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La cueva del dinosaurio

Envuelto para regalo (I).

Envuelto para regalo (I).

Paul Klee. Southern Gardens.
1.936. Oil on paper, mounted on cardboard, 10 3/8 x 12 1/4 in; Collection Norman Granz, Geneva. (1011x854 pixeles, 224Kb.)
http://www.sai.msu.su/wm/paint/auth/klee/


Uno.

("vanitas vanitates et omnia vanitas" Eclesiastés, 1.2).

Antes de morir, la vieja condesa de Tresaguas había dejado escrito que su finca de Pradoverde, con la enorme y destartalada mansión del marquesado de Montejo, pasaran íntegras al último amante de su sobrina Clara.
Fue una lluviosa y fría tarde de mediados de noviembre tomando el té en su casa de campo de las afueras de Sigüenza, cuando la condesa, intuitiva e imprevisible, había decidido dejar una de sus propiedades a aquel treintañero triste y distante que merendaba frente a ella con la misma sensación de abandono ante la vida que su primer marido, el marqués de Arnedo.
No importaba que el muchacho fuera un perfecto don nadie, sino el hecho de que hubiera sido elegido por Clara. Porque la condesa se fiaba de Clara, veía por los ojos de Clara, oía a través suyo, pensaba y respiraba por sus más íntimos misterios; era, a todas luces, su favorita. Por eso miró al joven, que mojaba frente a ella las pastas en el té, con el cuidado exquisito que ponía cada vez que alguna idea extravagante comenzaba a rondar sus ancianas malicias. Le miraba y le miraba como si no fuese la única vez que le viera. Como si ante sus ojos, cansados y marchitos, se estuviera produciendo el increíble milagro de una aparición. Tenía su mismo pelo negro y ondulado, su misma nariz pequeña, su misma barbilla pensativa, su frente soñadora ... pero, sobre todo, tenía la misma profundidad en la mirada: una mirada penetrante, una mirada que desnudaba el alma sin misericordia. La incómoda y enigmática mirada de quien ha descubierto, por casualidad, alguno de los misterios insondables de la vida y está pagando por ello.
Cuando volvían hacia Madrid arreciaba la lluvia. Clara, a su lado, fumaba en silencio mientras iban desgranando las gotas de la nube una monótona cortina de agua gris sobre el parabrisas.


-¿Qué te ha parecido mi tía?- preguntó Clara, de pronto.
-Muy interesante.
-¿Sólo interesante?
-Y encantadora. Además, ha debido de ser muy guapa; todavía lo es. Aunque nunca tanto como tú lo eres ahora mismo, desde luego.
-Adulador -sonrió Clara, al tiempo que se acurrucaba en el asiento como una gata mimosa - Entonces, ¿te ha gustado?
-Sí.
-Y tú a ella. Le recuerdas a su primer marido.
-¿Cómo lo sabes?
-Me lo ha dicho mientras te ponías la cazadora.
-¡Ah! Y eso, ¿es buena señal?
-Muy buena. Le has caído bien.
-Pues, ¡menos mal! Me alegro, porque no suelo caer bien a mucha gente.
-¡Qué presumido eres! ¿Es que quieres que te regale los oídos? ¡A mí me gustas!
-Pero es que tú eres una chica muy especial.
-¿Quieres decir: rarita?
-Quiero decir: condescendiente.
-¡Palabritas! - dijo Clara dándole un beso furtivo bajo la lluvia.

