atroces?).
Entonces entiendo lo que les pasa a la mayoría de los inmigrantes. Sólo que nosotros, en mi sueño, ni siquiera podemos ser inmigrantes porque no tenemos a dónde ir.
Me despierto llorando.
No es justo. No es justo vernos sin nada después de haber luchado tanto, aunque no por cosas materiales (quizás por eso nos vemos así, en mi sueño). Entonces me pregunto: ¿es mentira todo? Todo lo que nos enseñaron los curas y los maestros atrapados en la Falange, ¿era mentira?, ¿es mentira?, ¿sólo es verdad la ley de la jungla más abyecta?
Me despierto llorando. Y me contesto que sí. Sí a todo. Como en un macabro test infernal: sí a todo.
¿Es mentira que exista la justicia en este mundo?: Sí.
La bondad, la belleza, el bien, el honor, la honestidad, la honradez, la nobleza, la solidaridad, la paz, la tolerancia ... ¿son un espejismo?: Sí.
Sí a todo.
Me despierto llorando.
Al conejo (otro de nuestros queridos refugiados) le apedrearon unos gamberros (los gatos huyeron entonces, despavoridos), luego nos apalearon a nosotros. Sin amigos, sin dinero, sin casa, sin cobertura social, sin salud, sin tarjetas, sin móviles ... no se es nada en este primer mundo y tampoco en ningún primer inframundo: tampoco se es nada. Nuestros hijos, no sé qué habrá sido de ellos. No tenemos familia y no podemos movernos.
Me despierto llorando. Pero ¿qué soluciono con eso? Si un día mi pesadilla se hace realidad, ¿qué soluciono con eso?
Me digo que no debo ser tan pesimista, tan amargo, tan negativo.
De acuerdo, no lo seré.
Y sin embargo, lo más aterrador de mi sueño es que es perfectamente verosímil, perfectamente factible en este mundo (espejismo, espejo, reflejo, clon de otro mismo mundo contrario poblado de vileza y de mentiras o, a veces, muchas veces, ni siquiera contrario, sino coexistente).
Me despierto llorando ... de terror ante una posibilidad que, al tiempo, es realidad para muchos otros seres ... ¿humanos?, ¿infrahumanos?, ¿inhumanos?
Y, entonces, ante eso, ¿qué soluciono llorando?
Me despierto llorando y comienzo una lenta plegaria egoista y terrible que dice así: "Haz, Señor, que nunca nos pase eso a nosotros". Pero no estoy seguro de que Señor me oiga y atienda mi súplica. No sería el primero ... ni el último.

Javier Auserd.

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14/03/2006 00:08 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 5 comentarios.

Algo pringado.

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Detalle del cuadro "La entrega de las llaves a San Pedro" de "Il Perugino", 1.480-82 Roma, Capilla Sixtina.

Para Dinosaurio.

Uno.

