Blogia
La cueva del dinosaurio

Envuelto para regalo (II).

Envuelto para regalo (II).

Robert Daughters. Las Trampas II. Ed.260s/n. 25x32. Serigraph (handpulled, 32 colors).
http://www.waldenfineart.com/cgi-bin/csgallery/index.cgi?command=mi&id=514&ccat=5


Dos.

(La realidad está llena de trampas).


No sabía en qué momento exacto de su complejo relato empezaban a fallar las cosas. Puede que fuera en el segundo capítulo, después de la descripción de la amante de Paco, cuando se embarcó en un farragoso recorrido por el Madrid del setenta y cinco donde mezclaba sus propias experiencias con la historia de un chico como él que escribía sobre otro chico como él que se escapaba a una isla del Caribe harto de una vida tan actualmente anodina, pero cargada de problemitas, como la de los tres chicos juntos.
Confundía, por ejemplo, la noche aquella en que el Loco le había perseguido escaleras abajo blandiendo un hacha y gritando como un poseso que iba a matarle, con la bronca de Paco con José Ramón o con la trifulca de Ernesto con el pintor que refugiaba a un narcotraficante durante unos días y le acusaron una noche entre los dos de ser un maldito comunista clandestino que no le contaba nada de sus misteriosas andanzas por las callejuelas de los últimos estertores de la dictadura.
Se le ocurrió meterse en esos berenjenales en parte porque le obsesionaba hacía tiempo la idea de contar sus aventuras de forma encubierta, en parte porque se llevaban las crónicas urbanas. Pero lo suyo era divagar por las alturas inconcretas haciendo filigranas barrocas en el aire, volar a ras de cielo por los inmensos salones del limbo o en las naves inconmensurables de las catedrales góticas, aunque también lo suyo era danzar sobre las tumbas de los mausoleos familiares o hacer los más extraños reportajes sobre el sexo confuso de los ángeles o discurrir el modo más sencillo de conjurar la mala suerte contra los amores enloquecedoramente imposibles por muy poco.

Su recuerdo más nítido era el de un niño de tres años, recién cumplidos, desamparado en lo alto de la escalinata del colegio tras su primer día de clase, con un babi más grande que él mismo, con unos calcetines blancos, unas sandalias diminutas, una enorme cartera cargada de cuadernos, con el peso infinito del porvenir a cuestas, con un plumier desvalijado por compañeros más pícaros y expertos, mirando a la vida desde allí, mirando el vértigo insoportable del frío sol de otoño sobre su cabecita atormentada de perdedor nato, mirando el futuro presentido como un castigo, sintiendo las lágrimas que le ahogaban la garganta infantil, la rasposa impotencia entre las tripas por la pura pena negra de estar en un mundo constantemente incomprensible y amargo. Ya entonces se había sentido solo, extranjero en la vida, acorralado. “Llévame contigo, padre” – pensaba treinta años después – “A algún sitio donde no me roben el plumier o donde sepa partirles la cara. Un sitio donde no me sienta tan solo. Llévame a pasear por los jardines del cielo de tu mano. Porque me viene grande esta mierda, papá y no puedo con ella. No puedo más”.

Se acabó el tiempo de las rosas en nuestros corazones, incluso aún en el caso de que nunca hubiera existido. Se acabaron las cosas que nos emocionaban: las películas de indios en los cines de verano, las pipas, los amigos, Charito y Margui, Merche y Angelines. Se acabaron el guá, los cromos, la peonza, las chapas, el rescate, el escondite … Se acabó la olla, el tula, el bote botero y el pan y quesillo. Hubo un tiempo hermoso y claro en el que todo era flamante, nuevo, limpio; en el que olores y sabores eran puros y disfrutábamos del aire y de las amapolas, de la calle, del sol, del parque, de Luisa y de los amigotes. Y se acabó todo de golpe el otro día, mientras compraba un paquete de tabaco en el quiosco de la esquina. De pronto se dio cuenta de que el cielo era más gris, aunque estaba despejado, y de que los colores habían desteñido hasta quedarse en aquella parodia de verdes inertes y rojos inmaduros. Se dio cuenta, entonces, de que la vida le había pasado por encima como una apisonadora justo en el momento en que más necesitaba de toda la ternura. Quiso gritar en medio del tráfico inhumano. Quiso decir que aquello no valía, que casi todos estaban haciendo trampa y así no había forma de esconderse. Pero le rodeó una estampida inoportuna procedente de la boca de metro más cercana en tanto que un golpe brutal de salida escolar le engullía para siempre en las más negras aguas urbanas del anonimato. Tuvo que agachar la cabeza y adaptarse al paso cotidiano de la gente, ceder, como siempre había tenido que hacer al final y resignarse a una evidencia humillante: había cogido la realidadlitis y no había que darle más vueltas.

Por eso decidió hacerse periodista. Todas las tardes, al salir del trabajo, iba a la facultad y se sentaba en los bancos polvorientos, con olor a carcoma, donde algún fatigado vejete desgranaba su monótona retahíla acerca de los recovecos del lenguaje o de las técnicas de composición de un artículo rápido. Y así, año tras año, esfuerzo tras esfuerzo, aprendió la versión actualizada y moderna de uno de los oficios más antiguos y desprestigiados del mundo: el del cotilla que hace preguntas sin sentido sobre temas sin importancia para que otros, mucho más listos, lo vendan como la más interesante historia jamás contada.
Fue allí donde conoció a Clara. Se sentaba unos bancos más abajo y la lacia melena rubia de la muchacha, permanentemente inquieta y juguetona, atrapó su atención desde el primer momento. Pero el ejército de moscardones que desplazaba Clara a su alrededor de un lado para otro, le hizo desistir de abordarla como habría sido su propósito, sumiéndole en el mismo hermético aislamiento que le perseguía desde niño en situaciones semejantes. Era demasiado bonita para él, demasiado simpática, arrolladora y desenvuelta pero, sobre todo, vivía en otro planeta. Y la vida, en cambio, le pesaba a Adrián como una losa, probablemente – pensaba a veces – porque era su primera encarnación. Le había tocado empezar desde cero (o quizás desde menos veinte) y no tenía memoria de experiencias anteriores. Además, la melancolía era un componente demasiado fuerte de su personalidad y, ante cualquier agresión externa, reaccionaba, por instinto, como una tortuga. Refugiado en sí mismo, segregaba una depresión pegajosa y molesta que le embotaba los gestos como una maldición. Sin embargo, esta vez, la chica se fijó en él precisamente por eso: no podía consentir que nadie dejara de bailar al son que ella tocaba.

(Continuará ...)

Javier Auserd.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

2 comentarios

Dinosaurio -

Hola, Sak. La vida es una carga muy pesada. Al menos muchos la sentimos así y es lo que he tratado de reflejar. Ya sabemos que tenemos que seguir adelante con ella, pero hay veces que dan ganas de desahogarse un poco para poder continuar.
Un abrazo.

Sakkarah -

La parte del niño...es sobrecogedora. Triste y bella.

Ya desde niño empiez uno con la carga de la vida, con su peso, que a veces es de plomo.

A veces dan ganas de vivir ya sin emociones, de dejar de soñar. Parece que la edad se echa encima; pero he visto tantos viejitos soñar y amar...

La meloancolía, también es en mi vida el componente más fuerte.

Un beso.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres