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La cueva del dinosaurio

Con el agua al cuello.

Con el agua al cuello.

Orcasitas

Aventuras Caseras Asociadas, presenta: Cap.IX

Hay veces que parece que el cielo cae sobre nuestras cabezas. Sucede cuando, en lugar de diez o quince problemas a la vez, te llueven unos cincuenta al mismo tiempo y casi todos con mal pronóstico. A mí cuando me pasa eso, me siento un rato, pongo a Pink Floyd, por ejemplo, respiro fuerte (en ocasiones, lloro un poco) y luego empiezo a hacer una especie de borrador de lista de decisiones rápidas en una o dos palabras, que anoto en un papel. Algo así como:

Chus: no (aunque luego sea que sí, por los garbanzos).
Despacho: hablar con el administrador.
Teléfono: ver ofertas.
Hipoteca: renegociar.
Halien: flores.
Cyndi: llamar.
Coche: llevar al taller.
Charli: hablar con Lola.
Socio: hablar.
Mi madre: llamar.
Etcétera, etcétera.

No suele servir de nada porque en esto no hay recetas que valgan, ni se parece a lo que luego hago, que tampoco se parece a lo que luego sucede, pero me calma algo, de momento, hasta la próxima crisis. Sin embargo, todo va dejando un poso amargo que, al final, te pasa factura y no te libra ni san Judas Tadeo, oye. Y, aunque dicen que peor es no contarlo, el trago es respetable, amargo y duro.

En estos temas de andar agobiados y con el agua al cuello los españoles nos parecemos mucho (a pesar de las nacionalidades y regiones y de que dicen que nos queremos romper y separar) porque cuando vemos a alguien así, acudimos corriendo enseguida a echarle una mano … al cuello, para que se termine de ahogar. O quizás es que sea algo de la tan socorrida condición humana.

Pero también en cuanto a la pobreza (problema mundial espantoso y horrible) y a las dificultades económicas hay muchas situaciones dispares y contradictorias y no te puedes fiar de las apariencias en ningún sentido. Un día, mi madre, en una excursión que hizo a otra ciudad con sus amigas, dio una limosna a una mujer que, por su actitud y por su aspecto parecía estar pidiendo a la puerta de una cafetería, para que se comprase unas zapatillas nuevas, de cómo tenía las que llevaba puestas. Cuando entró al bar, le dijo un camarero:

-Señora, disculpe que me meta donde no me llaman, pero he visto cómo le daba usted dinero a esa mujer de la puerta y tengo que decirle que esa mujer, que parece una mendiga, es la dueña de todo este bloque, con sus locales y garajes, y un montón de casas y fincas más y tiene dinero para aburrir. Se lo digo para que lo sepa usted y no se llame a engaño por verla así.

En cambio, a ella misma, en los años 50, en el llamado Auxilio Social, institución de caridad de aquel entonces, le negaron ayuda diciendo que no podía ser que fuera pobre porque iba muy limpia. ¡La condición humana esa!

Me había pedido Víctor que le negociara una rebaja en un préstamo que le hizo un patriarca en Orcasitas. Le dije al contacto que necesitaba garantías para moverme por allí y quedaron en recogernos a Emiliano y a mí en las escaleras del ambulatorio.
Cuando llegamos, nos esperaban tres armarios enormes con cara de apache que, al bajarnos del coche, estamparon una pegatina verde fosforito en el parabrisas y nos invitaron con la cabeza a subir al suyo. Parecían tan seguros de sí mismos que ni siquiera nos cachearon. Dimos unas vueltas de despiste y pararon frente a uno de los muchos portales idénticos de uno de los muchos bloques idénticos en el interior del barrio. Subimos una estrecha escalera y entramos en una casa hasta el salón donde había otras tres personas, una de las cuales era el banquero de Víctor, mi cliente y el suyo.
No era un hombre enjuto y cetrino, sino bien metido en carnes, elegante y serio, con el sombrero bien calado, un bastón con mango de plata vieja y un anillo de oro en el anular de la mano derecha con un rubí que parecía un huevo de paloma.

-Aquí estos payos quieren parlamentar, don Manuel – dijo un gorila con voz profunda.
-¿Cuál es su gracia, payo? – me increpó otro guardaespaldas.
-Pues … gracia … no sé … poca – dije confuso.
-¡Le está preguntando su nombre! – dijo otro.
-¡Ah! Martín – contesté.
-¡Hombre, Martín, como mi burro! – dijo uno de los que estaban sentados con el patriarca y se echaron todos a reír de muy buena gana.