-¿Se puede saber qué hace usted?
-¿No lo ve?, intentando abrir la puerta.
-Ah, ¿y lo dice así, tan tranquilo?
-¿Y con ese destornillador?
-¡Claro! Es que se me ha cerrado con el aire y me he quedado fuera, pero ¿a ustedes que les …? ¡Ah, la policía!
-Pues sí, hombre, sí, somos la policía. Dos policías, ¿nos ve?
-¿Y eso?
-¿Cómo que “¿y eso?”? ¿No sabe usted que nos ha llamado un vecino?
-No tenía ni idea. ¿Y para qué les ha llamado?
-Bueno, ya está bien de cháchara. ¿Qué hace usted intentando abrir esa puerta con un destornillador?
-Ya se lo he dicho, que me he quedado fuera y estoy intentando entrar.
-¿A dónde?
-Aquí.
-¿Por qué?
-Porque yo vivo aquí. Pregunten, pregunten a los vecinos.
-Ya lo hemos hecho y nos han dicho que no le conocen.
-Además, si le conocieran ¿por qué iban a llamarnos?
-¿Y yo qué sé? Es que soy nuevo, acabo de llegar. Estoy cambiándome y por eso no me conocerán. ¡Digo yo!
-Y la tele y el equipo de música que hay en el portal, ¿son suyos?
-¡Claro! Me estoy cambiando de casa y se me ha cerrado la puerta con el aire y se me han quedado las llaves dentro.
-Bueno, bueno. A ver, documentación.
-También está dentro.
-Ah, ¡qué casualidad! Venga, acompáñenos a comisaría.
-¡Pero, hombre, tienen que creerme! Es que he discutido con mi madre y me he cambiado aquí.
-Y, ¿de quién es este piso?
-De mi madre.
-¿Pero no dice que ha discutido con ella y se ha ido de su casa? Esto huele fatal, ¿eh? Venga, acompáñanos y no opongas resistencia.
-¡Pero, que no me hagan esto, hombre, por favor, todo tiene una explicación muy sencilla. Ya se lo he dicho!
-Sí, sí. Eso se lo explicas luego al juez.
-Ven por las buenas y no nos obligues a esposarte. Y trae aquí ese destornillador, que estás poniendo nervioso.
-Pero, no puedo dejar la tele y el equipo en el portal. ¡Me los pueden robar!
-¡Tendrá jeta el tío! ¡Es él el que está robando y encima dice que se lo pueden robar!
-Sí, menuda cara dura … Pero en eso tiene razón, no podemos dejarlo ahí, pueden servir de pruebas.
-Pruebas, pruebas, ¿más pruebas que pillarle in fraganti intentando abrir la puerta …? Pero bueno, vamos a localizar al presidente y que se haga cargo él.
-Pero que les firme un recibo, ¿eh?
-¡Tú a callar!, hombre, a ver si te sacudo.
-¿No me leen mis derechos?
-Tu has visto muchas películas, ¿verdad?
-¡Anda, tira, que se va a caer el pelo!

Dos.

-Profesión.
-Abogado.
-¡¿Abogado?, ¿con esa cara?!
-Y ¿qué cara tienen los abogados?
-De Suasenaguer con traje de Armani, ¡no te fastidia! Y tú con esas pintas.
-Es que estaba en ropa de casa y …
-Sí, sí, sí. Todo eso al juez.
-Pon todo lo que tengas ahí encima, anda.
-¿Y este papelito? ¿A ver qué pone? “Di-no-su-ro”. ¡¿Cianuro?!
-Dinosaurio.
-¿Eso qué es?, ¿tu apodo en la banda de atracadores?
-No, hombre, es de Internet.
-¡Bueno …! ¡¿Que eres un “caker” de esos? ¡Madre mía! ¡Cada vez lo tienes peor! ¡Pero cómo vas a ser abogado, si no tienes ni idea de que tú solo te lo estás poniendo fatal!
-Es que soy de fiscal.
-¡Ja, ja, ja! ¡Ahora dice que es fiscal! ¡Tú lo que estás es como una cabra! Claro que, seguro que es un truco.
-¡No, hombre, abogado de temas fiscales! ¡De Hacienda!
-¡¿Inspector de Hacienda?!
-¡Que no! Abogado de temas tributarios de impuestos y todo eso, por eso de penal tengo poca idea.
-Pues vete espabilando, majete, porque lo llevas crudo.
-¡Quiero un abogado!
-¿Pero no dices que tú lo eres? ¡A ver si te aclaras! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

Tres.

