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La cueva del dinosaurio

Envuelto para regalo (IV).

Envuelto para regalo (IV).

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Cuatro.
(Contraste de pareceres).


-Hola – dijo Clara, sonriendo.
-Hola – respondió Adrián, tratando de aparentar normalidad y adoptando un tono mundano - ¿Cómo tú por aquí, se te ha roto el coche?
-Pues, ya ves. No, no tengo el coche estropeado. Es que me apetecía venir dando un paseo con el día tan maravilloso que hace.
-Ah, … Sí, sí, hace un día muy bueno, muy bueno … Eee … Las tardes ya son más largas y da gusto pasear. Mm … aunque a mí me gusta más … quiero decir, me gusta más el … el otoño.
-¡¿El otoño?! – exclamó Clara, repentinamente seria - ¿Estás loco? ¿Cómo te puede gustar el otoño?
-Pues … sí. Me gusta el otoño.
- ¿La lluvia, el frío, el viento, la oscuridad? ¡Qué tristeza! -  casi gritó Clara, desdeñosa – ¡Pues a mí me gusta la vida!
- A mí también me gusta la vida … No veo qué tiene que ver … - balbuceó Adrián.
-¿Qué no tiene que ver? ¿Gustándote el otoño, te gusta la vida? ¡El otoño! ¡Esa estación tan asquerosa y decadente! ¡Pues vaya! ¡Te creí un tipo más interesante!
- ¿Un tipo? ¿Qué me creíste un tipo? Mira, niña, ¿sabes lo que te digo?: que te quedes con tu estúpida y … cursi primavera y … sobre todo … quédate con tus “tipos interesantes” y … sobre todo … déjame en paz, ¿quieres?
-¿Será posible? – respondió Clara – Claro que me está bien empleado por rebajarme a hablar con semejante … mamarracho. Un borde de mierda al que sólo le gusta el otoño porque es un imbécil incapaz de apreciar la alegría de vivir. ¡No me extraña que te guste el otoño, eres un muermo! ¡No sé cómo he podido siquiera mirarte a la cara. ¡Ahí te quedas, idiota! – y, dicho esto, pasó por encima de Adrián, como un ciclón, sin darle apenas tiempo para apartarse, yendo hacia la salida, dejando al muchacho más corrido que una mona, con todo el autobús pendiente de él, mirándole entre risas y burlas como si fuera un bicho raro.

Pasaron por encima de Adrián las piernas de Clara, aquellas perfectas esculturas de carne y hueso, ni gordas ni flacas, en su punto exacto de finura y estilo, en su punto exacto de esplendor. Terminaba así el primer encuentro entre Clara y Adrián. Un encuentro que podría denominarse mejor como encontronazo. Pero en el ánimo de Adrián, pesaba más el recuerdo de aquellas piernas halladas y perdidas en la radiante tarde de primavera, que la humillación inmerecida e injusta a que se había visto sometido. Aunque, claro está, no pensaba arrastrarse tras ella como si fuera un perrito faldero, ¡hasta ahí podíamos llegar! No lo había hecho nunca con nadie y no lo iba a empezar a hacer ahora por muy bonitas que tuviera las piernas, el cuerpo y la cara esa maldita niñata de las narices.

Como es lógico, estaban decididos a no volverse a mirar a los ojos en lo poco que quedaba de curso. Es más, estaban decididos a no volverse a ver en todo lo que les quedara de vida. Se esquivaron con imaginación y con locura, poniendo exquisito empeño y cuidado en ello. Pero fue inútil, porque ninguno de los dos imaginaba las consecuencias del escándalo que acababan de desencadenar. Pronto se convirtieron en la comidilla de la clase, en el centro de todos los comentarios, porque varios compañeros habían presenciado el incidente del autobús y, llevados de un aire festivo y jaranero, los unos apoyaban mayoritariamente a Clara y las chicas a Adrián, de manera que se formaron dos bloques antagonistas e irreconciliables: las partidarias del otoño con su romántica carga de ensoñadora nostalgia y los amantes de la explosiva y vitalista primavera, que era tanto como declararse simpatizantes de la chica y pretendientes a su sonrisa y quién sabía si a algo más, andando el tiempo. Se crearon, incluso, comités de acción, como en las mejores épocas de la lucha universitaria, que editaron panfletos y manifiestos, elaboraron encuestas y extendieron la polémica al resto de los cursos y Facultades.
Las chicas eran las más lanzadas y activas y fueron las primeras en poner en marcha la lúdica movida. Hicieron pintadas y colgaron pancartas en las que se podía leer: “Viva el otoño” o “La primavera es un invento del capital para jodernos con exámenes” o “En primavera te cagan los pardillos” o “El otoño al poder” o “La primavera y los grajos, que se vayan al carajo”. Y llegaron a promover un conato de manifestación compuesta por una treintena de exaltadas veinteañeras que bajaron con una sábana desplegada, gritando consignas a favor de las virtudes del plácido otoño, sin alergias ni suspensos, desde Moncloa al Arco del Triunfo, donde fueron interceptadas y disuelta por la dotación de una furgoneta de atónitos policías que no sabían bien si se trataba del rodaje de una película, entre los pitidos de los sorprendidos y enfadados automovilistas y los comentarios de los transeúntes que presenciaban la escena.

