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La cueva del dinosaurio

A las 6 de la mañana.

Aventuras Caseras Asociadas, presenta: Cap. VIII.

Uno.
Con las prisas, no me dio tiempo de preguntar a aquellos “caballeros” las preguntas que habíamos ido a hacer: “¿Había muerto Anselmo de muerte natural (obviando la pestilencia del agua y sus infecciones asociadas) o le había empujado alguien?”, “¿Frecuentaba el grupo o pertenecía a él otro Alien, éste otro con hache?”, “¿Tenían ellos algo que ver en la muerte de Anselmo?”, “¿Sabían dónde andaba Halien?”, “¿Hay vida después de la muerte?”. Era una pena no tener ahora unas valiosas respuestas (que, por otro lado tampoco creo que nos hubieran dado), pero por lo menos salimos vivos de aquella.
Callejeamos un rato, después de correr bastante, y terminamos en una chocolatería cerca de Tirso de Molina frente a una buena taza de café con porras y una copa de anís que nos hizo tiritar de frío por dentro para contrarrestar el sofoco de la carrera. Entonces, para retrasar el análisis del lance, nada halagüeño por cierto, me contó Lazo, a traición, su curriculum (menos halagüeño todavía) de una familia desestructurada (ese palabro lo aprendió en un curso de los Fondos europeos al que le obligaron a ir los del paro) donde le pegaban sus padres alcohólicos y él se escapaba con sus amigos drogotas y manguis y que por eso se metió en la mala vida y ahora es un camello de tres al cuarto (aunque, mal mirado, no le va tan mal, no te creas) y que si él no vende a los niños y que si patatín y que si patatán … lo típico.
Procuro no juzgar a nadie, aunque quizás ante determinadas situaciones debería hacerlo, porque no se puede atravesar la vida templando gaitas. Pero la famosa piedra de Jesucristo causa estragos, además de resultar muy cómoda y manejable, por más que probablemente su sentido original fuera otro. De modo que, hice que me tragaba la película de Lazo junto con las porras, el café calentito y el anís frío y luego, cada mochuelo se fue a su olivo. El mío estaba vacío y triste, fané y descangallado.

Dos.
Luego de dos cabezadas mal dadas, llamé a Charli, que me había dejado un mensaje en el contestador, y le prometí volver a ocuparme de Ludecio que volvía a molestarle. Llamé a Chus, que me había dejado otro mensaje, porque su novia le amenazaba con volver con Vladimir y quería que la siguiera. Después de un corte de mangas mental dedicado a Chus, hice otras cuatro o cinco llamadas de trabajo y, cuando estaba marcando otra llamada, me llamó el comisario Ortega para que me acercara ya mismo al número 3 de Lope de Vega, aquí al lado, donde me tenía reservada una sorpresa. Me puse de los nervios, porque si las sorpresas de Miranda eran de in extremis, las de Ortega eran de in articulo mortis y tenía yo un cuerpo serrano ...

Me crucé con Lucía, de la científica, que iba, pálida, a dejar el maletín en la furgoneta.

-¿Qué tal, Luci? – le dije.
-Pues … bien. Yo ya me voy a vomitar a otra parte.
-Siempre estás igual – le dije.
-Sí, sí … Esta vez vete preparando.
-¿Por?
-Ya lo verás. ¡Chao!
-¡Qué exagerada eres!
-Ya, ya. Entra, entra.

Levanté la banda de plástico y entré al portal. Aparentemente estaba todo tranquilo. Yo, que temía encontrarme la típica y desagradable escena de algún cuerpo despanzurrado contra el suelo, me quedé parado bajo el tragaluz, mirando a todas partes … menos arriba, y tratando de evitar un charco de agua sucia que había en el centro, cuando noté que me caía una gota en el pelo y oía la voz de Ortega que me llamaba. “¡Qué raro! – pensé – si no está lloviendo. Habrá goteras”.

-¡Sube, sube, Martín. Aquí, en el tercero! Sube, anda, y quítate de ahí que te vas a poner perdido.

Al mirar arriba, sólo se notaba un bulto que no se distinguía bien lo que era, pero cuando llegué al tercero hubiera dado cualquier cosa por no distinguirlo.

