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La cueva del dinosaurio

El errante. Daniel Madrid.

Los guerreros le persiguieron montaña arriba. El hombre pintado, ya herido, salió casi de noche y subió, subió. Iba jurando en su extraña lengua, la misma que empleó la primera vez que llegó junto a ellos. La misma que usaba cada año cuando pasaba tras el cambio de estación, sin que nadie pudiera decir de dónde venía ni a dónde se dirigía. Le recibieron bien la primera vez. "Quizá - pensaron - podamos cambiar con él algunas esas de hachas de metal". Herramientas duras y también temibles armas. No fácilmente al alcance de rudos ganaderos de la zona alta.

Aceptó el alimento que le dieron, descansó un día y se fue. Las nieves se adelantaron extrañamente. Una noche comenzó una fuerte tormenta que los sorprendió con mucho ganado pastando en los prados más elevados, donde aún quedaba hierba verde incluso después de un caluroso verano. Perdieron la mitad del rebaño y dos hombres jóvenes murieron tratando de rescatar a los animales.

Aquél invierno fue duro, algunos enfermaron y dos niños murieron de hambre, se fueron apagando despacio entre fuertes dolores sin que nadie pudiera evitarlo.

Al año siguiente, el pintado regresó. Les vendió hachas pero no quiso lana o animales a cambio. Les mostró un hongo y todos trabajaron durante días para llenar de esos hongos un apretado fardo para pagar al buhonero.

A su marcha, antes de que cambiara la luna, una mujer tuvo un aborto. Después pasaron casi un mes cercados por una manada enorme, increíble, de lobos hambrientos y muy feroces, que se cobraron la vida de un hombre y varios perros antes de retirarse.

En primavera llegaron gentes del valle. Hubo pelea y, gracias a las hachas, los montañeses resultaron vencedores. Debían de traer alguna enfermedad, tal vez por eso se arriesgaran a subir donde subían pocos. Murieron varios del grupo con la frente ardiendo y los ojos extraviados. Muchos se salvaron aunque quedaron débiles y se necesitó un gran esfuerzo para recuperarlos.

En otoño le vieron llegar por el camino que solía. El jefe receló. “Aquél hombre – dijo – atrae la desgracia como un manantial a un sediento”. “Escondeos todos. Yo le daré comida y le despediré. Subid a las piedras que forman muralla y esperadme”.

Aguardaron dos días y, después, un par de muchachos bajaron para encontrar al jefe con el hombre pintado, sentados, sin hablar, mirando al valle. A la mañana siguiente, no encontraron al extraño y tampoco al jefe. Al final del otoño encontraron a dos pastorcillos de pocos años acurrucados en unas rocas y paralizados por el miedo. Cuando volvieron a hablar aseguraban haber visto al jefe caminar por el poblado susurrándole al ganado. “Estaba muy blanco – decían – y tenía los ojos rojos como la sangre”.

Volvió dos años más, aunque ya no pudo acercarse a nadie porque le esperaban y le alejaban a pedradas. Y aún rondaba algunos días, como enloquecido. Días de miedo y vigilancia como los de los lobos, con las mujeres y los niños escondidos y los guerreros vigilando cada rincón. Cada vez que él se acercó, cada año que le vieron, acudieron tras él la muerte, el hambre, la enfermedad, el miedo. El tercer otoño después de la marcha del viejo jefe, su hijo, el nuevo, ordenó acumular víveres en las piedras de arriba, envió allí a casi todos y él mismo, con dos cazadores, bajó a esperar al errante. No tardó en llegar y, cuando lo vieron, salieron tras él. Le apalearon, le golpearon, escapó. Corría bien y sabía defenderse. Fuerte y decidido, como un jabalí acorralado. Cegado por la herida y muy peligroso. Así que decidieron no acercarse. Le fueron ganando terreno y al poco de la media noche, junto a una roca, le mataron con una flecha, trataron de escuchar su respiración para comprobar que estaba bien muerto y volvieron sobre sus pasos.

El doctor Kléber apagó el ordenador y tomó su carpeta. Quizá publicaran en portada su artículo sobre la excavación que estaba haciendo en los Alpes italianos. Un hallazgo curioso, una sima llena de huesos con esqueletos completos de hombres, mujeres, niños y animales con marcas de golpes. Cráneos fracturados, restos de heridas de arma blanca. Casi cinco mil años de antigüedad. Del mismo período, basándose en la orientación y estrato geológico y teniendo en cuenta el posible desplazamiento de los restos, con un porcentaje extraordinario de coincidencia en la prueba del Carbono 14. Se permitió titular: “Una masacre de la prehistoria. Alguien llegó – concluía - y mató a todo el asentamiento”. Sin robar ganado ni mujeres, nada. No fue un saqueo, acabaron con todos y los echaron a un agujero. Tal vez por el control de los pastos o por una venganza. Tal vez llegó hasta allí alguna lucha tribal en la que trataban de ajustar cuentas pendientes. Motivos no muy alejados de los que desencadenan matanzas hoy día. Bajó al aparcamiento y fue hacia el coche, al acercarse vio al mismo mendigo que llevaba viendo últimamente. Se colaba al anochecer y se tumbaba a dormir en el rincón más oscuro del parking. No era extraño que nadie se hubiese dado cuenta, pensó. Sólo su plaza estaba lo suficientemente cerca como para distinguir a simple vista al hombre, echado en el suelo y tapado con cartones. Al fin y al cabo, sólo había un vigilante por la noche. Y nunca salía de la garita. Vive y deja vivir, pensó el profesor. Miró el reloj y llamó por teléfono para avisar que llegaría en 20 minutos a la conferencia que tenía que impartir. Era sobre el hombre de los hielos, un descubrimiento arqueológico en el que colaboró diez años atrás y que le había valido fama y reconocimiento. Y después se subió al coche y arrancó, las luces iluminaron al vagabundo un momento, y el doctor pudo ver los extraños tatuajes en su cara mientras el Audi enfilaba la curva de salida del garaje. Tuvo una idea extraña, casi una visión, se imaginó al mendigo corriendo montaña arriba vestido como en la edad de piedra y, casi al momento, pensó en una pira ardiendo, echando humo denso y graso. Y por un segundo sintió miedo, pero lo espantó con un suspiro. “Vaya – pensó – no hay nada que vacune contra las superstición, voy a terminar creyendo en nuestra propia leyenda urbana”. Sonrió entre dientes y conectó la radio. El hombre del tiempo decía muy convencido que este año se adelantaba la temporada de nieve.

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