-¡Qué alegría de verte, hermano!
-Pero hombre, ¿en qué lío te has metido?
-Pues nada, que, cuando me dejaste los trastos en el portal y te fuiste, se me cerró la puerta con el aire con las llaves dentro. Traté de abrirla con un destornillador, algún vecino se mosqueó, llamó a la policía, vinieron, me pillaron intentando abrir la puerta con el destornillador y, a partir de ahí, todo se ha liado de mala manera.
-¡Y que lo digas, majete! ¡Menuda movida! Menos mal que he podido convencer a mamá para que venga a aclarar el asunto porque no te creas que estaba muy dispuesta al principio, ya conoces el genio que tiene. Lo que pasa es que al final una madre es una madre, pero ¡menuda bronca te espera! Te aconsejo que aguantes el tirón aunque ya seas mayorcito. Ah, ¿qué tal has dormido?
-Pues imagínate, aquí en las celdas de la comisaría … No he pegado ojo.
-Bueno, hombre, dentro de un rato te sacarán. Y ya puedes reconciliarte con mamá y, sobre todo, llevar siempre las llaves encima.
-Sí, y también ir siempre de traje.
-¿Y eso?
-Nada, nada, cosas mías.
-¡Ay, madre!, ¡tú y tus cosas!

Javier Auserd.

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09/03/2006 14:51 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 3 comentarios.

Algo cansada.

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Claude Monet, su casa en Giverny. 

Para Gatopardo. 

Estaba cansada. De buena gana se acostaba ahora mismo si no fuera porque estaba esperando un paquete que vendría de un momento a otro y, además, tenía que poner de comer a los gatos. Mientras encendía otro cigarro, pensó que, a veces, los gatos son unos pequeños tiranos insoportables y desconsiderados, pero, enseguida, desechó esa idea con un movimiento negativo de cabeza: “No, no, ¿qué digo?, son muy majos, yo los quiero mucho. Lo que pasa es que yo ... estoy cansada”.
Se dijo que lo mismo influía el tabaco, luego se rebatió la afirmación, pero enseguida volvió a darse la razón porque estaba tan cansada que no le apetecía ni siquiera discutir consigo misma aquella tarde de un frío gris plomizo que barruntaba agua, incluso nieve. “No, no, va a caer sólo agua. Bueno, ¿yo qué sé? Tendría que comer algo, pero no me apetece nada. Igual unos cereales con leche un poco después”.
Últimamente no se sentía muy bien que digamos, pero ella no era una pusilánime de tres al cuarto ni una ñoña que se quejara sin más, aunque llevaba unos meses de varios pares de narices y, encima, lo de la radio se había interrumpido, “¡con la ilusión que me hacía!, ¡lo mismo se termina por ir al garete!, ¡maldita sea! Tengo que pensar en algo”.
Iba recorriendo la casa como un alma en pena, dando y apagando luces a su paso. Se sentó delante del ordenador y empezó a teclear para espantar el sueño y la desidia y, sobre todo, el cansancio. Mandó varios correos electrónicos sin parar de fumar mientras notaba que el humo del tabaco embotaba aún más su cabeza en lugar de despejarla como siempre. “Me estará entrando la gripe”.
Oyó sonar el timbre de la puerta y, con un esfuerzo supremo que la dejó para el arrastre, se levantó y fue a ver quién era. Era el mensajero. Le plantó un autógrafo desganado, un simulacro de número de deneí y un gruñido de despedida congelada que le quitó de en medio en un pispás. A continuación, dejó el paquete encima de la mesa del salón y se dirigió a la cocina. Allí preparó comida para todos los gatos del vecindario, a los que ya podía oír claramente peleándose por un puesto preferente en la puerta que da al jardín. Abrió la puerta y les puso los cacharros con comida en el sitio de siempre notando sus suaves roces de agradecimiento junto a sus maullidos de apremio. Les dejó dando buena cuenta del banquete y volvió a entrar en la cocina. Hacía fresco y se estaba levantando un aire desapacible. Un estremecimiento recorrió inesperadamente su espalda como si la hubiera atravesado alguno de sus viejos fantasmas. Eso, sin saber a qué santo venía, le recordó a su madre, con la que había discutido hacía poco, cuando le propuso volver a casa durante unos días para reponerse porque la encontró muy delgada la última vez que se vieron. Por supuesto, ella se negó en redondo con vehemencia: “¡una tía independiente y autosuficiente como yo!, ¡pues estaríamos apañados si cada vez que estornudo tuviera que volver a Florencia!, ¡anda, anda, mi madre, cómo se pasa!”.
Se calentó en el microondas un poco de leche en un tazón y añadió un puñado de cereales para poder decirse a sí misma que había cenado. Tenía pendientes algunos temas, entre ellos su colaboración en Periodismo Original, pero aquella tarde no le apetecía calentarse la cabeza con nada ni quería darle más vueltas a los problemas acumulados. Se sentó de cualquier manera en una silla y se fue tomando los cereales con desgana y una ligera sensación de mareo.

