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La cueva del dinosaurio

Bocadillos infantiles.

Bocadillos infantiles.

http://machanguito.blogspot.com/2008/08/evaluacin-de-cabaeros.html

Hemos dejado atrás las estribaciones y nos internamos en la sierra una tarde de tormenta cuando los rayos serpentean a través del lienzo que forma un cielo que va del azul marino al gris marengo. Huele a la tierra mojada un poco más arriba y el aire nos trae ese olor como un presagio para recordarnos que también las tediosas tardes de julio pueden tener algo de la aventura de saber si al fin nos va a partir un rayo porque, de lo contrario, podremos disfrutar de un buen bocadillo de chorizo de matanza en casa de los tíos de tu padre, cerca de la plaza en la que estamos aparcando. Podría tratarse de un amago lejano que se desvíe a última hora por el viento. Podría quedarse todo en agua de borrajas, no así la merienda (espero). Siguen cayendo rayos a mansalva, sobre el arroyo Cedena, sobre los riscos gigantescos y sobre los juncos de los humedales. Incluso, podrían estar cayendo sobre las hormigas, que correrán a refugiarse debajo de las piedras y también sobre las avispas que se estarán en una grieta de la corteza de un árbol. Si al final viene al pueblecito, se irá la luz y la tía de papá pondrá unas lamparillas de colores en un tazón con agua y unas gotas de aceite, las prenderá con una paja larga de la lumbre donde se está cociendo a fuego lento la sopa de la cena y se sentará bisbiseando oraciones ancestrales mientras me como el bocadillo que me puso nada más entrar y mi padre charla con su tío delante de dos vasos de vino y unas aceitunas. Pero no es un amago y al final viene y a eso de las cinco y media de la tarde descarga sobre el pueblo serrano y se va la luz y tía Valenta sigue rezando para que ningún rayo mate al guarro, ni a un conejo, ni siquiera a una gallina antes de tiempo. Tía Valenta hace una pausa en su retaíla semiaudible y me dedica una extraña sonrisa (es extraña porque tía Valenta no sabe sonreír y le sale una mueca tragicómica muy graciosa) que pretende ser tranquilizadora y me dice: “No te asustes, mi niño. Que pronto se pasa”. Yo voy a decirle que no estoy asustado, que a mí me gustan mucho las tormentas con sus relámpagos y sus truenos (que papá me ha enseñado a contar para saber la distancia), a lo mejor porque todavía no nos ha partido un rayo, pero me contengo en el último segundo, para no hablar con la boca llena, y sonrío y le digo que sí con la cabeza al tiempo que mastico el bocadillo de chorizo tan bueno que prepara tía gracias a los trucos que se sabe para conservar en su punto los avíos de la matanza anterior durante los calores del verano. Descarga la tormenta y sigue luego su camino. Huele la tierra a mojada, a los iones negativos que han bajado los rayos, a la cal del jalbiegue desprendida de las fachadas de las casas y de los patios, a las tejas de los tejados, al temblor de semillas extendidas que dejan los truenos en las trojes y tía me dice sonriendo (por así decirlo), como diciéndoselo a sí misma: “¿Ves, hijo? Ya se ha pasado. No ha pasado nada”. Yo también le sonrío de nuevo moviendo afirmativamente la cabeza mientras trago el último bocado, termino el vino con agua y me paso la mano por la boca y sus alrededores por si me han quedado migas en la cara y mi padre y mi tío apuran el vino y las olivas, se asoman al corral, oyen al cerdo comiendo, ven que están los conejos en sus jaulas, ven a los gatos jugar entre ellos, ven que las gallinas (que se habían acostado con la oscuridad) vuelven a salir picoteando el barro y los charcos, suspiran con alivio porque nos hemos vuelto a librar de que nos partiera un rayo, nos despedimos y regresamos por la recta y descendiente carretera al pueblo de mis abuelos en el valle cercano, hasta el próximo bocadillo de chorizo con tormenta o sólo con el estridente concierto de las chicharras de verano.

© Javier Auserd.

6 comentarios

Dinosaurio -

Hannah, Trini, Anaktub, Furgo, Sak, gracias por venir.
Me alegra que os haya gustado. La infancia suele ser el refugio de los soñadores cansados ... que ya no pueden comer bocadillos de chorizo.
Besos y abrazos.

Sakkarah -

Me dan terror las tormentas en el pueblo...

Pero el olor que queda tras la lluvia, me gusta.

Muchos besos, quien pudiera volver a la niñez, o al mes de Julio.

Furgo -

Nítida postal de la costumbre, con olor y sabor, con sonido y atmósfera.
Esos pasajes que algunos conservamos del pasado, de pueblo, tienen una magia realmente singular. Es que la vida era otra cosa, no sé si mejor o peor, pero distinta, con más matices.
Muy bien contado, socio.
Un abrazorro.

Anaktub -

No hay nada más exitante que una tormenta en el campo, en mi país no se come chorizo como costumbre, pero sí una taza bien grande de chocolate caliente y una rebanada de pan recien hecho con mantequilla casera, no había mejor forma de pasarla.

Saludos

Trini -

Javier, esto si que es comerse un bocadillo disfrutando de el. Pero no creo que tanto como nosotros leyendo este relato tuyo.
Que sepas que mientras leía estaba allí, en casa de la tía Valenta oyendo la tormenta y oliendo el chorizo del bocadilllo que ha trasminado a través de tus letras.

Un abrazo

Hannah -

He disfrutado mucho leyendo esta preciosa estampa de la infancia que, más allá de que sea autobiográfica o no, conmueve.
Un abrazo
Hannah