-¡Qué barbaridad! ¡A dónde estamos llegando!
-Estos grandes almacenes ya no saben qué inventar para anunciarse.
-¡Habría que poner coto a estos desmanes!
-¡Pero, hombre, seguro que es un anuncio de la tele!
-¡La culpa es del gobierno, que tolera estas alteraciones del orden público!
-¡Si es que la juventud está desquiciada con tanta droga y tanta delincuencia!
-¡Pero, señora, si no hubiera tanto paro no ocurrirían estas cosas!
-¡La culpa es de la banca y de la patronal! ¡Que inviertan los beneficios en puestos de trabajo y dejen de forrarse ellos, verás cómo no ocurre esto!
-¡Si es que no sé a dónde vamos a parar con tanta libertad como hay hoy en día!
-¡Pero ¿qué libertad ni qué niño muerto, señor mío?! ¡Lo que pasa es que es usted un facha de mierda, hombre!
-¡¿Yo un facha, yo un facha?! … ¡Y tú un rojo, más que rojo, comunista, bolchevique! ¡Si el Caudillo viviera todavía, a buenas horas ibas tú a estar vivo! ¡Ni tú, ni toda esa gentuza de alborotadores marxistas! ¡Ni tú, ni esta mierda de gobierno socialista! ¡Rojos al paredón! ¡Arriba España!
-¡Es una vergüenza! ¡Con Franco no pasaba nada de esto! ¡Es una vergüenza!

No concluyeron aquí los incidentes. Se plantearon asambleas, ante las perplejas barbas de penenes y adjuntos que no sabían bien si iban a asistir a un pase de modelos, a alguna inusitada conferencia de corte postmoderno o a una “performance”. Y ocurrió que, en el calor de la discusión, se produjeron graves altercados, se dijeron cosas fuertes, hubo insultos, amenazas, ataques personales y estuvieron a punto de agredir a Clara. Pero lo peor fue que, a la salida del combate de boxeo, un comando primaveral de los “camisas claras”, como llamaba Adrián a los partidarios de la muchacha, le propinaron una paliza que estuvo a punto de tener consecuencias más graves. Todos estos hechos y la inminencia de los exámenes finales, cortaron de raíz lo que había empezado siendo una estúpida y trivial discusión de autobús y terminó como el rosario de la aurora.

En su habitación de la clínica, Adrián, vendado y dolorido, se preguntaba cómo era posible que las cosas hubieran degenerado hasta tales extremos. Cómo era posible que la insensatez humana pudiera desembocar en situaciones límite tan absurdas y denigrantes como aquella y, sobre todo, cómo era posible que le tocara siempre a él pagar el pato y haber estado a punto, como decía Adrián con trágica convicción, de irse al otro barrio. No cabía la menor duda, visto lo visto, de que los dioses le tenían manía.
Ensimismado en estas y otras reflexiones parecidas, no oyó que tocaron en la puerta y entraron. Era su amigo Javier, que venía a verle.

-Hola, chaval, ¿cómo va eso? Tienes mejor cara, ¿eh?
-¿Tú crees? Pues sigo hecho una mierda.
-Vamos, hombre, anímate. No te dejes hundir en la miseria.
-Es que no paro de darle vueltas al asunto. Estoy deprimido y creo que lo mejor sería liar el petate y salir de una santa vez de esta maldita vida que no deja de putearme.
-Tienes que dejar de pensar eso, Adrián. Cuando te obsesionas te pones trágico y cuando te pones trágico no sabes qué hacer con tu vida. Déjate sorprender por tu vida.
-Tú vas para cura, tron. Hablas de mi vida como si fuera el vigilante que me han asignado los dioses.
-Llámalo como quieras, pero no te obsesiones.
-Entonces, ¿qué sugieres?
-Pues eso: que vivas. Déjate llevar. No intentes cambiar las cosas que no puedes cambiar. Limítate a vivir sin preocuparte de lo que te gustaría o no te gustaría hacer o conseguir en cada momento. Porque si te obsesionas en eso, te escindes, te dispersas y no haces nada positivo y te hundes y te da por pensar cosas raras.
-Ya, ya. Eso está muy bien, pero ¿cómo hago para no obsesionarme?, ¿eh?, ¿me lo quieres decir? ¿Cómo tengo que hacer para no obsesionarme? Eso es lo que más me desquicia, que no sé lo que hacer para dejar de obsesionarme.
-¿Lo ves? Es inútil. Ahora te obsesiona no obsesionarte.
-¡Oh, cielos! Entonces estoy perdido. Ahora no sólo tengo que dejar de obsesionarme, sino que además tengo que dejar de obsesionarme con dejar de obsesionarme. ¿No es eso?
-Veo que, al fin, has comprendido – dijo Javier, visiblemente desesperado, y se marchó dando un portazo con la íntima convicción de que su amigo Adrián le había vuelto a tomar el pelo. Era señal de que iba mejor.