Cuando despertó en una habitación de hospital, pensaba que estaba en su casa a la mañana siguiente. Quiso levantarse para dar de comer a los gatos, pero se dio cuenta, perpleja, de que un fino tubo, que bajaba de una bolsa de suero colgada de un palo gotero, se lo impedía. Se abrió la puerta y entró una enfermera, amiga suya.

-¿Cómo estás?
-Bien, pero, ¿qué hago aquí?
-Te mareaste y te caíste al suelo. Te encontró tu vecina cuando fue a ver qué les pasaba a los gatos que no paraban de liar un escándalo en la puerta de la cocina. Tuvo que saltar la valla y por poco se dobla un tobillo. Se asustó mucho. Ya la conoces.
-Y, ¿qué me pasa?, ¿es grave?
-No. No te preocupes. Te hemos hecho análisis y algunas pruebas y sólo das un poco de anemia. Te vamos a poner un tratamiento para que lo sigas en tu casa y, si todo va bien, creo que te darán el alta mañana mismo. Ahora vendrá el médico y te lo explicará mejor, en cuanto termine de hablar con tu madre.
-¡Mi madre está aquí!
-Sí, creo que cogió un avión de madrugada. Prepárate porque me da la sensación de que viene para quedarse unos días a cuidarte, te pongas como te pongas. Yo te aviso, ¿eh?
-¡Vaya por Dios!, ¡pues sí que la hemos hecho buena!
-Anda, anda, no te pongas así, que no te viene bien y resígnate que podía haber sido …

En ese momento entró su madre con el médico charlando animadamente.

-¡Hija mía!, ¡Si ya te lo venía diciendo yo hace meses! ¿Cómo te encuentras ahora?
-Pero mamá, escucha …
-Nada, nada, hijita, ya está todo hablado y resuelto, ¿verdad, doctor? Me quedo unas semanas o meses, lo que haga falta, y tú te portas como una niña buena y te tomas todas las medicinas que te manden para que te recuperes como Dios manda. Si es que te lo tengo dicho, pero tú no me haces caso. No comes bien, no duermes bien, no descansas, ¿verdad, doctor?
-Pero, mamá …
-Ahora vamos a dejarte tranquila y si mañana estás mejor, te damos el alta, ¿verdad, doctor? Tú no te preocupes de nada, que yo me encargo de todo. Hasta luego, cariño, ¿verdad, doctor?

Salió de la habitación dirigiendo muy suavemente al joven doctor hacia fuera por el brazo mientras la enfermera salía también, sonriendo y lanzándole un cantarín:

-Hasta luego … cariiiño …

Beatriz se quedó un momento mirando al techo y exhaló un suspiro de resignación. Después de todo, podía haber sido aún peor. Aunque lo peor eran los meses que tenía por delante con su madre en casa. Se consoló pensando que era el precio periódico de la independencia y que … a la casa no le vendría nada mal que un cierto vendaval maternofilial la renovara. Y a ella tampoco.

Javier Auserd.

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07/03/2006 21:00 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 7 comentarios.

El nevazo de la tía Cirila.