Noté que Emiliano se ponía tenso y le hice un gesto, para que se relajara, quitándole importancia.

-No se moleste usté con Basilio, don – me dijo luego el patriarca secándose las lágrimas de la risa con un pañuelo -, no ha querido ofenderle. Era una broma. Tomen asiento … por favor.
-Está bien – asentí y nos sentamos -. Verá usted, vengo en representación de mi cliente, don Víctor Olea … No sé si le recuerda – me interrumpí esperando que me pidiera más detalles, pero me hizo un gesto indicando que estaba al corriente del tema -, para negociar el préstamo que mantiene con usted porque le resulta muy gravoso y se ve … con el agua al cuello.
-¿De qué era la deuda, sabe usté, de juego o de hambre? – preguntó con una voz grave y entonada.
-De juego – le dije.
-Entonces …
-Disculpe usted, don Manuel – le interrumpí, sabiendo que me la jugaba pero sabiendo también que interrumpía una sentencia que sería inapelable una vez pronunciada -. Con el debido respeto, don Manuel, si me permite añadir algo, la deuda es de juego, sí, y es justo que la pague, pero ¿qué pinta ahí un tal Edmundo, o algo así, que se lleva una comisión exagerada? ¿No cree usted que la deuda es sólo con el deudor y ese Edmundo que se meta en sus cosas y no en las de los demás?

Me miró perplejo, como dudando entre romper a reír, de nuevo, delante de mis narices por mi paya ingenuidad o partirme la cara de un bastonazo por mi payo atrevimiento y mi paya insolencia.

-¿El payo Vítor aceptó la “cláusula del fundo”? – le preguntó don Manuel al Basilio, el de la broma del burro.
-No, primo – contestó el Basilio medio muerto de risa.
-No es usted abogado, ¿verdad? – me preguntó don Manuel con la clara intención de llamarme ignorante.
-No.

Hubo un largo silencio durante el cual, don Manuel, me escrutó con una mirada solemne y avezada de jefe piel roja, como si quisiera calibrar mis higadillos y, al cabo de un buen rato, dijo:

-Está bien – cabeceó asintiendo.
-¿Entonces? … - empecé.
-Pero … - me interrumpió levantando una mano – a condición de que si su cliente vuelve a pedirnos algún otro préstamo, se le aplicará el doble de la comisión “Edmundo” esa – remató con sorna y me miró como diciendo: “Te toca”.

Me lo pensé un rato, no mucho, calibrando ante todo la capacidad de Víctor de asumir y cumplir una promesa así y, al cabo, dije:

-Me parece justo, don – le tendí la mano cerrando el trato, nos levantamos y nos fuimos escoltados por los mismos armarios.

Cuando, al día siguiente, vino Víctor a mi despacho y le hice el resumen que me pareció de la reunión con su prestamista, le llamé de todo menos bonito y él con la cabeza gacha, como un niño pillado in fraganti asentía a todo con tal de aguantar aquel chaparrón que se le venía encima esperando a que escampase.

-¡Pero ¿tú eres idiota?! – le dije -. ¡¿Te parece normal pedir prestado dinero para cubrir las deudas de juego a tus deudores?! ¡Tú estás mal de la cabeza, no hay otra explicación posible! ¡Además, ¿cómo te dejaste colar la comisión esa que no es más que una trampa para pardillos?!
-Es que … me amenazaron con una navaja – balbuceó amedrentado.
-¡Pero qué navaja ni qué! … ¡¿Quién te manda meterte en estos berenjenales, capullo?! ¡Si no fuera por tu padre … a buenas horas iba yo a meterme en la boca del lobo para sacarte las castañas del fuego! ¡Y desaparece de mi vista ahora mismo, que ya me estás haciendo hablar en refranero! ¡Por cierto que … dile a tu padre que esta tarde tengo que hablar con él!
-¡Pero, Martín, por Dios!, ¡¿se lo vas a contar todo?! – dijo aterrado.
-¡Pero ¿a quién se le ocurre nada más que a ti?! ¡¿Cómo le voy a contar nada?! Aunque bien mirado es lo que te mereces, por más que te haya prometido mantener el secreto. Pero … ¡ahora que lo dices! ¿y si te chantajeo para que le convenzas de que inyecte capital a la próxima ampliación de la sociedad?
-¡Cuenta con ello, Martín, yo le convenzo! ¡Y muchas gracias!
-¡Anda, anda, desaparece de mi vista y no vuelvas a pecar! ¡Y, sobre todo, no vuelvas a hacer el capullo!