-¿Qué es eso? – le dije a Ortega.
-¿Eso? … Eso es un viejo conocido tuyo.
-¡No jo … robes!
-¡Sin jorobar! Y límpiate la frente y la mano, que te vas a manchar todo.
-¡Pero si es! … ¡¿cuándo me he hecho yo una herida?!
-No es tuya es de …
-A ver … ¡No! ¡No es posible!
-Y tan posible, Martín, y tan posible. Nos lo venías diciendo hacía mucho y no te creíamos, hasta que anoche … Bueno, esta mañana.
-¿A qué hora? – pregunté con un hilo de voz, mientras me limpiaba la mano y la frente.
-Creemos que fue sobre las seis. Estamos interrogando a la chica. Y menos mal que no le abrió, que si no había ido ella por delante y ... Tranquilo, Martín, tranquilo. Ahí hay bolsas.

Cogí una, me aparté de Ortega y de los policías que terminaban de sacar fotos desde distintos ángulos y empezaban a bajar para que subieran los que iban a descolgar el cuerpo sin vida del muchacho, y luego se me calmó el estómago y me limpié el sudor que me bajaba por el cuello hacia la espalda.
Subieron una camilla dos tíos cachas, envolvieron el cuerpo colgante con una red, lo subieron, desataron la camisa con la que se había ahorcado, metieron todo en una bolsa (genitales y navaja barbera incluidas), la aseguraron a la camilla y la bajaron en posición casi vertical con las patas plegadas para que no les estorbaran.

Tres.
No estaba yo para juergas, pero por la noche tuve que quedar con la amiga de una prima de Halien en una discoteca donde trabajaba de go-go. Terminó su número y volvió al camerino donde me había dicho que la esperara.

-Sí, tiene unos tíos en un caserío … por Álava, creo.
-Hm, hm.
-Yo soy de Bilbao.
-Ah.
-Del mismo Bilbao, ¿eh? De Abando.
-¡Oh!
-Sí, sí. No te vayas a creer, ¿eh?
-Ya, ya. Y … oye, tú conocías mucho a José Miguel, ¿verdad?
-¡¿Cómo?!
-¡Que si conocías a José!
-Fui su novia unos meses – me dijo mientras se terminaba de secar la cara y se ponía los vaqueros – Cuando llegó aquí no conocía a nadie y yo era amiga de una de sus primas de … Basurto. Pero era un poco raro, ¿sabes?
-¡No me digas! …
-Se ponía nervioso, de golpe, y salía corriendo. Un poco raro era, sí.
-Y luego ¿os visteis mucho?
-¡¿Cómo?!
-¡Que si! …
-¡Es que, con la música de ahí arriba a todo trapo no te oigo! ¡Bueno, te oigo, pero no te entiendo! ¡Espera, que termino de cambiarme y voy más cerca!

En las paredes grasientas de aquel antro las chicas habían puesto una nota de color colgando carteles de tíos buenos en pelotas. También rociaban insecticida comprado de su bolsillo todo lo que podían por todos los rincones.

-¡Ya estoy aquí! Ya estoy aquí.
-Conozco un sitio más … tranquilo, donde no tendremos que gritar, ¿vienes? – le dije.
-Vale – me contestó encogiéndose de hombros.

Salimos del antro y caminamos un rato en silencio por las calles recién regadas y llenas de borrachos y de chulos. Aunque me caía de sueño, me fijé en que sin maquillaje no era tan fea y no daba el cante como cuando trabajaba “go-goando”.

-Escucha, …
-Cyndi – dijo una vez sentados más tranquilos en Sésamo donde, encima, esa noche no había pianista.
-Escucha Cyndi, José Miguel ha muerto.
-Ya. Me lo has dicho tú antes de mi actuación.
-Y … ¿no te da pena?
-Hombre, pena, pena … claro que me da … pena. Pero mira …
-Martín.
-Mira, Martín, ¿para qué nos vamos a engañar? Ese chico no estaba muy bien que digamos, ¿no te parece? Y … ¿cómo ha muerto?, ¿en un accidente?
-Eee … Sí. Sí. Un accidente … de moto.
-Ya. ¿Pero si le daban pánico las motos?
-Pues ya ves … Precisamente.
-Mira …
-Martín
-… Martín. Yo no sé en qué líos andaba metido últimamente Joseba, sólo sé que siempre ha estado como una cabra y los últimos amigos que tenía del juego ese de los cojones no le venían muy bien que digamos. Encima se había enamoriscado de una antigua yonki que le ponía como una moto para nada, ¿me entiendes? Yo trabajo donde trabajo, pero locuras las justas, ¿sabes? Yo soy muy clarita y a mí las bobadas de Joseba y sus compañías no me gustaban un pimiento. Yo creo que mejor morir que perder la vida, no sé si me entiendes, quiero decir que la muerte te llegue cuando te tenga que llegar, pero eso de andarla buscando ... no me gusta, ¿sabes?
-Te entiendo … Cyndi. Te entiendo.
-Pues eso.

La dejé en la puerta del piso donde vivía con unas amigas. Al día siguiente tenía que ir a una entrevista de trabajo y no podía entretenerse más y a mí, que me caía a cachos, me vino de maravilla. Quedamos en vernos otra noche de estas.

Cuatro.
Una vez me dijo una bruja de feria en la verbena del barrio, “Adivina, madame Eiffel” ponía en el cartel de la entrada, a la vista de mi mano derecha:

-No te suicides nunca, hijo mío, porque volverás una y otra vez a este mundo en condiciones cada vez más miserables. Es mejor que aguantes hasta el final. Ya te llegará, no tengas prisa. Por dura que sea una vida, el castigo reservado a los suicidas es infinitamente peor, recuérdalo siempre.

Me dejó bastante preocupado porque lo que me dijo no me auguraba un futuro precisamente brillante, pero yo le hago caso en todas las circunstancias, aunque caigan chuzos de punta y me den todos de lleno, por si las reencarnaciones esas, que no me gustan nada y que, incluso conceptualmente, me parecen de lo más atroz e injusto que hay en el panorama filosófico universal.

Según una creencia zuambé, el demonio encargado entra sobre las 5 de la mañana en la choza, habla con el humano, previamente elegido y machacado a adversidades por los espíritus, y, si le convence, cuando canta el gallo, se lleva su aliento por la ventana y deja el cuerpo tirado en este mundo para que se lo coman los insectos.

El suicidio es una terrible y triste lacra social en la que, además de la depresión, la demencia, la esquizofrenia, el alcohol, las drogas, la soledad no buscada, la incomunicación … juegan un espantoso y macabro papel que hay que tratar psiquiátricamente. Alrededor de las 6 de la mañana, hora local, suceden la inmensa mayoría de los suicidios.

Que nadie se vea nunca en el escenario de ese infierno.

© Javier Auserd.

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6 comentarios

Dinosaurio -

Hannah, Katheryne, Sak, Furgo, gracias por venir y por los elogios. Seguís siendo muy condescendientes conmigo y, aunque lo merezco (¡ejem!), no deja de ser embarazoso.
Es verdad, Sak, es una escena durísima no sólo por lo poco que dice, sino por lo mucho que calla, pero ... así son las cosas, aunque sea una perogrullada.
Abrazos.

Furgo -

Estás hecho un peazo Trumancapotebloger, compañero. Se te da bien la parodia.
Saludazo.

Sakkarah -

La parte del ahorcamiento...es dura.

Tiene que ser terrible ver un muerto así.

Muchos besos, mi escritor de intrigas preferido.

ktheryn -

Excelente relato, más para un tema tan controvertido.
Considero no como muchos piensan que el que se suicida es cobarde, por el contrario, muy valiente para tomar esa decisión y llevarla acabo..
Yo por lo menos esperaré que me llegue mi hora, no tengo prisa por saber que hay más allá...

Dinosaurio -

Es verdad Hannah. Y me parece muy valiente tu posición. Yo sólo he planteado la opción "desesperada" del suicidio, pero no he contemplado la opción y la elección libres.
Estoy de acuerdo contigo.
Un fuerte abrazo.

Hannah -

Cuando el suicidio es un grito de desesperación hacia los demás que dice "la vida que tengo no me gusta, no la soporto, pero no soy capaz de cambiarla o no se puede cambiar" es terrible. En ese caso, estoy absolutamente de acuerdo contigo.
Pero ¿siempre es así? pienso que no. Pienso que en algunos casos, quizá pocos, el suicidio es un acto consciente de elección libre para poner fin a la vida por los motivos que sean. Y en esos casos, se impone el respeto.
Bueno, tu relato me ha atrapado como siempre.
Un abrazo.
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