20060111113351-monet1.jpgEran blanquecinas, de aspecto algodonoso, suave, como empujadas por la mano grande del Genio de las Montañas; agrupaditas en racimones, ocupando poco a poco todo lo visible desde la parte más alta del pueblo y aun mucho más allá, por detrás de la Covacha, por detrás de los barrancos, de los desfiladeros, murallones, gargantas, trochas, cañadas de más arriba; por encima de los picos, tras el otro lado de la sierra, emergiendo como la espuma inmensa de la ola de un mar inexistente. El mar que está tan lejos, ni puñetera falta que hace.
- Aquí nos apañamos bien sin él desde antes que mi tatarabuelo fuera monaguillo, ¡no te jode!
- El mar para los pulpos y para los cangrejos (de mar, claro), aquí ni puñetera falta que hace.
- Y para las tías que enseñan la pechuga a los palomos, ¡no te joroba!
- El mar, el mar, ¡valiente mamarrachada!
Fueron llenando el cielo como inofensivos gurriatones de bordes grises con remates negros; comiéndose el azul, subieron la ladera majestuosas, tozudas, mansurronas. Y se instalaron ocupando el aire. Así es que, cuando tío Remigio se quiso dar cuenta, todo el mundo se le había adelantado en la sentencia: "Va a nevar antes de media tarde".
Antes de media tarde nevaba. Tía Eduvigis le había dicho a su nuera (la pobre, tan delicada ella, como que era de capital la criaturita y andaba reponiéndose del hígado en el pueblo): "Lauri, hija, voy en cá tía Cirila antes de que caiga, que está con la rodilla y no se puede menear la mujer. Voy a llevarle un bollo pá sopas. Tu no te muevas y cuando venga mi Ulogio lo atalantas. Que se coma las puches y luego si se quiere ir pál bar que arregle antes los plomos, que saltaron anoche".
- Descuide, abuela, que yo se lo digo - contestó Laura.
Al principio era un agüilla llena de puntitos dispersos que no daban ningún respeto, hasta el punto de chotearse Andresín del pregonero:
- ¡Cuñao!, anda que ... con que un nevazo de mil pares de galeras, ¿eh?, con que una tupa a nevar que vá’ber que salir por las bujardas, ¿eh? ¡Buena tupa llevarías tu cuando cantabas!
Y el pregonero rezongaba por lo bajo, las manos en la estufa, moviendo la cabeza al ritmo de las botas:
- Tu ríte, ríte, que verás quién te vá’sacar la Golosa de los Navazuelos, mamonazo, Ríte, ríte, cá’mí el nevazo me coje avisao.
Los hombres iban desapareciendo del bar de en medio cuando tía Eduvigis subía la calle arriba a ver de su prima en la casa de por cima del horno. Llevaba un paso ligero, nervioso, de gorrioncillo brincador por entre las piedras resbaladizas que empezaban a blanquear a pasos ya agigantados para entonces. Franqueada la portera, traspasó el corralón en el justo momento en que arreciaban los copos.
- Si más que copos parecen copones! - decía Manolito con la cara pegada a los cristales del bar.
Las amarillentas y escasas bombillas del alumbrado público eran ánimas perdidas entre la cortina de nieve que ya caía a eso de las seis menos cuarto desde un cielo invisible, desaparecido e inquieto. Mientras, tía Eduvigis, cerrando la puerta, se quitaba el pañuelo sacudiéndose los cabellos y dejaba el capazo encima de la mesa.
- ¡Válgame Dios, Teresina!, ¡qué nevazo cae, pero qué nevazo! ¡Ave María purísima y todos los santos del cielo con los ángeles y arcángeles y toda la corte celestial! ¡Virgen santísima del Espino, ten misericordia de nosotros, amén, Jesús! ¡Qué nevazo, pero qué nevazo más burro! - y no paraba de hacerse cruces, al tiempo que se secaba la frente con la otra mano.
Una tanda de muchachos a los que la tormenta había pillado por el barrio de abajo, desembocaba en el Pilar como una estampida triunfal y luminosa de destellos brillantes, de redondas palomas volando de Toño a Daniel, de Raúl a Mario, como vertiginosas gaviotas vestidas de comedia para ser estrellas, princesas, primadonnas, por el poder infantil que les da vida durante un siglo mágico colgado del espacio, a mitad de camino entre la cabaña hechizada del bosque de abedules y la luz del otro lado de la luna. Y cuando el encantamiento se evapora, los duendes retroceden brincando sobre las calles cubiertas por medio metro de nieve arrojado por un vendaval que cierra a ojos vista.