Acababa de irse su amigo, cuando alguien volvió a llamar a la puerta de la habitación.
-¡Entra, pesado, qué te has olvidado! – dijo Adrián.
-¿Puedo pasar? – dijo una vocecita temblorosa, al tiempo que asomaba su cabeza por la puerta entreabierta.
Era Clara. Adrián, al verla, dio un respingo y un brusco movimiento de retroceso, golpeándose contra la cabecera de la cama, lo que le produjo un gesto de dolor.
Clara, al verle, avanzó hacia él exclamando condolida:
-¡Oh, lo siento!
-¿Que “sientes”?, ¿el qué? ¿Qué no me hayan matado tus gorilas?
-No son mis gorilas y además … Además, vengo en son de paz – dijo Clara dulcificando su expresión todo lo que pudo.
-Con que “en son de paz”, ¿eh? ¡Y por poco me desnucas del susto!
-No era mi intención asustarte, Adrián. He venido a … a pedirte disculpas.
-Está bien. Está bien, acepto tus disculpas. Y ahora, por favor, déjame que termine de recuperarme del todo, ¿vale?
-Pero, ¿no me guardas rencor? Dime que no me guardas rencor, ¿eh?
-Sí. No te guardo rencor. No te preocupes. Anda, vete tranquila. Pero lárgate ya. A ver si se me va pasando el dolor.
-Es que … he venido también a traerte algo. Toma. No sabía qué regalarte. No sé si te va a gustar. Como apenas nos … conocemos …
-Es … muy bonito. Sí, muy bonito. Me gusta mucho, de verdad. Hasta luego.
-¡Pero, si no lo has abierto!
-Ya. Pero me gustará, te lo aseguro.
-Ábrelo, por favor. No me iré de aquí hasta que no lo hayas visto.
-Está bien. Tú ganas, como siempre. A ver qué es esto …
Adrián abrió el pequeño paquete y encontró una agenda de piel y una estilográfica negra con plumín de oro. Se quedó parado, estupefacto por la sorpresa y se puso a pasar las hojas de la agenda, retrasando el momento de enfrentarse a los ojos de Clara en los que empezaba a dibujarse una sonrisa.
-¿Te gusta? – comentó suavemente.
-Sí, pero … – respondió, al fin, Adrián, mirándola desconcertado – No debías haberme hecho este regalo. En realidad, no debías haberme hecho ningún regalo. No fue … culpa tuya.
-Sí que fue culpa mía, por testaruda y caprichosa, irresponsable y … estúpida.
-Bueno, bueno, deja de ponerte verde a ti misma. No es para tanto.
-¡¿Qué no es para tanto?! ¡Mira cómo te han puesto gracias a mi … maldito carácter, a mi falta de … tacto y …
-Vale ya, Clara. Yo también he tenido mi parte de responsabilidad en el asunto, ¿no te parece?
-Pues ahora que lo dices … Porque si no hubieras encendido los ánimos hasta ese punto. Si no hubieras caldeado el ambiente. Si te hubieras retirado a tiempo en lugar de …
-Oye, oye, ¿qué me estás diciendo? En primer lugar, fuiste tú la que caldeó los ánimos. Fuiste tú la que encendió el ambiente. Y fuiste tú la que debió retirarse de la provocación y la violencia troglodita que …
En ese momento, un fuerte tirón en los puntos de la cara le impidió seguir hablando, al tiempo que se contraía en otro gesto de dolor.
-Está bien – dijo entonces Clara – No te alteres. No discutamos más. Los dos tenemos culpa. Pero vamos a dejar el tema, ¿eh? Ahora … tengo que irme. Mañana vuelvo, ¿eh?, a ver cómo sigues.
Y, levantándose del borde de la cama, donde se había sentado, le dio un beso en la frente, saliendo luego como una exhalación del cuarto, dejando en el aire el fresco aroma de una colonia de baño y la fugaz imagen de sus piernas de infarto.
Así se cerraba el primero de los encuentros civilizados entre ambos tras los incidentes, comienzo de unas relaciones que supondrían un giro total en la, hasta entonces, monótona vida de Adrián y en la, por el contrario, en exceso divertida vida de Clara.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

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2 comentarios

Trini -

Bueno, esperemos que esta historia acabe como a mi me gustan que acaben las historias, al más puro estilo rosa :):):)

Un abrazo

Sakkarah -

Muchas veces así sucede. Se empieza mal, para terminar muy bien; casi es la mejor forma.

A mi no me gusta el otoño...y está cercana la primavera.

Un beso, encantanda de leerte.
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