 

Como un paseo por el lado peligroso de la vida era hacer el amor con Clara. Como volver a las campiñas bretonas o irlandesas. Como atravesar los valles castellanos por los campos de centeno de tus ojos en una noche de luna plena. Como un bálsamo de estruendo y de misericordia, como una fuente fresca de rocío, como un estrépito de sables entre el opaco amanecer de la maleza desconsiderada, sin orden ni concierto, sin palabras. Así era hacer el amor con Clara. Adentrarse en la melancolía como en una espesura sin contornos, sin formas, en la que todo se confunde a pesar de que la luz lo llena todo, o precisamente por eso, porque su resplandor todo lo envuelve en la tibieza, en la mágica sensación de estar flotando en el pantano del amor y de la concupiscencia. Era como desintegrarse en un aroma de gestos, de suspiros, como fundirse en una cálida hecatombe de caricias concéntricas y autónomas, como bañarse en un dulce lago de sales asfixiantes. Así era hacer el amor con Clara. Era como poder tocar los bordes del cielo con la punta de los dedos en un susurro de éxtasis azul sobre la superficie blanda de los límites del Cosmos. Era como sobrevolar un campo de amapolas para hundirse, después de muchas vueltas, en el mismo corazón de la desesperanza. Así era hacer el amor con Clara.
Pero también era su figura un vértigo insondable. De una gracia ligera y estudiada, su cuerpo se movía con la elegancia sutil de una gacela en flor por los hayedos y por los cañaverales. La perfecta coordinación de sus movimientos dibujaba la suave cadencia que desprendían sus finos y armoniosos contornos como si toda la vida hubiera sido una princesa. Así era Clara. Como un ángel terrible que cruzase, fugaz e inmaculado, por las cien mil vulgaridades cotidianas, por los problemas de supervivencia, por las calles. Canela pura era Clara. Su cuerpo nítido y sensual como un suspiro, como un refugio en noches de niebla o de tormenta, como un nido de golondrinas, abrigado y tranquilo, ligero y acogedor, emocionante, donde, una vez instalado, no se nota el paso del tiempo ni la dureza de los dioses golpeando nuestro frágil corazón de porcelana. Sus ojos de miel eran un mundo incandescente de dulzura o de hielo, según sople el viento lunar de su mirada, porque en ellos late, como en ninguna otra parte de su cálida imagen, el fuego abrasador de todos los soles que iluminan la cúpula celestial del Universo. La sonrisa de Clara era una sinfonía policroma de tonos almendrados, llena de cánticos exultantes, aleteando como un pájaro encendido contra la marabunta del ábside de la catedral renacentista de su rostro que cobra, cuando emerge, el aire seductor del más alto desván del pensamiento. Pero eran, en fin, sus piernas de melocotón, estructuralmente procaces, lo que más enloquecía, a cuantos la vieran pasar, con la frescura y el malicioso candor de sus treinta recién cumplidas primaveras. Así era Clara para Adrián.
Y, sin embargo, el camino hacia Clara era oscuro, lento y tortuoso, salpicado de accidentes, como caminar por un laberinto de largos pasillos sin luz y sin esperanza de llegar a alguna parte, salvo en la penumbra gris del fin de la cloaca donde se desemboca después de una ventura alucinante por los pliegues angostos de los áridos desagües, por los recodos sin retorno, por las trampas invisibles de los pozos negros, de los túneles malditos, por las cañerías, por la cuevas, por las grutas, por las alcantarillas, para aparecer, sin voz y sin orgullo, en medio de un rincón de su presencia, como un niño, para acariciar la tibia piel de su cintura como en un sueño del que mejor no despertarse ni siquiera para ver volar los pájaros nocturnos desde las ruinas del cielo hasta el rojo infinito de los atardeceres.


(Continuará ...)

Javier Auserd.

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4 comentarios

Dinosaurio -

Sois muy buenos conmigo, Sakkarah, Pau, Trini, porque sois los lectores que cualquier aprendiz de escritor quisiera tener.
Gracias por leerme y sólo espero no defraudaros.
Abrazos.

Trini -

Jopé Javier, me he quedado con la boca abierta tras leer este capitulo. Espero que pronto nos regales el siguiente ya que esta historia promete.

Un abrazo

pau -

Vaya descripción de una mujer que haces...
¿En quién te inspirarías?

Sakkarah -

Precioso...que manera de desciribr tan...¡Me ha encantado!

Un beso.
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