El pueblo no tenía boticario desde que don Anselmo muriera de repente un octubre al poco de bajar de su diaria partida de dominó con el cura, postrado hacía ya tres meses con las maltas, porque a ninguno de sus hijos les dio por el oficio y como el de boticario no era cargo oficial ... nadie lo siguió. Además, con tía Olegaria para los huesos, tía Jesusa para las yerbas y la farmacia del pueblo cercano, tenían de sobra. Había, eso sí, médico repartido (con el tiempo habría uno fijo) y dos maestros que atendían las escuelas, aparte de un bibliotecario para la vasta y completa biblioteca donada por el rey (porque iba mucho a cazar) e inaugurada durante la República, dependiente ahora de una dirección general. También había, como es lógico, un cartero y una telefonista que atendía con el aparato, desde el salón de su casa, la entonces pequeña demanda de servicio; un alguacil y un pregonero.
No había, en cambio, enterrador. No por superstición ni zarandajas semejantes; la cosa era que ni durante la guerra hubo allí muerto alguno. Los dos bandos se quedaron a las puertas del pueblo sin llegar a tomarlo en combate. Terminada la guerra, los falangistas entraron en el Ayuntamiento, tomaron posesión en nombre de un tal "generalísmo" de los Ejércitos y de una gloriosa revolución nacional-sindicalista y, ante la ausencia de denuncias, se limitaron a adivinar, a boleo, quiénes podían ser los peligrosos rojos, con rabos y cuernos, para darles el paseíllo. Pero cuando los iban a fusilar contra la tapia del cementerio viejo, se plantó delante el párroco gritando que allí no se mataba a ningún cristiano como no fuese por encima de su cadáver. De modo que les encargaron la construcción del camino de la ermita que era la única iglesia del pueblo, lo cual resultó una fiesta porque los chiquillos les enredaban la tarea con bollos y vino dulce hasta que, por fin, estuvo terminado y pudieron volver a sus faenas cotidianas. Ni que decir tiene que aquél honrado sacerdote no vio terminada la obra. Pronto fue sustituido por otro, pistola al cinto, famoso por sus intemperancias y locuras, convertido enseguida en el hazmerreír de las buenas gentes a pesar de la inevitable pequeña corte de incondicionales beatas.
Tampoco existía cuartelillo. Así es que, únicamente de Pascuas a Ramos se avistaban tricornios en la Casa Consistorial, bajados del pueblo vecino cuando era menester, que era casi nunca.
Tan sólo un forastero refugiado durante la contienda, oficialmente sobrino del rey, que ejerció como alcalde en los primeros meses de postguerra, se suicidó en el huerto del tío Crisanto, ahorcándose de un manzano, al atardecer. Pero los más viejos del lugar tenían que tomarse más de veinte chatos seguidos antes de poder recordar un sólo muerto propio y todos lo habían sido de muerte natural.
Estaban, pues, sus habitantes contentos del hecho, al que atribuían un origen divino y milagroso por mediación de la Santa Patrona local, quien, a través de un cura visionario de principios de los años treinta, había anunciado que ni en guerras ni en tormentas sucedería mal alguno, por causa directa de ambas catástrofes, a todo aquél que se hallara dentro del recinto formado por una serie de pequeñas cruces de piedra que rodean el pueblo, cuatro de las cuales señalan cada uno de los puntos cardinales. Esas cuatro cruces estaban situadas siguiendo un orden místico estratégico. La del norte, en el pantano, por encima de la iglesia de arriba, que en su origen fue ermita. La del este, hoy desaparecida, en la Ladera. En los Grijuelos la sur. Y la del oeste en los Linares, también hoy ya inexistente. La segunda profecía alude a que ningún devoto de la Virgen sufriría daño alguno si, ante un grave peligro, se encomienda a ella con fervor.
La misma tarde del temporal, una hija de don Anselmo el boticario, santera de la ermita, vio desde la puerta de su casa a cinco o seis lobos de ojos llameantes y torvos, gruñendo de frío bajo el portalón de la iglesia. Sin aspavientos ni sobresaltos, entró tía Adelfa y le comentó a su marido:
- ¡Válgame Dios, Manolo!, qué nevazo estará cayendo, que hasta los lobos se refugian bajo techo esta noche.
Y, a continuación, siguió preparando la cena como si tal cosa.

Tanto arreciaba la ventisca, que tía Eduvigis, temerosa de no poder regresar a su casa, una vez hecha la sopa a su prima y dadas las instrucciones precisas a Teresina, se lió el pañuelo a la cabeza y, agarrando nerviosamente el cesto por el brazo, se dispuso a salir, abriendo con gran dificultad la puerta. Pero la avalancha de nieve que se le vino encima y que tapaba la entrada casi por completo, le hizo desistir del empeño. Con un susto de muerte, volvió a cerrar como pudo y, tratando de no asustar a tía Cirila, subió al piso de arriba para ver mejor la situación de la calle desde una de las ventanas superiores. Y lo que vio, además de confirmarle sus temores, tuvo la virtud tranquilizante de hacerle entender la fatalidad inexorable de su suerte. Resignada, bajó las escaleras y, con ayuda de la muchacha que cuidaba a su prima, avivar el fuego de la chimenea y sentarse a rezar frente a la lumbre.
Serían más de las once cuando un ruido ensordecedor, como un gran trueno prolongado y retumbante, despertó a todo el pueblo. No se habían apagado aún los ecos del estruendo y ya unos diez hombres de las casas más cercanas se abrían paso con palas y azadas alumbrando la noche con candiles para ver, entre metro y medio de nieve, el origen de la alarma. Ante ellos, como un enorme animal agonizante, yacía la capilla de abajo aplastada por el peso de una mano blanca: la mano gigantesca del Señor de la Montaña. En el azulado resplandor de un manto de azuzenas, con un cielo ahora raso cuajado de luciérnagas y migas de leche colgadas del cénit infinito, los sobrecogidos testigos comprendieron el poder ancestral de las Fuerzas Antiguas, la voz inmensa de los movimientos que formaron el mundo y se sintieron solos en el universo, como los primeros seres del planeta en los que una chispa semejante desencadenó el mecanismo dormido de sus corazones que les separó definitivamente de su vida anterior para construir sueños endebles de piedra y celofán que la Naturaleza tiraba, tarde o temprano, por los suelos.
Hubieran querido agarrarse a algo, tener la ciega fe de los cruzados o la macabra seguridad de los inquisidores, ser parte del lado más feroz de la brutalidad humana, para no estar tan indefensos, para no ser el asombrado desconcierto de la sombra temblorosa de un pájaro de humo huyendo de las llamas.
A la mañana siguiente los muchachos no tuvieron escuela. No sólo por lo de la capilla, ni siquiera por la nieve que muchas otras veces habían atravesado por los senderos abiertos por los hombres a golpes de pala y azadón hasta el colegio, sino porque todo el pueblo asistió al entierro.
A tía Eduvigis le asaltó el primer presagio cuando, al despertar por el estruendo de la capilla desplomándose como papel de fumar contra la nieve, pensó que algún encantamiento misterioso había partido en dos la Sierra entera para que las vacas del cielo pasaran a pastar al otro lado. Pero entonces aún respiraba con normalidad, de modo que la arropó con cuidado y echó otro vistazo a la calle. La lumbre se había consumido casi por completo dejando unas brasas fascinantes y acogedoras de colores limón y carmesí que aprovechó poniéndose una manta por encima y sentándose frente a ellas en la butaca de mimbre que tanto le gustaba de casa de su prima. Durante el segundo aviso, no sabría precisar si fue despierta o dormida, se le apareció un