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La cueva del dinosaurio

Cuando sigan siendo niños.

Cuando sigan siendo niños.

Aunque ellos se crean grandes y listos, que lo son (las dos cosas), para nosotros, siempre seguirán siendo nuestros niños. Ellos no lo entienden (ya lo entenderán), sobre todo Daniel, pero es así.

Ahora Daniel ha estado malito y yo le ponía la mano en la frente, como cuando era pequeño, y sabía con absoluta precisión la fiebre que tenía o si no tenía fiebre. Casi todos los padres lo sabemos sin necesidad de ningún termómetro, tan necesarios para constatar los picos de temperatura para las gráficas de los protocolos médicos.

Los hijos siempre serán niños para nosotros. No sirve darle más vueltas ni explicarnos que ya son hombres. No. No son hombres, ni mujeres adultos y autónomos. No. Nunca jamás. Son nuestros niños, “y siempre lo serán”.

Y si llegáramos a tener mil años, sería lo mismo: ellos serían niños de novecientos setenta y siete.

Ellos no lo entienden y yo no voy a explicárselo. Probablemente es otro de los muchos síntomas de la senilidad prematura que me caracteriza, no digo que no, pero es así. Y cuando les ves debatirse entre la vida y la muerte y tú sólo puedes sentarte a la cabecera de la cama a rezar furtivamente para que no se entere tu orgulloso, científico, arrogante y racional ateismo, más todavía.

Y cuando la Madre, de la que somos parte, se apiada de ti y te adormila después de un silencioso y amargo llanto, les recuerdas con dos, con seis, con nueve, con diez años en uno de esos limbos maravillosos que la jerarquía católica se acaba de cargar de un plumazo después de siglos de incrustárnoslo a sangre y fuego en nuestras católicas almas.

Ya sé que es fastidioso e incómodo para ellos soportar nuestras bobadas de padres, pero siempre pueden torcer el gesto desaprobándolo y murmurar: “cosas de viejos”. Sí, cosas de viejos. ¡Claro! Pero ¿por qué negarlo si es así? ¿Acaso creíamos a los veinte o a los treinta que llegaríamos a los cincuenta y tantos y más? No. Y ahora, a esa edad, ya somos viejos, pero eso no debe asustarnos.

No quiero decir que me crea esas paridas ortopédicas, esas frases publicitarias de que “la vida empieza a los cuarenta, cincuenta, sesenta, ochenta, etc.”. ¡Por favor!, un poquito de respeto a la inteligencia. No. Sino que no debemos tener miedo a la vejez ni a llegar a ser viejos.

Los dementes que dirigen la neurótica sociedad americana (y, por tanto, mundial) de cuerpos danone y culto a la juventud, se encargan de bombardearnos con contenidos peyorativos para la vejez y “el mercado” se encarga cada día de hacernos viejos antes y, al mismo tiempo, para llevar hacia un mayor consumo a nuestro apetecible poder adquisitivo (el que lo tenga) se inventa esas frasecitas junto con “eficaces” cremas antiarrugas, se encargan de construirnos confortables complejos geriátricos y consideran parte de su misión el reto de convencernos de que debemos subir nuestra autoestima (la que, por otro lado, se encargan de destrozarnos ellos mismos) como sea, gimnasios, cirugías, balnearios y viajes incluidos.

Pero ahora, como sabéis, estoy hablando de otra cosa. Estoy hablando de que nuestros hijos siempre serán niños para nosotros, como nosotros aún somos niños para nuestros padres supervivientes.

Hay cosas que sólo se entienden demasiado tarde. Y, encima, tenemos que asumirlo para poder seguir adelante. Son algunas de las “bromas” de la vida, que es tan “graciosa” con los sentimientos humanos. Por eso, a veces, me asalta la chaladura de pensar que la vida la configuran seres como los insectos o algo parecido. 

En fin. No me quiero regodear tanto en el dolor. Sólo me gustaría poder seguir durante algún tiempo más poniendo la mano en la frente de nuestros niños para saber si tienen fiebre. Y comprobar que ya la tienen bien. Y que no se enfadan mucho.

Javier Auserd.

(La imagen es de www.asnabi.com/decada_Cursos.html ).

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4 comentarios

Hannah -

Bueno, después de lo que te dice Gatopardo, Dinosaurio, ¿qué puedo añadir? ¡Silencio! Porque cualquier cosa que añadiera romperia la magia de esas palabras de la Gata que además suscribo.

Un abrazo entrañable

Hannah

Gatopardo -

¿Sabes, Dinosario? No es que los hijos sean siempre niños para los padres, es que los padres aprenden con sus hijos a sentir piedad y ternura y esa forma de amor que consiste en no juzgar, y saber que el sufrimiento que pueda sobrevenirles es insoportable, injusto y desmesurado. Ese tipo de amor que despierta el ser humano al que se le ha visto en su máxima expresión de desvalimiento, que nos conmueve profundamente si somos personas.
No es que siempre serán niños, es que los amas sin remedio, porque te han enseñado a descubrir tu vulnerabilidad: antes nada podía contigo, pero ahora cualquier cosa que los roce te hiere.
No hace falta ser padre para eso, basta con dejar que alguien arrase las corazas emocionales que nos petrifican.
Y la vejez es hermosa, y menos mal, no tiene nada que ver con esos anuncios del Inserso con viejos recauchutados y de sonrisa artificial.
Un abrazo muy fuerte

Dinosaurio -

Ay, amigo Lee, ¡cuánta razón tienes!
Ha sido un momento de flaqueza, pero ya me levanto.
Un fuerte abrazo.

LeeTamargo -

...No se me entristezca, señor Dino. Porque a envejecer no se enseña, vamos aprendiendo solitos que siempre somos niños...
SALUDANDO: LeeTamargo.-
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