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La cueva del dinosaurio

La vieja ciudad.

La vieja ciudad.

Cafe At Arles de Vincent van Gogh. 

En la vieja ciudad, donde habitan los sueños olvidados,
una tecnología ha plantado sus nidos de quimeras virtuales,
ha empezado a engendrar el futuro del mundo,
y, sin embargo, el aire es aún casi puro, casi nuevo,
se puede respirar en cada pálpito urbano,
en cada recoveco,
junto a los atardeceres de piedra labrada
por los canteros del tiempo.

En la vieja ciudad, aún se puede pasear
sin que los anuncios te dañen la mente,
sin que las presiones te agrien el gesto.
Es como si firmaras una tregua de tela con tus viejos fantasmas
mientras recorres las empedradas calles, los frescos edificios,
los balcones, las puertas, las enredaderas,
contra tu levedad abiertamente juguetona,
caprichosa y cambiante como un molinillo de estraza,
contra tu risa de papel de celofán,
de alma de cántaro en la fuente.

Es como si gimieran las rosas de Junio
en una de esas tardes punteadas de olvido
en que sale a paseo el terciopelo
de los derrumbamientos.
Si nos empeñamos en facturar el aire
¿no tendremos también que sacar porcentajes
de los atardeceres?
Hay una gran zozobra en todo esto,
no somos capaces de poner las cosas en su sitio.
Es por eso que se nos desmandan los laureles
y nos perdemos entre las siemprevivas.

Tiene la ciudad un aire de abandono embadurnado
de aromas especiales a tanto el medio kilo.
Yo casi no me acuerdo de cómo nos reíamos
cuando me pongo un poco tonto.
Hurgué en los tranquilos rincones de la olvidada calma,
desempolvé los viejos poemas inmaduros ¡tan frescos!,
y he manchado mis dedos con sus ecos ingenuos.
Recuerdo bien las inspiraciones que los alumbraron.
Eran tiempos sencillos, más sencillos, al menos,
en que todo era nuevo y aún había sitio para hacerse ilusiones.
¡Qué lejos del terror de los golpes contra el muro
intentando ablandarlo!
¡Qué lejanos los espejismos y las alucinaciones!
¡Qué alejadas las dolorosas recaídas
y las todavía más dolorosas resurrecciones!
¡Qué cercanas las traiciones y los escarmientos!
¡Qué pronto iban a empezar las pesadillas!

Pero, de momento, aquellos primeros poemas
flotaban en el limbo de las despreocupaciones,
se mecían como hojas de hierba o tenues e inconscientes
vagabundos.
No había vuelto a hacer un poema (o algo parecido)
hasta ver tus ojos de un azul mar, de un verde abril,
de una bruma gris perla fresca y lejana,
de negra suavidad,
de caramelo.

No te asustes de mí (o ríete si quieres),
No soy peligroso.
Solo un poco triste, un poco cansado.
Tengo un ojo de cristal, un remiendo en el pecho,
y una pata de palo,
pero no soy un pirata ¡ójala lo fuera!,
siempre lo he intentado pero no me ha salido.

Ya te dejo, no te preocupes,
me vuelvo a mi vieja ciudad donde paseo
como si fuera un inconsciente (también lo he intentado),
como si fuera
la séptima reencarnación de un juguetón duende de la noche
y de los bosques de amapolas
capaz de querer a todo el mundo.

Adiós, princesas de las profundidades.
Te quiero, te quiero,
os
quiero
mucho.

En la vieja ciudad, donde habitan los sueños reencontrados,
la poesía ha plantado sus nidos de quimeras absurdas,
ha empezado a engendrar futuros imposibles,
y, sin embargo, el aire es aún casi puro, casi nuevo,
se puede respirar en cada pálpito urbano,
en cada recoveco,
junto a los atardeceres de piedra labrada
por los escultores de Babia.

Avalon, 27/7/02

De "Poemas sin retorno".

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1 comentario

Trini -

Hola, me ha gustado mucho este poema. Pienso que los años no pueden envejecer a la poesía, es de la spocas cosas que el tiempo no marchita.

Un abrazo y felicidades por tu paricipación en Radio Mai.

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