ángel. De la difusa y rojiza claridad de las ascuas se formaba, perezosa, una neblina de cuyas partes laterales surgían dos figuras simétricas tan nítidas y deslumbrantes como las vidrieras de la Catedral que tía Eduvigis había visitado en un viaje de pesadilla entre el mareo y la taquicardia a que su hijo Román la sometiera por pura cabezonada hacía ya muchos años. Entonces, cuando el reloj de pared, regalo de tío Sebastián, daba las cinco (¿o fueron las siete en esos mágicos momentos de estupor?) como siempre a las y veintes, los niños se juntaron en una dulce muchacha que le dijo: "Mamá, mamá, acabo de ver a tía por los pasillos del Río". "¿Del río, hija? - recuerda tía Eduvigis que alcanzó a responderle -  ¡pero si eso queda detrás del puerto del Pico!". "¡Qué tonterías me pasan cuando nieva!", pensó la mujer, desconcertada, sacudiendo la cabeza mientras, levantándose de la butaca, subías las escaleras a ver otra vez de su hermana Sinforosa (¿o era su abuela?, ¿su sobrina?,  ¿su nuera? ... ¿quién demonios estaba en la cama de arriba?). Al doblar una esquina del pasillo, tuvo tía Eduvigis la tercera señal: alguien habla en el cuarto de su bisabuelo nunca abierto desde que se fuera a comprar tabaco una mañana en la que desapareció sin dejar rastro para siempre jamás. Sí, sí, estaba segura. Acercó el oído a la puerta en el preciso momento en el que alguien gritó del otro lado.
Se habían puesto el traje de los domingos y las mujeres el luto de sus abuelas para acompañar a tía Cirila a su última habitación al abrigo de los vientos y de los sinsabores.
No hubo desgarros ni crispaciones, salvo los aislados suspiros de algunas ancianas de su quinta que se veían a sí mismas en el lugar de la difunta y les daba rabia esta vida puñetera que te sacude el zambombazo mientras los dioses llenan los pueblos de montaña con algodón recién seleccionado ("¡Señor, Señor, qué cruz!, ¡qué vida ésta!, ¡qué amarga, qué triste, arrastrada existencia!, ¡qué maldición cruel nos fabricaste!". "Ten misericordia de nosotros, tus inmisericordes hijos, pecadores del diablo. Amén, Jesús!").
Las niñas iban a un lado y los niños al otro, formando anárquicas hileras, con un ramo nervioso de yerbajos silvestres en la mano, cantando capitaneados por los maestros, detrás de las autoridades y del féretro precedido por el cura y los monaguillos en traje de ceremonia. Cerraba la comitiva el pueblo entero serpenteando por la carretera, ya limpia de nieve, hasta la iglesia de arriba donde sería la misa de corpore in sepulto para, después, inaugurar el cementerio nuevo en Mesegosillo.
Un cielo de postal mediterránea, un vientecillo isleño, un sol de "véngase páhpaña, míster, pá colorear su rostro pálido, madame", rasgaban las arrugas, la piel atormentada de aquellos feroces navegantes del centro del planeta, de aquellas tribus ancestrales, de aquellos ex-guerreros de tiempos más sencillos que han ido a despedir a tía Cirila mientras lían un cigarro y mueven la cabeza mirando al mar, mirando allá por donde aparecieron los primeros nubarrones blancos, suaves y ligeros, como empujados por la mano grande del Genio de la Sierra.
Madrid, 7 de marzo de 1.983.

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10/01/2006 22:10 Autor: lacuevadeldinosaurio. #. Tema: Ladrillos Hay 6 comentarios.


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