Me quedé pensativo cuando Víctor, el hijo de mi socio, cerró la puerta del despacho porque en verdad el chantaje se me había ocurrido sobre la marcha pero me iba a venir de perlas para salir del apuro. “¡Si es que no hay mal que por bien no venga!”, pensé. Y también pensé: “¡Oh, malditos refranes, si hasta me los digo a mí mismo! ¡Esto empieza a ser preocupante!”.
Luego me entraron remordimientos y estuve tentado de volver a llamar a Víctor para decirle que había sido una broma y que no pensaba utilizar su desliz para salvar el despacho. Pero, en el último segundo, me contuve y lo dejé estar, porque quizás fuese mejor así.

© Javier Auserd.

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11 comentarios

Dinosaurio -

Sí, Trini, los españoles (y supongo que todos los pueblos y países del mundo) estamos llenos de refranes. Yo a quien parodio es a quienes les sienta tan mal que los utilicemos.
Querido Pau: Veo que has captado, con la agudeza que te caracteriza que, en este capítulo, yo de lo que me río es de lo tontos que somos los payos de Villatripas de Arriba o de Orcasitas. Ridiculizo a los payos, Pau, a los payos.
Abrazos.

pau -

Con lo bien que me cae la gente de Orcasitas. Igual es que vivo de recuerdos y aquella gente tan bizarra y legal ha emigrado a otros barrios.

Trini -

Sonrío mientras leoporque yo qu eodiaba los refranes, ahora a mi edad, no acabo una conversación si, al menos, entremter uno de ellos, ya ves, me paresco a tu Martín:):):)
Sigo disfrutando de esta historia.

PD: Una vez, en los servicios sociales, fui a pedir ayud apara una férula para los pies de mi hijo y me la negaron porque en mi casa teníamos lavadora, tele y nevera... Quizá porque yo también iba limpia y con los ojos secos, ya se sabe, "Quién no llora, no mama"... Como ves, los refranes me pueden jajajajaja

Un abrazo

Dinosaurio -

Mela, Homero, Hannah, Katheryne, Oana, Furgo, Sak, gracias por venir y por seguir siendo tan amables conmigo.
Mela, gracias por tu ofrecimiento, pero no te lo recomiendo; aunque él estaría encantado, te enredaría en sus andanzas. No leí tu artículo, pero he averiguado que "Pasos sin huellas" fue una magnífica novela, ¡lástima que Fernando no haya seguido escribiendo!
Oana, lo primero es lo primero, como todos sabemos (aunque eso no te aclare nada ni te sirva para bajar las horas de trabajo), de modo que pásate cuando puedas.
Un abrazo muy fuerte a cada uno, de verdad que sois los que me animáis a seguir.

Sakkarah -

Yo también hago esa lista...pero después no me sirve de mucho, no cumplo.

Es cierto que la gente ve la pobreza asociada a la suciedad...

Un beso Dino.

Furgo -

Sigues manteniendo el nivel del relato y la chispa en los diálogos.
Muy cashondo, nen.
Un abrazote.

olvidare el ayer... -

hola mi querido amigo Dino.
siempre es un placer leer tus relatos;siempre uno descubre algo más de ti;y hoy me gusta la frase:"en ocasiones lloro un poco";no sé,sera porque estoy muy sensible ultimamente,pero tiene tanto efecto,se siente tanta ternura en tu alma,en tan pocas palabras.
disculpa mi larga ausencia;es que trabajo 9 horas cada día,y no me da tiempo para casi nada.
dicen que el mejor remedio contra la tristeza es tener actividad,pues así estoy yo,trabajando como una burra.
besitos con cariño.

ktheryn -

Quew relato tan epectacular y real...
hoy caras vemos corazones no sabemos, y lo que es peor a veces aunque tengamos valore y principios a veces a la tierra que fueres haz lo que vieres..
aunque nos duela y nos arrepintamos, a veces toca, de que toca... toca

Hannah -

¡Magnífico relato! Terrible cosa esa de las ludopatías, más de una familia se ha ido a pique por causa de ello...
Un abrazo.
Hannah

Homero -

Buen relato amigo. Con prestamistas usureros de esa talla, no se puede jugar. Y el capullo de Victor no se si aprenderá; ni que le quemen las manos va a dejar de jugar. Un abrazo. H.

Mela -

No sé si te acuerdas, pero una vez conté en el blog que uno de mis amores literarios era una tal Martín, de un librito precioso que se llama Pasos sin huellas. ¿A que adopto también a tu Martín?

Es que me lo pones fácil...

Beso.
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